- La ciudad de las "convulsiones histéricas"
- El ritmo lúdico y los placeres en Bogotá del siglo XIX
Victoria Peralta
Planeta Colombiana Editorial, Santafé de Bogotá, 1995, 168 págs.
- Por: SIMÓN BRAINSKY L.
El ser humano existe siempre en el marco de referencia de tres instancias por las
cuales expresa alternativa o simultáneamente su problemática. Lo que llamamos
biológico, lo social y lo que denominanos psicológico se encuentran inextricablemente
unidos. Lo que altere y modifique uno de estos aspectos, artificialmente delimitados, se
reflejará necesariamente en los otros dos. Se trata de estructuras en las que no se
pueden entender las partes sino en función del todo, y la totalidad no se puede capturar
sino en la relación de las partes.
Desde este punto de vista, resulta sumamente interesante hacer algunas
observaciones psicoanalíticas sobre el excelente trabajo de Victoria Peralta titulado
El ritmo lúdico y los placeres en Bogotá del siglo XIX.
Para hacer estas consideraciones, debo definir la concepción freudiana del
instinto, que con frecuencia es mal interpretada. Cuando Freud se refiere al instinto (o
más exactamente al impulso, i.e. Trieb), está haciendo referencia a impulsos internos,
continuos, de los que no se puede escapar por la fuga y que tienen una representación
mental que se denomina fantasía inconsciente (el subrayado es mío, SBL). Por otra
parte, cuando destaca las características del instinto, incluye, con importancia
creciente, el objeto. Vale decir, el instinto existe en función de su representación
psíquica, de su representante ideativo y supone un componente relacional y vincular
inescapable. El hombre, ente instintivo, no deja por eso su condición de ser humano y
social. Antes bien y por el contrario, su devenir psicobiológico demarca más y más sus
caraterísticas únicas, hermosas y con frecuencia crueles.
Los placeres (secretos o exhibidos) individuales y grupales se contraponen y
complementan y su estudio constituye una lente específica para investigar el
comportamiento humano y su relación con el entorno. Tras los placeres, claro está, se
ocultan el temor y el deseo profundo de los castigos.
Victoria Peralta utiliza esta lente para escudriñar con sumo cuidado la
cotidianidad del habitante de Santafé de Bogotá, en el contexto del siglo pasado.
Relieva las características y modalidades de la represión y cómo ésta frustra las
posibilidades y potencialidades de los habitantes de Santafé de Bogotá. Ahora bien: vale
la pena aclarar que, si bien el exceso de represión trunca el desarrollo individual y
social, la represión como tal es inevitable en la medida en que condiciona la relación
que se establece entre los hombres y la manera como éstos entran en interjuego con la
sociedad. La sociedad exige de los hombres una renuncia a cierto monto del placer
individual. Esta renuncia puede llegar a aplastar a la persona. Sin algo de esta
abdicación no habría posibilidades de crear un tejido social funcional, ni la
personalidad misma tendría potencialidades de un desarrollo selectivo. Así, se requiere
un mínimo de represión, so pena de caer en la anarquía individual o social, con la
consecuente falta de desarrollo. El exceso de represión conlleva el autoritarismo, con la
consiguiente falta de creatividad y de libertad individual y social.
Para estudiar las vicisitudes de los placeres de la Santafé del siglo XIX,
Victoria Peralta utiliza la primera teoría instintiva de Freud, que contrapone libido e
interés de autopreservación, y, en forma explícita, la tercera teoría, en la que Freud
postula el instinto de vida con su energía, Eros, que tiende hacia lo nuevo, hacia lo
más complejo, hacia la contradicción y hacia la síntesis, en permanente choque,
contraposición, y complementación con el instinto de muerte y la energía tanática que
empuja continuamente al ser humano hacia lo regresivo, hacia lo estático y, por la
compulsión, a la repetición, a lo pasado, sin beneficio de inventario. En el trasfondo
se esboza también la segunda gran teoría freudiana sobre el funcionamiento mental, en la
que se contraponen el narcisismo y la relación con otros. Recordemos que don Miguel
Antonio Caro proclama con orgullo que sólo se ha conocido a sí mismo: apenas ha salido
de la sabana de Bogotá y no ha visto el mar.
La autora opone principio de placer y principio de realidad. Me parece importante
aclarar que el principio del placer no necesariamente es desterrado por el principio de
realidad. El principio de realidad complementa el del placer y permite que éste se refine
y elabore. Principio de placer y principio de realidad configuran también una estructura
funcional global: sin el placer y la tendencia a la descarga inmediata, la realidad sería
aséptica, aburrida y estéril. Sin el trasfondo que proporciona el principio de realidad,
con todo y frustraciones, el placer no sería pleno. Las libertades y represiones, lo
conservador y la modernidad, las censuras y posibilidades, danzan juntos en una Santafé
de Bogotá en la cual lo conservador y la modernidad se alternan y se entremezclan con el
telón de fondo, por lo demás siniestro, de las continuas guerras civiles.
