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Discursos y disfraces
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Las vidas del cura Lame
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María Teresa Herrán
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Grijalbo, Santafé de Bogotá, 1995, 352
págs.
Este libro es un reportaje disfrazado de
novela; por tanto, y dada esa perspectiva, no funciona como novela. Nunca el disfraz
alcanza a ser piel. El subtexto novelístico aparece envarado por el realismo del
reportaje (supuesto). Pero tampoco funciona como reportaje o crónica, pues el ingrediente
imaginativo agregado hace que pierda rigor el texto periodístico. Y certeza. Además,
porque el discurso de la autora se inmiscuye a cada paso, sea en la novela,
sea en el reportaje, creando una balumba de voces caóticas. Así, no se crea otro
mundo -el imaginado de la novela-, pero tampoco surge un mundo real testificado por
Herrán mediante la maniobra periodística. O sea, ni literatura ni periodismo.
Ni novela ni crónica, el libro es
especie de púlpito, destinado a servir de plataforma a los sermones de la autora. No es
el texto imaginado de la ficción, ni el texto expositivo del reportaje, sino el texto
discursivo. Hay un afán de dar lecciones y de lanzar proclamas sobre el celibato
eclesiástico, el exilio, el indigenismo, el despojo de las tierras paeces, la ecología,
la inclemencia de los dueños de periódicos, la valentía de los reporteros, su
propensión a la parranda, la función del periodista, la política oficial, la visita del
papa, el orden levítico. La autora monta cátedra. Su libro, con visos de novela y visos
de crónica, es apenas el pretexto para darnos lecciones y sermones. El tufillo lectoral
se siente.
Por eso no carga interés, ni despierta
la adhesión del lector. Tampoco su rechazo. No es posible entrar a considerar las tesis,
ideas, situaciones, discursos aquí esbozados, pues carecen de un vehículo que los haga
veraces y, por ello, susceptibles de aceptación o de controversia. Además, son
fragmentarios y caóticos. No se puede ser ni devoto ni adversario de lo que aquí se
dice, pues sus mundos carecen de un soporte en el discurso. Eso es lo grave: el libro es
inocuo.
A largos trechos parece una cátedra de
periodismo. Hay apuntes y lecciones que podrían ser útiles en una escuela del ramo. De
veras. Enseña cómo debe hacerse un reportaje para la televisión, cómo se deben valorar
las noticias, y ordenar, qué diferencias hay entre el periodismo escrito y el visual,
cómo se deben hacer las investigaciones, cómo hay que tratar el señor director.
Por eso, en el libro no adquieren relieve
los personajes. Herrán los aprovecha como muñecos de paja para vaciar a través de ellos
sus propias ideas y sus lecciones y homilías. Parece arte de titiritero. Ni siquiera el
P. Agustín Lame (modelado sobre Álvaro Ulcué, el primer sacerdote paez) llega a tener
presencia y consistencia. Es apenas como muñeco de ventrílocuo para emitir las ideas y
reflexiones que tiene la autora sobre el mismo sacerdote, y sobre la vida y problemas que
enfrentó. Y Pepe Gutiérrez, el periodista que es la otra ala del dístico, se porta como
el otro yo de la autora. Pero es obvio que no hay el intento de construir una novela
autobiográfica. No es que cuente su vida, sino que fabrica personajes ficticios (cosa
distinta de personajes de ficción) para dar salida a sus propias ideas. No los construye
como personajes de novela; son apenas vehículo inerte para lo que piensa, siente y dice
Herrán. Y, por otra parte, al tratar de novelarlos, les amputa su impronta de realidad,
con la cual pierden toda vigencia histórica. En este sentido, y si lo acosa el
bibliotecario para que le indique dónde clasifica este libro, según el sistema Dewey,
diga que en la sección de los discursos. No es novela de tesis, sino exposición
discursiva de autor.
