Boletín Cultural y Bibliográfico. Número 38 .  Volúmen XXXII, editado en 1995
 
La ciudad de las "convulsiones histéricas"

El ritmo lúdico y los placeres en Bogotá del siglo XIX
Victoria Peralta
Planeta Colombiana Editorial, Santafé de Bogotá, 1995, 168 págs.
Por: SIMÓN BRAINSKY L.

El ser humano existe siempre en el marco de referencia de tres instancias por las cuales expresa alternativa o simultáneamente su problemática. Lo que llamamos biológico, lo social y lo que denominanos psicológico se encuentran inextricablemente unidos. Lo que altere y modifique uno de estos aspectos, artificialmente delimitados, se reflejará necesariamente en los otros dos. Se trata de estructuras en las que no se pueden entender las partes sino en función del todo, y la totalidad no se puede capturar sino en la relación de las partes.

Desde este punto de vista, resulta sumamente interesante hacer algunas observaciones psicoanalíticas sobre el excelente trabajo de Victoria Peralta titulado El ritmo lúdico y los placeres en Bogotá del siglo XIX.

Para hacer estas consideraciones, debo definir la concepción freudiana del instinto, que con frecuencia es mal interpretada. Cuando Freud se refiere al instinto (o más exactamente al impulso, i.e. Trieb), está haciendo referencia a impulsos internos, continuos, de los que no se puede escapar por la fuga y que tienen una representación mental que se denomina fantasía inconsciente (el subrayado es mío, SBL). Por otra parte, cuando destaca las características del instinto, incluye, con importancia creciente, el objeto. Vale decir, el instinto existe en función de su representación psíquica, de su representante ideativo y supone un componente relacional y vincular inescapable. El hombre, ente instintivo, no deja por eso su condición de ser humano y social. Antes bien y por el contrario, su devenir psicobiológico demarca más y más sus caraterísticas únicas, hermosas y con frecuencia crueles.

Los placeres (secretos o exhibidos) individuales y grupales se contraponen y complementan y su estudio constituye una lente específica para investigar el comportamiento humano y su relación con el entorno. Tras los placeres, claro está, se ocultan el temor y el deseo profundo de los castigos.

Victoria Peralta utiliza esta lente para escudriñar con sumo cuidado la cotidianidad del habitante de Santafé de Bogotá, en el contexto del siglo pasado. Relieva las características y modalidades de la represión y cómo ésta frustra las posibilidades y potencialidades de los habitantes de Santafé de Bogotá. Ahora bien: vale la pena aclarar que, si bien el exceso de represión trunca el desarrollo individual y social, la represión como tal es inevitable en la medida en que condiciona la relación que se establece entre los hombres y la manera como éstos entran en interjuego con la sociedad. La sociedad exige de los hombres una renuncia a cierto monto del placer individual. Esta renuncia puede llegar a aplastar a la persona. Sin algo de esta abdicación no habría posibilidades de crear un tejido social funcional, ni la personalidad misma tendría potencialidades de un desarrollo selectivo. Así, se requiere un mínimo de represión, so pena de caer en la anarquía individual o social, con la consecuente falta de desarrollo. El exceso de represión conlleva el autoritarismo, con la consiguiente falta de creatividad y de libertad individual y social.

Para estudiar las vicisitudes de los placeres de la Santafé del siglo XIX, Victoria Peralta utiliza la primera teoría instintiva de Freud, que contrapone libido e interés de autopreservación, y, en forma explícita, la tercera teoría, en la que Freud postula el instinto de vida con su energía, Eros, que tiende hacia lo nuevo, hacia lo más complejo, hacia la contradicción y hacia la síntesis, en permanente choque, contraposición, y complementación con el instinto de muerte y la energía tanática que empuja continuamente al ser humano hacia lo regresivo, hacia lo estático y, por la compulsión, a la repetición, a lo pasado, sin beneficio de inventario. En el trasfondo se esboza también la segunda gran teoría freudiana sobre el funcionamiento mental, en la que se contraponen el narcisismo y la relación con otros. Recordemos que don Miguel Antonio Caro proclama con orgullo que sólo se ha conocido a sí mismo: apenas ha salido de la sabana de Bogotá y no ha visto el mar.

La autora opone principio de placer y principio de realidad. Me parece importante aclarar que el principio del placer no necesariamente es desterrado por el principio de realidad. El principio de realidad complementa el del placer y permite que éste se refine y elabore. Principio de placer y principio de realidad configuran también una estructura funcional global: sin el placer y la tendencia a la descarga inmediata, la realidad sería aséptica, aburrida y estéril. Sin el trasfondo que proporciona el principio de realidad, con todo y frustraciones, el placer no sería pleno. Las libertades y represiones, lo conservador y la modernidad, las censuras y posibilidades, danzan juntos en una Santafé de Bogotá en la cual lo conservador y la modernidad se alternan y se entremezclan con el telón de fondo, por lo demás siniestro, de las continuas guerras civiles.

