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Roda: la mano que
dibuja el enigma en el festín
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R. H. MORENO-DURÁN
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Trabajo fotográfico:
Alberto Sierra Restrepo
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Colecciones de la
Biblioteca Luis Ángel Arango
LA PRIMERA VEZ QUE VI a
Juan Antonio Roda fue en las oficinas del consulado general de Colombia en Barcelona, a
comienzos del verano de 1983. Al verlo, recordé con particular interés las dos únicas
exposiciones que de su obra había apreciado en Colombia: Autorretratos, en la sala de la
Biblioteca Luis Ángel Arango, en 1967, y Retrato de un desconocido, en la galería El
Callejón, en 1971. Dejándome llevar por un incurable vicio que pretende hallar
correspondencias fisionómicas entre autor y obra, quise hacer de inmediato una
transposición entre el rostro del hombre que apenas ahora conocía y el rostro plasmado
en las dos series y en las que, en mayor y menor grado, se fija la identidad del artista.
Si bien es cierto que Autorretratos se erige como una explícita y bien conseguida
secuencia de momentos vitales del pintor, no sucede lo mismo con los rostros de Retrato de
un desconocido, en los que sólo una osada perspicacia me invita a advertir rasgos
autobiográficos. En cualquier caso, buena parte de la nobleza y carácter que irradia
Autorretratos así como la sugerente incógnita humana de Retrato de un desconocido
multiplicaban sus atributos en el porte del hombre que acababa de conocer.
Alto, robusto,
inteligente, sus sesenta años enaltecían aún más sus blancos cabellos y la bien
cuidada barba, con lo que Roda parecía uno de esos ministros plenipotenciarios que con
igual destreza era capaz de frenar o precipitar una guerra, o de introducir un jovial
desorden en los reservados más exigentes de la capital de la belle époque. Roda siempre
me pareció un hombre a caballo entre dos siglos lo que es tanto como decir: entre
dos sensibilidades y por eso, al margen de su indiscutible talento artístico, su
modo de ser contrastaba rotundamente con la imagen que de él se esperaba. Violaba por
igual la imagen del pintor típico, e iba más allá del mostrenco comportamiento del
diplomático al uso. Y si pensamos en lo que tradicionalmente es un pintor (bête comme un
peintre) y un diplomático ("una persona decente que los gobiernos mandan a mentir al
extranjero") tenemos aún mayores razones para sorprendernos de la enorme
personalidad de Roda, capaz de vencer él solo la mala fama de las dos profesiones y de
triunfar sobre la falsa bohemia de los artistas y la frivolidad implícita en los
protocolos.
Ciertamente, como cónsul
general, Roda le imprimió un carácter diferente a la representación colombiana en
Barcelona, y ante su estilo y savoir faire sus predecesores resultaban tan heterogéneos
como impresentables. Recuerdo a una consulesa que, llevada por arrebatos patrióticos,
azotaba los oídos de sus invitados con discursos preñados de sospechosa vehemencia y
cuya mayor obsesión consistía en subirse a un bus para ir a rogar por la suerte del
país del Sagrado Corazón en el santuario de Nuestra Señora de Lourdes, en el Pirineo
francés. Había también otros funcionarios, tan neutros o atrabiliarios que lo más
indicado para la buena salud del ciudadano colombiano en el extranjero era evitarlos, a no
ser que la renovación del pasaporte así lo exigiera. Recuerdo, por último, a un
cónsul, mezcla de Oliver Hardy y de magnate de supermercado venezolano, obeso y con un
inocultable deje maligno en la mirada, y cuyo máximo aporte a la cultura radicaba en
revelar, diariamente, que la definición de perro en el Diccionario de la Real Academia
Española era "animal que mueve la cola". Nuestros cónsules, en fin, juntos o
por separado, constituían una constante invitación a cambiar de nacionalidad por
elementales razones de vergüenza ajena. Roda significó un cambio rotundo, pues a su
bonhomía y don de gentes, a su diligencia en atender los asuntos de los colombianos en
esa parte del mundo, añadía una vocación intelectual sólo comparable a su ya celebrada
voluntad de renovación plástica. Como ya lo advertí, conocía parte de su obra pero
nunca lo había tratado personalmente, ni siquiera por razones consulares, hasta que un
común amigo colombiano le regaló un ejemplar de mi novela Finale capriccioso con
Madonna, publicada en la primavera de 1983. El amigo en cuestión era un psiquiatra que,
al margen de su profesión, se ganaba la vida con la práctica de una terapia más
atractiva que la de atender fluctuaciones mentales: se había ingeniado un método para
eliminar la celulitis que asolaba las partes glúteas de las damas de la burguesía
catalana, y me consta que su clientela era cada día mayor. A Roda le gustó la novela y
el amigo nos facilitó una entrevista, y desde entonces la amistad nos unió en un trato
que llegó a hacerse cotidiano.
Semana tras semana me
interesé más por la obra de Roda a punto tal que, con frecuencia, me permitió verlo
trabajar, en especial cuando preparaba su serie Flora. Esta serie de grabados conformaría
la parte final de una vasta exposición en la que el público barcelonés apreciaría la
obra de los últimos quince años, y que se exhibió en el Palau de la Virreina, sobre las
Ramblas, entre el 10 de octubre y el 11 de diciembre de 1985. Gracias a su confianza y a
innumerables conversaciones mantenidas con Roda en su estudio de la calle Canudas, casi
frente al Ateneo y sobre la plaza Villa de Madrid, me sumergí en diversos aspectos de su
obra y escribí uno de los textos que acompañaron el hermoso catáelogo de la
exposición, junto a comentarios de Jordi Benet, Luis Goytisolo y Albert Ràfols-Casamada.
