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Lo que dijo Casimiro
Eiger de Ramírez
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CASIMIRO EIGER
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Trabajo fotográfico:
Alberto Sierra Restrepo
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Colecciones de la
Biblioteca Luis Angel Arango
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Dorado No.2, 1957. Óleo sobre tela
Colección Permanente, Banco de la República
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LA EVOLUCION DE LOS
ARTISTAS COLOMBIANOS si en este caso puede hablarse
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de evolución y no, más
bien, de una transformación artificial procede generalmente por saltos, por bruscas
metamorfosis, por inconcebibles cambios. Los artistas nacionales no tienen, por lo
general, la paciencia de esperar que unos procesos interiores de que tienen una vaga
conciencia maduren en ellos, lleguen a su punto, se completen y estallen luego en una
corona de indudables hazañas. Ellos quieren cosechar las frutas antes de la sazón, y
con tal de presentar algún aspecto insospechado fuerzan las tendencias
incipientes de su propio ser, las obligan a aparecer más definidas de lo que son y se
contentan con una fisonomía provisional de lo que, después de unos años de estudio y de
tranquila decantación, podría surgir como algo realmente nuevo, persuasivo y poderoso. Y
eso cuando no, inconformes con su propia inconsistencia o falta de renovación, van a
buscar lo propio entre lo ajeno, adueñándose de las conquistas de otros individuos, o de
otra escuela o de otro tiempo. Al cual quieren pertenecer por deber, por un deber mal
entendido y peor puesto en práctica. ¡Cuántos artistas no hemos visto en estos últimos
tiempos, que adoptan ropajes extraños, y aceptan como buenas soluciones venidas de otra
parte, con tal de aparecer "contemporáneos": expresionistas o abstractos, o
demostrar una sensibilidad "americana" o "social". Aunque ésta poco
tuviera que ver con su temperamento. Así unos pintores ya consagrados cambiaban, sin ton
ni son y de hoy para mañana, su estilo y su peculiar manera de ser, para aparentar la
juventud de que carecían y fingir un aire de actualidad. Al mismo tiempo que unos
jóvenes, en lugar de buscarse a sí mismos, adoptaban a cada momento las soluciones más
diversas, oscilando entre los distintos modos de estar a la última moda.
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Plegable
de la exposición en la Sociedad de ingenieros en 1946
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De
ahí que en el caso de pocos artistas nacionales pueda hablarse de una verdadera
evolución es decir, de un cambio lento que obedece a las verdaderas necesidades del
desarrollo del pintor, necesidades que pueden despertarse bajo el influjo de experiencias
ajenas, pero que tienen, luego, que cristalizar en forma de creación lenta y personal.
Pocos, poquísimos son los que se encuentran en este caso, y entre ellos nos complace
citar a Eduardo Ramírez Villamizar, cuya exposición en la Biblioteca Nacional acaba de
clausurarse en el día de ayer. Eduardo Ramírez es el ejemplo de una labor consciente y
pausada. El pintor se plantea problemas formales, y otros y no los abandona hasta
encontrar lo que él considera su solución. Luego, pasa a otra cosa. Pero este cambiar
consiste en una variación breve y que y ello es lo principal se apoya siempre
en la etapa anterior. Nada hay aquí que se pueda atribuir al azar, a un buscar afanosos y
sin dirección. El pintor sabe lo que persigue, y sus obvias vacilaciones hay que
atribuirlas al descontento con sus propios resultados. No a la falta de rumbo.
No vamos a
repetir las diferentes etapas que ha experimentado la pintura de Ramírez Villamizar, uno
de los creadores más conocidos y mejor estudiados del país. Basta saber que en su
última etapa el artista estaba empeñado en la construcción casi matemática de sus
cuadros, la cual, con leves deslizamientos, se basaba en la oposición de las verticales y
de las horizontales, a las cuales se ceñían las masas y las formas, generalmente
alrededor de un punto central netamente definido. Se trataba de una solución severa y
ascética, de la cual toda facilidad y aparentemente todo azar estaban excluidos y donde
las armonías, los ritmos y los equilibrios nacían no tan sólo de unas superficies bien
balanceadas sino del propósito mismo de su autor de encerrarlas en una lógica sin
defecto. Una voluntad rígida se escondía detrás de tales obras y aparecía como molesta
a quienes en las obras de arte piden a la vez cierta espontaneidad aun
aparente al lado de una conciencia creadora bien encaminada.
Pero para el
artista aquella etapa era absolutamente imprescindible. El se acordaba de ciertas
tendencias que conducen su propia personalidad hacia lo exquisito, lo decorativo y lo
deleitable, hacia todas las debilidades que emanan de un excesivo buen gusto y un
deleitarse con las manchas bien distribuidas, con las formas delicadamente
complementarias, con los colores en finas oposiciones. El sabía del peligro de lo
ornamental. De ahí la necesidad, vital para él, de vencer esos deliciosos impulsos y
devolver al arte abstracto la dignidad que tan fácilmente pierde en sutiles indagaciones.
Y ello no se podía lograr sino por medio de un control absoluto sobre lo accidental y el
apartamiento de todo lo fácil, incidental y complaciente. La severidad en la escogencia
debía servir ahí para los fines de la autodisciplina.
Inútil
agregar que el pintor lo ha logrado plenamente. Aun sus cuadros más severos, más
estrictamente "matemáticos" si así pudiera decirse los más
reducidos en cuanto a su forma y su color, poseían, desde luego, aquella fuerza de
irradiación que no ostentan sino las obras de arte verdaderas. Ramírez Villamizar nos
forzó a todos a ver por sus propios ojos y a aceptar sus propias autolimitaciones.
Pero ahora
vino el "deshielo". Su arte, tan estricto, por necesidad se
"descongeló" un tanto y ya seguro de sí mismo admite unas
soluciones más graciosas, menos rígidamente geométricas, más sonrientes. La asimetría
y la forma irregular toman asiento en ellas como unas bailarinas a las que una larga
disciplina permite toda clase de piruetas, la composición sin perder nada de
su solidez ya no busca apoyarse en su centro geométrico, se desplaya a veces,
abandona la mitad del cuadro, para ubicarse en una de sus mitades, aligerando el conjunto
y procurando una deliciosa sorpresa al ojo del espectador. Unas líneas en diagonal
cortan, para nuestro placer, la uniformidad de la construcción horizontal-vertical, hasta
ahora dominante. Unas formas intrincadas y cortantes aparecen en medio del cuadro.Y todo
ello sucede por grados, sin abandonar la estructuración general elaborada por el autor,
sin cortar el nexo con la seguridad formal adquirida en otros tiempos. Acontece,
sencillamente, que hay allí como un leve desplazamiento del plan general, el cual le da,
desde luego, una intensa vida a cada cuadro cuyos mejores ejemplos son los números
4 y 7 del catálogo, o sea Pintura azul, de 1959, y Horizontal blanco y negro, del mismo
año concentrando la atención en un centro dramático visible, del cual el resto de
la composición no aparece sino como un complemento indispensable, desde luego.
