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Las
huellas del húsar
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Crónicas de arte colombiano, 1946-1963
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(compilación y prólogo: Mario Jursich
Durán
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Casimiro Eiger
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Banco de la República, Santafé de
Bogotá, 1995, 690 págs.
Casimiro Eiger nació en Polonia en la
segunda década del siglo XX (en 1909, según el prólogo [pág. 25], o en 1911, según la
solapa). De familia acomodada, llegó exiliado a Colombia en 1943, después de ensayar
otras patrias adoptivas: prefería un país de poetas como Colombia y no uno de
petroleros como Venezuela, según le dijo a David Manzur (pág. 26). Como bien lo
destaca el compilador, la obra de Eiger se desarrolló en dos planos intangibles: uno que
podría llamarse tutelar, con sus amigos pintores y escritores, a quienes
estimuló y analizó y el otro sonoro, pues las crónicas en las que se ocupó
del arte colombiano fueron en buena parte destinadas a la radio: de 128 textos que
integran este volumen, apenas siete fueron dados a la imprenta. De no ser por los guiones
que conservó, su empeño habría sido víctima insalvable de los estragos del tiempo, ya
que nunca publicó un libro, aunque colaboró con algunas revistas.
Hombre culto, polifacético, de gustos
aristocráticos, galerista, dueño de agudo talante, Eiger comentó durante casi veinte años
(1946-1963) las principales exposiciones bogotanas, y dejó un acervo estimado en 6.000
páginas, de las cuales se publican cerca de un 10%, referidas casi en su totalidad al
arte colombiano. Juzgar a fondo la pertinencia del material elegido requeriría conocer
también lo desechado, lo cual excede el alcance de esta reseña. Tal vez hubiera sido
conveniente publicar, para facilidad de investigadores, un índice de escritos, incluyendo
los textos donados en buena hora por su albacea a la Biblioteca Luis ángel Arango.
Los criterios adoptados por el compilador
fueron: privilegiar el material inédito sobre el publicado, bajo la idea de que el
segundo es más fácil de consultar; énfasis en los pintores de la vanguardia y en los
comentarios referentes a los salones nacionales y exposiciones colectivas; preferencia por
el material sobre artes plásticas colombianas, con inclusión de ejemplos de escritos
sobre exposiciones europeas y sobre arquitectura y asuntos urbanísticos, temas que
también fueron del interés del autor.
Un repaso a la tabla de contenido sugiere
que la selección, como cualquier selección, despierta algunos interrogantes. Dos
ejemplos: Eiger, quien tanta atención prestó a todas las manifestaciones artísticas de
su momento, ¿sólo se interesó marginalmente por un artista tan importante como
Alejandro Obregón, tal como lo sugieren los dos textos incluidos en el libro? Por otra
parte, fue uno de los primeros y más importantes animadores e intérpretes de la obra de
Eduardo Ramírez Villamizar y, sin embargo, no se encuentra ningún escrito sobre el
escultor.
La escogencia parece inclinada a mostrar
que Eiger se ocupó de una heterogénea temática que cubre desde una exposición de
floricultura o la revalorización del grabado, hasta una crítica a la incipiente
escultura colombiana. En esa amplia y saludable diversidad, el lector no deja de encontrar
evidentes sobrantes que acaso le restaron espacio a posibles textos de mayor trascendencia
o interés histórico.
El prologuista se apresura en señalar a
Casimiro Eiger como el padre del arte moderno en Colombia. Hoy nadie cree, por
ejemplo, que Vasari sea el padre del arte renacentista porque escribió sobre
los más destacados pintores de su época. En el supuesto de que el arte tenga
paternidades, éstas le corresponden más bien a sus creadores, no a sus
comentadores o promotores. Otra cosa es que los discursos sobre los artistas sean material
valioso, bien en el momento de su producción, porque hagan ver, defiendan o estimulen, o
bien porque en el futuro resulten útiles a un hipotético historiador. Tal vez es más
preciso considerar que el comentarista o crítico es testigo, en lugar de progenitor.
Para la historia del arte nacional
resulta necesario establecer la función que Eiger cumplió en su momento, los valores
estéticos que impulsó y los que criticó, la interpretación que hizo del período
artístico que le tocó en suerte y la expresión que realizó de un determinado ideario.