De alguna manera, esta admirable exposición constituía el homenaje de Barcelona al
artista, 55 años después que el niño valenciano se instalara con su familia en la
ciudad que habría de afianzar su formación. Punto de confluencia en su vida, Barcelona
había sido el puerto de dos hechos fundamentales: su viaje a París, en 1950, donde
permanecería alrededor de cuatro años, y su viaje a Colombia, a donde llegó el primero
de octubre de 1955, a bordo del Montealtube, que lo llevó al puerto de Cartagena.
EL CÓNDOR Y EL
GORRO FRIGIO
¿Qué lo indujo a viajar
a Colombia? Muchos son los factores que intervinieron en dicha decisión. Su memoria se
remonta a los últimos días de abril o comienzos de mayo de 1948, cuando en los
preliminares de una sesión cinematográfica en el Tívoli, en la barcelonesa calle Caspe,
el noticiero No-Do proyectó las espantosas imáegenes del "bogotazo": los
hechos del 9 de abril, premonitoriamente, fueron las primeras noticias contemporáeneas
que Roda tuvo de un país al que ni remotamente sospechaba se habría de trasladar siete
años máes tarde. De Colombia sólo tenía una que otra referencia libresca, en especial
la que le ofreció la lectura de La vorágine, de José Eustasio Rivera, por allá a
mediados de los años cuarenta. Recuerda que como lector se sintió molesto por la
retórica de la novela aunque la anécdota de Cova y los caucheros lo impresionó
vivamente. La violencia tanto en la literatura como en el noticiero
cinematográefico fue el único antecedente que tuvo del país, a excepción de
algunas amistades colombianas, interrumpidas por el tránsito que desató la guerra civil
española. Entonces, con el inicio de una nueva década, se impuso en su vida adulta un
primer cambio de escenario: gracias a sus excelentes calificaciones, el gobierno francés
le concede la primera de tres becas para cursar estudios en París. Los otros dos
agraciados fueron los artistas García Llort y Antoni Tàpies.
La capital francesa le
deparó en 1950 sorpresas intelectuales y estéticas, insospechadas en la España de la
posguerra que acababa de abandonar. Conoció a Narciso Yepes, a Luc Simon y a Jorge
Semprún, entonces vinculado a la resistencia contra el general Franco. Roda recordaba
cómo, durante los años máes intransigentes de la dictadura franquista, alcanzó a
servir de correo de la subversión: Semprún le encomendaba la misión de llevar durante
sus viajes a España documentos y panfletos contra el régimen, aunque las consecuencias,
en el caso de haber sido detenido, habrían sido impredecibles. En París también
esperaba a Roda otra sorpresa: un día lo visitó María Fornaguera, a quien Roda había
conocido en Barcelona cuando ella tenía 6 años, antes de la guerra civil. Ahora era una
atractiva colombiana de veinte años, con quien el pintor se casó al cabo de unos meses.
Su núcleo colombiano se amplió y pronto entabló amistad con algunos escritores e
intelectuales que, por ese entonces vivían en París: Jorge Gaitáen Durán, Germán
Samper, Hernán Vieco, Rogelio Salmona, Arturo Laguado, Arnoldo Palacios. Las referencias
sobre Colombia, en parte por la información que le suministró su esposa, en parte por la
que le ofrecieron sus nuevos amigos, contribuyeron a darle una imagen menos dramática que
la que hasta entonces tenía. En París nace su hijo Marcos, y después de haber visto
todo el cine del mundo los grandes clásicos en blanco y negro, estadounidenses,
franceses, soviéticos y tras repetir veinte veces La kermés heroica, Roda decide
viajar con su familia a Colombia, vía Barcelona.
A mediados de septiembre
de 1955 se embarca en el Montealtube, un barco de la compañía Transmediterránea. Viaja
en tercera clase, como corresponde a los artistas, y desde esa atalaya observa la diversa
fauna social que lo acompaña durante la travesía: estudiantes y aprendices de torero,
señoritas de comportamiento díscolo. Los camarotes eran separados, y hombres y mujeres
se las arreglaban por su cuenta, por lo que María Fornaguera, a la sazón embarazada de
Ana, se veía obligada a escuchar las historias poco edificantes de sus compañeras de
serrallo al otro lado de su bamboleante aposento. María se enfermó durante buena parte
de la travesía y Roda, que leía sin cesar, no tuvo más remedio que atar al pequeño
Marcos con una cuerda, para impedir que en un descuido el niño cayera por la borda. En el
único camarote ocupado de primera clase viajaba el pintor Boscones, quien se ganaba muy
bien la vida en Colombia haciendo retratos de la alta burguesía, aunque para mayor
fidelidad al modelo se apoyaba en fotografías. Fino, condescendiente, Boscones estaba
casado con una inglesa y le facilitó a Roda valiosa información sobre la vida en
Colombia. Pero las sorpresas comenzaron apenas el barco atracó en los muelles de
Cartagena, pues al avión que habría de trasladar a la familia Roda a Bogotá se le paró
un motor en pleno vuelo, por lo que el pilotó optó por llevar la nave a Barranquilla y
desde allí volaron por fin a la capital colombiana. El cóndor del escudo patrio, a pesar
de los altibajos del vuelo, resultó por lo menos de buen augurio.
