Boletín Cultural y Bibliográfico. Número 38 .  Volúmen XXXII, editado en 1995
 

Es tarde para la ingenuidad


Es tarde para el hombre
William Ospina
Grupo Editorial Norma, Santafé de Bogotá, 1994, 134 págs.


The Titanic sails at daw...
Bob Dylan

Crisis de la Modernidad

A raíz, principalmente, del estruendoso fracaso del llamado "socialismo real", el mundo ha entrado en una dispareja etapa de regresión cuyos peligros y modos de discurrir apenas si estamos inventariando y tratando de comprender en la actualidad. El asunto trae visos de epidemia: por doquiera renacen conflictos que creíamos sepultados, son puestas en tela de juicio instituciones, maneras de convivir e ideas que tomábamos por firmes, y bajo el barullo una racha de pesimismo primario impone el tono. Nada anormal, dirá el escéptico, como que por primera vez en quinientos años la humanidad asiste al derrumbamiento masivo y planetario de una gran religión.

Los grandes fracasos suelen requerir grandes culpables, y el que mencionamos ofrece candidatos en profusión, entre ellos la propia Ilustración, sobre la que se cimentó hace algo más de dos siglos el hoy disputado concepto de 'modernidad'; en favor de dicha condena aboga el hecho de que en los recientes derrumbamientos se vio implicada cierta razón servil, aquella que se ocupaba de articular la teología del Progreso que nos habría de llevar al edén del comunismo, si bien es por lo menos aventurado decir que la crisis actual es consecuencia de la Ilustración per se. Por el contrario, sucedió que por entre los inflexibles límites de un racionalismo débil y esquemático, cuyo narcisismo decimonónico se negaba a considerar todo lo que no cupiera dentro de sus fronteras, se colaron de regreso las religiones o, más exactamente, formas secularizadas de religión que se basaban en afirmaciones irracionales: Dios es la Nación, Dios es el Capital, Dios es el Proletariado, siendo ésta última la que naufragó a la manera de un gran Titanic, con miles de pasajeros "progresistas" a bordo.

Desde entonces se ha acelerado la consecuente estampida del humanismo hacia los botes salvavidas de lo irracional, al mismo tiempo que la supremacía, si no de la razón, sí del cálculo, sigue siendo absoluta en los campos de la teoría económica, la administración de negocios y las ciencias naturales y aplicadas. Una primera pregunta se cae entonces de su peso: ¿es acaso razonable volver a la ingenue fe en los sueños, en los ensalmos cabalísticos y en las invocaciones del horóscopo, dejando el campo de la razón libre a los fundamentalismos imperantes? Para algunos, entre quienes se destaca la prestigiosa pluma del poeta William Ospina, la sorprendente y contundente respuesta es sí.

El punto fuerte de Es tarde para el hombre, reciente libro de ensayos en el que Ospina explora el problema atrás esbozado, es su poderosa diatriba contra algunas de las manifestaciones más odiosas de la Modernidad, diatriba que llega, sin embargo, al extremo de afirmar que el fascismo es "una idea singularmente moderna". Pero no se detiene ahí: los ensayos de Ospina son contra la Modernidad en su totalidad, apocalíptico discurso ante el cual uno piensa cuán sencillo sería oponerle un elogio de similar elocuencia y desequilibrio, pero en el sentido contrario: vivan los analgésicos, vivan los antibióticos, viva la comprensión teórica del Big-bang, viva el viaje a la Luna, viva el análisis comparado, viva... la Modernidad.

Es un hecho indiscutible que en la actualidad resulta difícil disputarle al fundamentalismo del mercado el espacio inercial ocupado por sus huestes tras el naufragio del "socialismo real" —así denominado para diferenciarlo del teórico, cuyas reflexiones siguen siendo cruciales, de la misma manera como un asesino de ficción, o un asesino soñado, no tiene el mismo sentido que aquél que en la vida real penetra en nuestra casa y nos amenaza con una pistola—, lo que no quiere decir ni mucho menos que hayamos llegado a "la muerte del espíritu humano", como lo afirma Ospina; tan sólo significa que aquellas "filosofías" derivadas (espontáneas), que colocan al empresario capitalista en el trono de rey de la creación, imperan en el presente y continuarán imperando en la medida en que tengan por principal adversario no al humanismo, sino a las fuerzas redivivas del conflicto ancestral; pero ello se debe, insistimos, a que vivimos en tiempos del naufragio planetario de una religión.