La autora divide su trabajo en tres partes, la primera de las cuales se relaciona
con la estructura material y el ofrecimiento de placeres; la segunda tiene que ver con la
estructura institucional que incluye "las censuras conscientes institucionalizadas a
través de los códigos jurídicos, la moral y la religión", en tanto que la tercera
se ocupa del individuo y de sus placeres y displaceres en los gustos y en lo lúdico. A mi
entender, mirado desde el psicoanálisis, es menester tomar en cuenta y trabajar la
noción de las censuras inconscientes siempre presentes en lo individual y en lo
colectivo y más profundamente introyectadas.
Victoria Peralta muestra cómo la clase alta (que es la que suministra las
fuentes para sus datos) lleva a cabo, sobre todo en la primera parte de la vida
republicana, una gran represión a través de las buenas maneras y de la etiqueta, que por
supuesto además de cualquier otra consideración, son la entrada de los mecanismos de
preservación de las buenas costumbres. La repetición conservadora del placer no depende
tan sólo del instinto de muerte. El fenómeno de la etiqueta llevado al extremo, hasta el
punto de reemplazar una verdadera dinámica social, se ha estudiado en diferentes grupos
sociales, tales como la sociedad pastoril del sur de los Estados Unidos antes de la guerra
de Secesión. Frente a las sociedades y a las estructuras individuales petrificadas
surgen, en el otro extremo de la gama, sociedades y organizaciones personales caóticas.
Por supuesto, el fenómeno no se puede caricaturizar por situaciones escindidas extremas.
El juego está dado por las colisiones y complementaciones que trabajosamente intentan
crear una síntesis social.
Se establecen otras situaciones disociadas extremas: la ciudad, atrapada en su
geografía y en su clima, se aísla y se contempla narcisísticamente; simultáneamente
idealiza enormemente "lo civilizado": Europa concebida como el paraíso. Lo
nuestro permanece perennemente desvalorizado, a pesar de explosiones más bien
artificiales de nacionalismo.
En la misma línea de ideas, el hombre y la mujer burgueses llevan "una vida
burda hacia adentro y civilizada hacia afuera", perfil éste que persistirá en la
historia de la ciudad, a veces con dimensiones picarescas: el "piscazo" que
alumbra el café o la avenida, turbio y sombrío en su adentro.
La geografía de la ciudad, como se ha dicho, nos sirve como punto de partida
para explicarnos y comprendernos mucho. Es una especie de esquema corporal sin que, por
supuesto, se hable de un determinismo inescapable a la manera de Kismet mecanicista.
La estrechez espacial (2.633 casas en 1863) constituye la envoltura, el contenido
manifiesto, de una notoria estrechez vital y de una forma de vida dirigida hacia adentro
pero no notablemente introspectiva. Las casuchas de paja y chozas que rodean las casas
más cómodas pueden comprenderse, desde el punto de vista psicoanalítico, como los
instintos agresivos y libidinales que merodean las murallas aparentemente ordenadas de una
modernización que empieza a buscar un equilibrio. Su expansión frente a la indiferencia
de las clases medias y altas contribuirá a la explosión bárbara del bogotazo. La
continuidad de los espacios cerrados es propicia para la represión y la censura, debido
al encerramiento y "a la imposibilidad de esconder secretos". Esto aumenta la
tensión existente en el interior de la olla de presión.
En el contexto del estudio de los placeres (y su contraparte, las prohibiciones)
que la autora utiliza para estudiar la historia de Bogotá en el siglo XIX aparecen
delineados con cierta claridad dos momentos específicos. A partir de la segunda mitad del
siglo surgen los hoteles, restaurantes, cafés, los primeros teatros. Comienza a irrumpir
la modernización, que cambia las modalidades de la represión. La ciudad, poco propicia
para los placeres externos, pero sí para los furtivos, empieza a dirigir el ocio y el
desarrollo intelectual del contenido de una cultura agraria, casi exclusivamente
religiosa, a una más liberal y laica. La autora, que se centra en la cotidianidad,
estudia en el ritmo estacional el juego, la risa y el trabajo, la categoría tiempo. El
tiempo está determinado por la relación principio del placer-principio de realidad. Lo
lúdico implicaría rupturas en el diario devenir por las que irrumpen, en forma más
directa, derivados de lo inconsciente.