Exactamente como sucede en la música, en donde un tema central y el acompañamiento,
subrayan, sin dejar de pertenecer a la composición, los ritmos y las tonalidades
principales. Así en la Pequeña máquina, deliciosa obrita débilmente influida por Grau,
encontramos una armonía en azules, negros y verdes, que subraya la alegría de las formas
ligeramente asimétricas. Así, por otra parte, en la mencionada Pintura azul, la
composición, o sea el motivo principal, ocupa sólo la mitad inferior del cuadro,
contrastando el expresionismo sensible del colorido y el dramatismo de los planos con la
tranquilidad gris y blanca de la parte superior. Así, por último, en el Horizontal
blanco y negro quizá el cuadro más bello de la exposición, en donde la
economía de los medios permite a la composición obtener el máximo de su efecto.
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Retrato
de Juan Manuel, 1945, acuarela (Diapoteca de la BLAA, DA58711
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Al
lado de estas pinturas, novedosas por su concepto, expone Ramírez Villamizar una serie de
bajorrelieves, generalmente en blanco, resultado visible de sus estudios para el mural,
también en relieve, que está ejecutando para el Banco de Bogotá. Si tuviéramos que
caracterizar esta nueva forma de expresión del artista y sobre todo la obra más
bella en este género, el Relieve circular 1959 emplearíamos una sola palabra,
pureza. Pureza en las líneas netas y parcas que delimitan cada superficie formal; pureza
en las formas mismas, sacadas todas de la geometría más estricta, puestas o
complementadas; pureza en las relaciones mutuas de las masas y la altura de las capas
superpuestas del relieve que parecen obedecer a una fórmula invencible; pureza, por fin,
en la blancura misma del material empleado: un yeso impoluto y opaco, sin reverberaciones
ni matices. No hay duda de que llegamos aquí a una de las formas de la perfección: lo
intelectual hecho forma pura despojada de cualquier otra esencia. Y que prescinde de todo
lo que no sea ella misma.
Y, sin
embargo, algo nos inquieta en tanta perfección. Ese arte en el cual predomina la pureza
nos parece asemejarse más a los objetos esterilizados por el frío que a un ser vivo en
el cual palpita la sangre. Es demasiado cabal, demasiado calculado. Obedece a demasiadas
prescripciones mentales. En un extenso estudio realizado anteriormente, nos permitimos
calificar el arte de Ramírez Villamizar de verdaderamente clásico. Sin embargo, en sus
relieves de hoy, nos parece netamente neoclásico, pues viendo esas obras nos acometió
como una obsesión el recuerdo de un artista: Canova. La misma fría perfección, el mismo
cálculo infalible, el mismo modo de recurrir a unas fórmulas anteriores a la obra, la
misma blancura inmaculada y muerta de los mármoles o de los yesos. Hay que decir la
verdad: los relieves de Ramírez Villamizar, por lo menos los exhibidos en la exposición,
lo pueden conducir rápidamente, dentro de sus asépticas armonías, a un neoclasicismo
que ya no es sino postura. Y que dentro de su pretendida superioridad nos acerca a la
muerte. Pues demasiada perfección nos acerca a la nada.
No hay
necesidad de agregar que el gran artista que es Eduardo Ramírez sabrá evitar como
lo evitó en sus pinturas este nuevo peligro que lo acecha en una forma de
expresión que quizá por lo incipiente representa para él la tentación de una excesiva
desnudez y de una excesiva ciencia.
EL
ARTE CLASICO DE EDUARDO RAMIREZ 1
Introducciones
radiales I
En el nuevo
edificio del Banco de Bogotá el artista colombiano Eduardo Ramírez Villamizar está
realizando actualmente un mural en relieve, de carácter abstracto, trabajo que se
encuentra en la mitad de su ejecución. A pesar de estar aún lejos de su terminación,
éste se ha visto expuesto ya por el mero carácter de su composición a
varios ataques y ha sido objeto de comentarios en los cuales el orgullo de la
incomprensión se daba la mano con la falta de objetivismo. Sin entrar en la apreciación
de la obra que, como es obvio, estando lejos de ser concluida no puede apreciarse
con justicia hemos pensado que unas ideas generales sobre la obra del más notable
representante colombiano del movimiento abstraccionista y los principios que lo guían
podrían ser de alguna utilidad. De ahí que transmitamos en seguida, dividiéndolo en dos
partes, el estudio inédito que el autor escribiera por amable insinuación del director
de la revista Vínculo Shell y que intituló "El arte clásico de Eduardo
Ramírez".
Introducciones
radiales II
Una prueba
de la aceptación cada día más general del estilo actual en la arquitectura (aún la
religiosa), en la decoración, en las distintas manifestaciones del arte aplicado y,
mutatis mutandis, en las propias bellas artes, la tenemos en el interés últimamente
demostrado por las grandes entidades económicas y las instituciones oficiales por adornar
sus edificios con murales concebidos según las orientaciones del arte de hoy y confiadas
para su ejecución a verdaderos artistas. Así, en días pasados, hemos podido asistir a
la inauguración del mural, en la técnica del fresco, de Alejandro Obregón en la
Biblioteca Luis Angel Arango, de propiedad del Banco de la República. Así, en el momento
actual, en el nuevo edificio del Banco de Bogotá se está adelantando la magna empresa de
un mural abstracto debido al artista Eduardo Ramírez Villamizar. En vista de las
discusiones que suscitó aún lejos de terminarse el aludido mural, hemos
creído conveniente ofrecer a nuestros oyentes un estudio sobre el estilo particular y las
premisas del aludido pintor que lo condicionaron, dividiendo tal ensayo en dos partes, de
las cuales la primera se ha transmitido en nuestra audición anterior para proseguir con
la segunda en el día de hoy. He aquí un breve resumen de las ideas expresadas en nuestro
último programa. En él tratamos de demostrar que el estilo cada uno de los
estilos, lejos de ser una manifestación pasajera y únicamente representativa de un
tiempo, contiene una verdad eterna, que se afirma de manera perdurable, obedeciendo, por
otra parte, a la obligación del hombre y del artista de imponer el orden un orden
nuevo y definitivo a la vez a las fuerzas dispersas de la naturaleza. Para Eduardo
Ramírez hemos aseverado luego, el arte abstracto es precisamente ese orden
absoluto surgido en él a la luz de las necesidades del intelecto y no sólo de un impulso
vital, a pesar de que la construcción abstracta como hemos terminado diciendo
se basa, no obstante su aparente orden lógico, en premisas incontrolables, tomadas del
inconsciente.
EL
ARTE CLASICO DE EDUARDO RAMIREZ
Los estilos
tienen su secreto, su propia personalidad inconfundible. Su verdad es absoluta y no tan
sólo relativa, proporcionada al espacio y al tiempo. Su valor estriba, más que en su
facultad de expresión, en su poder de irradiación permanente.
