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Vértigo de piedras
ingurgitadas
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Obra poética
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Germán Espinosa
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Arango Editores, Santafé de Bogotá,
1995, 357 págs.
I
Ni dominar la prosodia y demás preceptos
de la gramática, ni conocer los arcanos de la retórica, ni poseer un aceptable
conocimiento de las humanidades, ni tener una aguda sensibilidad y, ni siquiera, ser un
buen narrador, constituyen razones de peso para acceder al género lírico. De lo ultimo,
tanto Cervantes como Hemingway -citando apenas dos entre tanta evidencia- son ejemplos
palpables: fueron excelentes novelistas, pero no queda de ellos un solo verso digno, no
obstante los hubiesen forjado seriamente en vida.
Se sabe también de atinados filósofos,
lingüistas y eruditos que no escribieron versos -o por lo menos no los dieron a la
imprenta- porque eran conscientes de sus limitaciones.
Para erigir un poema se necesitan todos
los conocimientos y ninguno: todos, porque, como bien lo dice don Quijote en su discurso
sobre la poesía -palabras más, palabras menos-, el cultivo de la poesía requiere el
estudio de todas las ciencias; y ninguno, porque no podemos negar la belleza evidente de
aquellas expresiones del folclor surgidas de la inspiración de creadores silvestres
(¿quién negaría la poesía popular, ese tesoro inmenso de poemillas?).
Ante esta última peculiaridad, Platón,
con cierta pelusa, explicaba que el poeta era simplemente una especie de médium a través
del cual se expresaba un dios y que, por ello, pasado el trance de inspiración, era
incapaz de explicar las maravillas propias de sus creaciones. En este sentido, también el
músico Antonio Salieri se quejaba de que la naturaleza hubiese dotado al tosco W. A.
Mozart de un genio tan extraordinario, mientras él -Salieri- tenía que esmerarse por
entero, noble y educado como era, para lograr una composición.
La poesía y el arte, entonces, son dones
inexplicables que pueden complementarse con el estudio de todas las disciplinas, pero
sobre todo de la más vasta y próxima: la de la vida.
II
Hace ya algunos meses se ha dado al
público la Obra poética del maestro Germán Espinosa. Siete libros componen este trabajo
que reúne textos escritos entre 1952 y 1990; libros que, en términos generales, abrazan
poca poesía y sí, en cambio, mucha retórica, lugares comunes, expresiones prosaicas y
resentimientos.
De nada valen los méritos eruditos y
prosódicos que se evidencian en esta obra, y de nada valen tampoco algunas ráfagas de
probada sensibilidad pues se pierden entre tanta ostentación de anacronismos, verborrea y
juego de palabras inconducentes:
Padecer de un dolor oblicuo, de
/un
oblicuo
soñar, de un ritmo ledo, de una
/anodina
afasia
mordaz, más elocuente que el
/verso
más proficuo....
[pág. 67]
He aquí, amor, mis promesas y
/denuncias
a nuestro amor recíproco. No
/yermes
la esperanza y acude, sin
/renuncias,
a darme el electuario y el
/alquermes...
[pág. 260]
Allí estás otra vez, mar de sucia
/pedrería.
Allí estás, divina pantera
/narcotizada a
mis pies.
Allí estás, pleno de respuestas
/sobreentendidas
a mis preguntas gesticulantes,
a mi vértigo de piedras
/ingurgitadas,
a mi condición de náufrago
/terrestre...
[pág. 321]
III
En un ensayo titulado Apolo o de la
literatura, Alfonso Reyes esbozó una separación de los géneros literarios en
atención al orden estético creciente, es decir, según el grado de
contaminación de la literatura con los elementos del mundo real. Subrayaba allí, el
maestro mexicano, como máxima expresión literaria a la lírica, explicando que a través
de ella el hombre logra dilucidar con mayor plenitud las inquietudes de su espíritu, de
su interioridad. Por el contrario, la novela, -mimesis de la realidad- se halla demasiado
contaminada de ésta, debido a que el narrador mira más hacia afuera, hacia su entorno,
que hacia su propia alma. Ignoro si Espinosa conoce el citado ensayo, pero en él se
aclara la diferencia entre los practicantes de uno u otro género: la poesía, la lírica,
como expresión del alma y por dolorosa, decepcionada o cínica que sea, debe conservar
cierta levedad -para decirlo con Ítalo Calvino-, debe, en lo posible,
deshacerse del lastre de la retórica y del atiborramiento de ideas. Por ello, con todo lo
barroco que hay en la obra de Quevedo y de Góngora, allí la poesía subsiste porque el
hipérbaton y el retruécano (tan reiterativos) son pertinentes, ayudan rítmica y
semánticamente en la construcción y lectura de sus obras. No ocurre así en los textos
de Espinosa, donde la articulación alegre de palabras es más un débil rasgo de dos ecos
campantes en su poesía: León de Greiff y el modernismo.
Espinosa, en una actitud que le impide el
libre acceso a la poesía, evoca y cuestiona con rencor, a sus versos les falta el sosiego
necesario del creador, quien sólo debe sentarse a escribir cuando la emoción ha
desaparecido o atenuado, tal como se trasluce en los versos irónicos, pero amables y
sanos, de un Villon ante la erizada inminencia de acabar definitivamente en la horca.
De tal manera que la obra poética de
Germán Espinosa (con excepción de contadas prosas poéticas, y de sus versiones sobre la
obra de otros autores, entre ellos Le bateau ivre de Rimbaud y de un texto
llamado Proemial (pág. 174), carece de toda levedad y resulta no sólo
soporífera, sino erisipilante.
GUILLERMO LINERO
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