La represión de lo genital tiende a compensarse (y a veces a sobrecompensarse)
por la gula y la avidez oral. El encierro de la mujer y el exceso de comida, con
frecuencia picante, determina personalidades muy marcadas por lo hipocondríaco,
resultante también de un exceso de fijación en sí mismas. En general, se es austero; el
tiempo demarcado por los ritos y las campanas es idéntico a sí mismo y los escapes
carnavalescos de las fiestas parecen haber tenido un hondo significado de negación de una
perspectiva vital rutinaria y con muy pocas posibilidades de florecimiento. Peralta
destaca el contraste entre contenido y forma, que se muestra en la manera como la Forma
nueva utiliza la Forma vieja (religión), para burlar la censura. Mediante el baile, la
sátira, la parodia, se expresan, en forma pagana y sincrética, el acatamiento y
simultáneamente el desafío a las creencias. Victoria Peralta incluye entre los placeres
los ejercicios espirituales que implican: a) refinamiento de lo placentero; b)
complementación sintónica del principio del placer por el de realidad; c) armonía
relativa entre lo instintual (ello), la capacidad funcional efectora (yo) y las instancias
rectoras de la moral y censoras (superyó). En ese momento la religiosidad parece haber
sido un componente auténticamente introyectado en el self social. La revuelta
liberal y la ilustración de los radicales atentan más contra la forma y el clero que
contra la creencia. Este lector hubiera deseado que la autora se detuviera más en la
vivencia, en lo que concierne a la vida y a los rituales de paso.
La condición de la mujer va variando de acuerdo con las necesidades sociales y
con las luchas y el papel que en ellas desempeña ésta, frente a las necesidades de
asentamiento social, una vez lograda la independencia de los españoles. Franz Fanon
(1968) estudia cómo las características de la ropa y las tradiciones de indumentaria de
regla constituyen las formas de originalidad más evidentes y las más inmediatamente
perceptibles de una sociedad. Destaca cómo en un momento dado, cuando los colonizadores
franceses insisten en modificar la situación de la mujer argelina para europeizarla, los
responsables políticos argelinos se empeñan en que la mujer se aferre al velo y al
chador como una forma de resistencia. Cuando en el contexto de la situación política
militar se hace necesario que la mujer vaya al frente de lucha, el liderazgo la incorpora
y modifica radicalmente su atuendo para que pase desapercibida en las actividades
políticas y terroristas y para que venza, una y otra vez, sus temores infantiles frente
al colonizador y asuma con igualdad la lucha revolucionaria.
En la Nueva Granada, y específicamente en Santafé de Bogotá, sucede un
fenómeno parecido, ejemplificado por la autora por las Ibáñez, en cuanto a que las
ansias y las necesidades de libertad durante el proyecto libertario hacen de la mujer
"una dama activa, luchadora". Lograda la independencia y frente a las
necesidades de la conservación del orden, la mujer se retrae y es "descrita en las
crónicas como encerrada y oscura".
La historiadora señala cómo los defensores del proyecto conservador y los del
civilizador conviven y chocan en el siglo XIX (en su opinión, el país no ha asumido el
proyecto asuntivo) y anota cómo las ideas y las costumbres se ubican en microtiempos, que
se insertan en los macrotiempos y que configuran un cosmos vital: "microtiempos
dentro de los macrotiempos" (pequeños oficios y acciones contenidas en el tiempo y
el siglo) "y macrotiempos dentro de microtiempos. Unos y otros determinan la
satisfacción de los placeres y se ordena la vida para situar en un momento y de un modo
un placer que se vive individualmente pero se organiza colectivamente". Un pequeño
acto psíquico contiene la mente toda y a su vez la mente global organiza,
predominantemente por el proceso secundario, los derivados de lo inconsciente, atemporal y
carente de contradicciones. El chiste o el acto fallido, en ese contexto, señalan el
camino del infinito funcionamiento psíquico.
El racismo y la aspiración idealizada a lo "blanco europeo", que en
gran parte corresponde al mecanismo de Identificación con el Agresor, se puede equiparar
al Ideal del Yo consciente de la clase dirigente, en tanto que lo indígena y lo negro se
puede asimilar a los contenidos inconscientes mantenidos a raya pero que pugnan por
abrirse paso gracias a su vitalidad y a lo intenso de su perentoriedad. Para fortuna del
país, desde finales del siglo XVIII las restricciones intercastas "se
degradaron". A pesar de todo, Colombia no tiene un problema racial de las
proporciones de países andinos vecinos. La movilidad social ascendente permite clasificar
como "blanco" a quien posee los medios de producción y como "indio" a
quien es pobre. Esto no quiere decir que la idealización del conquistador colonizador
haya desaparecido del imaginario colectivo. Los pacientes psiquiátricos de los hospitales
estatales, campesinos mestizos, suelen hablar de sus abuelos, por ejemplo, identificando
la bondad con el color de la piel ("mi abuelo era bueno: blanco"). El sistema de
castas persistirá en sus formas más burdas hasta bien entrado el siglo XX.
Incidentalmente en este aspecto, los inmigrantes judíos europeos que huyen de la Europa
nazi-fascista y que inicialmente se ganan la vida como vendedores ambulantes a plazos, son
catalizadores en este aspecto de la modernidad. Mi propio padre, inmigrante, ha relatado
su experiencia en este sentido, en los cuentos agrupados bajo el título Gentes en la
noria.