Así mismo, es indiscutible que ha menguado la influencia real de las ideas sobre la cultura operativa de la gente, siendo además probable que en el inmediato futuro se siga debilitando el cerebro del mundo, por así decirlo, y que las mayorías sigan navegando con una suerte de piloto automático cultural. No obstante, ¿se trata de una relación de fuerzas perenne entre la minoría pensante y las mayorías pasivas o manipuladas, o es justamente la consecuencia de postulaciones insensatas, pobremente pensadas, cuyo ejemplo primordial pero de ninguna manera exclusivo fue la preponderancia de un marxismo primitivo entre amplias capas de intelectuales orgánicos entre 1917 y 1989? Setenta años son mucho tiempo para caminar con una piedra entre el zapato, y el vacío acumulado pasa cuenta de cobro, cuenta que no se puede no pagar; pero una vez pagada la cuenta y ante las consecuencias que no dejará de traer el imperio del piloto automático, seguramente habrá lugar a replanteamientos radicales.

Entre el escepticismo y el derrotismo

Una encrucijada como la que dejamos descrita incubará, naturalmente, pensamientos sombríos, y saldrán a la luz y se pondrán en valor distintas formas de oposición al optimismo, la más lúcida de las cuales ha sido desde tiempos inmemoriales el escepticismo, junto con su vertiente más oscura y reciente: el pesimismo. Pero no es ésta la perspectiva de William Ospina: su libro parte de la certeza de que a causa de "la pérdida de todos los propósitos... el reino del hombre ha llegado a su fin", y ante tan radical disyuntiva el lector se lleva la impresión de que para el ensayista lo conducente sería detener el tren del planeta y proceder a bajarse.

Por esa vía, y quizá sin percatarse del todo, Ospina se inscribe en una vertiente a la que sólo le cabe el nombre de derrotista, pues está claro que el abandono del tren es opción abierta al individuo, que puede, por ejemplo, hacerse ermitaño y buscar refugio en la lejana y ecológica campiña, pero nunca al colectivo; mejor dicho, la única manera colectiva de detener la marcha del planeta y de hacer que retroceda hacia tiempos pretéritos es la que optaron los presentes amos de Irán, medicina que delata cuán siniestro puede llegar a ser el rostro de la idealización sin tapujos del pasado.

En justicia habría que señalar que Ospina no saca una conclusión semejante —de hecho, saca pocas conclusiones— sino que propugna, como "alternativa a la barbarie", una restauración del romanticismo de época, lo que de salida constituye una contradicción manifiesta: el romanticismo fue la penúltima de las escuelas optimistas. Por supuesto que el desaliento de Ospina es ambivalente ante el optimismo de los románticos, y que lo que recoge de ellos es el tono exaltado y sentimental. Así, mientras el escepticismo ha sido siempre selectivo al hacer la crítica de los descarrilamientos del pasado: el mundo, que difícilmente se podía haber logrado, dada la naturaleza del hombre, se torció en tal cual cruce —véase, por ejemplo, la prodigiosa crítica que hace Cioran al milenario legado de san Pablo— y mientras el escéptico se halla inmerso en lo que el mismo Cioran llama "la elegancia de la ansiedad" y es, por lo tanto, inmune a la peste de la nostalgia, libros como Es tarde para el hombre esconden, detrás de las citas eficaces y sonoras y del encomio de Novalis y de Byron, el discurso típico del entusiasmo criptorreligioso: se habla mucho del alma, de la fe, de la esperanza, de las grandes causas, de los sueños entendidos como un anhelo colectivo, del Hombre con mayúscula, y hasta de lo que "nos fue prometido" por quién sabe qué ignota e ingrata deidad prometedora. Por lo demás, el planteamiento derrotista es exasperantemente genérico. Su credo reza: como las lacras del horroroso presente son prácticamente insolubles, como la cultura va a sucumbir en manos de la banalidad de los medios, no hay para qué plantear problemas precisos, sino que basta con enunciar calamidades en tono de hecatombe. El escéptico, en cambio, tiene un sentido de las dificultades de la vida mucho más refinado: el hombre, accidente no creado del cosmos, es empresa ardua e improbable a la vez que ineludible; estamos aquí y no tenemos otro remedio que sumergirnos en la corriente del mundo, a despecho de la certidumbre de un devenir poco halagador.