La autora divide su trabajo en tres partes, la primera de las cuales se relaciona con la estructura material y el ofrecimiento de placeres; la segunda tiene que ver con la estructura institucional que incluye "las censuras conscientes institucionalizadas a través de los códigos jurídicos, la moral y la religión", en tanto que la tercera se ocupa del individuo y de sus placeres y displaceres en los gustos y en lo lúdico. A mi entender, mirado desde el psicoanálisis, es menester tomar en cuenta y trabajar la noción de las censuras inconscientes siempre presentes en lo individual y en lo colectivo y más profundamente introyectadas.

Victoria Peralta muestra cómo la clase alta (que es la que suministra las fuentes para sus datos) lleva a cabo, sobre todo en la primera parte de la vida republicana, una gran represión a través de las buenas maneras y de la etiqueta, que por supuesto además de cualquier otra consideración, son la entrada de los mecanismos de preservación de las buenas costumbres. La repetición conservadora del placer no depende tan sólo del instinto de muerte. El fenómeno de la etiqueta llevado al extremo, hasta el punto de reemplazar una verdadera dinámica social, se ha estudiado en diferentes grupos sociales, tales como la sociedad pastoril del sur de los Estados Unidos antes de la guerra de Secesión. Frente a las sociedades y a las estructuras individuales petrificadas surgen, en el otro extremo de la gama, sociedades y organizaciones personales caóticas. Por supuesto, el fenómeno no se puede caricaturizar por situaciones escindidas extremas. El juego está dado por las colisiones y complementaciones que trabajosamente intentan crear una síntesis social.

Se establecen otras situaciones disociadas extremas: la ciudad, atrapada en su geografía y en su clima, se aísla y se contempla narcisísticamente; simultáneamente idealiza enormemente "lo civilizado": Europa concebida como el paraíso. Lo nuestro permanece perennemente desvalorizado, a pesar de explosiones más bien artificiales de nacionalismo.

En la misma línea de ideas, el hombre y la mujer burgueses llevan "una vida burda hacia adentro y civilizada hacia afuera", perfil éste que persistirá en la historia de la ciudad, a veces con dimensiones picarescas: el "piscazo" que alumbra el café o la avenida, turbio y sombrío en su adentro.

La geografía de la ciudad, como se ha dicho, nos sirve como punto de partida para explicarnos y comprendernos mucho. Es una especie de esquema corporal sin que, por supuesto, se hable de un determinismo inescapable a la manera de Kismet mecanicista.

La estrechez espacial (2.633 casas en 1863) constituye la envoltura, el contenido manifiesto, de una notoria estrechez vital y de una forma de vida dirigida hacia adentro pero no notablemente introspectiva. Las casuchas de paja y chozas que rodean las casas más cómodas pueden comprenderse, desde el punto de vista psicoanalítico, como los instintos agresivos y libidinales que merodean las murallas aparentemente ordenadas de una modernización que empieza a buscar un equilibrio. Su expansión frente a la indiferencia de las clases medias y altas contribuirá a la explosión bárbara del bogotazo. La continuidad de los espacios cerrados es propicia para la represión y la censura, debido al encerramiento y "a la imposibilidad de esconder secretos". Esto aumenta la tensión existente en el interior de la olla de presión.

En el contexto del estudio de los placeres (y su contraparte, las prohibiciones) que la autora utiliza para estudiar la historia de Bogotá en el siglo XIX aparecen delineados con cierta claridad dos momentos específicos. A partir de la segunda mitad del siglo surgen los hoteles, restaurantes, cafés, los primeros teatros. Comienza a irrumpir la modernización, que cambia las modalidades de la represión. La ciudad, poco propicia para los placeres externos, pero sí para los furtivos, empieza a dirigir el ocio y el desarrollo intelectual del contenido de una cultura agraria, casi exclusivamente religiosa, a una más liberal y laica. La autora, que se centra en la cotidianidad, estudia en el ritmo estacional el juego, la risa y el trabajo, la categoría tiempo. El tiempo está determinado por la relación principio del placer-principio de realidad. Lo lúdico implicaría rupturas en el diario devenir por las que irrumpen, en forma más directa, derivados de lo inconsciente.

