Boletín Cultural y Bibliográfico. Número 39 . Volúmen XXXII. Editado en 1996
 

La mirada cómplice: arte y literatura


La mirada cómplice
Juan Gustavo Cobo Borda
Centro Editorial Universidad del Valle, Cali, 1994, 228 págs.

La mirada cómplice, de Juan Gustavo Cobo Borda, es un libro donde el autor nos conduce de la mano hacia la expresión de ocho pintores colombianos que, sin duda, forman parte incuestionable de la historia (importante) de la pintura de nuestro país.

Alejandro Obregón, Juan Antonio Roda, Omar Rayo, David Manzur, Beatriz González, Juan Cárdenas, Luciano Jaramillo y María de la Paz Jaramillo están presentes de cuerpo entero en estas páginas y lo están de la mejor manera, de la manera más merecida y digna: como grandes artistas que son. Faltan muchos y habrá algunos que no son del entero gusto del público, tanto simples espectadores como avezados críticos. Pero el autor del libro no advierte que sean los únicos ni que ha hecho una consulta pública para hablar de ellos. Son algunos de los de su gusto. Ese gusto sí es evidente a lo largo de todos estos ensayos.

Cobo Borda no es pintor ni crítico (profesional) de pintura: es poeta y es un incansable ensayista de la literatura de nuestro país y de muchos otros ámbitos. Así las cosas, todo está dado para que su sensibilidad y su gusto estético sean proclives al mundo cercano de la pintura y los pintores. Y agreguemos también algo que está probado a través de sus libros y su historia de hombre público en los avatares de la cultura colombiana: Cobo Borda es un escritor culto (en el sentido, sí, de las elites), que conoce de cerca los procesos de creación de muchos artistas (recordemos que fue amigo personal y respetado de Borges en Buenos Aires, para sólo mencionar este caso) y los ambientes de muchísimas ciudades del mundo. Lo cierto del caso es que en este magnífico libro está no sólo esa erudición “formal” del escritor, sino también, y quizá sea lo más importante, una pasión sincera por la pintura de los artistas que comenta. El título ya lo anuncia.

Allí está el variopinto paisaje de la pintura colombiana que, como dice el escritor, revela una de las vetas más auténticas y decididas de nuestra cultura.

Las palabras del escritor se despojan de la connotación que ellas tienen en la poesía y se convierten en rastreadoras (como verdaderos sabuesos) de las huellas del pintor, hasta entregarnos su imagen viva y esclarecedora. El poeta Juan Gustavo Cobo Borda (como en muchos otros casos afortunados: Juan Calzadilla, Mario Rivero, Julio Cortázar, Octavio Paz, Santiago Mutis, André Breton, Baudelaire, entre otros) sale airoso gracias a la disciplina de su escritura, sumada a la atención poética de su mirada.

El ensayo que dedica a la obra de David Manzur es deslumbrante. El trabajo del pintor, denominado El beso de Dios (16 aguafuertes y 6 litografías), sobre la poetisa española santa Teresa de Jesús induce a Cobo Borda hacía un periplo por otros autores plásticos (Luis Fernández de la Vega, escultor español [1600-1675]; Gian Lorenzo Bernini, escultor italiano [1598-1680]; Francisco Zurbarán, pintor español [1598-1664]; Alonso Cano, escultor español [1601-1667]).

Tal vez el momento más alto de este libro es el ensayo sobre Manzur. No dudo en pensar que aquí Cobo Borda logra la altura de un Octavio Paz como ensayista nato, donde la palabra autónoma se aleja del tema referenciado (la obra de Manzur) pero, así mismo, culmina una relación íntima con éste, gracias al firme vuelo de sus reflexiones en la tríada Manzur-Santa Teresa-Cobo. (Es curioso ver que en la ya despistada nota de la contraportada del libro se omite a David Manzur y se habla de “siete textos”, cuando en realidad son ocho. Esa nota anónima, ejemplo de intrascendencia e imprecisión, sólo ratifica el merecido desprestigio de los comentarios de solapas y contraportadas).

Notable, también, el texto sobre Alejandro Obregón, a quien dedica ciento cinco páginas, de las doscientas veintiocho que en total tiene el libro. Obregón parece ser una obsesión del poeta, no sólo a juzgar por este extenso ensayo-crítica-entrevista, sino porque ya había dedicado un libro completo (Obregón, Editorial La Rosa, Bogotá, 1985) al estudio de su obra y su personalidad. Una amistad muy cercana y la apasionante vida del pintor barranquillero, de cuya obra se desprende un país con todas sus contradicciones y maravillas, justifican plenamente la obsesión del escritor. Y su no oculta preferencia. A Juan Antonio Roda nos lo presenta en un amplio periplo por su obra, desde sus orígenes españoles hasta su definitivo asentamiento en Bogotá, llamando tal vez la atención sobre un autor que no ha sido del todo valorado por la historia de nuestra pintura y que ha influido saludablemente en varios de nuestros mejores y más jóvenes pintores. Roda es una gran mole de incansable trabajo.

Igual ocurre con Luciano Jaramillo (1938-1984), muerto prematuramente y quien, sin embargo, ha dejado una obra de gran vitalidad y dinamismo, anunciado desde muy temprano por los mejores críticos (uno de sus maestros, como de Luis Caballero, fue Juan Antonio Roda). A nadie defraudó, excepto a la muerte, que no pudo acallarlo porque su corta vida logró mucho más en su honda presencia como artista (“A pesar de su técnica impecable, de su color a veces entonado en gamas exquisitas, y de los paisajes, en ocasiones sugestivos y radiantes, para Luciano Jaramillo el arte no fue nunca un elemento de decoración, sino, al contrario, una advertencia, un señalamiento, un espejo de la verdad, con el poder de incomodar y de obligar a reflexionar”. Frase de Eduardo Serrano, citada por Cobo Borda).

Imposible extenderse aquí en la síntesis de todos los estudios del libro. Baste decir que todos son igual de lúcidos y de agradables en su lectura. Que en todos hay descubrimientos y hallazgos que no teníamos. Que en todos hay apego sincero por el arte y conocimiento del artista. Que ninguno se parece a la mayoría de artículos pretenciosos, laberínticos y “demoledores” que estamos acostumbrados a leer en revistas y periódicos.

Un panorama justo del arte colombiano (incompleto, claro está) que induce al lector a interesarse por estos artistas y, sobre todo, le presenta un ejemplo de cómo se puede escribir buena crítica sin rebusques ni poses de especialista. Gracias, en todos los casos, al reconocimiento de un trabajo arduo, consciente, indeclinable. Y gracias, por supuesto, a la precisión de su escritura, al oficio de un avezado escritor.

Un libro que triunfa en su intención, pese a que carece de ilustraciones de los autores aludidos, lo que no parece lógico en una publicación de esta índole. Doble mérito de Cobo Borda.

LUIS GERMÁN SIERRA J.