Es Herrán la que habla, en todo tiempo y
pasaje. No es sólo que sea narradora omnisciente, sino también omnipresente y
omnipotente y polivalente. No es ya que se las sepa todas (En la oscuridad cortada
por los ladridos de los perros, el cura sintió que, pasara lo que pasara, él no era más
pero tampoco nada menos..., pág. 294), un recurso obsoleto para hacer novelas, sino
que se mete en cada personaje, como si fuera un disfraz que se pone para decir su discurso
del momento. Nuel Enciso y Agustín Lame, personajes del libro, emiten
exactamente el mismo discurso (pág. 276), pero es que no es de ellos, sino de Herrán.
Pero es que tampoco tiene la impronta y
el peso de un reportaje sobre las circunstancias del padre Ulcué (i. e., Lame) y de las
luchas de los indígenas por la tierra y por la preservación de su identidad. Esta
impregnación de elementos imaginativos, que son sólo fabulación, diluye el presunto
testimonio. ¿Cómo sabe lo que sentía el cura Lame en su intimidad? Estas
especulaciones son írritas en el reportaje o texto periodístico, y no tienen otra virtud
que degradarlo. Y en la presunta novela, son fabulación gratuita de autora omnisciente.
Fuera de que abundan el sentimentalismo y los buenos sentimientos. Y hay una carga de
subjetivismo, en el que trasparecen las obsesiones de la persona que escribe, no las de
sus personajes y sujetos. Y esta carga tampoco la puede soportar el reportaje.
Quiso treparse en dos textos, y acabó
aniquilándolos a ambos.
Herrán salpica el libro de referencias
documentales, como para darle visas de realidad periodística, e histórica por
consiguiente, a su libro. Transcribe íntegro, en el curso de la narración, el discurso
(real) del indígena Tiberio Pankué ante el Sumo Pontífice, en su visita a Palenque de
Sorá (nombre ficticio), cuando el arzobispo de Calío (nombre ficticio), monseñor
Gutiérrez de Piñeres (nombre ficticio) quiso cortarle la palabra (acción real),
insistiendo el papa (acción real) en que continuara. Y, al pie, esta nota:
Transcripción del diario El Tiempo, julio 6 de 1986. En la página
275 da informes (históricos) sobre Quintín Lame, el legendario líder de los paeces, con
esta notica: Datos tomados de 'La utopía mueve montañas', Francisco Nel Beltrán,
Lucila Mejía, Editorial Nueva América, 1989. Estos textos documentales aparecen
como excrecencias del texto novelístico, y no se constituyen, por otro lado, en parte
integrante de un reportaje. Es la ambiguedad anotada. El lector no sabe si lee una
historia de novela o la crónica de una realidad: al entrecruzarse los textos, se
destrozan.
De pronto advierte el lector que el libro
está poblado de historia, esto es, de situaciones reales y de personajes
reales, sólo que van en clave. Y por este aspecto parece queja y lamento sobre el oficio
periodístico. Se construye como un acertijo. ¿Quién es Julito Castellanos, a quien
botan de El Informador? ¿Y cuál es este periódico? Algunas claves son obvias. Habla del
premio de periodismo Francisco de Paula, que se lo dan a Juan Umaña, graduado en Columbia
University, en vez de dárselo a Pepe Gutiérrez. Blanco es... No tiene ninguna
importancia hacer estas averiguaciones ratoncillescas, pues no inciden ni en la supuesta
novela ni en el supuesto reportaje. Es sólo asunto de chismografía.
El problema de María Teresa Herrán es
que quiere decir muchas cosas, como si hubiera estado atiborrada y necesitara un drenaje.
Se inventó este híbrido para decirlas. No sólo aquellos temas del indigenismo, de las
persecuciones de los blancos, del periodismo, de los terratenientes, de las masacres, sino
variedad de asuntos nimios, que va metiendo a la buena de Dios, como quien avienta el
trigo: está hablando del entierro del cura Lame, cuando de repente empieza a hablar de
los problemas familiares y sentimentales del periodista Gutiérrez, o de la crueldad de
los latifundistas Mahechas, a de las aventurillas de Pilar Farfán, periodista colega, o
de una cena conmemorativa de bachilleres, o del periodista jubilado y su amargura. Pero no
es una novela-río, ni tampoco fresco novelístico, sino la mezcla al azar de asuntos
varios, que se van metiendo por arte de birlibirloque. Es lo que se llama, en literatura,
la técnica del embutido.
