- "O practicamos el sexo u oramos"
- Nuevas lecciones de histeria de Colombia
Daniel Samper Pizano
El Áncora Editores, Santafé de Bogotá, 1994, 246 págs., ilus.
- Por: Luis H. Aristizábal
Hay una conocida anécdota. La mamá se acerca a Danielito y le dice: "Hijo,
¿no te dan vergüenza tus calificaciones en el colegio? ¿No te da vergüenza con tu
hermano Ernestico, que es tan buen estudiante y que fijo va para presidente de la
república?". El pequeño la mira extrañado y le contesta con otra pregunta:
"¿Y es que te parece poco ser hermano del presidente de la república?".
En el caso de la familia Samper Pizano las cosas parecerían haberse dado tal
como en el chiste, con una diferencia. Es que Daniel Samper siempre fue considerado
brillante y fue el que tuvo mejores padrinos entre ellos el recordado Klim y el
expresidente Eduardo Santos y un mejor porvenir, por lo menos aparente. Yo, sin
atreverme a discrepar, sin embargo me atrevo a pensar que de pronto el genio de la familia
sea aquel que prefirió vivir en la sombra, ignorado y ¿quién sabe? tal vez feliz. Hace
años, en alguna edición del ya olvidado Cita con Pacheco, los colombianos tuvieron
oportunidad de conocer a esa familia que representa casi el súmmum de lo
bogotano. Hábiles en la burla, en el gracejo, en el apunte ingenioso, en aquella
ocasión, y con un derroche de humor que tal vez sea difícil de entender por los
ultrasusceptibles provincianos, el que menos dijo trató a todos sus hermanos de
"tarados", sin que ninguno bajara la sonrisa de la boca. Al contrario, con
ripostes y mandobles de redoblado humor devolvían el golpe recibido. Y Daniel no ha sido
el menos combativo. Lejos de ello, sus primeras columnas en el famoso Reloj, en
el diario El Tiempo, sirvieron tanto para divertir al lector, al igual que las de Klim,
como para encabezar una temible "unidad investigativa" que se dedicó durante
años a "cortar cabezas" denunciando corrupción administrativa y diversos
atropellos, también como Klim, aunque sin el humor de éste. Con los años, los libros de
Samper se fueron haciendo consuetudinarios (el típico regalo de navidad) y, por qué no
decirlo, algo repetitivos y monótonos, así como sus columnas mucho menos combativas y
también acaso sobre recalcarlo menos humorísticas. Claro está que es
difícil ser simpático todos los días y ni siquiera, como en Carrusel, todas las
semanas. Pero el hecho es que los últimos libros de Samper no tienen la frescura de los
primeros. Esto me parece apenas natural. Samper, ahora algo obeso y cada vez más calvo,
se integró pacíficamente en las filas de la burguesía, se infiltró en una especie de
elite del periodismo internacional y se dedicó a "pasarla rico", a ser amigo de
Quino, de Les Luthiers, etc., a la buena morcilla y al buen vallenato. Su destino me
parece mucho más envidiable que el de gobernar "el único país del mundo habitado
por 33 millones de faquires". De modo que está en todo su derecho. Ahora más que
nunca, con su hermano como presidente de la república, Daniel Samper olvidó por completo
su beligerancia y también las burlas a su hermano, las que quizá no hubieran venido nada
mal en este mismo libro, más cuando están de moda los conflictos entre presidentes
latinoamericanos y sus hermanos. Lástima grande es que no se haya regodeado con temas
como el de la "legalización de la marihuana" y demás proyectos que llevaron de
escalón en escalón a su hermano hasta el solio de Bolívar.
Toda esta introducción viene a cuento por dos motivos. Primero, para recalcar
que esta serie de Lecciones de histeria de Colombia, de la que éste es el segundo y
definitivo tomo de la Independencia para adelante (¿o para atrás?), es una
gratísima lectura que en mi opinión está muy por encima de los más recientes libros de
recopilaciones de artículos del autor. Segundo, que la "Imprudencia que hace
verdaderos sabios" se dedicó a quemarles los talones a "todos" los que
antecedieron al doctor Samper como presidentes de Colombia. Con humor, con saña y a veces
con sangre, incluso con mala sangre. Doy algunos breves ejemplos, prefiriendo los más
recientes: del proyecto del Guavio asegura el autor que es posible que clasifique para las
semifinales de descalabros en América Latina; pone al presidente Barco (el hombre que
criaba problemas) a cantar el himno nacional (y acaso lo haga mejor que Núñez):
¡Og locible, oh jubmal En surcores, el bigernaya ¡el bii-geeer-naaa-yaaá!
A López Michelsen le regala esta "perla": "Durante su campaña
López había prometido convertir a Colombia en 'el Japón de Suramérica', pero hasta
ahora sólo había logrado dejarla como Hiroshima y Nagasaki".
Añado este ejemplo de trabalenguas y de buena enseñanza de la histeria patria:
"...en la etapa final de la campaña sólo quedaban tres de los candidatos: la hija
de Rojas Pinilla, el hijo de López Pumarejo y el hijo de Laureano Gómez.