La tasa de mortalidad sobrepasa a la de natalidad en gran parte por la mortalidad
infantil, pero también en los adultos por viruela, disentería, tifo, fiebre tifoidea,
sarampión y complicaciones puerperales. Irónicamente, la alta mortandad biológica del
siglo XIX encontrará su contrapartida en la desmesuradamente alta tasa de mortalidad por
situaciones violentas en la segunda mitad del siglo XX. Peralta describe el placer de los
nacimientos y el dolor de los duelos. Trae la descripción desgarradora que hace don José
María Samper cuando su primera esposa, Elvira, muere durante el parto. Anota la autora,
con algo de ironía, que "a pesar del intenso dolor don José María se casó en
segundas nupcias dos años después..." Cabría anotar que el desdichado don José
María probablemente logra casarse de nuevo gracias a un dolor muy intensamente
experimentado; un proceso de duelo llevado a cabo cuidadosamente y tal vez cierta ausencia
de hostilidad hacia su mujer muerta. Este punto es importante, porque se puede inferir que
los rituales que permiten estructurar y canalizar los duelos son, a priori, adecuados y
funcionales.
En lo que concierne al bienestar definido como "situación material que
permite satisfacer las necesidades de la existencia", la historiadora cita muchos
testimonios de viajeros extranjeros, que tienen, por supuesto, la ventaja de la distancia
objetiva, pero simultáneamente la desventaja de una vivencia muy parcial. Uno puede
suponer que un inglés o un norteamericano, además de las indudables carencias e
incomodidades de la ciudad, ve en los "bárbaros" la proyección de sus propios
barrios marginales y de sus campos de esclavos, amén de la idealización narcisística de
lo propio. No se trata de minimizar el atraso: la ciudad del siglo XIX carece de servicios
públicos, el primer alcantarillado subterráneo comienza a funcionar en 1871, el
telégrafo en 1865, el acueducto de hierro en 1867, el ferrocarril en 1889. "Hasta
ese momento la ciudad era sucia y pestilente por ausencia de cañerías". Esta
ausencia de comunicación y de vías de desagüe, extrapoladas a lo psicoanalítico nos
hablan de que el cuerpo social e individual carece de modalidades adecuadas de evacuación
y apuntan hacia un tipo de personalidad social en el que son muy marcados los rasgos
anales- retentivos (lo clandestino, lo furtivo, la tendencia al control, el sadismo, la
predisposición a refugiarse más en las formas de la religión que en su contenido, la
formación reactiva frente a lo pecaminoso).
La sociedad que se nos presenta en el libro es austera y se conserva la noción
castellana, hidalga y católica de la no acumulación de dinero, frente al desarrollo
pujante de sociedades más marcadas por lo calvinista. El viajero francés Boussingault
relata, lleno de asco, las dificultades que tiene para poder comer, en tanto que los
bogotanos no son conscientes de la mugre en la que se debaten. Los placeres de los
sentidos son experimentados a través "de la suciedad, los malos olores, el sabor a
la tierra". De alguna manera no se tienen placeres refinados, pero a un nivel se
acepta lo instintivo. Las barreras del asco frente a los placeres "sucios" y
primitivos llegarán con la industrialización y la modernización.
La casa de habitación demarca el cambio de las épocas y la llegada de lo
moderno. La casa, representación simbólica del Yo corporal, muestra los cambios
psicológicos que se van dando en la estructura individual y social de los habitantes de
Santafé. Los patios se hacen alegres, los placeres, por así decirlo, se airean en los
jardines y se hacen menos escondidos; la cocina se refina. El hierro comienza a utilizarse
en construcciones arquitectónicas, como si se planteara una base firme para la
construcción de una personalidad colectiva. Se amplían los espacios sociales y se
aumentan los sitios de diversión pública que se prestan para compartir actividades
lúdicas. La modernización de las personas, de la división del trabajo y de las
instituciones se va instalando con fuerza y paulatinamente, a partir de la segunda mitad
del siglo.
El sistema institucional y ético que parcialmente se impone a los bogotanos y
que éstos, en parte, van introyectando a la manera de la Ley del Padre, va modificándose
a medida que chocan, en la guerra y en la paz, las dialécticas de prohibiciones y
libertades. La autora se pregunta si en medio de las Constituciones confesionales de los
conservadores y de los conjuntos de leyes de los períodos liberales (1853-1886) hay
suficientes mecanismos en el Estado para "suplir con la moral laica, la moral
religiosa". Se responde negativamente y su conclusión pesimista es que, aún en el
siglo XX, Colombia carece de una moral laica, y la religión "no abarca éticamente
todos los aspectos de la vida moderna". Por supuesto, se trata de una afirmación
realista y sumamente grave. El superyó no configura solamente una agencia prohibitiva
consciente e inconsciente. La estructura superyoica cristaliza la interiorización de
valores rectores positivos, importantes e integradores. Su ausencia implica la
caotización. Si es demasiado arcaico, cruel o rígido, se tiene la opresión. Pero tarde
o temprano, sin que esta sea de manera alguna la conclusión de la historiadora, la
sociedad caotizada suspira por el autoritarismo y anhela una agencia represora cuya dureza
está dispuesta a soportar en aras de un orden; de cualquier tipo de orden.
