Boletín Cultural y Bibliográfico. Número 38 .  Volúmen XXXII, editado en 1995
 
"O practicamos el sexo u oramos"

Nuevas lecciones de histeria de Colombia
Daniel Samper Pizano
El Áncora Editores, Santafé de Bogotá, 1994, 246 págs., ilus.
Por: Luis H. Aristizábal

Hay una conocida anécdota. La mamá se acerca a Danielito y le dice: "Hijo, ¿no te dan vergüenza tus calificaciones en el colegio? ¿No te da vergüenza con tu hermano Ernestico, que es tan buen estudiante y que fijo va para presidente de la república?". El pequeño la mira extrañado y le contesta con otra pregunta: "¿Y es que te parece poco ser hermano del presidente de la república?".

En el caso de la familia Samper Pizano las cosas parecerían haberse dado tal como en el chiste, con una diferencia. Es que Daniel Samper siempre fue considerado brillante y fue el que tuvo mejores padrinos —entre ellos el recordado Klim y el expresidente Eduardo Santos— y un mejor porvenir, por lo menos aparente. Yo, sin atreverme a discrepar, sin embargo me atrevo a pensar que de pronto el genio de la familia sea aquel que prefirió vivir en la sombra, ignorado y ¿quién sabe? tal vez feliz. Hace años, en alguna edición del ya olvidado Cita con Pacheco, los colombianos tuvieron oportunidad de conocer a esa familia que representa casi el súmmum de lo bogotano. Hábiles en la burla, en el gracejo, en el apunte ingenioso, en aquella ocasión, y con un derroche de humor que tal vez sea difícil de entender por los ultrasusceptibles provincianos, el que menos dijo trató a todos sus hermanos de "tarados", sin que ninguno bajara la sonrisa de la boca. Al contrario, con ripostes y mandobles de redoblado humor devolvían el golpe recibido. Y Daniel no ha sido el menos combativo. Lejos de ello, sus primeras columnas en el famoso Reloj, en el diario El Tiempo, sirvieron tanto para divertir al lector, al igual que las de Klim, como para encabezar una temible "unidad investigativa" que se dedicó durante años a "cortar cabezas" denunciando corrupción administrativa y diversos atropellos, también como Klim, aunque sin el humor de éste. Con los años, los libros de Samper se fueron haciendo consuetudinarios (el típico regalo de navidad) y, por qué no decirlo, algo repetitivos y monótonos, así como sus columnas mucho menos combativas y también —acaso sobre recalcarlo— menos humorísticas. Claro está que es difícil ser simpático todos los días y ni siquiera, como en Carrusel, todas las semanas. Pero el hecho es que los últimos libros de Samper no tienen la frescura de los primeros. Esto me parece apenas natural. Samper, ahora algo obeso y cada vez más calvo, se integró pacíficamente en las filas de la burguesía, se infiltró en una especie de elite del periodismo internacional y se dedicó a "pasarla rico", a ser amigo de Quino, de Les Luthiers, etc., a la buena morcilla y al buen vallenato. Su destino me parece mucho más envidiable que el de gobernar "el único país del mundo habitado por 33 millones de faquires". De modo que está en todo su derecho. Ahora más que nunca, con su hermano como presidente de la república, Daniel Samper olvidó por completo su beligerancia y también las burlas a su hermano, las que quizá no hubieran venido nada mal en este mismo libro, más cuando están de moda los conflictos entre presidentes latinoamericanos y sus hermanos. Lástima grande es que no se haya regodeado con temas como el de la "legalización de la marihuana" y demás proyectos que llevaron de escalón en escalón a su hermano hasta el solio de Bolívar.

Toda esta introducción viene a cuento por dos motivos. Primero, para recalcar que esta serie de Lecciones de histeria de Colombia, de la que éste es el segundo y definitivo tomo —de la Independencia para adelante (¿o para atrás?)—, es una gratísima lectura que en mi opinión está muy por encima de los más recientes libros de recopilaciones de artículos del autor. Segundo, que la "Imprudencia que hace verdaderos sabios" se dedicó a quemarles los talones a "todos" los que antecedieron al doctor Samper como presidentes de Colombia. Con humor, con saña y a veces con sangre, incluso con mala sangre. Doy algunos breves ejemplos, prefiriendo los más recientes: del proyecto del Guavio asegura el autor que es posible que clasifique para las semifinales de descalabros en América Latina; pone al presidente Barco (el hombre que criaba problemas) a cantar el himno nacional (y acaso lo haga mejor que Núñez):

¡Og locible, oh jubmal En surcores, el bigernaya ¡el bii-geeer-naaa-yaaá!

A López Michelsen le regala esta "perla": "Durante su campaña López había prometido convertir a Colombia en 'el Japón de Suramérica', pero hasta ahora sólo había logrado dejarla como Hiroshima y Nagasaki".

Añado este ejemplo de trabalenguas y de buena enseñanza de la histeria patria: "...en la etapa final de la campaña sólo quedaban tres de los candidatos: la hija de Rojas Pinilla, el hijo de López Pumarejo y el hijo de Laureano Gómez.