¿Recuperación de lo sagrado?

Al comienzo de su libro, Ospina habla del presente como de "un reino de escombros donde sobra toda religión, donde sobra toda filosofía, donde sobra toda poesía" (¿acaso es lo mismo que "sobre" una religión y que "sobre" una filosofía?) y propone sin ambages "la recuperación de lo sagrado". Si entendemos correctamente, esto significa que los seres humanos no podemos andar sin muletas metafísicas, que necesitamos de algún cósmico titiritero que tire de las cuerdas para que, en nuestro descarrío, cada uno de nosotros pueda por fin descansar en su calidad de títere obediente.

Claro, aquí y allá Ospina desliza tal cual objeción a la barbarie que la historia ha registrado por cuenta de las religiones, pero ante su explícita evocación de la fe y la religión como salidas, surge otra pregunta inevitable: ¿en qué se funda el optimismo sobre el renovado papel liberador de las religiones?, ¿podemos presumir que las religiones del futuro serán mejores que las del pasado?, ¿se ha visto acaso una tendencia a la autocrítica en ellas, o más bien se ha visto todo lo contrario: una afirmación regresiva, consistente de paso con la presunta intervención de Dios en sus respectivas historias? Dios, para temor eficaz de los millones de creyentes, todavía hoy no se equivoca, y mientras a la Iglesia católica le tomó casi 400 años reconocer su error con Galileo, haciéndolo justamente cuando las ideas del portento de Pisa habían sido rectificadas por siglos de evolución científica, Ospina se "atreve a pensar que aun las religiones más despóticas e indeseables se empeñaban en salvar al hombre [...] y eran sinceras incluso en sus errores y extravíos" (pág. 58).

Se trata, en efecto, de una afirmación sumamente atrevida, pues, utópicas sinceridades aparte, no hay modo de darle la vuelta al hecho de que toda nostalgia por "los poderosos mitos que alguna vez fueron nuestra sustancia", asignada, como lo hace Ospina, de manera explícita a las religiones, se quiera o no se quiera, entraña también nostalgia por las terribles guerras de religión, por las hogueras de la Santa Inquisición (para referirnos tan sólo al ámbito cristiano), por cuanto no existe, ni existió nunca, una religión triunfante que no recurriera de una u otra manera a instrumentos de coacción y de poder. Tanto es así, que incluso los venerados románticos del ensayista se cuidaron mucho de dar ese fatal paso apologético a la hora de construir sus arcadias rurales.

Por otro lado, y si de revivir se trata, las religiones no necesitan de ninguna transfusión poética: están más vivas que hace un siglo, no sólo en las más evidentes manifestaciones de su cuerpo dogmático y de sus burocracias militantes, sino que tienen una inmensa influencia en lo que atrás denominábamos el piloto automático cultural, como lo demostró Antonio Gramsci, pensador agudo que ha sido lamentable víctima de la caída del muro de Berlín y de la débâcle de las estatuas de Lenin en media Europa del este. Y para la muestra de la supervivencia laica de la religión, un botón: la publicidad. Contra ella lanza Ospina la más tremenda de sus invectivas, de la cual se pueden compartir muchos elementos salvo la noción implícita de que la publicidad es un invento perverso de la Modernidad. Nada más apartado de la realidad: la publicidad es nueva si acaso en la forma y en la amplitud de sus objetos, pero en ningún caso en el fondo: dos mil años de historia de la Iglesia católica comprobaron, con el uso y abuso de los descuentos para el purgatorio y del santoral extravagante, cuánto sirven las "invenciones de la cruz" y los tremebundos milagros para aplacar y subyugar al populacho, y cuán rentable resulta vender bondades del otro mundo, lleno ayer de ángeles de los nueve coros como hoy lo está de amas de casa que se pasan la vida hablando de su jabón preferido con la vecina.