Y sin
embargo, ¿no es acaso cierto que un estilo cada estilo por nacer es obra de
los hombres, resultado, como ellos, de circunstancias geográficas, históricas y
raciales? ¿Que no es sino una manera coherente en su propósito, pero esencialmente
pasajera de entrever las cosas, de ordenarlas y recrearlas según un esquema nuevo y
plasmarlas, con su fisonomía fresca, entre las perspectivas de las edades? ¿No es, pues,
un estilo antes que todo un ángulo inédito, un método de experimentar, un medio para
captar ese algo a que indiscriminadamente damos el nombre de belleza? ¿Y puede un estilo
tener mérito propio, independiente del esfuerzo creador de los hombres que lo inventaron
y de la obra por ellos creada u originalidad distinta de la de cada autor? ¿Quién no lo
cree así hoy en día y qué tentación más grande que la de colocar en el desfile de la
historia, uno al lado de otro, todos los estilos del pasado y del presente y considerarlos
como fenómenos esencialmente transitorios, iguales entre sí en cuanto a su valor de
expresión y sin misión distinta de la de indicar entre muchas una posibilidad de
circunscribir la realidad o la de suscitar muy momentaneamente una forma de lo
placentero? De allí ya sólo un paso nos separa de esa actitud relativista, tan propia de
nuestro tiempo, consistente en equiparar para gozar de ellos sin discriminación y
sin traba todos los productos estéticos del hombre (aún los que no se hayan creado
con este fin), sin ver en ellos sino la suma del goce actual que pueden proporcionarnos a
los hombres de hoy y el valor que indistintamente han derivado del talento de su autor.
Tentación fortalecida aún más por la corriente historicista que abarca al hombre de
nuestra época y por la repugnancia que éste siente tanto por los valores absolutos en
sí como por el hecho de asignar una vida propia a todo lo que en un último examen
podría aparecer como una abstracción del espíritu, un invento de historiador o un mero
intento de clasificación científica. Para nuestro tiempo, un estilo no es, pues, más
que una actitud estética y vital momentánea, proyección sensible de ciertas
inclinaciones o ansias de un instante convertidas en un sistema cerrado, forma exterior
por medio de la cual la humanidad espera engañádose apresar la escurridiza
presencia de la hermosura y la de su propia vida. Actitud aún más tentadora por lo que
nos permite a la vez salvar nuestro juicio y manifestar nuestra cultura, que se evidencia
al situar lado a lado los productos más disímiles: los de los pueblos primitivos, los de
la antigüedad, los de la Edad Media y del Renacimiento, así como todas las creaciones
modernas, contradictorias entre sí, pero iguales ante el ojo voluptuoso del espectador
que no busca en ellas sino su deleite personal. Es la de los "museos
imaginarios", tan de moda en nuestros días, que igualando las creaciones de todos
los tiempos y de todas las latitudes, arrancándolas de su substrato de creencias e
instituciones, aislándolas artificialmente en la vitrina esterilizadora del imaginario
museo, niegan en el fondo su verdad y con ella la de toda la cultura, con lo que ésta
representa de único e intransferible, de agresivamente real, de limitado y por ello
mismo de verdadero. Pues la cultura es y ha sido siempre limitación voluntaria,
autoaceptación de principios reducidos pero absolutos, estricto deslindamiento. Eso fue
Grecia, y el resto del mundo así lo afirmaron los griegos era barbarie. Es
decir, la anticultura. Por "interesante", por "moderna", por
"expresiva" que ésta nos parezca hoy en día.
La época
nuestra, que suprimió, por miedo de comprometerse, la noción de lo bárbaro y de lo
culto (ya no hay pueblos bárbaros, sino "mentalidades primitivas"), abolió con
ello, sin darse cuenta, la idea de la civilización es decir, la posibilidad para el
hombre de elevarse en la escala de los valores, de transformar la vida natural y el
derecho que le incumbe de tasar sus fenómenos. Y en lo estético desembocó en un caos
estetizante. Porque está lejos de ser cierto que todas las producciones artísticas del
hombre puedan ser medidas con la misma pauta. No es cierto que el templo griego no
forzosamente el Partenón tenga el mismo valor normativo y contenga la misma
lección de belleza que un santuario khmer, lleno de ídolos y de ornamentación profusa y
exorbitante; que una estatua gótica, sobria a pesar de su espiritualidad llameante, pueda
ser equiparada con una divinidad azteca, ni que tal "Venus" prehistórica valga
la Venus capitolina ascendiendo a las divinas formas de la Anadiomene. Existe una
jerarquía en las artes y ésta, fuera de ser la de las obras mismas, evidente para todos,
es también la de los conceptos, esto es, de los estilos. De ahí el derecho que les
asistía a los críticos antiguos de juzgar las producciones de los artistas según un
criterio único es decir, conforme a las normas incontrovertibles de una doctrina.
Nosotros, dentro de ese eclecticismo ilustrado, de ese relativismo revaluador, de esa
justicia distributiva que nos caracterizan, ya no podemos dar prelación a nada, habiendo
perdido el sentido mismo de la verdad y no encontrando otra regla de juicio que el solo
goce que nos producen las creaciones de un artífice y su supuesta conformidad consigo
mismo, o sea su originalidad. Ya no sabemos, muchas veces, ni distinguir entre lo
balbuciente y lo acabado. Y todo ello es consecuencia de no querer ver en las obras de
arte sino objetos predestinados a un museo; es decir, de no considerar en ellas sino el
mero fenómeno estético. Dejando de lado su carácter sagrado, su carácter humano y
abandono más definitivo su calidad arquitectónica es decir, su facultad
única de reconstruir el mundo en función de su presencia, ese compendio sublime de
ciertos datos de la conciencia, de ciertos decretos del espíritu. La facultad de imponer
el orden a las fuerzas dispersas de la naturaleza. Esta misión que de ningún modo puede
ser la de un artista aislado, por importante que sea, es la de la humanidad toda, que no
la puede realizar sino por medio de ciertas normas, descubiertas y entendidas a cabalidad
y netamente separadas de las tentativas análogas pero sin resultado definitivo al ser
reducidas a la voluntad de un estilo. Que no es sólo un lenguaje y, como tal,
esencialmente transformable sino un contenido absoluto, un monumento inconmovible.
Lo que ya no se puede abandonar.
Para
Eduardo Ramírez Villamizar, la pintura abstracta es una verdad absoluta, un valor
inalterable. No es una etapa más en medio de su propia evolución ni una de las muchas
expresiones pasajeras, iguales todas en cuanto a su significado, que la humanidad inventa
de cuando en cuando y bautiza con el nombre de estilos. Ni un mero modo de captar algo del
misterioso equilibrio de las formas, de sus consonancias presentidas, lineales y
colorísticas, equivalencias oscuras que el genio del hombre saca del caos natural y
coordina en forma de una obra definitiva, ordenada y bella. Ni es una expresión del
tiempo, ya que por su índole misma es eminentemente intemporal. No. Para Ramírez
Villamizar, el arte abstracto es la expresión más alta y más pura del esfuerzo creador
en sí. Es la fórmula lógica que permite desechando todo lo extraartístico: el
recuerdo, la emoción extraña, las impurezas vitales aprisionar y, ante todo, crear
el mundo incorrupto del arte, en su esencia sin escorias, en su armonía sin falta. Es la
creación absoluta, libre e integral, la que responde a la tentación eterna del hombre
implicada en la promesa demoníaca "Ereis sicut dei". Es la belleza sin
aditamentos.