En Bogotá, Roda intentó
abrirse camino y poco a poco ganó posiciones en ciertos medios. Ocupó un primer cargo
como profesor de dibujo en la facultad de arquitectura de la Universidad Nacional, labor
que compartía con la experimentación de nuevas técnicas y la búsqueda de un estilo
propio. Por esas fechas se desató en Bogotá una polémica entre Marta Traba y Agustín
Nieto Caballero, rector del Gimnasio Moderno, a propósito de las nuevas tendencias
estéticas que invadían al país. Roda fue entrevistado y, como era de prever, tomó
partido por la crítica de arte y sus ideas renovadoras, en contra de las más bien viejas
y triviales del rector del colegio. Lenta, pacientemente, el artista se integraba en el
ambiente cultural, espoleado entonces por la dictadura del general Rojas Pinilla. Roda,
que había vivido en carne propia los avatares de la guerra civil española y el duro
período subsiguiente, podía cotejar los métodos del general Franco con los del general
Rojas, y de ahí su euforia cuando el 10 de mayo de 1957, año y medio después de su
llegada al país, la dictadura cayó y las cosas, al menos en principio, parecían
cambiar. En París había tenido ocasión de leer en una revista todo lo concerniente a la
entrega de las armas por parte de los guerrilleros del Llano, aunque poco después de
instalarse en Bogotá mataron a uno de sus máximos líderes, el comandante Guadalupe
Salcedo. No había, pues, lugar para un excesivo optimismo, aunque Roda veía cómo sus
raíces se afianzaban: su familia crecía tras Marcos y Ana, llegaron puntualmente
Juana, Pablo y Pedro y algunas puertas se le abrían en los medios culturales.
Gaitán Durán le ofreció incluso la posibilidad de elaborar la crítica de arte en la
revista Mito, invitación que el artista declinó, pues siempre fue partidario más de
crear que de opinar en este terreno.
EL ARTE COMO UNA
RODAMAQUIA
Un día, llamado por el
profesor Recassens, que remodelaba una pequeña iglesia en Chapinero, Roda pobló el
firmamento con una legión de ángeles heterodoxos: les afeitó las plumas proverbiales,
les cortó la cabellera, hizo más perturbador el aire andrógino de serafines y
querubines, hasta que colmó la paciencia de las feligresas, que increparon duramente al
artista por no saber pintar siquiera lo que se dice un ángel. Las damas le pagaron la
obra y luego la borraron con yeso. Enterada del brutal angelicidio Marta Traba se dejó
escuchar con su texto ángeles nuevos en Bogotá, con lo que la atención del público se
centró sobre el pintor. Por esas mismas fechas se hace amigo de Hernando Téllez y de
otros escritores, con quienes conversaba e intercambiaba libros como sucedió con Eduardo
Camacho Guizado. Precisamente fue Camacho Guizado quien a juicio del propio
Roda, a través de su tesis sobre la poesía funeraria española, influyó en la
serie Las tumbas, exposición con la que se habría de inaugurar el Museo de Arte Moderno
de Bogotá. En Las tumbas hay ya un trazo personal y seguro, vehemente, aunque se filtra
un deje literario, inequívocamente poético, y que, si bien le mereció algún reproche
de la crítica, fue celebrado por los espectadores más ecuánimes y cultos. Lo que sí
quedó claro para todos es que Las tumbas como la de Miguel Hernández
ratificaba ya el legado hispánico y un sentido contestatario y anticonvencional.
La amistad con algunos de
los escritores de Mito fue determinante y logró superar la apatía del medio y sus bien
fundados prejuicios sobre la literatura nacional, pues lo cierto es que, recién llegado,
le habían recomendado como lo más notable de la literatura patria títulos por el estilo
de Siervo sin tierra, de Eduardo Caballero Calderón, y Los elegidos, de Alfonso López
Michelsen, lecturas que, obviamente, deprimieron a Roda, ya familiarizado en París con la
obra de Sartre, Camus, Malraux y los albores del nouveau roman. A propósito, Hernando
Téllez, cuyo libro Cenizas para el viento le agradó, reseñó un cuento escrito por Roda
y titulado Barcelona, 13 de octubre, publicado por Andrés Holguín en la Revista de la
Universidad del Rosario. El cuento era una evocación del ambiente colegial durante la
guerra civil, con especial énfasis en los bombardeos, cadáveres y escombros, aunque
narrado con marcada voluntad estilística, diferente en todo del tremendismo que tanto en
España (la novela sobre la Guerra) como en Colombia (la novela sobre la Violencia)
marcaban la línea narrativa. Y tal vez fue a causa de la acentuada vocación de estilo
que Téllez, al celebrar el cuento, subrayó cierto influjo del nouveau roman, opinión
cierta ¿acaso Retrato de un desconocido no encierra un velado homenaje a la obra
homónima de Nathalie Sarraute?, sobre todo cuando se advierte el papel que en el
relato desempeña el presente de indicativo sobre una escena que, toda ella, es una
naturaleza muerta: "Un blanco casi rojo. Si entorno los párpados todo es rojo. Me
acerco a la orilla y hundo los pies en el agua fría. Alrededor de los pies el agua es
verde, es un verde casi azul, es un azul que puede ser morado. Levanto la cabeza y miro al
sol, cuando ya no resisto máes miro hacia el agua que se llena de puntos negros...".