La crítica ausente

Ospina, en su apresurada exhumación del ideal romántico, no hace inventarios ni críticas, sino que "se acoge al manto" de esos hombres que eran "todos lucidez, todos pasión", con una sobredosis de "esperanza" y con un sentimentalismo de hijo pródigo que aliña con elogios casi supersticiosos. Tan sólo se intuye que, según él, esta supuesta sabiduría insondable de los románticos surgió, en un momento dado, como reacción contra el Iluminismo, cuyo imperio equipara de manera acomodaticia al del positivismo en el presente.

Es innegable que el espíritu romántico tuvo sus virtudes, si bien es preciso insistir en que era en esencia ingenuo y optimista, dos sesgos que hoy por hoy sobrevivirían mal en los fríos dominios del funcionalismo. De paso, el espíritu romántico tampoco necesita de resucitaciones; dado que en buena parte era una intensificación de la cultura espontánea y ancestral, una vez pasado su furor y tras los golpes que le asestaron las ideas radicales de la segunda mitad del siglo XIX y de principios del siglo XX, se reintegró a ella y sigue latente en el sentido común ingenuo.

Recuerda bien Ospina —sin una vez más sacar de ello conclusiones— que los románticos "morían jóvenes", lo que en el fondo significa que su ideal estaba principalmente dirigido a la juventud y que, si luego llegó a llevarse mal con el proverbial concepto de madurez, a lo mejor se llevaría aún peor con la evidente decrepitud que en el presente agobia al torrente creativo. Imaginar a Lord Byron viejo, rodeado de nietos, es casi tan difícil y penoso como ver a Mick Jagger, un héroe archirromántico de los tiempos recientes, convertido en un multimillonario sedentario que, pasados los cincuenta años, se resiste sin mucho éxito a perder lo poco que le queda de aquel tremendo vigor que llegó a merecerle con creces el apodo de Su satánica majestad.

Además, al igual que los héroes del pop, los románticos fueron sumamente populares pero no por ello dejaron de ser una minoría intelectual. En cambio, el problema del presente es por excelencia el de la emergencia irreflexiva de una "cultura" de masas, substituto hasta cierto punto de las viejas religiones y de la que acaba de fracasar, amén de la consecuente desnutrición espiritual que trae consigo la instauración de la aldea global de McLuhan, cuyo síntoma es justamente el poderoso renacimiento de la religión, la más primitiva forma de alimento espiritual; alrededor de ellas, de las religiones, en tiempos de regresión se suelen formar especies de fanatizadas ollas de pobre para el alma.

Al respecto, la indagación teórica y los análisis precisos resultan imprescindibles, y de nada sirven formulaciones vagas por el estilo de: "tal vez no sería imposible [detener la carrera desenfrenada de los potros del progreso] si la humanidad advirtiera que tras las seducciones de la publicidad, las provisiones de la industria, los refinamientos de la especialización y las maravillas de la técnica, subyace algo insensible y monstruoso..." Se trata de una intención en extremo ingenua. ¿Quién le va a decir tantas generalidades a la humanidad y cómo? No basta con enunciar: en el quién, el cómo y el dónde está implícita una idea radicalmente distinta del qué. Los problemas se crecen, paradójicamente, cuando se precisan.

Teoría del progreso

Pasada la prolongada juerga de servilismo intelectual a las teologías seculares, se hace ciertamente ineludible abocar una crítica a la teoría del progreso, que, además de haberse cimentado en una costosa ilusión, resultó semillero de las profundas regresiones que vivimos en la actualidad. ¿Progreso en una época en que la teocracia iraní, con la cuasiindiferencia de los gobiernos democráticos y con la complicidad de una inmensa muchedumbre que no excluye a numerosos intelectuales occidentales, quieren quemar a un Voltaire de fines del siglo XX, mientras los inquisidores del siglo XVIII, de mala gana, tuvieron que dejar vivir y escribir al de entonces? No obstante, hay que distinguir entre la idea del progreso-superación-de-etapas-previsibles, cimiento de aquella ideología convertida en religión que se derrumbó con estruendo, y la idea del progreso- pérdida-de-la-inocencia, que impide el regreso ingenuo a un pasado supuestamente ideal. Yendo al ejemplo de Ospina... no, no se puede escribir como Homero; se puede escribir a partir de Homero.