El organismo social de Santafé de Bogotá va creciendo y vivenciando las
inevitables confusiones de la identidad que conlleva la adolescencia. Así, en un momento
dado, la Constitución liberal "proclama libertades pero carece de instrumentos
jurídicos, códigos, etc." (yo efector) para ponerlos en práctica. De ahí que el
papel modernizador, que los gobiernos liberales no logran del todo poner en práctica,
permite que la Iglesia mantenga la hegemonía ética como "fiscal y moralizadora de
costumbres". El fracaso del intento de levantamiento de la represión fortalece la
represión misma. Chocan ilustración y conservatismo. La una intenta, mediante una
visión laica y positiva, persuadir, en tanto que el otro guía con vigor y ordena. Ambas
formas de pensamiento están convencidas de las nefastas consecuencias del libertinaje.
Éste sólo puede desembocar "en el desecamiento del cuerpo, desfiguración del
semblante [...] palidez mortal, piel tostada, entrañas abrasadas [...] acortamiento de la
existencia, dolor, amargura, enfermedad y muerte". Aparece la antigua confluencia
entre sexualidad, fallas morales y enfermedad inevitable. El pecado tiene consecuencias
terrenas. Por supuesto, los prohombres del siglo XIX, liberales y conservadores, sostienen
que sin moral "las estructuras sociales se vendrían abajo". Ésta parece ser
una premisa indiscutible. El problema radica en la naturaleza de la moral de la que se
habla.
En primera instancia se acepta que el hombre tiene necesidades básicas que deben
satisfacerse y que la premisa moral tiene que ver con el equilibrio. Pero el marco de las
censuras se va ampliando al funcionamiento social. Desde el punto de vista freudiano, los
instintos libidinales entran en colisión con los instintos yoicos de autopreservación
más cercanos a la consciencia y, por tanto, más relacionados con la sociedad. De esta
manera se va configurando un Ideal del Yo en el que la felicidad se equipara con la moral,
pero una moral libremente escogida desde el punto de vista del burgués liberal del siglo
XIX: se destierran los excesos. Se señala también que "la entrada a la virtud es
difícil". Supone sacrificios. El precio de la introyección de la Ley del Padre es,
de todas maneras, la aceptación de la castración simbólica. Pero el contrato social es
relativamente respetuoso: "la libertad llega hasta donde comienza la libertad del
otro". La tendencia anticalvinista también apunta hacia evitar los lujos, desconfiar
de la riqueza excesiva y de la acumulación de capital. El capitalismo, con sus defectos y
bondades, se mantiene a raya sobre la base de la tradición religiosa e hidalga. La
autoconservación defiende del cambio. Sucede, empero, que la autoconservación a toda
costa aumenta la tensión en una situación de estancamiento, en la que los avances se dan
por estallidos.
Por otra parte, la ilustración se convierte en una caricatura de sí misma, en
la medida en que el inferior es "ignorante, vicioso, infeliz" sobre la base de
la ignorancia y la incapacidad de desarrollar la inteligencia y la voluntad. Por supuesto,
la liberación intelectual no se extiende realmente a los roles sexuales. El ideal de
mujer tiene que ver con un equilibrio global, que Victoria Peralta define en forma
demoledora como "el equilibrio de la superficialidad". A la mujer se la
restringe "para no abrumar su débil inteligencia". Claro está que esta actitud
frente a la mujer es el reflejo de cómo se la vive globalmente en el siglo XIX.
Recordemos que la mujer que en el siglo XIX intenta apartarse de los roles específicos
que se le han asignado, lo hace por su cuenta y riesgo: las dos grandes heroínas de la
novela del siglo XIX, Emma Bovary y Ana Karenina, pagan con su vida el querer escapar a
sus estrechos destinos. Tan sólo en 1879, en Casa de muñecas, Ibsen pone en boca
de su protagonista actitudes y palabras exitosamente rebeldes: "Me estoy quitando el
disfraz", plantea Nora Helmer después de bailar para los invitados de la familia y
de comprender plenamente que su rol conyugal es decorativo, fútil y vacío. Abandona a su
marido y a sus hijos y parte en busca de su propia identidad, incierta pero singular
(Brainsky S., 1994). En una sociedad que teme la transición, se apela entonces a una
escisión (splitting) entre los roles y los sexos. Se establece un interjuego entre
el espacio externo dominado claramente por el hombre (que desarrollará eventualmente
agorafobias) y el espacio interno, por definición perteneciente a la mujer (que entonces
se hace claustrofóbica). Esta escisión intenta evitar el asalto de la modernidad en la
medida en que ésta, además de cualquier otra cosa, implica la aceptación, en sí misma
y en quienes la configuran, de la síntesis y las contradicciones; vale decir, la mujer
como ser activo y beligerante, pero también lo femenino en los hombres y en el desarrollo
del cuerpo social. El paternalismo machista supone, evidentemente, la doble moral: el
hombre debe cuidarse de lo desmedido; pero la mujer existe sólo en función de la virtud.