La orgía cromática de Roda no es un capricho, es la síntesis de una alquimia en la que
por igual bucean el pintor y el narrador.
La labor de creación
artística y la necesidad de integración social proseguían, no sin resquemores, como lo
evidenció una celosísima colega de Roda de la Universidad de los Andes, al motejarlo de
"chapetón advenedizo". Los tiempos no eran apacibles, al punto de que algunos
sectores de La Mano Negra tramitaron la expulsión de María Fornaguera de la Universidad
Nacional, donde era profesora de literatura, por considerarla "comunista". La
violencia y la zozobra se habían apoderado de las ciudades del país, aunque a Roda le
bastaban su familia, sus amigos en especial los de la Universidad de los Andes:
Umberto Giangrandi, Luis Caballero, Juan y Santiago Cárdenas y Armando Villegas y,
en el lugar más prominente de sus afectos, la presencia sabia y ecuánime de Casimiro
Eiger. En 1957 tuvo oportunidad de conocer en Barranquilla a Alejandro Obregón, álvaro
Cepeda Samudio, Alfonso Fuenmayor y Germán Vargas. La amistad y el trato con este grupo
se vieron facilitados gracias a un conocido común, el catalán Luis Vicens, vinculado al
gremio editorial, y que a su manera revivía la historia de Ramón Vinyes, ese "sabio
catalán" que Gabriel García Máerquez inmortalizaría en Cien años de soledad, y
cuya obra literaria sería traducida años después por María Fornaguera, que había
cedido por fin a los síndromes de la escritura. El ambiente de La Cueva el
cenáculo de lo que posteriormente y con la presencia de García Máerquez sería llamado
El Grupo de Barranquilla le resultó atractivo al pintor, que plasmó dicho ambiente
en el cuadro La Cueva, donde, en torno a un plato con mojarra, aparecen Obregón, Cepeda,
Fuenmayor, Vargas, Nereo y Eduardo Vilá, el dueño del local. Ese cuadro protagonizó una
historia curiosa. En los años setenta, el Instituto Colombiano de Cultura (Colcultura)
organizó un encuentro cultural en Barranquilla y el cuadro fue prestado por su dueño
un francés apellidado Tiffaine, a quien Vilá, el dueño inicial, se lo había
vendido para la exposición, aunque por un descuido la lluvia del trópico lo
deterioró. La Cueva fue restaurado años después en Bogotá y, otra vez en buenas
condiciones, se vendió de nuevo, aunque nunca se ha vuelto a saber nada del cuadro ni de
su tercer dueño. Poco antes y también con Colcultura como referencia, a Roda le ocurrió
algo singular: Jorge Rojas, el director del Instituto, le encargó al pintor la
elaboración de un retrato del presidente Carlos Lleras Restrepo, aunque el contrato
contemplaba una preocupante condición: si el cuadro no se entregaba antes de noventa
días, el pintor debía pagar una elevada multa. La cuestión es que a Roda nadie le
podía garantizar si el presidente posaba o no, y, dada la proverbial ciclotimia del
mandatario, lo máes probable era lo último. La respuesta de Roda fue meridiana:
"Veláezquez es máes importante que Roda pero Felipe IV lo es máes que Lleras
Restrepo". En consecuencia, se negó a firmar tan capcioso contrato.
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LAS TENTACIONES DE
JUAN ANTONIO
Al comienzo, y al margen
de sus grandes exposiciones, Roda hizo muchos retratos, siguiendo por igual su célebre
facilidad para plasmar fisonomías ajenas, así como los consejos de Boscones, su
compañero de travesía a bordo del Montealtube. En cualquier caso, la importancia de Roda
en el panorama de la plástica nacional queda patente en el significativo hecho de que
Marta Traba eligiera su serie Las tumbas para inaugurar la sede del Museo de Arte Moderno
de Bogotá. Cuando apenas comenzaba la década de los sesenta, Roda se hizo amigo de
García Máerquez, entonces brillante periodista al servicio de la agencia cubana de
noticias Prensa Latina. También fue muy amigo de Botero en sus primeros tiempos y su
pintura le llamó la atención, al punto de que en el curso de una exposición del maestro
antioqueño en la galería El Caballito, Roda le compró al pintor su cuadro El taller de
Vermeer, obra que posteriormente traspasó a un tercero, sin que tal transacción
conllevara un juicio de valor. La vida seguía y las exposiciones y los amigos se
multiplicaban. Sociable y algo mundano, Roda se ha caracterizado siempre por su cortesía
y, a la vez, por su carácter firme y rotundo. Amante de la música y la buena lectura, la
presencia de Roda se dejaba advertir en la librería Buchholz y, sobre todo, en la
Central, llevado tal vez por la necesidad de ver lo que se exhibía en la galería de arte
El Callejón, donde en 1957 expuso su serie El Escorial. ¿Nostalgia castellana? ¿Afán
contemporizador? Ante el ascético referente arquitectónico de Herrera, Roda tropicaliza
con trazos de luz y fuego el monasterio barroco, y con ello salió al paso de quienes
pensaban que el pintor andaba con su patria a cuestas. Ni nostalgia ni afán integrador:
síntesis de una compleja experiencia en la que por igual se abrían campo su tradición
cultural y su experiencia vital, al amparo de una voluntad estética alejada por completo
de las convenciones de la nacionalidad. Ante la penuria de la literatura española de la
posguerra, incrementada por la incomunicación o por la apatía de la crítica, Roda se
deja llevar por la necesidad de querer saber el estado de las letras peninsulares y elige
"por olfato" sus lecturas posibles. En cualquier caso, pocas veces había
sentido una conmoción tan grande como cuando las paginas de Años de penitencia, de
Carlos Barral, le resucitaron el período máes doloroso y patético de su juventud: los
frentes de batalla, la huida hacia el otro lado del Pirineo, la miseria infinita de la
posguerra, el aislamiento y la incultura por decreto. La saudade quedó atrás, y en 1970
adquirió la nacionalidad colombiana y, aunque sus logros le concedieron el reconocimiento
que merecía, había aún ciertas incompatibilidades con el medio, algunas penosas en el
orden de lo doméstico y que tienen que ver con la fisiología del gusto.
