Boletín Cultural y Bibliográfico. Número 38 .  Volúmen XXXII, editado en 1995
 
El papel social de los científicos

Sociedades científicas en Colombia. La invención de una tradición, 1859- 1936
Diana Obregón Torres
Banco de la República, Santafé de Bogotá, 1992

La autora forma parte de un grupo de pioneros, sociólogos de formación, historiadores de profesión, que, en los últimos años, se han dedicado a abrir terreno a una historia de la ciencia en Colombia, desde una perspectiva de análisis sociológico. Por esta razón, el libro no va dirigido a quienes busquen guías y fundamentos de una historia epistemológica o de la formación y trayectoria de comunidades epistémicas en el sentido de Kuhn. Su problema no es "cuánto sabía un científico en un momento determinado, ni qué tan informado estaba de los avances en la frontera del conocimiento, sino cuál era su práctica, en qué medida logró hacer escuela, y de qué manera sus actividades tuvieron éxito en la creación de instituciones dedicadas a la ciencia".

Desde la introducción hasta las conclusiones, Diana Obregón subraya de qué modo los científicos y sus sociedades padecieron una obsesiva búsqueda de una tradición que nacería con la Expedición Botánica. Pero, según su observación final, el sentimiento de pertenencia a tal "comunidad imaginada" no fue suficiente para consolidar una comunidad científica real.

El hilo conductor de la narración es el papel social del científico colombiano en ciernes. Papel eminentemente profesional: ingenieros de puentes y caminos o de minas que, a partir de su práctica, hacían pinitos matemáticos, o sustentaban mejor las bases de la cartografía; médicos convertidos en bacteriólogos o en higienistas, o en biólogos.

Si interpreto bien, la autora se sirve de dos claves para armar su narrativa: los valores y las formas de sociabilidad y la búsqueda de autonomía por parte de los científicos. En cuanto a las primeras, parte de la Ilustración y sus afanes de institucionalizar la ciencia, afanes que serán reproducidos por nuestros científicos a lo largo del siglo XIX.

A diferencia de la España carolina, aquí el actor no es el Estado, sino individuos, ciudadanos que van contra la corriente. Es decir, que van en contra de los valores centrales de las elites que, retóricamente, ven la modernidad en función de política y juridicidad. Esto, a pesar de que la realidad sea de guerras, fraudes electorales y más guerras. Todo ello con un trasfondo de pobreza y fragmentación regional.

En cuanto a la autonomía, requisito para institucionalizar la ciencia, Obregón deja planteado el asunto, pues en 1936, cuando termina su narración, no hay condiciones en el entorno para una tarea tal, pese, por ejemplo, a la reorganización de la Universidad Nacional. Dicho sea de paso, ésta es la época en que Laureano Gómez, el líder de la oposición, embiste contra la ciencia, y López Pumarejo, el impulsor de la reforma universitaria, sostiene que antes que el "saber especulativo" (es decir, la ciencia) debe estar el saber tecnológico en función del desarrollo económico y social de Colombia.

No en vano, la década de los años veinte había sido fructífera en el trasplante de paradigmas de tecnología blanda: ahí estaban los modelos de la Misión Rockefeller en salud pública, de la Misión Pedagógica Alemana en educación, de la Misión Kemmerer en la modernización del sistema bancario y de organismos del Estado moderno (la Contraloría y los ministerios económicos).

Obregón nos muestra cuán promisoria es la clave de los valores y la sociabilidad. Si leemos esta magnífica monografía desde una amplia perspectiva de la vida pública, la vida privada y la moralidad de las elites, veremos que la obsesión de nuestros científicos por el pasado, su búsqueda incesante de una comunidad imaginada, que habría sido la raíz de la nacionalidad, y la práctica de organizarse los "sabios" para hacer tertulia, fabricarse un nido institucional (el trabajo estudia en detalle y cronológicamente seis organizaciones científicas) y ganar prestigio social, es parte de una moralidad cívica, expresión de un neoclasicismo dieciochesco, diferido a los siglos XIX y primer tercio del XX, quizá porque ni la estructura social ni la visión que las elites tenían de sí mismas habían cambiado demasiado.

En esta perspectiva, hacer ciencia, como hacer política, era una actividad noble y superior, algo que colocaba al practicante en los umbrales de la civilización. Hacer ciencia significaba llevar una vida abnegada, para el bien común, superior al egoísmo de la vida privada. En fin de cuentas, en la Bogotá en donde "todo el mundo conocía a todo el mundo", poblada de elites endogámicas, ¿qué recompensas espirituales y morales ofrecía la vida privada a un hombre? Porque, evidentemente, estamos hablando de sociedades científicas masculinas. Sin un espacio bien establecido para el amor romántico, ni para la privacidad característica de las grandes urbes y en particular de la cultura posmaterialista de nuestro tiempo, uno puede concluir que los científicos cuyas prácticas, entornos sociales y sociabilidades estudia Obregón Torres son como la contraparte de lo que Herbert Braun llamó los convivalistas. Así lo confirmarían sus ideales de civilización, su misión pedagógica y el sacrificio que, supuestamente, les reportaba responder al llamado de su vocación.

MARCO PALACIOS