Boletín Cultural y Bibliográfico. Número 38 .  Volúmen XXXII, editado en 1995
 
El caso del aire transparente y el cóndor ciego

ogotá desde el aire
Fernando Garavito, Enrique Santos Molano
Fotografía: Jeremy Horner y otros
Villegas Editores, Santafé de Bogotá, 1994, 167 págs.

Bogotá a vuelo de cóndor
Jorge bernardo Londoño
Fotografía: Jacques Osorio Anastasiú
Miguel Riascos Noguera, Santafé de Bogotá, 1994, 132 págs.


Pocas veces el azar de los acontecimientos brinda una oportunidad de establecer comparaciones cuya relación sea perfectamente equivalente. Aquí tenemos uno de esos casos excepcionales: dos libros con el mismo tema, con el mismo enfoque, aparecidos el mismo año y editados por dos empresarios distintos. Se trata de volúmenes sobre Bogotá, en ambos casos de gran formato, a todo color y con fotografía aérea. Uno, Bogotá desde el aire, editado por Benjamín Villegas. El otro, Bogotá a vuelo de cóndor, editado por Miguel Riascos Noguera.

¿La comparación? Como el día y la noche, y no precisamente porque alguno de los dos opte por la fotografía nocturna. Se trata de que el uno —Bogotá desde el aire, editado por Benjamín Villegas— es un libro excelentemente elaborado, en el que se nota el profesionalismo en todas las fases de la producción editorial: la calidad de las fotos, la sobriedad de un diseño invisible —como tiene que ser el diseño— y la perfección de las imprentas japonesas que realizaron el trabajo sobre un papel que da gusto.

El otro libro —Bogotá a vuelo de cóndor, de Riascos Noguera— es el ejemplo de lo contrario: ni la ostentación del formato apaisado, ni el despliegue de color sin control de calidad —y que logra el efecto involuntario de una Bogotá de colores agresivamente expresionistas—, ni el desenfoque de las fotos —imposible saber si culpa del fotógrafo, del editor o del impresor—, ni todos los exhibicionismos de lo costoso, logran disimular la falta de profesionalismo en el proceso de fabricar libros de verdadera calidad.

La industria editorial en Colombia, por la vía de la competitividad, ya ha entrado en los mercados internacionales. Y la producción de coffe-table-books es un montaje complejo, un coordinado trabajo en equipo, realizado por especialistas y personas técnicamente calificadas. En el caso de Bogotá desde el aire —el libro de Villegas—, fue el mismo Benjamín Villegas quien dirigió, diseñó y editó. La fotografía se debe a Jeremy Horner (también hay fotos de Eric Williams, Pilar Gómez y Aldo Brando). Arte y producción de Mercedes Cedeño y Lorena Pinto. Textos de Fernando Garavito y Enrique Santos Molano. Tratándose de fotografía aérea, merecen mencionarse el comandante Félix Mijaibuich Vorrabiov, los capitanes Campo Elías Castañeda y William Ríos y el ingeniero de vuelo Valentín Ivánovich Larrin, que volaron veintinueve horas en diciembre de 1993. El libro fue impreso en el Japón por Dai Nippon Printing Co. Ltd.

En Bogotá a vuelo de cóndor figura Jacques Osorio Anastasiú como autor de la fotografía aérea y del proyecto editorial. Los textos se deben a Jorge Bernardo Londoño, el piloto fue el capitán Camilo Moreno Cajiao, hay fotos históricas del Instituto Agustín Codazzi, el diseño se debe a Enrique Jaramillo Ocampo y el editor es Miguel Riascos Noguera. El libro fue impreso en Bogotá por Editorial Cromos S.A.

Los términos de la comparación son tan equivalentes en tema e intenciones, que bien se les ajusta una imagen precisa: mientras que Bogotá desde el aire —de Villegas y su equipo— es una joya, Bogotá a vuelo de cóndor —de Riascos y Osorio— es bisutería. En un curso de producción editorial serían el contraste perfecto: de la sobriedad al relumbrón, del profesionalismo a la improvisación, del buen gusto al mal gusto caro.