Con frecuencia, Roda
filosofa sobre la relación entre paisaje y cocina, algo que según él no funciona para
nada en Colombia pero que sí es comprobable, para citar sólo un caso, en el Ampurdam, en
el norte catalán, donde ámbito y gastronomía son inseparables. En efecto, de lo único
que este exquisito gourmet nunca podrá reponerse es de la ausencia de poesía en las
plazas colombianas, que oscilan entre un descarado atraco a la salud y la grosería de las
marchantas. Ya no para el gourmet sino para la óptica del pintor, ¡qué diferencia entre
nuestras plazas de mercado batiburrillo chibcha o merienda de negros y esos
hermosos monumentos al goce sensorial por el estilo de La Boquería, en Barcelona, Les
Halles o el mercado de la Rue de Buci, en París! En ese mismo orden de aprehensión de la
realidad por la retina, igualmente echa de menos las pescaderías, las grandes naves de
hielo donde florecen langostinos, ostras y otros frutos de mar. Curiosamente, y a pesar de
su fascinación por los mercados, no se prodigan en la obra de Roda bodegones ni
naturalezas muertas, aunque Jordi Benet afirma que a mediados de los años cuarenta, a
pesar de que el joven artista ya había descubierto su "facilidad para captar el
parecido fisionómico", no se limitaba al retrato, sino que también pintaba
"paisajes y bodegones". En cualquier caso, la sensualidad en la obra de Roda es
consustancial a una innegable perspicacia psicológica, no exenta de pathos, como sucede
con su serie Los Cristos. Dicha serie está apoyada, a su juicio, en temas colombianos,
inspirados en la talla de un Cristo que le regaló un día Luciano Jaramillo. Obviamente,
la traducción va máes allá de la mera anécdota: de nuevo la ancestral violencia del
país se advierte en esos ecce homo, en esos hombres al óleo óleo: extrema
unción mutilados por la insensatez y los instintos torcidos de sus semejantes. Esto
le valió incluso un regaño "oficial" en Ginebra, el embajador colombiano le
reprochó el incrementar la mala imagen del país a través de esos cuadros...
Una patología máes
sutil es la que Roda insufla a las diversas series de grabados concebidas, forjadas y
expuestas en su nueva patria, aunque en su serie Flora se dan lo que constituye por igual
un balance y una nueva perspectiva: el balance de una técnica llevada a su completa
madurez y la perspectiva de motivos no necesariamente antropomórficos, como sucedió
hasta entonces. Por otra parte, Flora, elaborada y expuesta en Barcelona, significa una
nostalgia al revés: la del español que, de vuelta a la tierra que lo vio nacer, evoca a
su país de adopción a través de una de sus más valiosas tradiciones: la riqueza
ecológica reescrita gracias al legado magistral de los artistas de la Expedición
Botánica.
LAS EPIFANíAS
FLORALES
La amplia y sugerente
producción de Roda, dividida en series diversas a lo largo de decenios de quehacer
pláestico quehacer en el que la investigación de nuevas fórmulas es una
constante , tenía un punto común siempre renovado: la voluntad antropomórfica. De
esta manera podíamos ver cómo lo onírico se aliaba con el humor y la compulsión sexual
en los grabados de El delirio de las monjas muertas y la tradición pictórica encontraba
nuevos ecos y tratamientos en La tauromaquia, mientras que la ironía y el sarcasmo, no
desprovistos de una bien matizada crueldad, se abrían paso en Los castigos y
Amarraperros. Sin embargo, la iconografía humana, casi llevada a extremos de búsqueda
ontológica en Retrato de un desconocido, cede de pronto toda su preocupación al estudio
de motivos inéditos, como ocurre con la serie Flora.
Y, no obstante lo dicho,
esta etapa no conlleva ninguna ruptura con las precedentes sino que contra lo que
pueda parecer guarda una profunda relación con las máes sensibles preocupaciones
del artista, entre ellas su afán por trasladar a un áembito diferente propiedades de su
mundo anterior, así como el recurrente empleo de ese pathos literario con el que Roda
rubrica gran parte de su obra. Se trata, ni más ni menos, que de traducir en términos
vitalizadores el sentido aparentemente ornamental de las Cattleyas, Oncidium y Laelias de
su particular colección.
