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María,
la pura; María, la mujer
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El talón de María
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Juan Manuel Silva
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Editorial Planeta Colombiana, Santafé de
Bogotá, 1995, 369 págs.
El talón de María, o lo que la hace
vulnerable, es una contradicción intrínseca a su identidad. En esta novela se chocan la
María casta e intocable, apolónica, con la María mujer, sexual, en su dimensión
dionisiaca.
El autor parece buscar una virgen
moderna, tomándola del talón en su baño de inmortalidad; es decir, devolviéndole su
carnalidad. De este experimento no sale una sino las más variadas vírgenes, celestiales
y terrestres, vírgenes y no vírgenes, representaciones variadas de estereotipos
femeninos. Aparece la virgen como estatua milagrosa, o joven de carne y hueso de poderes
sobrenaturales, o una niña, Maizla, madre prematura y de virginidad recurrente. La
Serenísima, Portentosa y Magnífica es también la
Guapa, la Cerda, la Blindada... La Virgen
Culebra. Al preguntarse sobre la identidad o las posibles identidades de la mujer
ideal, uno termina por replantearse qué es lo ideal, o si existe uno para la mujer.
Difícil es de encontrar una respuesta transformando el arquetipo mítico en los
estereotipos actuales.
La serpiente desempeña un papel
simbólico en la transformación de Virgen a Eva: la virgen madre y casta aparece siempre
pisando la serpiente del pecado original, la de Eva tentada y tentadora. La serpiente ha
sido interpretada como un vertebrado que encarna la psiquis inferior, el psiquismo
oscuro, lo que es raro, incomprensible y misterioso [...] la serpiente seductora que trae
consigo vicios y muerte [...] símbolo no de la fecundidad sino más bien de la lujuria 1. En la novela la virgen aparece como una Eva, serpiente en mano, con su
nuevo nombre, el de la Virgen Culebra. La serpiente repta horizontalmente por
la tierra, y es la que baja simbólicamente a María al plano de lo dionisiaco, retando
así la visión apolónica de la virgen que verticalmente se eleva por los cielos. En la
novela, sin embargo, la Virgen Culebra no deja de ser una estatua milagrosa o un espíritu
puro que se encarna en otra mujer, la que podría ser virgen. La estatua no
deja de ser maltratada, y su aparición es violada por mortales. Tras estos maltratos Ella
sobrevive intacta, como fuente eterna de regeneración.
Aunque el planteamiento de darle otra
dimensión más carnal a la virgen es interesante, cualquier nueva iluminación que la
novela pudiera dar sobre el tema se pierde en un exceso de posibles Vírgenes, de
símbolos, de versiones renovadas de episodios bíblicos.
Los más variados personajes acompañan a
la protagonista en los pueblos aledaños a Bogotá, que son su escenario. En ninguno de
éstos se profundiza, sino que se utilizan como estereotipos para contrastar la imagen de
María. La rodean campesinos supersticiosos y creyentes, guerrilleros y violentos, curas
de pueblo, modernas feministas urbanas, una niña y un hombre que va adquiriendo fe a
pesar de su marcada animalidad. Los personajes creen, dejan de creer, la atacan y la
protegen en lo que parece un criterio arbitrario del autor.
A diferencia de los personajes, que son
impredecibles y carecen de profundización y continuidad, la narración es predecible,
como la misma fórmula repetida. La historia se conforma de una peregrinación con la
estatua de la virgen, y diversos encuentros milagrosos con ella, resaltando en numerosas
oportunidades la violencia del país. Los temas de milagro y de violencia forman una
estructura de narración mecánicamente repetitiva. El autor construye siempre el mismo
cuadro, de una u otra manera. Coloca a la virgen, ya sea en forma humana, semihumana, de
aparición o de ícono en medio de una situación de violencia, una violación o un ataque
guerrillero. Sucede un milagro, que generalmente empeora la violencia. Las oraciones a la
virgen más variadas cierran cada capítulo. Estos caóticos cuadros se repiten, sólo que
cambia el lugar, la representación de la virgen o la fuente de violencia.
El autor crea nuevos escenarios con
nuevos personajes que difieren violentamente de los de la tradición católica, aunque el
desafío se queda en la forma. Después del escándalo sólo queda un vacío de sentido.
El autor juega siempre con el mismo arquetipo sin desarrollarlo, sin lograr remover al
catolicismo desde sus raíces, lo que pareciera ser su propósito... O tal vez le deja al
lector la que es esa tarea más difícil: la de encontrar un sentido que trascienda sus
desafíos. Algunos lectores no quedarán satisfechos con el escándalo que se produce con
crudeza y violentas descripciones. El lector no escandalizado buscará darle un sentido a
los crudos episodios y metáforas, pero llegará a darse cuenta de que muchos de ellos son
gratuitos, ya que no aportan a la historia en un plano narrativo ni simbólico.
Los escenarios creados por Silva en cada
capítulo pesan con su obvio e intencionado simbolismo. No evoca, no deja nada a la
intuición o a los sentimientos. El lector sabe de antemano a dónde es guiado en todas
las descripciones. Silva reutiliza la ya trillada fórmula del realismo mágico, pero sin
su ingrediente principal, el que le da vuelo: lo impredecible. Construye un simbolismo
dual e infértil, es decir, sin que nazca ningún elemento nuevo de la combinación
precedente. Por ejemplo, la escena de una violación en un cuarto estrecho, dónde se
halla una estatua de la virgen, se queda en los juegos de la forma, forma un grotesco que
es sólo visual, pero que no llega a recuestionar.
Al leer la novela se añora el aspecto
inocente y espontáneo de lo mítico y de lo simbólico. Ese es el riesgo que se corre al
replantearse viejos mitos con lógicas modernas, o al querer construir ficción a partir
de razonamientos, de recetas premeditadas. La novela no logra un verdadero cuestionamiento
del catolicismo, desde el punto de vista académico, ya que no avanza en su razonamiento,
y no le da objetivo a sus juegos de estereotipos. Desde el punto de vista estético, e
irónicamente, la novela es el producto de una receta racional, lo que no puede ser
literatura.
CONSTANZA JARAMILLO
CATHCART
1 Jean Chevalier y Alain
Gheerbrant, Dictionnaire des symboles, Robert Laffont Jupiter, París, 1982, págs.
867-879.
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