La represión de lo genital tiende a compensarse (y a veces a sobrecompensarse) por la gula y la avidez oral. El encierro de la mujer y el exceso de comida, con frecuencia picante, determina personalidades muy marcadas por lo hipocondríaco, resultante también de un exceso de fijación en sí mismas. En general, se es austero; el tiempo demarcado por los ritos y las campanas es idéntico a sí mismo y los escapes carnavalescos de las fiestas parecen haber tenido un hondo significado de negación de una perspectiva vital rutinaria y con muy pocas posibilidades de florecimiento. Peralta destaca el contraste entre contenido y forma, que se muestra en la manera como la Forma nueva utiliza la Forma vieja (religión), para burlar la censura. Mediante el baile, la sátira, la parodia, se expresan, en forma pagana y sincrética, el acatamiento y simultáneamente el desafío a las creencias. Victoria Peralta incluye entre los placeres los ejercicios espirituales que implican: a) refinamiento de lo placentero; b) complementación sintónica del principio del placer por el de realidad; c) armonía relativa entre lo instintual (ello), la capacidad funcional efectora (yo) y las instancias rectoras de la moral y censoras (superyó). En ese momento la religiosidad parece haber sido un componente auténticamente introyectado en el self social. La revuelta liberal y la ilustración de los radicales atentan más contra la forma y el clero que contra la creencia. Este lector hubiera deseado que la autora se detuviera más en la vivencia, en lo que concierne a la vida y a los rituales de paso.

La condición de la mujer va variando de acuerdo con las necesidades sociales y con las luchas y el papel que en ellas desempeña ésta, frente a las necesidades de asentamiento social, una vez lograda la independencia de los españoles. Franz Fanon (1968) estudia cómo las características de la ropa y las tradiciones de indumentaria de regla constituyen las formas de originalidad más evidentes y las más inmediatamente perceptibles de una sociedad. Destaca cómo en un momento dado, cuando los colonizadores franceses insisten en modificar la situación de la mujer argelina para europeizarla, los responsables políticos argelinos se empeñan en que la mujer se aferre al velo y al chador como una forma de resistencia. Cuando en el contexto de la situación política militar se hace necesario que la mujer vaya al frente de lucha, el liderazgo la incorpora y modifica radicalmente su atuendo para que pase desapercibida en las actividades políticas y terroristas y para que venza, una y otra vez, sus temores infantiles frente al colonizador y asuma con igualdad la lucha revolucionaria.

En la Nueva Granada, y específicamente en Santafé de Bogotá, sucede un fenómeno parecido, ejemplificado por la autora por las Ibáñez, en cuanto a que las ansias y las necesidades de libertad durante el proyecto libertario hacen de la mujer "una dama activa, luchadora". Lograda la independencia y frente a las necesidades de la conservación del orden, la mujer se retrae y es "descrita en las crónicas como encerrada y oscura".

La historiadora señala cómo los defensores del proyecto conservador y los del civilizador conviven y chocan en el siglo XIX (en su opinión, el país no ha asumido el proyecto asuntivo) y anota cómo las ideas y las costumbres se ubican en microtiempos, que se insertan en los macrotiempos y que configuran un cosmos vital: "microtiempos dentro de los macrotiempos" (pequeños oficios y acciones contenidas en el tiempo y el siglo) "y macrotiempos dentro de microtiempos. Unos y otros determinan la satisfacción de los placeres y se ordena la vida para situar en un momento y de un modo un placer que se vive individualmente pero se organiza colectivamente". Un pequeño acto psíquico contiene la mente toda y a su vez la mente global organiza, predominantemente por el proceso secundario, los derivados de lo inconsciente, atemporal y carente de contradicciones. El chiste o el acto fallido, en ese contexto, señalan el camino del infinito funcionamiento psíquico.

El racismo y la aspiración idealizada a lo "blanco europeo", que en gran parte corresponde al mecanismo de Identificación con el Agresor, se puede equiparar al Ideal del Yo consciente de la clase dirigente, en tanto que lo indígena y lo negro se puede asimilar a los contenidos inconscientes mantenidos a raya pero que pugnan por abrirse paso gracias a su vitalidad y a lo intenso de su perentoriedad. Para fortuna del país, desde finales del siglo XVIII las restricciones intercastas "se degradaron". A pesar de todo, Colombia no tiene un problema racial de las proporciones de países andinos vecinos. La movilidad social ascendente permite clasificar como "blanco" a quien posee los medios de producción y como "indio" a quien es pobre. Esto no quiere decir que la idealización del conquistador colonizador haya desaparecido del imaginario colectivo. Los pacientes psiquiátricos de los hospitales estatales, campesinos mestizos, suelen hablar de sus abuelos, por ejemplo, identificando la bondad con el color de la piel ("mi abuelo era bueno: blanco"). El sistema de castas persistirá en sus formas más burdas hasta bien entrado el siglo XX. Incidentalmente en este aspecto, los inmigrantes judíos europeos que huyen de la Europa nazi-fascista y que inicialmente se ganan la vida como vendedores ambulantes a plazos, son catalizadores en este aspecto de la modernidad. Mi propio padre, inmigrante, ha relatado su experiencia en este sentido, en los cuentos agrupados bajo el título Gentes en la noria.

