Boletín Cultural y Bibliográfico. Número 38 .  Volúmen XXXII, editado en 1995
 

Una sociedad fragmentada y polarizada


La fiesta liberal en Cali
Margarita Pacheco
Ediciones Universidad del Valle, Cali, 1992, 203 págs.

Con este título de evidente tono bajtiniano, Margarita Pacheco nos ofrece un trabajo refrescante, un esfuerzo digno de ser emulado por investigadores de otras regiones colombianas.

El libro consta de tres grandes ensayos, unas conclusiones sumarias y una bibliografía. Su objetivo es entretejer los elementos de la cultura o contracultura popular a los episodios de la revolución del medio siglo en Cali, ciudad que se "debatía entre la tradición y la modernidad" (pág. 57). Los ensayos versan sobre la economía, el proyecto liberal de transformación social y, finalmente, sobre el pueblo movilizado.

Pacheco insiste, correctamente a mi juicio, en definir una base "puramente económica" de la fiesta. Pero me parece significativo que no la halle en el consabido "producto agrícola que, como el tabaco, permitiese la tan anhelada vinculación" de la región a los mercados externos (pág. 189), sino en la lucha por los ejidos, y en el papel del contrabando del tabaco, que, más que el nexo con el mundo internacional, son la "manzana de la discordia" entre los caleños.

De discordia también se trata cuando se aspira a "construir la ciudadanía", tema desarrollado en el segundo ensayo. Aquí se nos muestra una sociedad en flujo cultural y atravesada de conflictividad étnica, estamental, clasista (en un sentido mas bien decimonónico) e ideológico-religiosa.

La autora comienza planteando la polisemia del vocablo "pueblo" que, en una variedad de gradaciones, va de la plebe, los vagos, la vil canalla, al pueblo compuesto por individuos conscientes de sus deberes cívicos y de sus derechos civiles y políticos.

Al igual que los protagonistas de su narrativa, la autora enfrenta problemas de clasificación. Esto se manifiesta cuando busca definir quién compone la plebe caleña hacia 1850: "todos aquellos que, careciendo de propiedad y rentas, no tenían un oficio estable [bastardillas mías] que desempeñar [...] como labradores, jornaleros, carpinteros, sastres, herreros, zapateros, cabos, fundidores, canoeros y coheteros. Y cuyas descripciones físicas corresponden a las castas, específicamente, a mulatos o pardos" (pág. 62). La definición falla porque, de no comprobarse que había una altísima rotación de oficios entre los mulatos, o un patrón dominante de estacionalidad en tales oficios, no podemos creer que algunos de éstos, que requieren años de aprendizaje, no dieran el estatus social de "oficio estable". Allí estriba, quizá, el embrollo de las secciones 2.4 y 2.6. En las condiciones descritas, es difícil, por un lado, imaginarse la formación de un mercado capitalista y, por el otro, no se sabe quién es el sujeto del nuevo espacio ciudadano, el locus de la revolución.

En el último ensayo, estamos ante una copiosa cosecha de citas, espléndida recuperación de las voces populares que no podían ser "palabra escrita". Escuchamos los parlamentos del drama de transportar a la realidad "el evangelio" de la libertad, la igualdad, la fraternidad. He aquí una de las tantas perlas de esta sección: refiriéndose, en un debate de la Democrática, al impuesto sobre el patrimonio, o contribución directa, Andrés Ledezma afirma que si "la duda es entre la contribución direita y la indireita i yo estoi por la direita, porque la contribución dereita no afeita al pueblo, i la endereita si lo afeita mucho, i por ésto, aunque la sociedad no aceite la dereita, yo si la aceito, y que se ponga mi voto en el aita que aceito la dereita" (pág.132).

En una sociedad como la de Cali, todavía fragmentada y polarizada dentro de los moldes coloniales, quienes hablaban como Ledezma, si no eran activos, al menos debieron de ser simpatizantes y amigos de quienes emplearon el perrero o el zurriago contra los grandes propietarios. Las páginas que narran la historia del perrero (págs.144-179) parecen iluminadas, insisto, por antorchas de un carnaval a lo Bajtin. Deben despertar en el lector curiosidad por lo que la autora llama contrateatro, es decir, el drama del pueblo popular cuando lucha por sus derechos.

 

MARCO PALACIOS