Era un espectáculo curioso, porque el papá de la primera y el papá del segundo
se habían unido en 1953 para derrocar al papá del tercero, y más tarde el papá del
tercero y el papá del segundo habían ayudado a tumbar al papá de la primera en
1957".
En Colombia no es preciso ser un gran profeta para predecir los próximos
"tumbes". Cabe apenas aplicar el dicho "Piensa mal y acertarás". Y
Samper no duda, como casi nadie en Colombia, según dicen las encuestas, del
"atraco" o eclipse electoral de 1970 "llamado también el Cometa
Noriega"; las masas, según Samper, gritaron "¡Fraude!, como en la Novena
Sinfonía de Beethoven". Lo que parece más sorprendente en un país tan desmemoriado
es que ahora vengan a reclamar los descendientes del "tumbado" en nombre de una
legitimidad que aquél fue el primero en desconocer, en 1953, cuando ascendió al poder
mediante un golpe militar. Ahora bien: personalmente lo que más me sorprende es que, en
los debates que se trataron de iniciar a propósito de algún aniversario de tal hecho,
los contradictores ignoraron por completo argumento tan simple y contundente.
La página dedicada al presidente Pastrana es tan elocuente como las editoriales
en blanco de algún diario capitalino censurado en viejos tiempos casi tan aciagos como
los actuales. Y nos recuerda Samper cómo a Lleras Restrepo le parecía mentira que fuera
a llegar la fecha de su posesión, ya que "se le hacía agua la boca de sólo pensar
en los coeficientes de empleo, el impuesto ad valórem, los fletes FOB, las tarifas CIF,
el Producto Interno Bruto y el índice de captación de ahorro".
Vemos a un Rojas Pinilla, que, "a medida que se consolidaba en el poder,
aumentaba el tamaño de su hato" y que se turnaba para aparecer en la nueva
televisión alternando su imagen con la del Gato Félix.
Escribe Samper: "Vino una época tan violenta, pero tan violenta, que en la
larga historia de la violencia colombiana se la conoce como La Violencia". ¿Y el 9
de abril? Muy sencillo: "La verdad es que el pueblo empezó pidiendo venganza, y
acabó pidiendo electrodomésticos". Así, todo se convierte en anécdota o en
chiste: "Hasta la fecha la única prueba de que hubo guerra con el Perú son los
escritos de Lozano y Lozano", o esta imagen de los levantamientos obreros de los
años veinte, con una frase de cruel miopía típica de Henao y Arrubla: muchos de los
obreros eran extranjeros de clase ínfima que propalaban ideas disociadoras".
La presentación de Núñez me parece antológica. Por ejemplo: "La famosa
frase de Núñez se ha ido abreviando con el tiempo: De la 'Regeneración administrativa
fundamental, o catástrofe', se pasó a 'Regeneración administrativa, o catástrofe' y de
allí a 'Regeneración o catástrofe'. Hoy, si uno mira lo que ha ocurrido, la frase
sería tan sólo: 'Oh catástrofe'".
Un capítulo merece destacarse: "Guerra es guerra" (pág. 41), inmenso
fresco de las 32 guerras civiles del siglo pasado (que en realidad, corrige Samper a un
historiador "aracatacante", no fueron 32 sino 24). Y hace descubrimientos; el
principal, a mi modo de entender, el que aparece en la pág. 93: "A Colombia no la
han gobernado tanto las ideas como las frases".
Si algo hemos de reprocharle a este libro es un sospechoso y ya innecesario
sectarismo liberal, que nos parece que encuadra muy poco con el modo de ser del autor. Y
no porque no se burle de los liberales. Tratando de ser chistoso es a veces cruel con
ciertos jerarcas conservadores. Me llama la atención la saña contra la familia Caro, por
ejemplo, que no deja por eso de ser hilarante. Leemos, por ejemplo, que el partido liberal
incluyó en sus estatutos el sexo oral (pág. 36 ) y que don José Eusebio Caro habría
comentado con candoroso escándalo: "O practicamos el sexo u oramos".
Para finalizar, dos acotaciones específicas. La mención jocosa a doña Soledad
Acosta de Samper, "cuyo apelativo, más que un nombre, era una descripción de su
melancólica situación sexual", viene a ser un replanteamiento de un célebre
calambur (acaso abusiva derivación bogotana del francés calembour), del antioqueño
Antonio José Gaviria:
[...] y Samper pagaba pero me huía el bulto y me dejó otra vez solo, hasta
que me cansé y me vine aburrido de aguantar tánta soledad a costa de samper.
En segundo término, en la página 106 se dice que contra los pronósticos de las
modistas, las comadres y los escépticos, el siglo XX llegó con puntualidad asombrosa el
lo. de enero de 1900... La verdad es que no llegó ese día, y mal pudo llegar, pues el
siglo tenía en ese momento noventa y nueve años acabados de cumplir; llegó eso sí
"exactamente" un año más tarde, en la noche entre el 31 de diciembre de 1900
(último día del año cien) y la madrugada del lo. de enero de 1901 (primer día del año
uno del siglo siguiente). Idéntica discusión a la que tendremos que soportar dentro de
cinco años y que dará bastante de qué hablar
LUIS H. ARISTIZÁBAL |