La autora demuestra cómo la "supuesta superioridad del hombre y la debilidad e
inferioridad de la mujer hacen girar el mundo alrededor del ego del hombre [...] Se
conforma una sociedad narcisística para el ego del hombre, narcisismo nunca
cuestionado". Vale la pena aclarar que en los estudios modernos sobre el narcisismo
(Kohut, 1971), es menester aplicar adjetivos calificativos al concepto como tal. Hay
narcisismos al servicio del self (sí mismo) que no excluyen al otro: más bien
necesitan del otro, en este caso la mujer, para que el hombre se sienta completo. Otro
tipo de narcisismo, el predominante en la sociedad que describe Victoria Peralta, supone
la exclusión de todo lo que no sea idéntico al mí mismo, la destrucción y opresión de
lo distinto y la no aceptación de lo heterogéneo, de la pluralidad. Este tipo de
narcisismo probablemente más que libertad sexual, desemboca en el hombre bogotano del
siglo XIX en compensaciones y formaciones reactivas que logra solamente a costa del
sacrificio de aspectos muy importantes del self.
En lo que concierne a la higiene, algunos manuales la incluyen como algo positivo
en un intento "de incorporar al cuerpo en la vida del espíritu. En los catecismos
consultados no se encuentra mención alguna al cuerpo". En muchos aspectos se disocia
el cuerpo y se satanizan los placeres de los sentidos. Se habla, por ejemplo, de que las
metrópolis europeas están llenas de jóvenes cuya sexualidad prematura los ha conducido
a la ceguera. Esta clara alusión a la castración edípica nos permite inferir que en la
disociación de la mujer sexuada y la mujer virtuosa se encuentran mecanismos defensivos
importantes frente a la amenaza inconsciente de lo incestuoso.
Los moralistas, positivistas-liberales, se apoyan predominantemente en una
censura yoica; unas funciones del yo son utilizadas para combatir los impulsos del ello
(conflicto intersistémico) y otros impulsos yoicos (conflictos intrasistémicos). Los
moralistas conservadores, en cambio, se apoyan sobre todo en una censura derivada del
superyó y que apunta más hacia la trascendencia. Para unos y otros, los sentidos y el
cuerpo no tienen existencia propia; su presencia está justificada en la medida en que
regulan las exageraciones y sirven como órganos ejecutivos de la moral. La higiene, así
concebida, es la base de contacto entre cuerpo y moral.
La violencia y la paz están obviamente presentes en todos los manuales de
comportamiento individual y social. A la violencia se la condena en abstracto, con una
reverencia, tal como se da hoy en día. Sucede, empero, que "uno solo de los manuales
consultados hace alusión concreta a la violencia en Colombia". La censura a la
agresividad es total pero, y de nuevo, como ahora, más bien teórica. Por otra parte,
esta censura teórica y poco funcional, explicitada tan tajante y definitivamente, nos
muestra que en lo latente la violencia derivada de la tanático ha sido, y tristemente
continúa siendo, muy intensa en el marco de referencia de la sociedad colombiana.
La historiadora estudia también los placeres permitidos y el manejo de las
transgresiones. El placer sexual sería tolerado en la medida en que favorece la
procreación. La fe religiosa y el placer estético corresponderían a la sublimación y a
una elaboración más fina de lo placentero. Victoria Peralta destaca, con objetividad
cuidadosa, el que con frecuencia el cuidado de una moral congruente depende del cura
párroco, en tanto que los gamonales y jefes políticos sabotean para sus propios
propósitos el desarrollo de una ética. Acota la doble moral y la moral incorporada
formal y superficialmente. Ellen Deutch (1942) ha descrito lo que denomina
"personalidad como si" (as if), que parecería funcionar normal y
corrientemente, pero que tiene problemas muy severos en lo que concierne a la identidad, a
los valores auténticos y a las relaciones afectivas profundas. Deutch relaciona esta
personalidad frágil con dificultades serias para la incorporación del superyó (códigos
normativos).
Se crea un vacío en cuanto a que ni el Estado, ni la Iglesia, ni la clase alta
tienen la autoridad moral para ser faros sólidos. Cuando se da este tipo de carencia
fundamental, aparecen estructuras fragmentarias que tienden a reemplazar, con un nivel de
organización inferior, la ausencia o lesión de la instancia superior. La falta de
energía moral en los líderes sociales y en la comunidad supone la liberación de fuerzas
reprimidas que tienden a crear sus propias seudomorales para sus conveniencias e
intereses. Hasta nuestros días la no presencia del Estado supone la si presencia de
ejércitos privados, paramilitares, guerrilleros y delincuentes de todas las pelambres,
que imponen y ejercitan su propia ley.