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Risa 4, 1972 Grabado en
metal, aguafuerte, aguatinta
Colección Permanente Banco de la República
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Tal vez no sea desacertado
apostar por un eco baudelaireano en la perturbadora disposición de los periantos y
androceos de las orquídeas de Roda, pletóricas de compulsiones y asedios, subyugantes y
letales como el exquisito hálito poético que evocan, sin olvidar la carga deletérea con
la que se regodea la serie. Baudelaire, cuya predilección por el grabado ocupaba un lugar
eminente en sus manifestaciones críticas así lo demuestra su devoción por la obra
de Callot, Goya y Vernet , cifraba el secreto de sus inclinaciones en lo que llamaba
"le langage des fleurs et des choses muettes". Pero más allá de esta sugestiva
referencia, la serie de Roda parece ilustrar también, y en exclusiva, ese capítulo de Á
rebours en el que un Des Esseintes aletargado por el perfume abisal de sus exóticas
flores flores que no son más que la proteica sublimación de sus obsesiones máes
íntimas hace balance de sus especímenes dilectos y entre ellos destaca el
Anthurium, esa aoridea "recientemente importada de Colombia" y, sobre todo, esa
Cattleya oriunda "de la Nueva Granada". Pero esto no es todo: sabido es que
José Asunción Silva, acaso el más sensible y refinado poeta colombiano víctima a
su vez de inclinaciones tan exóticas como non sanctas, le enviaba orquídeas a
Mallarmé desde este lado del océano. No debe escapársenos el hecho de que fue
precisamente Mallarmé quien le sugirió a Huysmans la idea de forjar la identidad de Des
Esseintes, arquetipo de ese exquisito outsider finisecular que ha superado ya los cien
años.
Por otra parte, a nadie
debe extrañar la invocación de un referente literario al hablar de los grabados de Roda,
máxime si consideramos que su obra es fundamentalmente la recreación plástica de un
personalísimo discurso, la ilustración de una serie de motivos en los que el buril ocupa
el lugar de la pluma y en los que las imágenes cumplen la misma función que las
oraciones, por lo que Flora, sin perder su peculiaridad pláestica, es también la
entronización de una sintaxis visual. Prueba de ello son las series anteriores
acervo que Hernando Valencia Goelkel tuvo la fortuna de llamar Catalogue
déraisonné y en las que no es difícil advertir una solución de continuidad
narrativa, sólo que las diferentes etapas del discurso no constituyen frases aisladas
sino que la filiación que les da vida y sentido conforman unidades interrelacionadas por
una idea central, evidente incluso en el rotundo timbre literario de los títulos.
Sin embargo, Flora, sin
anular el parentesco, parece inaugurar una nueva tradición en la obra de Roda. Hay,
ciertamente, una voluntad unitaria, aunque aquí las doce piezas del mosaico floral gozan
de una autonomía ostensible: son más que nada estados de ánimo, fluctuaciones de
sentido, instantes irrepetibles de esa vasta convulsión que precipita el deseo. Son doce
aspectos de la profunda y nunca del todo agotada dignidad del sexo. El carácter
antropomórfico que define las etapas anteriores no desaparece en Flora sólo porque el
artista mude el aspecto de sus figuras: las flores de este ciclo se sumergen aún más en
la secreta dimensión de lo humano, en su intimidad más recóndita, en el meandro de su
orbe sensorial y afectivo. Cada flor es una reinvención detallada y amorosa, perturbadora
y agobiante de la cópula. Basta observar no ya lo obvio la presencia del huevo en
dos o tres cuadros sino la explícita superencia que fulge sobre la compleja
anatomía del conjunto. El propio tono de los trazos contribuye a hacer aún más próximo
y fascinante el sentido de lo que vemos, la inminencia de esas "voluptés
interdites" caras al poeta de las correspondencias, técnica que, por otra parte,
podemos advertir en la composición floral de Roda. ¿Cómo pasar por alto esa misteriosa
comunión que existe entre las diversas piezas esa "ténébreuse et profonde
unité du sensible", los perfumes que parecen asaltar nuestros sentidos e
incluso esos sonidos que en forma de sutiles murmullos parecen cobrar vida en blanco y
negro, fustigados por la sabia gama gris que los define?
Por otra parte, la
sensación del conjunto, a la manera de una embriagadora inflorescencia, no impide
advertir las características de la unidad, esa sencilla lámina que abarca todos los
matices de la carnalidad y que, de los pétalos mayores de la orquídea cuyos
estambres aparecen unidos entre sí con el estigma y el estilo, nos remite a la
raflesia, cuya forma misma es la negación de la belleza y cuyo olor invoca las postreras
miserias de la carne. Pero la gran mayoría de las flores son, bajo el incesante
relampagueo que Roda les da por marco, espléndidas, resplandecientes, acogedoras, pues no
en vano todas tienen como función última la reproducción, todas son sexo. Algunas se
abren como ninfas ávidas y otras aparecen sumidas en apacible interludio; el frenesí se
apodera de éstas mientras que la sagaz expectativa prevalece en aquéllas. De cualquier
forma, el panorama abarca casi toda la muestra: el terciopelo de los pétalos hace
resaltar la profundidad de los cálices, mientras que las estrías cromáeticas promueven
la excitación sensitiva, sobre todo en el campo visual, aunque gracias a la mencionada
red de correspondencias cualquiera puede sumirse a su antojo en el perfume opresivo de la
conjunción: orgía de polen, ebriedad de néctar, incontrolada fiesta de estambres en la
secuencia del éxtasis. Tampoco falta una directa constatación de lo fálico en una
penetración nada metafórica ni floral, sino convincentemente carnal y humana. Una vez
máes la imagen del huevo redunda en un sentido ya de por sí explícito en la elección
del motivo que preside la serie. Porque si epifanía es revelación, Flora es
advenimiento, fecundidad, exultación sensible.