La tasa de mortalidad sobrepasa a la de natalidad en gran parte por la mortalidad infantil, pero también en los adultos por viruela, disentería, tifo, fiebre tifoidea, sarampión y complicaciones puerperales. Irónicamente, la alta mortandad biológica del siglo XIX encontrará su contrapartida en la desmesuradamente alta tasa de mortalidad por situaciones violentas en la segunda mitad del siglo XX. Peralta describe el placer de los nacimientos y el dolor de los duelos. Trae la descripción desgarradora que hace don José María Samper cuando su primera esposa, Elvira, muere durante el parto. Anota la autora, con algo de ironía, que "a pesar del intenso dolor don José María se casó en segundas nupcias dos años después..." Cabría anotar que el desdichado don José María probablemente logra casarse de nuevo gracias a un dolor muy intensamente experimentado; un proceso de duelo llevado a cabo cuidadosamente y tal vez cierta ausencia de hostilidad hacia su mujer muerta. Este punto es importante, porque se puede inferir que los rituales que permiten estructurar y canalizar los duelos son, a priori, adecuados y funcionales.

En lo que concierne al bienestar definido como "situación material que permite satisfacer las necesidades de la existencia", la historiadora cita muchos testimonios de viajeros extranjeros, que tienen, por supuesto, la ventaja de la distancia objetiva, pero simultáneamente la desventaja de una vivencia muy parcial. Uno puede suponer que un inglés o un norteamericano, además de las indudables carencias e incomodidades de la ciudad, ve en los "bárbaros" la proyección de sus propios barrios marginales y de sus campos de esclavos, amén de la idealización narcisística de lo propio. No se trata de minimizar el atraso: la ciudad del siglo XIX carece de servicios públicos, el primer alcantarillado subterráneo comienza a funcionar en 1871, el telégrafo en 1865, el acueducto de hierro en 1867, el ferrocarril en 1889. "Hasta ese momento la ciudad era sucia y pestilente por ausencia de cañerías". Esta ausencia de comunicación y de vías de desagüe, extrapoladas a lo psicoanalítico nos hablan de que el cuerpo social e individual carece de modalidades adecuadas de evacuación y apuntan hacia un tipo de personalidad social en el que son muy marcados los rasgos anales- retentivos (lo clandestino, lo furtivo, la tendencia al control, el sadismo, la predisposición a refugiarse más en las formas de la religión que en su contenido, la formación reactiva frente a lo pecaminoso).

La sociedad que se nos presenta en el libro es austera y se conserva la noción castellana, hidalga y católica de la no acumulación de dinero, frente al desarrollo pujante de sociedades más marcadas por lo calvinista. El viajero francés Boussingault relata, lleno de asco, las dificultades que tiene para poder comer, en tanto que los bogotanos no son conscientes de la mugre en la que se debaten. Los placeres de los sentidos son experimentados a través "de la suciedad, los malos olores, el sabor a la tierra". De alguna manera no se tienen placeres refinados, pero a un nivel se acepta lo instintivo. Las barreras del asco frente a los placeres "sucios" y primitivos llegarán con la industrialización y la modernización.

La casa de habitación demarca el cambio de las épocas y la llegada de lo moderno. La casa, representación simbólica del Yo corporal, muestra los cambios psicológicos que se van dando en la estructura individual y social de los habitantes de Santafé. Los patios se hacen alegres, los placeres, por así decirlo, se airean en los jardines y se hacen menos escondidos; la cocina se refina. El hierro comienza a utilizarse en construcciones arquitectónicas, como si se planteara una base firme para la construcción de una personalidad colectiva. Se amplían los espacios sociales y se aumentan los sitios de diversión pública que se prestan para compartir actividades lúdicas. La modernización de las personas, de la división del trabajo y de las instituciones se va instalando con fuerza y paulatinamente, a partir de la segunda mitad del siglo.

El sistema institucional y ético que parcialmente se impone a los bogotanos y que éstos, en parte, van introyectando a la manera de la Ley del Padre, va modificándose a medida que chocan, en la guerra y en la paz, las dialécticas de prohibiciones y libertades. La autora se pregunta si en medio de las Constituciones confesionales de los conservadores y de los conjuntos de leyes de los períodos liberales (1853-1886) hay suficientes mecanismos en el Estado para "suplir con la moral laica, la moral religiosa". Se responde negativamente y su conclusión pesimista es que, aún en el siglo XX, Colombia carece de una moral laica, y la religión "no abarca éticamente todos los aspectos de la vida moderna". Por supuesto, se trata de una afirmación realista y sumamente grave. El superyó no configura solamente una agencia prohibitiva consciente e inconsciente. La estructura superyoica cristaliza la interiorización de valores rectores positivos, importantes e integradores. Su ausencia implica la caotización. Si es demasiado arcaico, cruel o rígido, se tiene la opresión. Pero tarde o temprano, sin que esta sea de manera alguna la conclusión de la historiadora, la sociedad caotizada suspira por el autoritarismo y anhela una agencia represora cuya dureza está dispuesta a soportar en aras de un orden; de cualquier tipo de orden.