El prólogo no aporta mucho a esa indispensable comprensión, quedándole el vacío, y la
tarea, al lector. La referencia al contexto en el que se elaboraron los comentarios es
inexistente, por lo que la imagen del panorama artístico del momento resulta demasiado
incompleta. Parece que Eiger hubiera sido una isla exótica que apareció súbitamente,
flotó y luego se esfumó. Antes, durante y después, tuvo colegas, seguidores y
contradictores en la crítica de arte, elementos faltantes que son parte necesaria de la
reconstrucción.
Con todo, no cabe dudas de que la
publicación es meritoria, tanto porque pone al alcance una obra casi olvidada e
indispensable para la mejor documentación y comprensión de un período fundamental en la
historia del arte colombiano, como porque destaca de manera acertada el particular
interés y sensibilidad con que Casimiro Eiger acogió en sus emisiones radiales, y en
algunos artículos, la obra de un puñado de artistas que surgían. Entre ellos, al pintor
Fernando Botero, en quien tempranamente distinguió, por igual, el talento y los
extravíos del artista en formación a Carlos Correa, a quien apreció por su compromiso
con la búsqueda de un arte nacional y americano; a Ignacio Gómez Jaramillo, a quien tal
vez admiró en exceso. A David Manzur le criticó su ficción mundana (pág.
265). También observó con atención crítica a Enrique Grau, Marco Ospina, Leo Matiz,
Cecilia Porras y Armando Villegas, entre muchos otros.
En sus programas radiales no pocas veces
emprendió, siguiendo a Chesterton, la defensa de las cosas desdeñadas (pág.
326), entre las cuales estaban el grabado, las artesanías, los dibujos infantiles, con lo
cual amplió el interés por las manifestaciones artísticas y su valoración social.
Discutió una y otra vez la posición del artista extranjero frente al medio tropical
exuberante, analizó el proyecto de un arte nacionalista, y también reflexionó sobre el
papel del artista: Nosotros no pretendemos que un artista pueda realizar otra cosa
que un esfuerzo de creación [...] todos los artistas dignos de ese nombre han obrado
así (pág. 314).
En un momento en que el incipiente
mercado artístico daba visos de expansión, no vaciló en criticar a ciertos artistas
que quieren servir, a un tiempo, al arte y al éxito (pág. 244), al mismo
tiempo que ponderó la importancia de la unidad del estilo con la inspiración. Del estilo
escribió: Surgido desde el interior, corresponde a la necesidad más honda de su
autor, a la modalidad, única e insustituible, que éste encuentra para expresar sus
ilusiones (pág. 148).
Su concepción del arte la expresó así:
Arte significa don divino y encarna la facultad asombrosa, gratuita e inexplicable
de creación [pero] también quiere decir oficio, industria y maestría, es decir, la
destreza que solo un largo ejercicio logra producir (pág. 213). Para el crítico,
el hombre culto era aquel que con su esfuerzo, que puede ser mínimo, enriquece en
alguna forma el tesoro de los conocimientos o de los goces humanos (pág. 342).
Bien haría la colección bibliográfica
del Banco de la República en inaugurar con esta compilación una serie que recoja la obra
principal de los críticos e historiadores del arte colombiano, entre ellos Walter Engel,
Eugenio Barney Cabrera, Marta Traba y Gabriel Giraldo Jaramillo, quienes dieron cuenta,
con sus comentarios y estudios, del surgimiento del arte moderno en Colombia.
El húsar, bello poema que
álvaro Mutis dedicó a su amigo Casimiro Eiger, sirve de antesala a ls Crónicas de
arte colombiano. En uno de los versos se lee: Difícil se hace seguir sus
huellas y únicamente en algunas estaciones suburbanas se conserva indeleble su
recuerdo.... Hasta la publicación de este libro, tal parecen haber sido para las
nuevas generaciones los esquivos rastros de Eiger. Gracias a ella pueden reconstruirse,
por lo cual su recuerdo empezará a latir en muchas otras estaciones.
SANTIAGO LONDOÑO VÉLEZ
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