EL ESTILO, EL
ESTIGMA
Expectantes, frenéticas,
abiertas, estas flores tienen también una postrera oportunidad para el reposo. Sin
embargo, no debemos pasar por alto un detalle en el que Roda pone especial énfasis y es
la preocupación por ubicar su idea fundamental dentro de una simetría, sea un marco, un
horizonte, un encuentro de coordenadas: un hábitat. Basta observar esa flor que se
levanta como un cáliz abierto o esa otra que parece un reflejo de sí misma sobre el
agua. No en vano es en un medio de humedad, de légamo, de temperaturas semiagobiantes
donde florecen las orquídeas máes fascinantes: el medio más mórbido hace que la flor
sea más espléndida. Así también se transmuta en edad y olor y goce el sexo femenino,
cuyas ninfas rutilantes se prolongan en las perturbadoras flores de las lacinias. La sutil
demarcación del ámbito donde la ceremonia se lleva a cabo subraya una vez más la
confluencia de los valores semáenticos y plásticos en Roda: ¿acaso la palabra tálamo
no forma parte esencial del lenguaje de las flores cíclicas? El tálamo en su
acepción no botánica traza el suave marco donde va a cumplirse el rito más
íntimo y remoto de la especie, y allí las flores se tornan rutilantes en su belleza y en
su función generatriz, como las plantas femeninas de la valisneria cuando florecen en la
superficie del agua y sus reflejos no son más que sucedáneos de las convulsiones del
goce, el testimonio de un frenesí que no es otro que el nuestro. Hay pedúnculos que
atraen, seducen, fecundan flores a la deriva, como en el tráfago sentimental de los
hombres, donde a veces triunfan las resplandecientes artimañas del deseo. Pero también
vemos flores sin corola, con estambres móviles que difuminan en el viento nubes de polen
y cuyo destino se cumple felizmente al ser atrapado por los estigmas del pistilo: nunca
estáes solo del todo y siempre hay alguien que aguarda generoso en el extremo de tus
instintos.
Roda, al devolverle
enriquecido al grabado parte de su aliento naturalista, convierte su serie en un
particular y sugerente tratado de las pasiones, una reveladora incursión en el mundo
amoroso so pretexto de las flores, un ardid de poeta. Y una vez más el lenguaje
plástico, con su gramática privada, sus códigos y sus normas, vuelve a fundirse con la
sintaxis oral de los demás mortales, sobre todo cuando se advierte cómo en las partes
femeninas de sus flores el estilo termina en estigma, lo cual resulta casi una definición
de las fluctuaciones y altibajos del trabajo de cualquier artista. Máes allá de su trazo
firme, de la destreza de su oficio, del empleo de una línea casi fluorescente como los
filamentos de la pasión, el gran riesgo de Roda en esta serie ha sido salvar lo obvio, es
decir: esquivar el antiquísimo lugar común, justificar la suplantación de identidades
en aras de una confluencia feliz: la equiparación de lo femenino con la flor. Sin
embargo, aceptado el desafío, la conclusión es categóricamente válida, sobre todo si
se tiene en cuenta la densidad sensorial que alcanzan en los grabados los instantes
florales del gozo, la plenitud conseguida en las diversas secuencias de la cópula, las
albricias del riego, la fecundación y el éxtasis. Como en la primera aproximación que
gestionó el deseo, estambres y pistilos se funden aquí para propiciar nuevas
posibilidades de supervivencia. Androceo y gineceo no son, pues, meras palabras del a
menudo seco y prosaico vocabulario de los hombres, sino que forman parte del idioma del
segundo reino, sublimado desde esa mañana radiante en que se fundó la memoria de la
especie.
Flora nos recuerda que
existen orquídeas proteicas que adquieren la imagen del insecto femenino para que el
congénere viril, atraído por la perturbadora pilosidad del camuflaje, vuele hacia ellas
y, al intentar aparearse con la ficción floral, las insemine, las haga cumplir su
función, las realice: no se trata de argucias femeninas sino de sabias estratagemas para
perpetuar un futuro común. Lo que nos dicen las flores de esta serie supera el dominio de
la historia natural y entra de lleno en la zona sagrada de nuestros propios instintos,
bajo la bondad o el rigor de las cláusulas de ese tratado que hemos elaborado durante
milenios para justificar o sublimar nuestros hábitos y nuestro lenguaje corporal más
íntimo.
Flora es un juego de
espejos donde se refleja no la sabiduría del semejante ficticio que atrae la nutricia
comunión de lo real sino la secreta contundencia de nuestros milagros y miserias
carnales. Además, la serie conlleva una nueva reflexión sobre nuestra voluntad de goce,
una invitación abierta a la lógica de los sentidos y a la recuperación de los
estímulos más profundos del ser a través del arte; "L'ivresse de l'art est plus
apte que tout autre à voiler les terreurs du gouffre" decía con razón el
creador de otras célebres Flores, no menos inquietantes que las de Roda.
Pero si todo es
exultación y goce, nada es aquí inocente. Lo deletéreo se abre paso y una dulce
sinuosidad hace presa de quienes aceptamos el riesgo. Una vez más el artista convierte su
reflexión plástica en una fascinante epifanía, en una rotunda revelación, ya que tal
vez esas nupcias de ejecutoria y sentido sean lo único que nos enriquece al recrear y
cultivar en la imagen la verdad oculta del ser, lo único que nos sacia y reproduce, lo
único que nos perpetúa y justifica. Figura que se torna sentido, sentido que se vuelve
lenguaje, lenguaje que perece y renace en cada uno de sus ciclos como el año en sus
meses, así también la vida. Y es por esto que las doce hojas de Flora reivindican el
plenilunio remoto bajo cuyos augurios se fundó ese feliz desasosiego que con palabras
trémulas llamamos placer.