El organismo social de Santafé de Bogotá va creciendo y vivenciando las inevitables confusiones de la identidad que conlleva la adolescencia. Así, en un momento dado, la Constitución liberal "proclama libertades pero carece de instrumentos jurídicos, códigos, etc." (yo efector) para ponerlos en práctica. De ahí que el papel modernizador, que los gobiernos liberales no logran del todo poner en práctica, permite que la Iglesia mantenga la hegemonía ética como "fiscal y moralizadora de costumbres". El fracaso del intento de levantamiento de la represión fortalece la represión misma. Chocan ilustración y conservatismo. La una intenta, mediante una visión laica y positiva, persuadir, en tanto que el otro guía con vigor y ordena. Ambas formas de pensamiento están convencidas de las nefastas consecuencias del libertinaje. Éste sólo puede desembocar "en el desecamiento del cuerpo, desfiguración del semblante [...] palidez mortal, piel tostada, entrañas abrasadas [...] acortamiento de la existencia, dolor, amargura, enfermedad y muerte". Aparece la antigua confluencia entre sexualidad, fallas morales y enfermedad inevitable. El pecado tiene consecuencias terrenas. Por supuesto, los prohombres del siglo XIX, liberales y conservadores, sostienen que sin moral "las estructuras sociales se vendrían abajo". Ésta parece ser una premisa indiscutible. El problema radica en la naturaleza de la moral de la que se habla.

En primera instancia se acepta que el hombre tiene necesidades básicas que deben satisfacerse y que la premisa moral tiene que ver con el equilibrio. Pero el marco de las censuras se va ampliando al funcionamiento social. Desde el punto de vista freudiano, los instintos libidinales entran en colisión con los instintos yoicos de autopreservación más cercanos a la consciencia y, por tanto, más relacionados con la sociedad. De esta manera se va configurando un Ideal del Yo en el que la felicidad se equipara con la moral, pero una moral libremente escogida desde el punto de vista del burgués liberal del siglo XIX: se destierran los excesos. Se señala también que "la entrada a la virtud es difícil". Supone sacrificios. El precio de la introyección de la Ley del Padre es, de todas maneras, la aceptación de la castración simbólica. Pero el contrato social es relativamente respetuoso: "la libertad llega hasta donde comienza la libertad del otro". La tendencia anticalvinista también apunta hacia evitar los lujos, desconfiar de la riqueza excesiva y de la acumulación de capital. El capitalismo, con sus defectos y bondades, se mantiene a raya sobre la base de la tradición religiosa e hidalga. La autoconservación defiende del cambio. Sucede, empero, que la autoconservación a toda costa aumenta la tensión en una situación de estancamiento, en la que los avances se dan por estallidos.

Por otra parte, la ilustración se convierte en una caricatura de sí misma, en la medida en que el inferior es "ignorante, vicioso, infeliz" sobre la base de la ignorancia y la incapacidad de desarrollar la inteligencia y la voluntad. Por supuesto, la liberación intelectual no se extiende realmente a los roles sexuales. El ideal de mujer tiene que ver con un equilibrio global, que Victoria Peralta define en forma demoledora como "el equilibrio de la superficialidad". A la mujer se la restringe "para no abrumar su débil inteligencia". Claro está que esta actitud frente a la mujer es el reflejo de cómo se la vive globalmente en el siglo XIX. Recordemos que la mujer que en el siglo XIX intenta apartarse de los roles específicos que se le han asignado, lo hace por su cuenta y riesgo: las dos grandes heroínas de la novela del siglo XIX, Emma Bovary y Ana Karenina, pagan con su vida el querer escapar a sus estrechos destinos. Tan sólo en 1879, en Casa de muñecas, Ibsen pone en boca de su protagonista actitudes y palabras exitosamente rebeldes: "Me estoy quitando el disfraz", plantea Nora Helmer después de bailar para los invitados de la familia y de comprender plenamente que su rol conyugal es decorativo, fútil y vacío. Abandona a su marido y a sus hijos y parte en busca de su propia identidad, incierta pero singular (Brainsky S., 1994). En una sociedad que teme la transición, se apela entonces a una escisión (splitting) entre los roles y los sexos. Se establece un interjuego entre el espacio externo dominado claramente por el hombre (que desarrollará eventualmente agorafobias) y el espacio interno, por definición perteneciente a la mujer (que entonces se hace claustrofóbica). Esta escisión intenta evitar el asalto de la modernidad en la medida en que ésta, además de cualquier otra cosa, implica la aceptación, en sí misma y en quienes la configuran, de la síntesis y las contradicciones; vale decir, la mujer como ser activo y beligerante, pero también lo femenino en los hombres y en el desarrollo del cuerpo social. El paternalismo machista supone, evidentemente, la doble moral: el hombre debe cuidarse de lo desmedido; pero la mujer existe sólo en función de la virtud. La autora demuestra cómo la "supuesta superioridad del hombre y la debilidad e inferioridad de la mujer hacen girar el mundo alrededor del ego del hombre [...] Se conforma una sociedad narcisística para el ego del hombre, narcisismo nunca cuestionado". Vale la pena aclarar que en los estudios modernos sobre el narcisismo (Kohut, 1971), es menester aplicar adjetivos calificativos al concepto como tal. Hay narcisismos al servicio del self (sí mismo) que no excluyen al otro: más bien necesitan del otro, en este caso la mujer, para que el hombre se sienta completo. Otro tipo de narcisismo, el predominante en la sociedad que describe Victoria Peralta, supone la exclusión de todo lo que no sea idéntico al mí mismo, la destrucción y opresión de lo distinto y la no aceptación de lo heterogéneo, de la pluralidad. Este tipo de narcisismo probablemente más que libertad sexual, desemboca en el hombre bogotano del siglo XIX en compensaciones y formaciones reactivas que logra solamente a costa del sacrificio de aspectos muy importantes del self.