Quizá por ese mismo acoso de los temas
que le bullen, Herrán altera sin ton ni son, a cada rato, la plataforma o perspectiva de
la narración. Habla en primera persona, en tercera, en primera del plural, a veces pone
el yo de un personaje en tono admonitorio, a veces la voz del testigo, a veces la voz de
Dios, que el autor omnisciente es un diosecito para sus personajes.
Y se torna ampuloso el texto, se hincha.
Se vuelve farragoso. No hay rigor. Cae en el ripio: [...] si descubrieras en ellas
la voluptuosidad del rojo de los pliegues aterciopelados de los pétalos de las rosas que
cultivas [...] (pág. 98); y esta otra perla: [...] le permitió domesticar la
ira del trueno para convertirla en los lentos tizones de la espera (pág. 41). Y los
versitos que va escribiendo, como al desgaire, Pepe Gutiérrez son dignos de lástima.
Ripio y morralla. Apenas una muestra: Amores tristes/en la oscuridad de un
rancho./Él se
monta y empuja/como si ella fuera una estribo (pág.
213). Hay como media docena, esparcidos a lo largo del libro. No pudo Herrán inventar
como poeta a Pepe.
Otro aspecto chirle es el pornito suave.
Insiste mucho el libro en los amores entre el cura Lame y la pupila, con la que tiene un
hijo, no ya para hacer digresiones sobre el celibato y el sentido de culpa, templado por
la noción de un amor milenario, sino para regalarnos descripciones risquées, en
las que puede advertirse cierto morbo (destinado a la taquilla): [...] y el cuerpo
de Amelia se fue abriendo como las rosas (pág. 178); Ambos se fundieron en el
torbellino a sabiendas de que esta vez nada les impediría ir al final del comienzo, hasta
que a Agustín lo estremeciera el perturbador, el ardiente, e infinito, el fecundo trueno
que a su vez traspasaría a Amelia (pág. 241). Además, porno de culebrón. No hay
rigor en el texto. Porque el final del comienzo sigue siendo el comienzo. Si
así fue, se quedaron en los actos preparatorios, sin llegar al fecundo
trueno. Y el primer deber del escritor es escribir bien, pues de lo contrario no
puede ser escritor. Es un simplismo, pero se olvida, y tenemos escritores que no saben
escribir. Es como tener pájaros que no supieran volar. No sólo el ripio literario, sino
el adjetivo gratuito (en una inocua esquina, en su inocua
simplicidad, esa otra devoradora pasión, bajo el esplendoroso
cielo azul). Y la metáfora miope: [...] que ella desafiaba, como los toros,
con más ímpetu que razones. Sería delicioso conocer las razones con
las que el toro acompaña su ímpetu. Es falta de rigor. Falta de control en el texto.
A diferencia de sor Juliana, flaca
y austera a pesar de la comprensión humana que traslucía en sus ojos tristes...
(pág. 281). ¿De manera que si uno trasluce comprensión en sus ojos tristes, engorda? No
hay rigor. Tampoco en el lenguaje. Emplea en varias ocasiones el término
enervar en el sentido de enardecer. Error de escribidores. Escribe una palabra
clave del libro de tres modos distintos: páez, paez,
paéz. Indicio de falta de rigor. Y pululan las faltas de ortografía
(vacinilla, persuación). Claro que el texto se entiende. Pero el
deber de un escritor es escribir bien, y la buena escritura comienza por sus elementos
más simples.
Todo esto confirma y reitera que el libro
es desmañado, desde su confección o estructura, hasta sus adjetivos, sus metáforas y su
ortografía, pasando por sus discursos y decires. Ni novela, ni reportaje, ni ensayo. Para
concluir que las buenas intenciones no sirven para hacer literatura. Ni basta el esfuerzo.
ALBERTO AGUIRRE
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