Boletín Cultural y Bibliográfico. Número 39 . Volúmen XXXII. Editado en 1996
 
Del amor y el desencanto

Fragmentos de una sola pieza
Alexandra Cardona Restrepo
Editorial Planeta, Santafé de Bogotá, 1995, 285 págs.
Por: Luis Germán Sierra J.

Fragmentos de una sola pieza es una novela de Alexandra Cardona Restrepo (Ibagué, 1957), que en 1992 ganó una beca de Colcultura en la modalidad de proyecto.

Una obra que se extiende en un largo periplo por la geografía de diversos personajes, a quienes en todo momento los ronda una historia de amor, y es ese sentimiento el que los mueve en imprevistas direcciones (aún la de la muerte), constituyéndose en el eje central, en el leit motiv de la novela.

La autora se apoya en un narrador omnisciente (Eliseo), personaje él mismo de la obra, y a través de él se plantea algunos problemas de la escritura desde puntos de vista estéticos, del estilo, del lector, de serios cuestionamientos y contradicciones como autora.

La historia está enmarcada en los años ochenta, cuando surge en el país una suerte de conspiración armada y un grupo de intelectuales de izquierda planea una arremetida contra el poder, que va ganando en osadía y acercamientos que los coloca en las primeras páginas de los periódicos, en la televisión, en boca de todo el país.

El amor a la verdad, el valor, la lucha por ideales que tiendan a dignificar la vida, y un acendrado convencimiento en sí mismos, hacen de Eliseo, Abril, Manuel, Diego, Marisela, entre otros personajes que van tomando posición en el corazón del lector.

Manuel y Javier Arteaga son dos hermanos que mueven el apretado carro de esta novela, cada uno desde destinos distintos. Javier es coronel del ejército, conducido allí por su visión severa de la vida y la convicción de que ésa sería la mejor manera de complacer la voluntad de su padre muerto, quien le encomendara la dirección del hogar. Manuel, hijo menor y díscolo, contradictor de su hermano y que un día saliera de su casa para ya no volver, incursionando cada vez más en su compromiso político, en su irrenunciable idea de construir la justicia, de poner las cosas en orden entre buenos y malos. Con Diego Linares formaba la dupla dirigente de la conspiración. Enamorados profundamente de la vida y soñadores impertérritos, no medían las consecuencias de su aventura. Sus amigos y cómplices facilitaban reuniones, llevaban recados y surtían de vivacidad toda la historia, hasta que no llegara, como llegó, una contundente realidad: eran vistos y seguidos por fuerzas enemigas, y cada vez el círculo se cerraba, teniéndolos en el punto de mira.

El café Chiken, en el centro de la ciudad, era lugar de reuniones tranquilas y divertidas, amenizadas por El Príncipe (antiguo artista y ahora decadente figura, con remanentes de alguna exquisitez); el poetica (quien siempre acompañaba a El Príncipe, como bufón de cámara); el viejo don ángel, dueño del lugar y quien, paulatinamente, fue entrando a todas estas vidas: Violeta, quien estuvo locamente enamorada de Javier Arteaga pero no soportó su vida autoritaria ni su carrera militar.

En el Chiken se vivían muchas historias y todo pasaba como un divertimiento que ocultaba en el fondo las sombras de aquellas vidas desasosegadas que luchaban con denuedo por la felicidad.

Eliseo es escritor, y en esta novela es él quien narra, quien conoce a cabalidad a los personajes, a sus amigos. En ocasiones él es narrado por quien también lo conoce y le conoce sus angustias de escritor. Alexandra Giraldo logra una eficaz transmutación en su personaje y, a su vez, de éste en su doble carácter de artista y personaje que participa de los avatares de sus demás compañeros de viaje. Eliseo es una historia dentro de la historia. En sus reflexiones y preguntas, en ocasiones, se lleva al lector al margen de la página (siempre una opción para escaparse) y allí intima con él, lo hace confidente de sus dudas en la soledad de escritor “¿Y si hablo de lo que hice ayer cuando me encontré con Manuel? ¿Si cuento la historia de la época en que se le ocurrió tomarse el poder? La situación no podía seguir así: tenían que hacerlo. No bastaba desear el cambio del país, debían producirlo. ¡Si cuento la cara de desconcierto con que los miraba!, por un momento creí que me tomaban el pelo [...] ¿Por qué las historias se convierten en historiecitas? ¿Por qué las historiecitas se convierten en historias? Lo único que quiero es pensar en ella, nada más [...]”.

Eliseo lleva de la mano a su lector (lector de sus asuntos de escritor -cercanos, íntimos, entendibles- y de la historia que ya se mueve sinuosa por territorios de amor y de peligro) sin abandonarlo en fríos laberintos ni oscuros metalenguajes.

El Príncipe desaparece a manos de quienes rastrean al grupo de conspiradores y colaboradores. Aunque él está lejos de pertenecer a los círculos políticos, por alguna extraña razón es llevado y desaparecido. Sus amigos se dan a la tarea desesperada de su búqueda y sólo mucho tiempo después, con la ayuda de su ex-esposa, una anciana italiana, y de un abogado que recientemente ha recuperado la alegría y el sentido de la vida, lo encuentran muerto y enterrado como un NN más. (En la autora de la novela hay un marcado interés por discurrir en este tema y hacérselo ver al lector, no como mero argumento de ficción, sino como una terrible realidad que vive el país).

Diego Linares también fue asesinado, a manos del ejército, en una emboscada que se dejó tender ingenuamente, vendido por el amor: a pesar de vivir en la clandestinidad, no podía dejar de ver a Gretta, su gran enamorada, y esto le costó la vida.

Aquí la muerte, como en tantas otras circunstancias, ayudó a desenredar la madeja. Se cerraba un ciclo donde unos reemprendían su propia vida con un cúmulo de experiencias aprendidas, y otros se tomaban apenas una tregua para dar un viraje que los conduciría quizá hacia las mismas metas, pero ahora con renovados argumentos. Fragmentos de una sola pieza es una novela que se esmera en entregar un pedazo de historia de nuestro país, que políticamente marcó su futuro inmediato. Pero lo hace (sin abandonar esa perspectiva política) desde el punto de vista del amor.

LUIS GERMÁN SIERRA J.