De allí que
la lucha de Ramírez Villamizar por implantar, justificar, hacer conocer y popularizar el
estilo no-figurativo no es tan sólo un intento de divulgar e imponer su propia obra,
justificar su sensibilidad por medio de las teorías o dar un aspecto general a lo que en
el fondo no sería más que el resultado de diversas circunstancias personales. Eduardo
Ramírez es un apóstol que cree en su Evangelio. En su propagación va envuelta no sólo
la lucha por la purificación de la pintura, sino un intento de establecer una verdad
estética perenne, un empíreo de belleza. Tan absolutos como los de los griegos.
Pero este
lenguaje puro de la plástica, ese principio creador de lo excelso, se diferencia
profundamente de la estética clásica por su ausencia de las normas fijas, por su
carácter a la vez estricto e intuitivo. Como es sabido, el espíritu normativo de los
griegos permitió reducir a reglas las adivinaciones de su instinto y los frutos de su
experiencia, agregando así unos elementos racionalistas y por consiguiente,
transferibles a su sentido innato de la armonía y de las consonancias formales. De
ahí que, sensibles a los puros equilibrios formales y a la presencia desnuda de la
belleza, sientan que en sus cuadros se realiza una integración auténtica de los colores
y de las formas; que exista en ellos una necesidad, no por misteriosa menos actuante; que
a través del juego sutil y aparentemente gratuito de los colores y de los volúmenes
surja una síntesis que nos convence no por fuerza de su vistosa novedad, sino en razón
de su cohesión interior, de su unidad ineludible. Algo en ellos se nos impone y nos
impone su armonía y su verdad. Su testimonio transforma el mundo a fuerza de feliz
ordenación. Son indestructibles.
Y, sin
embargo, cuántos escollos en el camino de la perfección. Una exposición retrospectiva
así sea hecha de muestras, como la que presenciamos el año pasado en los salones
de la Biblioteca Nacional nos revela los avances y los retrocesos, los aciertos y
los yerros, los hallazgos y las equivocaciones que han precedido la seguridad actual del
creador colombiano y los múltiples aspectos de su arte que para satisfacer la
preocupación principal de su espíritu tuvo que desechar, recluir dentro de su alma o
sustraer a su atención. Ha habido varios Ramírez Villamizar, de los cuales no sobrevive
hoy sino uno: el que su forjador ha querido salvar.
¿Para qué
recordarlos? Todo el mundo los conoce. A Ramírez Villamizar neoacadémico de sus primeros
intentos. A Ramírez Villamizar expresionista y neogótico, lleno de pastas violentas, de
simbólica y de dinamismo. A Ramírez Villamizar, diseñador minucioso de delicadas
armonías, filigranas formales, en las cuales ya se transparentaba su deseo de pureza. A
Ramírez de sus primeras obras semiabstractas, semialegóricas. Simplificadas ya hasta no
dejar sino unos pocos contornos y la gama tonal más escueta. La que pronto se reduce aún
más, se resume en sí misma y no aparece sino como un recuerdo, un signo tonal sugerido
por los blancos, los grises y los negros. Ahí, en esas obras esquemáticas es donde más
se evidencia la perfección de la composición de Eduardo Ramírez, su sentido natural de
las formas, su instinto plástico. Ahí, donde no intervienen ni el color ni la
perspectiva, donde el asunto sirve apenas de leve soporte para la inspiración, donde toda
facilidad está prohibida, surge lo que ha de caracterizar al pintor durante toda su
carrera: una absoluta seguridad formal y el don, más excepcional, aún, de infundirle
sentido a lo que no tiene sino lejanamente una relación con la vida. Hasta llegar a esa
álgebra formal que es el arte abstracto. Su última y definitiva encarnación.
¿Qué es lo
que une todas esas etapas diversas de la pintura de Ramírez Villamizar y logra que no
sean meras fases de una evolución? ¿Qué es lo que permite hablarnos en este caso de una
personalidad artística y hace que reconozcamos desde lejos entre muchos trabajos
abstractos semiabstractos o expresionistas una composición de Ramírez Villamizar?
Pues, primero que todo, ciertos procedimientos formales, ciertas modalidades repetidas de
resolver los problemas de la composición, ciertos hábitos plásticos. Para Ramírez
Villamizar la superficie del cuadro no es ni nunca ha sido un segmento
cualquiera de un espacio más vasto, sino un área cerrada que hay que dividir y explotar
plásticamente. De ahí su preocupación mayor por la colocación, armoniosa y completa,
de todos los elementos constitutivos del cuadro dentro de la superficie escogida: la
autolimitación espacial. Una composición de Eduardo Ramírez nunca desborda, pues, el
linde escogido ni trata al hacerlo, como en la obra de algunos pintores abstractos de
tendencia expresionista, que intentan alcanzar la "inmensidad transcendental del
mundo"; al contrario, al restringirse a sus propios límites, procura contentarse con
las premisas inherentes a su propósito y a las peculiaridades que lo delimitan. Es en
esto que Ramírez Villamizar es propiamente un clásico, en ese instinto profundo de las
fronteras, en el deseo de un marco que deslinde fuertemente la obra de arte de las
creaciones de la naturaleza. De ahí que sus cuadros tengan con frecuencia como dos
marcos: uno exterior y visible para todos y el otro, interno, que le permite al artista
reducir aún más su composición, controlar con más fuerza o intensificar su cometido.
Otra de las
características de los trabajos de Eduardo Ramírez es la índole no sólo geométrica
obvia en este caso sino netamente simétrica de sus composiciones. La mayoría
de sus cuadros pueden dividirse claramente en dos mitades siguiendo una línea divisoria
vertical. Que a veces se impone explícitamente. Pero que, aun en el caso de quedar
supuesta, se delinea en el espíritu a través del equilibrio perfectamente logrado de los
elementos colocados a la izquierda y a la derecha del cuadro. Construcción que subraya la
concentración de todas las partes integrantes del cuadro alrededor de un motivo central:
un círculo, una mancha tonal, un punto de intersección. Que sin volverse elemento
predominante sostiene, sin embargo, todo el andamiaje del cuadro en una simetría
intencional. El milagro es que no empobrece, casi nunca, la composición a pesar de ser
tan visible, podría decirse ostensible y designado para serlo. Ello se debe a que este
factor, como todos los demás en el arte de Ramírez, sean desde luego, imperativos del
instinto y no sólo exigencias de la conciencia estética. Porque el arte de Ramírez
Villamizar, tan intelectual en apariencia, está en realidad hecho a base de premisas
netamente irracionales. La geometría, la simetría, el equilibrio no están aquí sino
como modos de captar y ordenar lo inefable. Y éste es el verdadero elemento que liga
todas las composiciones de Eduardo Ramírez de las más variadas épocas y les concede ese
aspecto visible de unidad: la poesía. Poesía que estremece sus abstracciones, se esconde
debajo de las líneas aparentemente frías de sus cuadros, rebosa el equilibrio formal,
trasciende los controles y nos habla ese lenguaje directo y puro que ninguna forma puede
ocultar ni crear por sí misma, que ningún contenido, por profundo que sea, transmite
directamente, que no se puede imitar ni prefabricar, ni fingir. Que entre tantos creadores
muy pocos reciben don gratuito del cielo y menos aun saben utilizar y explotar
debidamente. Sin redundancia, ni desbordamiento lírico, ni falso sentimentalismo. A
Eduardo Ramírez le ha sido concedido ese privilegio insigne de expresarlo sin yerro. Sin
perderlo nunca ni estrangularlo demasiado. Que los dioses del arte clásico, enemigos
tanto de toda exageración como de las abstractas especulaciones, nos lo conserven en este
camino.