En lo que concierne a la higiene, algunos manuales la incluyen como algo positivo en un intento "de incorporar al cuerpo en la vida del espíritu. En los catecismos consultados no se encuentra mención alguna al cuerpo". En muchos aspectos se disocia el cuerpo y se satanizan los placeres de los sentidos. Se habla, por ejemplo, de que las metrópolis europeas están llenas de jóvenes cuya sexualidad prematura los ha conducido a la ceguera. Esta clara alusión a la castración edípica nos permite inferir que en la disociación de la mujer sexuada y la mujer virtuosa se encuentran mecanismos defensivos importantes frente a la amenaza inconsciente de lo incestuoso.

Los moralistas, positivistas-liberales, se apoyan predominantemente en una censura yoica; unas funciones del yo son utilizadas para combatir los impulsos del ello (conflicto intersistémico) y otros impulsos yoicos (conflictos intrasistémicos). Los moralistas conservadores, en cambio, se apoyan sobre todo en una censura derivada del superyó y que apunta más hacia la trascendencia. Para unos y otros, los sentidos y el cuerpo no tienen existencia propia; su presencia está justificada en la medida en que regulan las exageraciones y sirven como órganos ejecutivos de la moral. La higiene, así concebida, es la base de contacto entre cuerpo y moral.

La violencia y la paz están obviamente presentes en todos los manuales de comportamiento individual y social. A la violencia se la condena en abstracto, con una reverencia, tal como se da hoy en día. Sucede, empero, que "uno solo de los manuales consultados hace alusión concreta a la violencia en Colombia". La censura a la agresividad es total pero, y de nuevo, como ahora, más bien teórica. Por otra parte, esta censura teórica y poco funcional, explicitada tan tajante y definitivamente, nos muestra que en lo latente la violencia derivada de la tanático ha sido, y tristemente continúa siendo, muy intensa en el marco de referencia de la sociedad colombiana.

La historiadora estudia también los placeres permitidos y el manejo de las transgresiones. El placer sexual sería tolerado en la medida en que favorece la procreación. La fe religiosa y el placer estético corresponderían a la sublimación y a una elaboración más fina de lo placentero. Victoria Peralta destaca, con objetividad cuidadosa, el que con frecuencia el cuidado de una moral congruente depende del cura párroco, en tanto que los gamonales y jefes políticos sabotean para sus propios propósitos el desarrollo de una ética. Acota la doble moral y la moral incorporada formal y superficialmente. Ellen Deutch (1942) ha descrito lo que denomina "personalidad como si" (as if), que parecería funcionar normal y corrientemente, pero que tiene problemas muy severos en lo que concierne a la identidad, a los valores auténticos y a las relaciones afectivas profundas. Deutch relaciona esta personalidad frágil con dificultades serias para la incorporación del superyó (códigos normativos).

Se crea un vacío en cuanto a que ni el Estado, ni la Iglesia, ni la clase alta tienen la autoridad moral para ser faros sólidos. Cuando se da este tipo de carencia fundamental, aparecen estructuras fragmentarias que tienden a reemplazar, con un nivel de organización inferior, la ausencia o lesión de la instancia superior. La falta de energía moral en los líderes sociales y en la comunidad supone la liberación de fuerzas reprimidas que tienden a crear sus propias seudomorales para sus conveniencias e intereses. Hasta nuestros días la no presencia del Estado supone la si presencia de ejércitos privados, paramilitares, guerrilleros y delincuentes de todas las pelambres, que imponen y ejercitan su propia ley.