La historiadora demuestra con claridad cristalina la forma como se configura un
círculo vicioso en el que la falta de moralidad congruente y el vacío consiguiente
generan anarquía. Ésta, a su vez, determina una "consciencia culposa" que
lleva a una moral falsa, formalmente aprendida, que, como es de suponer, desemboca en
nuevos fracasos en lo que se refiere a guías éticas, con la posterior anarquía y nueva
culpa. Esta modalidad de culpa no corresponde a lo que Melanie Klein llama "culpa
depresiva" (Klein, 1957), que es integradora y que por lo tanto supone dolor genuino
y posibilidades de reparación y cambio. La culpa por vacío es persecutoria; vale decir,
está destinada a perpetuarse, a tener que buscar continuamente chivos expiatorios y a
evitar la transformación.
La censura resultante de esta moral superficial es incoherente en su aplicación
e hipócrita en su sopesamiento de las transgresiones, que se castigan más de acuerdo con
la clase social, la mezcla racial y el sexo del delincuente que con la naturaleza del
delito mismo. Por lo demás, "la forma de los valores es apolínea y la práctica es
dionisíaca. Ambas convivían en el mismo espacio". El resultado no es una síntesis;
corresponde más a una mezcla sincrética que paraliza el desarrollo de un código
axiológico universal.
Los delitos más frecuentes, que la autora estudia con detenimiento en una
estadística de 855 casos delictivos cometidos en Bogotá entre 1830 y 1886, tienen que
ver primordialmente con robos, rebelión, delitos contra la integridad física, excesos y
vicios. En otra estadística paralela, el primer puesto lo ocupan los delitos contra la
propiedad, seguidos de cerca por crímenes relacionados con el ataque a la integridad
física. La agresividad latente, las confusiones de la identidad, las guerras demarcan la
personalidad, siempre potencialmente violenta y frágil, del habitante de Bogotá. Por lo
demás, prima el castigo de los delitos contra la propiedad, y las demás transgresiones
se pueden ubicar también en función de problemas relacionados con la propiedad misma,
definida en función de la tenencia de bienes, pero también como la conducta adecuada,
los modales precisos y la necesidad victoriana de una etiqueta cuidadosa. Curiosamente, en
las estadísticas no ocupan un lugar muy importante los delitos sexuales, lo cual
relaciona la autora con la mezcla de lo sagrado y lo profano y el que los placeres
sexuales se practicaran clandestinamente.
El individuo santafereño que surge del entorno descrito en el libro y que
pertenece a la clase social alta, aparece como "nostálgico, inauténtico, imitativo,
clandestino y reprimido (en las mujeres)". Resulta muy interesante que Victoria
Peralta ubique la nostalgia no tan sólo en términos de la influencia del romanticismo, o
sea de afuera hacia adentro, sino que también la defina como proveniente del interior
mismo de las gentes. La tristeza profunda del adentro, que comienza con la sabana
melancólica, gris, busca, a manera de resto diurno de un sueño y como contenido
manifiesto, para expresarse, la forma de manifestación de lo romántico. Con frecuencia
la nostalgia del bogotano se enmascara tras la agresividad violenta. El sobrecogimiento y
el ensimismamiento "impuestos por las condiciones del ecosistema, las limitaciones
espaciales y culturales de la ciudad" estallan hacia el afuera, determinando más
sensaciones persecutorias, más culpa y finalmente más nostalgia en un círculo vicioso
adicional. La autora define la nostalgia, siguiendo el Diccionario de la Real Academia,
como "pena de verse ausente de la patria, de los deudos y los amigos" y
"pesar que causa el recuerdo de algún bien perdido". El tiempo perdido que se
busca corresponde a lo colonial, el tiempo de España. Surge entonces la lucha por la
búsqueda de la identidad: ¿de dónde venimos, quiénes somos, a dónde vamos? La
búsqueda no tiene éxito y este fracaso, conjuntamente con el paisaje y las condiciones
de la ciudad, llevan a la expresión colectiva nostálgica y romántica, cuyas
manifestaciones esenciales se dan en la poesía y en otros géneros literarios. No se
elabora bien el duelo por la situación idealizada perdida (la identidad colonial
española), y la nostalgia se relaciona entonces con la tristeza que nos produce el
recordar lo que nunca vivimos, pero que tiene que ver con momentos en que pensábamos que
teníamos el potencial para ser felices. El fracaso en la elaboración de la pérdida
lleva a la nostalgia persecutoria y a la necesidad de apelar a seudoidentidades que pueden
ser francesas, inglesas o aun españolas, pero que conservan siempre el componente de algo
inauténtico y, por tanto, relacionado con una profunda vergüenza oculta que se plasma en
la práctica clandestina de casi todos los placeres. La práctica oculta y la culpa
conllevan como contenido latente, placer en la culpa misma, que se libidiniza y, por
tanto, refuerza la melancolía, la nostalgia y la represión. Otro círculo vicioso más.