Con todo y su radical contraste de calidad, la identidad de tema y enfoque admite otros paralelismos: ambos libros están divididos en los mismos capítulos y —oh coincidencia— casi en el mismo orden: el centro histórico, el centro internacional (¿por qué se llama centro internacional?: ¿porque en la Santamaría torean matadores españoles, porque al Tequendama llegan coreanos, porque en el Cementerio Central hay cadáveres de muchos países?), sur, norte, occidente. Villegas añade los alrededores y Riascos agrega la zona comprendida entre Teusaquillo y Chapinero.

En ambos libros el objeto de los pie de fotos es descriptivo, cuando no meramente nominativo. En el volumen de Riascos se añaden, a veces, datos históricos. Es visible, en cambio, el contraste entre la intención moralizante del arquitecto Jorge Bernardo Londoño en el texto introductorio de Bogotá a vuelo de cóndor (Riascos) y el propósito lírico de Fernando Garavito en su texto Bogotá desde el aire (Villegas).

Londoño pretende, ni más ni menos, que Bogotá a vuelo de cóndor, sin lugar a dudas generará una sensibilidad en quienes la habitamos, necesaria para manejarla mejor. Para reconstruirla donde los errores son evidentes o para planificarla debidamente y hacer posible que éstos no se den o se repitan. ¡Horror! Quien mira el libro, deduce de inmediato que los errores se deben precisamente a los planificadores y que ya es imposible reconstruir aberraciones arquitectónicas debidas a diseñadores graduados en la Universidad de Kafka, como los impunes autores del Centro Colsubsidio, ejemplo del retorcimiento mental más gratuito que pueda imaginarse.

Lo que en Londoño es moralina y utopías de pesadilla, en Garavito es inspiración y retórica. Al leerlo, uno piensa que hay que agarrar aire, come si se fuera a declamar. La dosis de erudición limita con la pedantería: en cinco páginas de texto cita a Dickens, Hansel y Gretel, Magritte, Gregorio Samsa, Newton, fray Anselmo de Turmeda, Walter Benjamin, Borges, Gilles de Rais, Prelati, Simón Bolívar, Madame Bovary, san Antonio, los Buddenbrooks de Thomas Mann y el Tino Asprilla. Todo a propósito, vaya usted a saber cómo, de la vista área de Bogotá.

Hasta el siglo XIX, el mundo sólo conoció las panorámicas desde promontorios elevados. Algunas ciudades solamente conocían una tímida perspectiva, demasiado horizontal. Otras, como la misma Bogotá, ostentan un cerro tutelar, convertido en el ángulo fijo para estas panorámicas de reptil.

Los globos aerostáticos, primero, y, luego los aviones y el helicóptero, hicieron posible la vista aérea con ángulo móvil, a vuelo de pájaro. Esta posibilidad técnica, sin embargo, no volvió habitual el ángulo aéreo. Seguimos siendo bípedos sin alas, nuestra visión de la realidad está a un poco más de metro y medio sobre el suelo. Mirar desde una terraza o un piso alto es siempre una novedad, un paisaje distinto. Y la diferencia se torna más radical cuando observamos desde un avión y la visión queda fijada en una fotografía: entonces la sensación es de novedad y de extrañeza: los lugares más habituales, vistos desde las alturas, adquieren un aire de ausencia, de ámbito desconocido y casi hostil. El tejido de la calle y las manzanas, de los techos y los patios, de verde y terracota, toma distancia frente a nuestro hábitat cotidiano. Los árboles no dejan ver el bosque y, aunque nunca sobra conocer el bosque, importa más cada árbol, el lugar concreto de nuestro nido de animales sin alas.

Dos libros, un tema, un enfoque, idéntica distribución por zonas y capítulos, ambos publicados el mismo año, con textos introductorios superfluos. Y un formidable contraste, tan diáfano, que se convierten en ejemplo perfecto de lo que puede producirse con profesionalismo y calidad —Bogotá desde el aire— y el más claro caso de improvisación y lujo fallido —Bogotá a vuelo de cóndor—.

JUAN SIERRA