REGRESO A CITEREA
Sin haber conseguido
desprenderse de la España de su juventud y con una marcada nostalgia por Colombia, Roda
deambula por las calles de Barcelona con nombres y acentos de dos mundos. En su oficina
del consulado se aprecian algunas de las láminas de flores de la Expedición Botánica,
que siempre lleva consigo, como si de esta forma ratificara su filiación afectiva y
estética con el país cuyos intereses representa. Habla de la idiosincrasia del
colombiano, cuya agudeza, esprit y humor celebra, aunque por cautela rebaja su optimismo:
jamáes pudo estar de acuerdo con el subterfugio, el eufemismo, el doble sentido de la
gente al hablar, sobre todo en el interior del país. Desde muy pronto descubrió la
riqueza de nuestro ecosistema, y de ahí que sus últimas series concebidas en
España tengan que ver con el paisaje colombiano: los grabados de esas orquídeas
perturbadoras que encierran su personal homenaje al legado de los artistas y científicos
de Mutis, los óleos de Flores y los óleos de Montañas, donde una mirada
deliberadamente distorsionada por la luz vislumbra más por el lado de la
abstracción que por el del trazo realista momentos de lo que puede definir el aspecto
físico del país: la enorme, apabullante, opresiva presencia de la vegetación y las
cordilleras, visualizadas a través de la euforia cromática del paisaje. Un paisaje que,
en sintonía con la Violencia, se dejó escuchar con horror telúrico en noviembre de
1985, y cuyas consecuencias sociales Roda intentó amainar desde el consulado. Canalizó
eficazmente la ayuda que a los armeritas ofreció el pueblo catalán curiosamente,
en los alrededores del desastre hay un lugar llamado Lérida y una noche de
diciembre, en el marco espléndido del Liceu, de Barcelona, Montserrat Caballé y muchos
otros artistas mostraron su solidaridad con las víctimas de Armero a través del bel
canto. El español que representaba los intereses de Colombia en esa parte del
mundo recibía, en el foyer del teatro, la condolencia y simpatía de todos los que vieron
cómo hasta la naturaleza quería liquidar la esencia misma de la nacionalidad. Roda
siempre había hablado de las maravillas de las tierras del Tolima, las de Boyacá y el
Quindío, las costas y el sur: tierras asoladas tanto por la insensatez del hombre como
por los estragos de los elementos.
Recorría las calles de
su infancia, desde el Casc Antic hasta la Bonanova y Sarriá, y siempre tenía motivos
para evocar su circunstancia humana en Colombia. Así me enteré de su colaboración en
acontecimientos culturales poco frecuentes en un pintor: excelente lector, supo hallar la
correspondencia entre un buen texto y su escenografía posible. De ahí que no sorprenda
su participación en el montaje de obras como La discreta enamorada, de Lope de Vega,
escenificada por Enrique Buenaventura y protagonizada por Fanny Mikey. También colaboró
con el español Alberto Castilla en Los cuernos de don Friolera, de
Valle-Incláen con Ricardo Camacho en Las brujas de Salem (en uno de los afiches,
el dramaturgo Arthur Miller le autografió a Roda las excelencias de su trabajo) y con una
reciente puesta en escena de El burgués gentilhombre, de Molière.
En Barcelona, en las
horas que liberaba de la pesada carga consular, evocaba su lejana infancia de castellano
que peregrinaba por todas partes, y lo cierto es que Roda define con su periplo vital toda
la España de las autonomías. Su padre era un ingeniero nacido en Valladolid y de estirpe
granadina; su madre era de Pamplona, de ascendencia navarra y aragonesa. El niño Roda
nació en Valencia pero pronto se trasladó a Castellón, a Las Palmas de Gran Canaria y
finalmente a Barcelona. Recuerdo que con frecuencia hablaba de su casa en la calle
Margenat, en la Bonanova, así como de sus años de aprendiz de artista en la Escuela
Massana. Y algunas tardes, desde la terraza de mi casa en Erasmo Janer una calle
taponada desde comienzos de siglo pero que fue descubierta gracias a una bomba, durante la
guerra, según me contó el escritor Manuel Vásquez Montalbán me decía que a la
vuelta de la esquina, sobre la entrañable plaza Padró, tuvo su primer taller. Eran los
años de la penuria, cuando comenzaba a abrirse camino como pintor, aunque buena parte de
sus horas libres las pasaba leyendo Á la recherche du temps perdu, prolegómeno de lo que
haría en sus años consulares, cuando buscaba por igual el tiempo ganado en la Barcelona
de su juventud y felizmente multiplicado en la Colombia de su madurez. Y fue a esa
Colombia a la que a comienzos de 1987 regresó, con la certeza de que, si bien es cierto
que Citerea no es como la sugirió Watteau, la patria elegida y otra vez asumida es lo
más parecido a la Utopía. Y Roda hace que esa Utopía sea real gracias al amor y a la
nostalgia con que plasma en sus cuadros el privilegio de ser huésped y anfitrión en la
admirable mansión de sus dos mundos.
Tumba de Agamenón,
1963
Óleo sobre lienzo
Colección permanente, Banco de la República
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