ARTE
ABSTRACTO - 9 DE JULIO DE 1953
La
evolución cultural tiene su propio ritmo, pertinaz y casi independiente de los
acontecimientos sociales o políticos que le sirven de sustento. Las revoluciones
sociales, la voluntad de los gobernantes, una política determinada e impuesta, poco o
ningún influjo ejercen sobre ella ni cambian su fisonomía profunda. La cultura, su
índole grave y recóndita, se desarrolla conforme a sus propias leyes, que no se dejan
interferir por las voluntades ajenas. Y este fenómeno, tan visible pese a ser
desconocido a veces por los poderosos del momento, obedece a una razón bien simple
y es ésta: que los ciclos culturales al igual de lo que acontece con los ciclos
económicos, son más lentos y dilatados que los períodos cambiantes de la política, los
que, sin embargo, parecen definir y hasta dar su nombre a la historia. Porque las
transformaciones culturales, lejos de obedecer a las consignas variables del día,
obedecen a las ansias profundas de los hombres, ansias que, por ser lentas en su
cristalización, no llegan a expresarse sino de tarde en tarde, sin que el ritmo cambiante
de los acontecimientos políticos llegue a alterarlas ni a retardar su aparición
obligada. Y tan cierto es esto, que aún los sucesos de mayor significación dentro del
desarrollo de la historia como, por ejemplo, la Revolución Francesa no logran
cambiar realmente la transformación lenta del gusto literario ni imponer a su vez nuevos
cánones. La Revolución Francesa es, en su esencia, neoclásica, y las pocas ansias
prerrománticas que demuestra existían ya todas, en estado más o menos larvado, antes de
su estallar. Y el verdadero estilo poético que ha de corresponder a la magnitud de ese
acontecimiento histórico, es el romanticismo, que sin embargo no nace ni se manifiesta
sino hasta veinte años después que haya acabado la Revolución. Y lo mismo puede
afirmarse de la Revolución Rusa, así como, en el sentido contrario, de la Restauración
de los Borbones en Francia, que no han logrado detener el movimiento literario o
artístico en marcha, el que se preparaba, porque correspondía a la inquietud profunda de
la época.
Decimos todo
ello para explicar que los ocho meses de suspensión de este programa que hoy, gracias a
la voluntad de la dirección de la Radiodifusora Nacional, otra vez se difunde en el aire,
no han logrado modificar sustancialmente el panorama artístico de Colombia y que los
problemas estéticos que hemos conocido y analizado más de una vez en los años
anteriores siguen, en su mayoría, vigentes e incambiados en el año actual.
Lo que
caracterizaba la situación del arte en el país en los últimos años y eso sí en
oposición con las épocas pretéritas era el entusiasmo creciente por los diversos
aspectos del arte, ostensible en las distintas capas de la población, y no como antes,
circunscrito sólo a un pequeño círculo de culta minoría. Y ese entusiasmo iba
acompañado de un conocimiento cada día más hondo de los problemas mismos de la belleza
artística es decir, con un espíritu crítico unido a la deleitación, que son, quizá
los dos índices de la comprensión en materia de arte.
Y a esta
comprensión en aumento correspondía, como debía ser, la creación cada día más rica y
compleja de los artistas que se sentían apoyados y como llevados por la corriente de ese
entusiasmo juvenil que notaban en el ambiente y que les hacía menos solitarias sus
investigaciones y menos duro el escaso pan de cada día. Y estos dos fenómenos
concomitantes, la curiosidad en el ambiente y el esfuerzo de los artistas, no han cambiado
ni cambiarán tan pronto en la tierra de Colombia, porque corresponden no a un esnobismo
pasajero, a una moda, a una tendencia fugaz, sino a una necesidad verdadera que no se
dejará desviar hasta traer sus frutos. Y todas las exposiciones organizadas en ese
tiempo, es decir durante la interrupción de estos programas, hablan claramente de una
cosa: el vigor del esfuerzo artístico en Colombia no se halla detenido.
Ni tampoco
su índole. Podría pensarse que los repentinos cambios en las situaciones externas traen
como consecuencia los correspondientes trastornos en la creación cultural. Nada de ello
es cierto. No sólo la intensidad, sino también los derroteros del arte, son una
constante histórica y no cambian con facilidad. De ahí que las modalidades artísticas
que más hayan interesado al público hace un año o dos sigan siendo las que más
curiosidad despiertan en el actual.
Una de las
corrientes nuevas que mayor interés han despertado entre el público aficionado es el
llamado arte abstracto. Hijo directo del cubismo, se diferencia de él por varios de sus
rasgos principales y está en abierta contradicción con otras tendencias del arte de
nuestros días, como lo son el dadaísmo y el surrealismo, por ejemplo. El cubismo no
pretendía aniquilar la naturaleza, alejar todo recuerdo del motivo visible, sino
simplificarlos, transformarlos para devolverles la dignidad plástica y el poder sugestivo
perdidos en las imitaciones naturalistas. Su afán geométrico, lejos de borrar el
recuerdo de todo lo vivido, pretendía fijarlo mejor, dándole una forma arquitectónica e
imperecedera. La pintura abstracta que últimamente ha encontrado cultores en
Colombia y está en camino de ser asimilada por el público ambiciona, en cambio,
romper todo lazo con el motivo natural, tanto el directamente observable por el artista,
como con el recuerdo que éste pudiera guardar de su visión.
Desea
construir el cuadro y producir el efecto plástico basándose únicamente en un equilibrio
de colores y de formas, de volúmenes y de líneas, en cuya sola distribución debe
residir el encanto que experimenta el espectador. No vamos a entrar aquí en la
exaltación de los méritos, ni en la crítica, de esta clase de concepción estética.
Basta decir que el anhelo latente de tal arte desprendida del objeto visible ha sido
perceptible a través de todo el desarrollo de la pintura, desde la ornamentación
abstracta de los pueblos orientales, pasando por las estilizaciones románica y gótica y
llegando hasta lo que desea inconscientemente hacer cada artista: lograr la pintura pura.