Era un espectáculo curioso, porque el papá de la primera y el papá del segundo se habían unido en 1953 para derrocar al papá del tercero, y más tarde el papá del tercero y el papá del segundo habían ayudado a tumbar al papá de la primera en 1957".

En Colombia no es preciso ser un gran profeta para predecir los próximos "tumbes". Cabe apenas aplicar el dicho "Piensa mal y acertarás". Y Samper no duda, como casi nadie en Colombia, según dicen las encuestas, del "atraco" o eclipse electoral de 1970 "llamado también el Cometa Noriega"; las masas, según Samper, gritaron "¡Fraude!, como en la Novena Sinfonía de Beethoven". Lo que parece más sorprendente en un país tan desmemoriado es que ahora vengan a reclamar los descendientes del "tumbado" en nombre de una legitimidad que aquél fue el primero en desconocer, en 1953, cuando ascendió al poder mediante un golpe militar. Ahora bien: personalmente lo que más me sorprende es que, en los debates que se trataron de iniciar a propósito de algún aniversario de tal hecho, los contradictores ignoraron por completo argumento tan simple y contundente.

La página dedicada al presidente Pastrana es tan elocuente como las editoriales en blanco de algún diario capitalino censurado en viejos tiempos casi tan aciagos como los actuales. Y nos recuerda Samper cómo a Lleras Restrepo le parecía mentira que fuera a llegar la fecha de su posesión, ya que "se le hacía agua la boca de sólo pensar en los coeficientes de empleo, el impuesto ad valórem, los fletes FOB, las tarifas CIF, el Producto Interno Bruto y el índice de captación de ahorro".

Vemos a un Rojas Pinilla, que, "a medida que se consolidaba en el poder, aumentaba el tamaño de su hato" y que se turnaba para aparecer en la nueva televisión alternando su imagen con la del Gato Félix.

Escribe Samper: "Vino una época tan violenta, pero tan violenta, que en la larga historia de la violencia colombiana se la conoce como La Violencia". ¿Y el 9 de abril? Muy sencillo: "La verdad es que el pueblo empezó pidiendo venganza, y acabó pidiendo electrodomésticos". Así, todo se convierte en anécdota o en chiste: "Hasta la fecha la única prueba de que hubo guerra con el Perú son los escritos de Lozano y Lozano", o esta imagen de los levantamientos obreros de los años veinte, con una frase de cruel miopía típica de Henao y Arrubla: muchos de los obreros eran extranjeros de clase ínfima que propalaban ideas disociadoras".

La presentación de Núñez me parece antológica. Por ejemplo: "La famosa frase de Núñez se ha ido abreviando con el tiempo: De la 'Regeneración administrativa fundamental, o catástrofe', se pasó a 'Regeneración administrativa, o catástrofe' y de allí a 'Regeneración o catástrofe'. Hoy, si uno mira lo que ha ocurrido, la frase sería tan sólo: 'Oh catástrofe'".

Un capítulo merece destacarse: "Guerra es guerra" (pág. 41), inmenso fresco de las 32 guerras civiles del siglo pasado (que en realidad, corrige Samper a un historiador "aracatacante", no fueron 32 sino 24). Y hace descubrimientos; el principal, a mi modo de entender, el que aparece en la pág. 93: "A Colombia no la han gobernado tanto las ideas como las frases".

Si algo hemos de reprocharle a este libro es un sospechoso y ya innecesario sectarismo liberal, que nos parece que encuadra muy poco con el modo de ser del autor. Y no porque no se burle de los liberales. Tratando de ser chistoso es a veces cruel con ciertos jerarcas conservadores. Me llama la atención la saña contra la familia Caro, por ejemplo, que no deja por eso de ser hilarante. Leemos, por ejemplo, que el partido liberal incluyó en sus estatutos el sexo oral (pág. 36 ) y que don José Eusebio Caro habría comentado con candoroso escándalo: "O practicamos el sexo u oramos".

Para finalizar, dos acotaciones específicas. La mención jocosa a doña Soledad Acosta de Samper, "cuyo apelativo, más que un nombre, era una descripción de su melancólica situación sexual", viene a ser un replanteamiento de un célebre calambur (acaso abusiva derivación bogotana del francés calembour), del antioqueño Antonio José Gaviria:

[...] y Samper pagaba pero me huía el bulto y me dejó otra vez solo, hasta que me cansé y me vine aburrido de aguantar tánta soledad a costa de samper.

En segundo término, en la página 106 se dice que contra los pronósticos de las modistas, las comadres y los escépticos, el siglo XX llegó con puntualidad asombrosa el lo. de enero de 1900... La verdad es que no llegó ese día, y mal pudo llegar, pues el siglo tenía en ese momento noventa y nueve años acabados de cumplir; llegó eso sí "exactamente" un año más tarde, en la noche entre el 31 de diciembre de 1900 (último día del año cien) y la madrugada del lo. de enero de 1901 (primer día del año uno del siglo siguiente). Idéntica discusión a la que tendremos que soportar dentro de cinco años y que dará bastante de qué hablar

LUIS H. ARISTIZÁBAL