La historiadora demuestra con claridad cristalina la forma como se configura un círculo vicioso en el que la falta de moralidad congruente y el vacío consiguiente generan anarquía. Ésta, a su vez, determina una "consciencia culposa" que lleva a una moral falsa, formalmente aprendida, que, como es de suponer, desemboca en nuevos fracasos en lo que se refiere a guías éticas, con la posterior anarquía y nueva culpa. Esta modalidad de culpa no corresponde a lo que Melanie Klein llama "culpa depresiva" (Klein, 1957), que es integradora y que por lo tanto supone dolor genuino y posibilidades de reparación y cambio. La culpa por vacío es persecutoria; vale decir, está destinada a perpetuarse, a tener que buscar continuamente chivos expiatorios y a evitar la transformación.

La censura resultante de esta moral superficial es incoherente en su aplicación e hipócrita en su sopesamiento de las transgresiones, que se castigan más de acuerdo con la clase social, la mezcla racial y el sexo del delincuente que con la naturaleza del delito mismo. Por lo demás, "la forma de los valores es apolínea y la práctica es dionisíaca. Ambas convivían en el mismo espacio". El resultado no es una síntesis; corresponde más a una mezcla sincrética que paraliza el desarrollo de un código axiológico universal.

Los delitos más frecuentes, que la autora estudia con detenimiento en una estadística de 855 casos delictivos cometidos en Bogotá entre 1830 y 1886, tienen que ver primordialmente con robos, rebelión, delitos contra la integridad física, excesos y vicios. En otra estadística paralela, el primer puesto lo ocupan los delitos contra la propiedad, seguidos de cerca por crímenes relacionados con el ataque a la integridad física. La agresividad latente, las confusiones de la identidad, las guerras demarcan la personalidad, siempre potencialmente violenta y frágil, del habitante de Bogotá. Por lo demás, prima el castigo de los delitos contra la propiedad, y las demás transgresiones se pueden ubicar también en función de problemas relacionados con la propiedad misma, definida en función de la tenencia de bienes, pero también como la conducta adecuada, los modales precisos y la necesidad victoriana de una etiqueta cuidadosa. Curiosamente, en las estadísticas no ocupan un lugar muy importante los delitos sexuales, lo cual relaciona la autora con la mezcla de lo sagrado y lo profano y el que los placeres sexuales se practicaran clandestinamente.

El individuo santafereño que surge del entorno descrito en el libro y que pertenece a la clase social alta, aparece como "nostálgico, inauténtico, imitativo, clandestino y reprimido (en las mujeres)". Resulta muy interesante que Victoria Peralta ubique la nostalgia no tan sólo en términos de la influencia del romanticismo, o sea de afuera hacia adentro, sino que también la defina como proveniente del interior mismo de las gentes. La tristeza profunda del adentro, que comienza con la sabana melancólica, gris, busca, a manera de resto diurno de un sueño y como contenido manifiesto, para expresarse, la forma de manifestación de lo romántico. Con frecuencia la nostalgia del bogotano se enmascara tras la agresividad violenta. El sobrecogimiento y el ensimismamiento "impuestos por las condiciones del ecosistema, las limitaciones espaciales y culturales de la ciudad" estallan hacia el afuera, determinando más sensaciones persecutorias, más culpa y finalmente más nostalgia en un círculo vicioso adicional. La autora define la nostalgia, siguiendo el Diccionario de la Real Academia, como "pena de verse ausente de la patria, de los deudos y los amigos" y "pesar que causa el recuerdo de algún bien perdido". El tiempo perdido que se busca corresponde a lo colonial, el tiempo de España. Surge entonces la lucha por la búsqueda de la identidad: ¿de dónde venimos, quiénes somos, a dónde vamos? La búsqueda no tiene éxito y este fracaso, conjuntamente con el paisaje y las condiciones de la ciudad, llevan a la expresión colectiva nostálgica y romántica, cuyas manifestaciones esenciales se dan en la poesía y en otros géneros literarios. No se elabora bien el duelo por la situación idealizada perdida (la identidad colonial española), y la nostalgia se relaciona entonces con la tristeza que nos produce el recordar lo que nunca vivimos, pero que tiene que ver con momentos en que pensábamos que teníamos el potencial para ser felices. El fracaso en la elaboración de la pérdida lleva a la nostalgia persecutoria y a la necesidad de apelar a seudoidentidades que pueden ser francesas, inglesas o aun españolas, pero que conservan siempre el componente de algo inauténtico y, por tanto, relacionado con una profunda vergüenza oculta que se plasma en la práctica clandestina de casi todos los placeres. La práctica oculta y la culpa conllevan como contenido latente, placer en la culpa misma, que se libidiniza y, por tanto, refuerza la melancolía, la nostalgia y la represión. Otro círculo vicioso más.