En pleno siglo XIX, en la época del más crudo naturalismo, una voz de crítico y de
poeta expresó mejor de lo que pudiéramos hacer nosotros, este deseo extratemporal.
Inútil advertir, que la expresión "arte decorativa", que emplea Oscar Wilde en
el fragmento de sus "Intenciones" que daremos a conocer en seguida, no debe
entenderse en el sentido peyorativo que le asignamos a veces en la actualidad, ni
asimilarse al arte ornamental puro, sino que viene a reemplazar la de "arte
abstracto" que usamos hoy en día y que no se conocía en la época de escribir sus
frases el autor.
"El
color solo dice el insigne ensayista, no echado a perder por ninguna
significación, ni aliado a ninguna forma definida, puede hablar al alma de mil distintas
maneras. La armonía que reside en las proporciones exquisitas de las líneas y las masas
refléjase en el espíritu. La reiteración de motivos nos reposa. Las maravillas del
dibujo incitan la imaginación. En la simple belleza de los materiales empleados hay ya
latentes elementos de cultura. Pero no es esto todo. Gracias a su repudio deliberado de la
Naturaleza como ideal estético, así como de los métodos imitativos del pintor
corriente, el arte abstracto [Wilde emplea la palabra decorativo], no sólo
prepara el alma a la recepción de las verdaderas obras imaginativas, sino que desarrolla
en ella ese sentido de la forma que es la base tanto de la obra de creación como de la
obra crítica". Hasta aquí Oscar Wilde. Hay que confesar que es verdaderamente
sorprendente encontrar bajo la pluma de un escritor del siglo pasado, que tiene la
reputación de ser el padre del esteticismo finisecular (con todo su mal gusto), no sólo
el deseo claramente expresado de un arte simplificado y reducido a sus principales
elementos como lo es el cubismo sino la definición de la pintura abstracta,
como pocas veces se ha logrado en la actualidad.
El arte
abstracto ha tenido últimamente en Bogotá tres manifestaciones (hablamos de los artistas
residentes en el país). O, más bien, ha podido observarse a través de tres
temperamentos. Ya al final del año pasado el joven pintor pamplonés Eduardo Ramírez
Villamizar, recientemente llegado de Francia, ha presentado en la Biblioteca Nacional,
junto con el ceramista Alberto Arboleda, un conjunto de cuadros que produjeron sorpresa,
pero también entusiasmo en los círculos artísticos. Posteriormente, ese mismo artista
participó en dos exposiciones colectivas una en El Callejón y otra, actualmente
abierta, en la Galería Buchholz, en las cuales definió más los propósitos que guían
su arte, así como sus insignes dotes de pintor. Al lado suyo, Marco Ospina, quien desde
años ha se está dedicando a las búsquedas en el campo del arte abstracto, presentó
algunos trabajos. Y en la misma Galería Buchholz, el abstraccionista alemán,
últimamente radicado en el país, Hans Trier demostró el vigor de su talento a través
de obras de diversa inspiración y de nivel desigual.
EDUARDO
RAMIREZ - PINTURA ABSTRACTA - 16 DE JULIO DE 1953
Decíamos en
nuestra charla anterior que una de las modalidades de arte que más han interesado al
público y, podría decirse, han logrado cartas de naturalización en el país en el
último año, era el arte abstracto. Ese arte del cual un gran crítico del siglo pasado
decía, en un arranque profético, que "de todas nuestras artes visibles es la única
que crea en nosotros lo mismo el estado de alma que un temperamento", ha llegado a
imponerse en nuestro medio, o, por lo menos a despertar curiosidades y provocar
discusiones. Y ello se debe principalmente al esfuerzo de un solo pintor, quien, recién
llegado de París, ha consagrado conscientemente sus esfuerzos a la realización de una
obra cuya significación reside precisamente en la falta de significado. De significado
anecdótico, se entiende. Porque los cuadros de Ramírez Villamizar pueden ostentar
nombres tales como Pájaros en el cielo o Los ciegos, pero lo cierto es que su sentido hay
que buscarlo en factores distintos de la representación, aún estilizada, de los objetos
conocidos.
Pero antes
de hablar de su arte, recordemos la definición que en pocas frases ha logrado
anticipadamente del arte abstracto Oscar Wilde en su "Crítico como artista".
"El color solo dice el insigne ensayista, no echado a perder por ninguna
significación, ni aliado a ninguna forma definida, puede hablar al alma de mil distintas
maneras. La armonía que reside en las proporciones exquisitas de las líneas y las masas
reflejadas en el espíritu. La reiteración de motivos nos reposa. Las maravillas del
dibujo incitan la imaginación. En la simple belleza de los materiales empleados hay ya
latentes elementos de cultura. Pero no es esto todo. Gracias a su repudio deliberado de la
Naturaleza como ideal estético, así como de los métodos imitativos del pintor
corriente, el arte abstracto [Wilde emplea la palabra decorativo], no sólo prepara el
alma a la recepción de las verdaderas obras imaginativas, sino que desarrolla en ella ese
sentido de la forma que es la base tanto de la obra de creación como de la obra
crítica".
He aquí
enumeradas las principales razones del encanto irrazonado que la pintura desprovista de su
objeto ejerce sobre nosotros y que se asemeja al influjo que poseen sobre nuestra alma los
sonidos, desprovistos del sentido preciso, de la música o las líneas y las proporciones
abstractas de la arquitectura. Que sea éste el objeto exclusivo de la pintura, es ya
harina de otro costal y puede suministrar materia para infinitas discusiones.
Pero sea
como fuere, el hecho es que la pintura abstracta comienza hoy a llegar al entendimiento
del público y es indudable que corresponde, por razones que sería largo enumerar y no
todas ellas positivas, a una de las necesidades espirituales de nuestro tiempo.
El mérito
de Ramírez Villamizar, fuera del valor intrínseco de su obra, habrá sido el haber
introducido e impuesto casi a la fuerza esta nueva visión pictórica, obligando primero a
los críticos y luego al público aficionado a revisar sus conceptos y vibrar al llamado
de una nueva forma de belleza. No sin oposición, desde luego, no sólo por parte de
aquellos que repudian cada nueva forma de arte como prueba de decadencia, sino también de
los verdaderos amantes de la pintura, pero cuyos hábitos profundos se ven contrariados
por ese arte voluntariamente desnudo y ascético.
Hay que
añadir, sin embargo, que la importancia de la pintura de Eduardo Ramírez en el panorama
de la plástica nacional se hacía patente ya antes de su prolongado viaje por Europa, y
que las exposiciones por él organizadas en años anteriores se contaban entre las más
interesantes y promisorias que fuera dable ver en aquel tiempo. En estos programas nos
ocupamos de ellas abundantemente. Para los partidarios de la pintura del joven artista
nortesantandereano, la nueva fisonomía que había tomado su arte provocó primero cierta
desilusión, apareciendo como un retroceso en su formación de artista. Y es cierto que en
ella desaparecían valores ya adquiridos en su pintura, como la expresiva armonía tonal,
la composición a la vez dramática y cerrada, así como cierto simbolismo que parecía
darle una dimensión adicional a su creación plástica. Todo aquello desapareció en la
revolución experimentada por el artista, dando lugar a unas superficies planas, sin luz
ni sombra, sin relieve tridimensional, sin perspectiva ni trazas visibles del pincel. Una
pintura lisa, cuyo todo valor residía en la composición, en la distribución de las
líneas y planos, sin apoyo en realidad ninguna distinta de la esencia misma de la
pintura. Hay que confesar que había aquí lugar bastante para el desconcierto.