También está implícita en Ospina la idea de que la Modernidad y la prepotencia del progreso son lo mismo. Pero no, son dos cosas distintas: el progreso era, o es, una ilusión triunfalista y determinista que, en efecto, escamotea las complejidades que plantea el porvenir; la Modernidad es, o fue, mucho más: el resultado mixto y conocido de ese devenir, de esa evolución. Si se nos permite regresar a la metáfora que equipara al mundo con un tren, la Modernidad será, digamos, la cuarta estación, a la que se ha llegado después de pasar por rectas, desvíos, a veces rápidamente, a veces con exasperante lentitud y en medio de descarrilamientos, mientras la teoría del progreso es una ideología sobre el destino que a priori se supone debe tener el tren por el simple hecho de que anda hacia adelante.

Estragos de la imaginación poética

Aunque no cabe detenerse en la mayoría de las afirmaciones polémicas de Ospina relativas a la historia y a la literatura, sí quiero hacer resaltar la extrañeza que me producen dos: en primera instancia está el ensayo denominado La mirada de hielo, en mi opinión el punto bajo del libro, como que, en su afán por impugnar de manera obsesiva y total a la medicina occidental, el poeta cae ya de lleno en la trampa de las palabras. Dice, por ejemplo, en la página 74: "[a los médicos de antes] les había sido dada la más hermosa de las virtudes, la virtud de curar, de arrebatar a la carne mortal de los brazos de la muerte y retornarla indemne al milagro del mundo". Por favor, ¿qué libros de historia de la medicina ha estado leyendo William Ospina?, ¿no se le ha cruzado por ahí alguno que hable de la peste bubónica o de la viruela, enfermedades ambas que fueron borradas à jamais de la faz de la tierra? No sobraría que le diera una releída a Médecin malgré lui, la obra de Molière, para que refrescara el concepto que antaño la gente tenía de los médicos.

A nivel menos notorio pero de pronto más trascendental, causa escozor su menosprecio del llamado Siglo de Adriano, edad de sutilezas y tragedia. Cabe recordar al respecto que, mientras mentes lúcidas como la de Cioran no cesan de lamentarse por lo que se perdió durante la decadencia del mundo antiguo —entre otras cosas, por labor eficaz de fanáticos como Pablo de Tarso—, Ospina enfila las baterías contra ella. ¿En qué quedan entonces las figuras de Marco Aurelio y de tantos otros espíritus visionarios cuyos libros fueron pasto de aquel arrasador afán de purga espiritual que tuvo por principal protagonista al cristianismo primitivo? No resisto la tentación de citar al más locuaz de los santos, quien en su Primera epístola a los corintios suelta la siguiente perla: "porque escrito está: destruiré la sabiduría de los sabios, y desecharé la prudencia de los prudentes". ¿Será esta arrogancia sagrada la que hay que revivir?

Es muy cierto que dos milenios atrás las uvas estaban verdes y que la dignidad y la mirada cáustica que exhibían las escuelas del decoro no iban para nada a tono con un mundo culposo, que buscaba en el monoteísmo opresivo un aplacamiento del edípico ardor y una expiación para el derrumbamiento de la pax romana. Por otra parte, los decorosos no eran enemigos de cuidado para aquellas hordas suicidas; pero comparar la lucidez de un Luciano de Samosata, quien tuvo el acierto temprano de bautizar al cristianismo con el apelativo de "la locura de la cruz", o comparar la resignación voluptuosa y la sabiduría fatalista de esos griegos de la decadencia que con tanto tino evoca Kavafis, con la ancestral monomanía de la patrística, es un adefesio, semejante al que comete Ospina al afirmar temerariamente que "la religión Católica [fue] el corazón del ambiguo humanismo europeo" (pág. 125).

