- El papel social de los científicos
- Sociedades científicas en Colombia. La invención de una tradición, 1859-
1936
Diana Obregón Torres
Banco de la República, Santafé de Bogotá, 1992
La autora forma parte de un grupo de pioneros, sociólogos de formación,
historiadores de profesión, que, en los últimos años, se han dedicado a abrir terreno a
una historia de la ciencia en Colombia, desde una perspectiva de análisis sociológico.
Por esta razón, el libro no va dirigido a quienes busquen guías y fundamentos de una
historia epistemológica o de la formación y trayectoria de comunidades epistémicas en
el sentido de Kuhn. Su problema no es "cuánto sabía un científico en un momento
determinado, ni qué tan informado estaba de los avances en la frontera del conocimiento,
sino cuál era su práctica, en qué medida logró hacer escuela, y de qué manera sus
actividades tuvieron éxito en la creación de instituciones dedicadas a la ciencia".
Desde la introducción hasta las conclusiones, Diana Obregón subraya de qué
modo los científicos y sus sociedades padecieron una obsesiva búsqueda de una tradición
que nacería con la Expedición Botánica. Pero, según su observación final, el
sentimiento de pertenencia a tal "comunidad imaginada" no fue suficiente para
consolidar una comunidad científica real.
El hilo conductor de la narración es el papel social del científico colombiano
en ciernes. Papel eminentemente profesional: ingenieros de puentes y caminos o de minas
que, a partir de su práctica, hacían pinitos matemáticos, o sustentaban mejor las bases
de la cartografía; médicos convertidos en bacteriólogos o en higienistas, o en
biólogos.
Si interpreto bien, la autora se sirve de dos claves para armar su narrativa: los
valores y las formas de sociabilidad y la búsqueda de autonomía por parte de los
científicos. En cuanto a las primeras, parte de la Ilustración y sus afanes de
institucionalizar la ciencia, afanes que serán reproducidos por nuestros científicos a
lo largo del siglo XIX.
A diferencia de la España carolina, aquí el actor no es el Estado, sino
individuos, ciudadanos que van contra la corriente. Es decir, que van en contra de los
valores centrales de las elites que, retóricamente, ven la modernidad en función de
política y juridicidad. Esto, a pesar de que la realidad sea de guerras, fraudes
electorales y más guerras. Todo ello con un trasfondo de pobreza y fragmentación
regional.
En cuanto a la autonomía, requisito para institucionalizar la ciencia, Obregón
deja planteado el asunto, pues en 1936, cuando termina su narración, no hay condiciones
en el entorno para una tarea tal, pese, por ejemplo, a la reorganización de la
Universidad Nacional. Dicho sea de paso, ésta es la época en que Laureano Gómez, el
líder de la oposición, embiste contra la ciencia, y López Pumarejo, el impulsor de la
reforma universitaria, sostiene que antes que el "saber especulativo" (es decir,
la ciencia) debe estar el saber tecnológico en función del desarrollo económico y
social de Colombia.
No en vano, la década de los años veinte había sido fructífera en el
trasplante de paradigmas de tecnología blanda: ahí estaban los modelos de la Misión
Rockefeller en salud pública, de la Misión Pedagógica Alemana en educación, de la
Misión Kemmerer en la modernización del sistema bancario y de organismos del Estado
moderno (la Contraloría y los ministerios económicos).
Obregón nos muestra cuán promisoria es la clave de los valores y la
sociabilidad. Si leemos esta magnífica monografía desde una amplia perspectiva de la
vida pública, la vida privada y la moralidad de las elites, veremos que la obsesión de
nuestros científicos por el pasado, su búsqueda incesante de una comunidad imaginada,
que habría sido la raíz de la nacionalidad, y la práctica de organizarse los
"sabios" para hacer tertulia, fabricarse un nido institucional (el trabajo
estudia en detalle y cronológicamente seis organizaciones científicas) y ganar prestigio
social, es parte de una moralidad cívica, expresión de un neoclasicismo dieciochesco,
diferido a los siglos XIX y primer tercio del XX, quizá porque ni la estructura social ni
la visión que las elites tenían de sí mismas habían cambiado demasiado.
En esta perspectiva, hacer ciencia, como hacer política, era una actividad noble
y superior, algo que colocaba al practicante en los umbrales de la civilización. Hacer
ciencia significaba llevar una vida abnegada, para el bien común, superior al egoísmo de
la vida privada. En fin de cuentas, en la Bogotá en donde "todo el mundo conocía a
todo el mundo", poblada de elites endogámicas, ¿qué recompensas espirituales y
morales ofrecía la vida privada a un hombre? Porque, evidentemente, estamos hablando de
sociedades científicas masculinas. Sin un espacio bien establecido para el amor
romántico, ni para la privacidad característica de las grandes urbes y en particular de
la cultura posmaterialista de nuestro tiempo, uno puede concluir que los científicos
cuyas prácticas, entornos sociales y sociabilidades estudia Obregón Torres son como la
contraparte de lo que Herbert Braun llamó los convivalistas. Así lo confirmarían sus
ideales de civilización, su misión pedagógica y el sacrificio que, supuestamente, les
reportaba responder al llamado de su vocación.
MARCO PALACIOS |