Eduardo
Ramírez Villamizar realizó, después de su regreso, tres exposiciones. La primera, en
diciembre del año pasado, en la Biblioteca Nacional, en compañía del joven ceramista
Alberto Arboleda. La segunda, en mayo de este año, en la galería El Callejón, en donde
sus obras se exhibían al lado de las de Enrique Grau Araújo, el mismo Arboleda,
Guillermo Wiedemann, Oswaldo Guayasamín y Georges Braque. Y, por fin, la que presenta
actualmente la Galería Buchholz, de esta ciudad, en donde exhibe junto a Marco Ospina,
Henry B. Rasmussen y Guillermo Silva Santamaría. Entre los ocho trabajos que expone allí
Ramírez, cuatro son de gran significación. Pues algunos otros, como, por ejemplo, el
titulado Eclipse, resultan quizá demasiado esquemáticos, convirtiéndose como es
el caso de ese cuadro en fáciles alegorías geométricas. Las composiciones grandes
carecen un tanto de unidad y ofrecen cierto carácter decorativo. Pero cuatro de ellas,
como son Cáliz, Naturaleza muerta y las Composiciones Nos. 7 y 9 del catálogo, son obras
maduras, en donde el pensamiento plástico ha sido realizado plenamente y con vigor. El
número 8 constituye una bella naturaleza muerta, lograda dentro de la economía más
estricta de los elementos formales, puesto que la figura de luna creciente, reiteradamente
reproducida, adquiere aquí un sentido distinto según la posición en la cual se halla y
no produce monotonía alguna. Al contrario, en su simplicidad convence y sugestiona, al
par de las figuras, menos abstractas, pero de armonía interior indiscutible, de Georges
Braque.
La
Composición No. 7 es un hermoso conjunto plástico con netas influencias cubistas, pero
que se distingue de las obras de este estilo por su carácter dinámico. La delicada
sugerencia del movimiento que producen las figuras geométricas en el centro del cuadro se
logra allí y en ello reside el valor de la composición sin romper en lo
mínimo el equilibrio de los volúmenes plásticos, conseguido gracias a la forma misma de
las figuras representadas, así como a la discreción, firmeza y alegría del color, que
capta y atrae nuestra atención, sincronizando las formas movedizas del cuadro.
Pero el
logro de mayor significación de Eduardo Ramírez en ésta su última exposición, lo
constituye quizá la composición distinguida por el No. 7 en el catálogo. Este trabajo
se caracteriza por una estructura plástica realmente superior, tanto en lo relativo a los
elementos formales del cuadro, como en lo referente a los colores, profundos, sosegados,
que sugieren y aún imponen una idea de reposo, de serenidad, de quietud, idea
que se convierte casi en una sensación corporal, obscura pero invencible, y domina
misteriosamente al espectador. La graduación sabia de la intensidad de los tonos, que
reemplaza aquí los efectos diversos de la luz, crea en el cuadro un claroscuro sui
géneris, indirecto y como sugerido, pero que actúa no menos certeramente sobre nuestra
sensibilidad. Esta Composición de Ramírez Villamizar es una prueba soberana del poderío
del equilibrio plástico sobre nuestra retina y nuestra alma, constituyendo no sólo una
prueba fehaciente del talento de su autor, sino la justificación definitiva de la
estética por él escogida.
RAMIREZ
VILLAMIZAR 50
Bogotá se
está transformando y adquiriendo una nueva vida. La vieja Santafé se nos queda entre las
miradas, no menos que la capital un tanto provinciana aún de ayer. Adoptando
toda clase de adelantos nuevos. "Por sobre las cordilleras dice el escritor
colombiano José Antonio Osorio Lizarazo vino la civilización y enfiló la ciudad.
Y nosotros no nos hemos dado cuenta de ello. Caen los edificios, y sin que nos importe que
cada casona destruida se lleve consigo un recuerdo perfecto, seguimos pasando frente a las
ruinas (ya lo ha dicho Baudelaire: 'la forma de una urbe cambia, ¡ay!, más velozmente
que el corazón de un humano'), frente a la actividad reconstructora, frente a los nuevos
murales de cemento y, finalmente, a un gran edificio de imponente arquitectura. Y, de esta
suerte, poco a poco la ciudad se transforma y se moderniza. Pero nosotros no tenemos
conciencia de ello. Lo estamos viviendo: lo contemplamos a cada momento. La reforma se nos
entra paulatinamente por los ojos y embota nuestra sensibilidad. Porque nosotros no hemos
sentido este progreso formidable dentro del cual vivimos y que ha llegado por etapas, de
tal suerte que nos hemos ido acostumbrando a cada uno de los movimientos progresivos de la
ciudad, los cuales se producen en un encadenamiento lógico en el que todo engrana y es
estrictamente consecuencial y por eso lo miramos con indiferencia y nos servimos de él
con naturalidad".
Estas
palabras del distinguido novelista y excelente observador de la vida bogotana podrían
casi servir de epígrafe a las consideraciones que estamos en obligación de hacer hoy y
que se refieren a las últimas exposiciones realizadas en la capital. Porque el público
tal vez no se ha dado cuenta de un hecho muy importante: que Bogotá se ha transformado en
una ciudad de arte en donde en todo tiempo puede contemplarse una exposición de muy
acertado nivel artístico. Ya pasaron al olvido aquellos tiempos en los que sólo muy de
vez en cuando se verificaba una exhibición de orden plástico, de nivel muchas veces
discutible, durante los cuales había que esperar meses antes de su repetición. Tampoco
quedan en el recuerdo esos tiempos, infinitamente más cercanos, en los que se han
iniciado las exhibiciones regulares de las obras de arte (y la dirección de la Biblioteca
Nacional ha tenido en este resultado un mérito indiscutible), empero ¡cuán desigual
nivel, mezcladas de cuánto provincionalismo y otros empeños de aficionados, de cuánta
modalidad pasajera, influidas por qué cantidad de reminiscencias y modas puramente
literarias, que convertían más de una exposición en un vasto receptáculo de ilustradas
anécdotas!