Alrededor de 1820 se propaga en la ciudad una epidemia de "convulsiones
histéricas", ligadas a la represión de la sexualidad e inmortalizadas por Vargas
Tejada. Ataca solamente a mujeres jóvenes y se relaciona con visitas masculinas. Como
suele suceder con la histeria, la enfermedad va democratizándose: de las clases altas
desciende a los estratos socioeconómicos inferiores. Paulatinamente se busca la
sublimación en lo poético-literario. "De lo lúdico concreto se pasa a la lúdico
espiritual". Los placeres de niños, adolescentes, hombres y mujeres, se van
transformando de acuerdo con los cambios sociales. Las señoritas Ibáñez tienen una
actitud muy liberal frente a la vida. Posteriormente se hacen "recatadas hasta la
vergüenza". Por una parte, este fenómeno se liga a las vicisitudes de la lucha
independentista, pero además la aristocracia, claramente más libre, va siendo
reemplazada por la burguesía, más apegada a las formas. La historiadora, sin embargo,
llega a la conclusión de que en la clase media "las prácticas sociales son menos
rigurosas".
La represión comienza con lo sexual y es particularmente fuerte para la mujer,
pero tiende a generalizarse y finalmente ejerce su acción sobre todas las costumbres, la
manera de vivir, la forma de relacionarse y aun al pensar y al sentir.
Hacia finales del siglo, a medida que la prosperidad y la modernidad se van
abriendo paso, se destacan las transiciones. Los placeres de los hombres también se
refinan. El varón se permite alicientes de tipo estético, pero se refugia mucho en el
juego, en el alcohol y en el cigarrillo. El ideal de belleza es europeizante, racial y
estereotipado. La autora ejemplifica esta alienación con la vida de José Asunción
Silva, quien no puede aceptar ser de su medio, con la consecuente desadaptación total y
el rechazo. Silva intenta de alguna manera morir y vivir delante de un espejo, lo que
configura, como lo señala Camus, la rebelión de los dandis. Intenta crear una oposición
y un desafío extranjerizante. La singularidad es su vocación. Fracasa en casi todos los
planos: "El poeta no era el tipo de hombre deseado por las mujeres de entonces. Su
afectación, su fragilidad y su finura iban en contravía del machismo imperante en la
época".
Finalmente, la elaboración de los placeres se plasma en la conjunción de lo
estético y lo científico para configurar la pintura naturista y las descripciones
biológicas. Se cuida más el cuerpo, se regulariza la práctica de los deportes, se
profundiza la literatura. Los gustos oscilan entre la tradición y la novedad. La ruptura
de la tradición no busca, empero, la autenticidad. El habitante de Santafé de Bogotá no
asimila bien que puede parecerse a y aceptar lo extranjero sin renunciar a su propia
identidad, que se puede estructurar asumiendo las contradicciones, pero sin imitar
ciegamente ni rechazar lo diferente por el simple hecho de serlo. El modernismo y la
prosperidad "llaman al cosmopolitismo sin pasar por la construcción laboriosa de la
nueva realidad americana".
Ha pasado un siglo más en la historia de Santafé de Bogotá, y el ritmo lúdico
y los placeres parecerían estar gobernados por la necesidad de descargas inmediatas y no
reguladas de lo erótico y de lo agresivo. De la censura aplastante se ha pasado a un
hedonismo consumista mal regulado, que parece desafiar la represión pero que en muchos
aspectos más bien la refuerza, por el incremento de la culpa persecutoria. La ciudad
vibra con la modernización pero el desarrollo es muy desigual. Las cadencias, antes
marcadas por las campanas, son definidas ahora por ruidos aparentemente más vitales, a
veces estruendosos y en ocasiones desarticulados. La movilidad social ascendente se
refleja en códigos fluctuantes y transicionales en los que la opulencia se entremezcla
con la miseria y el desprecio por la vida, propia y ajena. La revuelta de la mujer parece
haber cambiado el nombre del juego. Cabe cuestionarse, sin embargo, si la sublevación
sexual logra el ideal de unificar sexo y amor. Nuestros abuelos victorianos tenían mucho
sentimentalismo erótico y poca sexualidad (o al menos configuraban de esta manera un
prototipo social). La generación de la píldora y la liberación tiene mucho sexo pero se
aleja de los afectos que lo acompañan, con lo que disocia igualmente la nostalgia de la
congruencia genital, vivenciada como mutualidad, erotismo y proyecto común relacionados
con los placeres (Brainsky, 1994).
Los placeres maduros, elaborados, complementados por el principio de realidad y
que toman en cuenta la existencia del otro, continúan siendo una tendencia ideal huidiza,
en medio de un mar de violencia, y en el contexto de una modernidad que en muchos aspectos
se fragmenta antes de llegar a ser.
SIMÓN BRAINSKY L |