El humanismo o las mil flores

Y es que no sabemos realmente en qué medida valora Ospina ese "ambiguo humanismo europeo" a cuyo cuello quiere atar camándulas; pero contra lo que sí la emprende, haciendo tal cual salvedad, es contra el eurocentrismo, oponiéndole una versión suavizada de aquellas mil flores que alguna vez invocara Mao Tse- tung a la hora de lanzar su famosa Revolución Cultural. Y bien, ¿qué duda cabe? Son múltiples las debilidades de la babélica cultura de Occidente, y la ilusión de florecimientos no deja de tener su lado lírico, pero está el detalle: ¿qué hacer con el inconveniente de que la mayoría de las tradiciones que en el presente florecen es congénitamente hostil a la tradición del vecino, tratado por definición con el muy griego apelativo de bárbaro?

Alguna vez, en esa Europa imperial, cuna y centro de tantas desdichas, se abrió la flor de una teoría de la convivencia y del gobierno que tenía por objeto —o, para ser actuales, digamos que por ilusión— una manera de vida en la que fueran posibles la tolerancia y la diversidad. Dígase lo que se quiera, por fuera de esa sencilla idea del Iluminismo según la cual debían poder existir al mismo tiempo una idea y su contradictoria, fría conclusión racional que sacaron unos cuantos tipos pensantes, no hay salida, o, para decirlo en el lenguaje de Ospina, no hay salvación

. Y, claro está, esta fría propuesta laica tiene como corolario ineludible que "el ámbito de lo sagrado" debe reducirse a lo exclusivamente personal; algo así como: "cásate con la vecina de tus sueños de pureza racial y reza tu credo, pero no me discrimines por tal causa ni me impidas rezar el mío, o si se me antoja, no rezar credo alguno". Millones de muertes se deben a la escasa aceptación que a lo largo de los dos siglos que lleva de inventado ha tenido este sencillo precepto racional. Hoy por hoy, paradojas de la historia, si algo cabe criticar a la idea original de la convivencia y del control del poder, es que su formulación se quedó corta, que presumía una aptitud para la tolerancia que el ser humano ha demostrado tener en un grado muy inferior al esperado. Pero es que en el fondo los enciclopedistas eran tan románticos...

Y ya que tocamos al Siglo de las Luces, otro cimiento establecido entonces queda indudablemente en pie y es que, pase lo que pase, sólo sirve de veras la percepción crítica del mundo. ¿Qué quiere decir esto hoy? No se puede dar una respuesta hecha y satisfactoria, si bien toda visión que haga a un lado la crítica constituye o una invocación derrotista a la vaguedad de los sentimientos o un parti pris por alguna fe, sea ésta declarada o inconsciente.

Así, el cúmulo inestable de verdades e incógnitas a las que hemos llegado, y con ellas el confuso estado del presente, pueden no gustarnos, pero es sencillamente inaceptable desconocer la existencia de premisas para una discusión que no hay otro modo de denominar que racional. Si la verdad no existe, si puede uno sacarse del cubilete de la subjetividad cuanto conejo se le antoje, entonces la discusión involucionará hacia un bizantino melodrama de ilusiones e intuiciones maquilladas, en tanto que en las afueras de Bizancio un enemigo heterogéneo, poderoso y poco reflexivo seguirá apretando el cerco.

En fin, no se trata de tener de nuevo una opinión invariable sobre la estación terminal que nos espera en el futuro, pues, como decía un olvidado aforista decimonónico, "el futuro es un espejo que carece de cristal". A despecho, no podemos evitar contemplarnos cada tanto sobre su negra superficie, por cuanto el tren todavía parte cada mañana y, pese a la manifiesta brutalidad de los sabotajes que padece, es lo único que existe: estamos a bordo, el maquinista ha perdido la brújula y se hace leer las cartas de una atractiva pitonisa, en tanto que hay conmoción, juerga y temor entre los pasajeros. ¿Próxima estación Missolonghi? Difícilmente: fue tomada y saqueada por los turcos. Algunos pasajeros echan una mirada y comprueban que el cambiavías sigue ahí: la profesión que enseñaba a operarlo ha perdido buena parte de su viejo prestigio a causa de los continuos accidentes, pero tal cual iluso todavía se obstina en forcejear con la palanca. Hace falta.

ANDRÉS HOYOS