Alrededor de 1820 se propaga en la ciudad una epidemia de "convulsiones histéricas", ligadas a la represión de la sexualidad e inmortalizadas por Vargas Tejada. Ataca solamente a mujeres jóvenes y se relaciona con visitas masculinas. Como suele suceder con la histeria, la enfermedad va democratizándose: de las clases altas desciende a los estratos socioeconómicos inferiores. Paulatinamente se busca la sublimación en lo poético-literario. "De lo lúdico concreto se pasa a la lúdico espiritual". Los placeres de niños, adolescentes, hombres y mujeres, se van transformando de acuerdo con los cambios sociales. Las señoritas Ibáñez tienen una actitud muy liberal frente a la vida. Posteriormente se hacen "recatadas hasta la vergüenza". Por una parte, este fenómeno se liga a las vicisitudes de la lucha independentista, pero además la aristocracia, claramente más libre, va siendo reemplazada por la burguesía, más apegada a las formas. La historiadora, sin embargo, llega a la conclusión de que en la clase media "las prácticas sociales son menos rigurosas".

La represión comienza con lo sexual y es particularmente fuerte para la mujer, pero tiende a generalizarse y finalmente ejerce su acción sobre todas las costumbres, la manera de vivir, la forma de relacionarse y aun al pensar y al sentir.

Hacia finales del siglo, a medida que la prosperidad y la modernidad se van abriendo paso, se destacan las transiciones. Los placeres de los hombres también se refinan. El varón se permite alicientes de tipo estético, pero se refugia mucho en el juego, en el alcohol y en el cigarrillo. El ideal de belleza es europeizante, racial y estereotipado. La autora ejemplifica esta alienación con la vida de José Asunción Silva, quien no puede aceptar ser de su medio, con la consecuente desadaptación total y el rechazo. Silva intenta de alguna manera morir y vivir delante de un espejo, lo que configura, como lo señala Camus, la rebelión de los dandis. Intenta crear una oposición y un desafío extranjerizante. La singularidad es su vocación. Fracasa en casi todos los planos: "El poeta no era el tipo de hombre deseado por las mujeres de entonces. Su afectación, su fragilidad y su finura iban en contravía del machismo imperante en la época".

Finalmente, la elaboración de los placeres se plasma en la conjunción de lo estético y lo científico para configurar la pintura naturista y las descripciones biológicas. Se cuida más el cuerpo, se regulariza la práctica de los deportes, se profundiza la literatura. Los gustos oscilan entre la tradición y la novedad. La ruptura de la tradición no busca, empero, la autenticidad. El habitante de Santafé de Bogotá no asimila bien que puede parecerse a y aceptar lo extranjero sin renunciar a su propia identidad, que se puede estructurar asumiendo las contradicciones, pero sin imitar ciegamente ni rechazar lo diferente por el simple hecho de serlo. El modernismo y la prosperidad "llaman al cosmopolitismo sin pasar por la construcción laboriosa de la nueva realidad americana".

Ha pasado un siglo más en la historia de Santafé de Bogotá, y el ritmo lúdico y los placeres parecerían estar gobernados por la necesidad de descargas inmediatas y no reguladas de lo erótico y de lo agresivo. De la censura aplastante se ha pasado a un hedonismo consumista mal regulado, que parece desafiar la represión pero que en muchos aspectos más bien la refuerza, por el incremento de la culpa persecutoria. La ciudad vibra con la modernización pero el desarrollo es muy desigual. Las cadencias, antes marcadas por las campanas, son definidas ahora por ruidos aparentemente más vitales, a veces estruendosos y en ocasiones desarticulados. La movilidad social ascendente se refleja en códigos fluctuantes y transicionales en los que la opulencia se entremezcla con la miseria y el desprecio por la vida, propia y ajena. La revuelta de la mujer parece haber cambiado el nombre del juego. Cabe cuestionarse, sin embargo, si la sublevación sexual logra el ideal de unificar sexo y amor. Nuestros abuelos victorianos tenían mucho sentimentalismo erótico y poca sexualidad (o al menos configuraban de esta manera un prototipo social). La generación de la píldora y la liberación tiene mucho sexo pero se aleja de los afectos que lo acompañan, con lo que disocia igualmente la nostalgia de la congruencia genital, vivenciada como mutualidad, erotismo y proyecto común relacionados con los placeres (Brainsky, 1994).

Los placeres maduros, elaborados, complementados por el principio de realidad y que toman en cuenta la existencia del otro, continúan siendo una tendencia ideal huidiza, en medio de un mar de violencia, y en el contexto de una modernidad que en muchos aspectos se fragmenta antes de llegar a ser.

SIMÓN BRAINSKY L