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Del oro
y la injusticia
El oro y la sangre
Juan José Hoyos
Editorial Planeta, Santafé de Bogotá, 1994, 301 págs.
El oro y la sangre es una crónica
periodística. Cuenta la guerra fratricida -todas lo son-que desde 1975 se instala entre
la comunidad indígena emberá en el departamento del Chocó. Durante 15 años sólo
sabemos de sangre derramada, injusticia, destrucciones y hambre, todo en vano, producto de
la fiebre alucinante del oro. Termino de leer este libro con dolor de estómago.
La historia es compleja; intervienen
muchos factores que arman un nudo intrincado difícil de comprender. Oro, sierras, poder
político, religión, antiguas venganzas sin resolver, envidias, ambición, ignorancia, y
una sed insaciable de dar muerte al enemigo, al supuesto enemigo, su propio hermano
emberá en la mayoría de los casos.
Nunca he entendido las guerras; ésta es
otra guerra más que me quedo sin entender, por más que esté explicada en El oro y
la sangre de Juan José Hoyos, premio Germán Arciniegas de periodismo, organizado
por el Grupo Editorial Planeta. El texto es el producto de una investigación detallada
sobre el conflicto, los movimientos y los móviles de este absurdo. Está dividido en dos
partes, la primera de las cuales se llama El Oro y cuenta la historia desde la
llegada de los españoles sedientos de oro, en busca de Dabaibe como El Dorado de la
leyenda. Habla de la historia de las minas de oro y cómo se dan los cambios de dueños
pasando por alto que esas tierras han pertenecido a la comunidad emberá desde siempre.
Escribe un poco acerca de los indios, más de sus problemas de salud, hambre, educación y
muerte que de sus vidas y costumbres. Habla de los trabajos de la misión claretiana
instalada en Santa Ana de Aguasal y de sus párrocos, de las intervenciones durante el
conflicto y de sus contradicciones como misioneros.
La segunda parte, La Sangre
da cuenta de la guerra que esa búsqueda de El Dorado genera en la región. La típica
violencia colombiana que, a pesar de los horrores narrados, nos es tan familiar. Las dos
partes, El Oro y La Sangre, no están tan claramente separadas,
como el oro y la sangre tampoco lo están en la historia de los cuatro mil emberás que
alguna vez dijo un censo que habitaban las selvas del río Andágueda.
Al parecer, la guerra en el Chocó se
remonta al siglo XVI, cuando los españoles llegan al territorio selvático en busca del
oro de Dabaibe. Llegan atacando y torturando a los indios, para con ello obtener la
información del lugar donde se encuentra el verdadero Dorado. Los indios se defienden
atacándolos con lanzas, flechas, dardos envenenados y cerbatanas. Desde entonces el oro
ha estado unido a la sangre y a la muerte. Los españoles consiguen entrar en la espesura,
se apoderan de las minas, controlan las sierras, llevan esclavos negros desde Popayán y
Anserma como mano de obra. En 1670 llegan los misioneros claretianos a evangelizar y a
dominarlos. Instalan misiones en diferentes sitios y comienzan la labor de enseñanza de
la doctrina de Cristo con métodos totalmente colonialistas, métodos que hasta hace pocos
años todavía continuaban causando estragos en la cultura indígena.
Durante la guerra de los Mil Días llegan
a Dabaibe blancos, colonos y mineros paisas y se asientan produciendo cambios. En 1927
dicen que la mina Morrón, en Río Colorado, pertenece a una sociedad de paisas
explotadores; después, en los años cincuenta, se presenta un pleito y la mina se cierra
durante quince años. En el 68 se establece un acuerdo amigable pero no queda consignado
en escritura pública. En 1975 el indígena Aníbal Murillo encuentra una nueva mina cerca
de la anterior. Aquí todos estos hechos se juntan para dar comienzo a una verdadera
guerra entre indios y blancos, indios e indios, indios y policía o ejército, indios y
guerrilleros. Guerra en la que a las mujeres sólo les queda correr con sus hijos a
refugiarse. Es una historia de venganzas, odios, injusticias en medio de la ignorancia y
la mezquindad.
Durante los quince años siguientes se
suceden inútiles reuniones de paz con participación de los líderes de las comunidades,
con representantes del gobierno nacional y de otras organizaciones privadas, donde se
logran, en algunas ocasiones, acuerdos importantes que no siempre se cumplen o que al
final sirven para nada. Vienen a continuación violentos ataques entre las comunidades,
algunas veces con intervención del ejército o la policía, o de blancos que han estado
cercanos a la historia de las minas, también asesinan a algunos de los jaibanás más
viejos. Esta violencia que sin cesar ha arrasado los poblados, los cultivos, el ganado, la
salud, la alegría y la fe, se extiende hasta 1990, cuando aparece un grupo guerrillero
del Ejército Popular de Liberación que logra una nueva reunión de los gobernadores de
cabildos y un fresco clima de calma en esta guerra que parece sin fin.
El texto, por la manera como está
organizada la investigación, tiene páginas pesadas por el exceso de información densa y
árida que lo convierte más en un expediente que en una crónica. Pierde la agilidad de
la narración que logra en otros apartes del libro, como cuando intercala capítulos con
testimonios de personajes que han vivido la guerra, los sacerdotes misioneros claretianos,
los médicos o la maestra, o también aquel que narra en primera persona cuando el autor
llega hasta la selva del río Andágueda formando parte de una de las tantas comisiones
que fue, a ver el problema, o cuando introduce las anécdotas de los indios en
plena fiebre del oro montando en avión o rumbeando en los prostíbulos hasta acabar con
todo el dinero. Testimonios y capítulos que dan a la crónica otra dimensión más rica
que el solo hecho de dar cuenta de reuniones frustradas y nuevos ataques cada vez más
violentos.
El libro termina con una decena de
páginas de cronología de la guerra del oro en el Alto de Andágueda, que puede ser muy
útil para quien requiera esa información de manera ágil y ahorra al lector desprevenido
entrar en la densidad de la información.
DORA CECILIA RAMÍREZ
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