¡Qué
cambio tan profundo, el acontecido en los últimos días! Ahora Bogotá no cesa de
presenciar en cada sazón a lo menos una exposición de alta calidad y, sobre todo, de
índole verdaderamente pictórica o plástica, no entremezclada con un afín ilustrativo o
sentimental, o con la tendencia a la falsa gracia, o a un decorativismo desabrido. No
sabemos si el público culto se ha percatado verdaderamente del cambio: como lo hace
constar Osorio Lizarazo, no tenemos conciencia de las modificaciones que estamos viviendo
de manera cotidiana, que se presentan perpetuamente ante nuestros ojos. Pero el encargado
de este programa, fundado en alguna experiencia de los medios y de los eventos
extranjeros, puede asegurar al oyente colombiano que la serie de las exhibiciones
realizadas en la ciudad en estos últimos tiempos, casi sin interrupción, podría
presentarse sin rubor en cualquier capital del mundo. Exposiciones tales como las de
Alejandro Obregón, Guillermo Wiedemann, Miguel Antonio Rodríguez y Eduardo Ramírez
Villamizar podrían enorgullecer a cualquier medio en el que se exhibieran, hablando
altamente de su posibilidad de creación. Sin olvidar que, aparte de estas exposiciones
temporales, Bogotá posee varias colecciones permanentes de ingente interés estético
y no mencionamos, por ser obvio, su valor científico como lo son los Museos
Etnográfico y Arqueológico en el antiguo Panóptico, muy visitados por los turistas, y
el Museo del Oro, que constituye una de las atracciones más portentosas para el viajero.
Todo eso,
fuera, naturalmente, de las innumerables exposiciones de carácter menos elevado, pero no
menos características para el hecho del desarrollo de las artes plásticas en Colombia y,
más aún, del interés que despiertan entre el público aficionado, hablan altamente de
una transformación que, por invisible y gradual, no menos posee un carácter
trascendental, como signo de la evolución cultural del país, y constituyen una prueba
palpable de su progreso.
Nuestros
oyentes conocen ya la opinión que nos ha valido el arte fuerte y renovador del primero de
los mencionados artistas; una entrañable amistad personal sólo nos ha impedido dedicar
una audición a la obra del segundo; en cambio, en un análisis detallado hemos examinado
la obra plástica a la vez que documental de Miguel Antonio Rodríguez y, en una
introducción para la exposición de las pinturas de Eduardo Ramírez, hemos delineado la
dirección que a nuestro parecer conduce a su arte fecundo y atrevido.
Por ahora,
queremos destacar algunos de sus envíos nuevos presentados en su última exposición,
así como las adquisiciones con las que ha enriquecido su pincel y su dibujo, dándoles un
nuevo valor y haciendo un esfuerzo máximo en busca de una forma más sosegada.
Los escuchas
de la Radiodifusora Nacional recordarán, tal vez, todavía el examen que hicimos con
ocasión de la exposición anterior de Eduardo Ramírez Villamizar, acontecida hace un
año y medio. Como la exposición actual contiene varias obras pertenecientes a la
anterior, y como éstas forman la primera manera del artista, repetiremos algunos de
nuestros conceptos de aquel entonces. Decíamos en esa oportunidad:
AQUÍ
VARIOS EXTRACTOS DE LA AUDICION DE 11 DE JULIO DE 1949
No nos hemos
equivocado en nuestras apreciaciones. Eduardo Ramírez ha sabido evitar las tentaciones
que se ocultaban para él en su desorbitada visión y en su propia facilidad. Más aún:
reaccionó vigorosamente contra todas las incitaciones de su mano y de su espíritu,
contradiciendo su primer concepto y buscando en la composición lineal un contrapeso para
los excesos anteriores de la espátula y del pincel. El resultado se traduce para nosotros
en una serie de cuadros en los que el elemento formal prevalece sobre el factor color o
busca una difícil armonía, sin abdicar nada de su riqueza tonal. El cuadro más
característico de esta nueva manera es Mujer frente al mar, composición de gran belleza
formal, de tranquila repartición de las masas y de los tintes, de gran fineza cromática,
subrayada aún por el material empleado, que es la madera, y sólo disminuida quizá por
una preocupación un tanto decorativa, por un ritmo que de manera demasiado ostensible une
todas estas curvas armoniosas entre el cuerpo desnudo, el pescado y el mar. De modo que su
fragmento más verdaderamente pictórico, sin añadiduras decorativistas, nos parece que
está constituido por la luna encubierta del ángulo derecho, de gran fuerza de
expresividad. Más no nos puede extrañar ese exceso en un converso que, además, no
sustrae nada al esfuerzo magnífico del artista, que siguen siendo como lo ha
demostrado en sus acuarelas, parte seguramente más indiscutible de su producción
los ingentes y perdurables dotes de pintor, que hacen de él uno de los artistas más
prometedores y de mayor personalidad dentro de la joven generación colombiana.
En nuestra
audición de hoy hubiéramos debido normalmente ocuparnos de la magnífica exposición
fotográfica de motivos coloniales que en la galería izquierda de la tercera planta del
Museo Nacional presenta el arquitecto Miguel Antonio Rodríguez. Desgraciadamente, una
indisposición pasajera no nos ha permitido volver a contemplar esta maravillosa
colección de imágenes y no hemos querido hablar de ella basados en la sola impresión
del día de inauguración. Por lo cual posponemos para la semana entrante su examen,
advirtiendo al público que se trata ahí de una espléndida manifestación de
sensibilidad y de arte colombianos, y una de las más importantes que puedan contemplarse
en la actualidad en la capital de la república. Todas las personas cultas, tanto los
partidarios de esta técnica modernísima que constituye el arte del lente y de la
cámara, como los aficionados al pasado que revive en los testimonios gráficos del
artista-viajero, no pueden dispensarse de contemplar esta "epopeya de piedra",
como la ha llamado el poeta Eduardo Carranza, tan perfecta y plásticamente captada por el
verdadero pintor que es Miguel Antonio Rodríguez.
En nuestro
programa de hoy reproduciremos, pues, la alocución inaugural que el encargado de este
programa tuvo el honor de pronunciar en la apertura de la exposición del joven pintor
nortesantandereano Eduardo Ramírez Villamizar. Un discurso no es un examen crítico y no
se refiere a las obras, ni a su valor particular. Lo único que desea es situar y
explicar, dentro del desarrollo general del arte nacional, el nacimiento de una pintura
que para muchos se presenta como difícil y un tanto sorpresiva y que contiene, sin
embargo, virtudes indiscutibles.
PRESENTACION
DE LA EXPOSICION DE EDUARDO RAMIREZ VILLAMIZAR (11 DE JULIO DE 1949)
Querer
presentar al público a un artista tiene siempre algo de inútil, no desprovisto de
pedantería. Pues equivale a traducir en palabras un conjunto de emociones que sólo la
contemplación directa, individual y sensible puede suscitar en todo su significado
profundo, en sus prolongaciones de inagotables riquezas. Anticipar para los espectadores
esta presencia, es querer definir lo inevocable, lo que no tiene nombre todavía por no
haberse producido, es circunscribir a lo lisamente lógico, analizable y cognoscible esta
correspondencia única, insustituible y personal que representa para todos la conmoción
artística. De aquí que lo único que pueda pretender el prologuista es realzar la labor
progresiva y ascendente del pintor, situar y como asentar en la realidad física e
histórica su esfuerzo y tratar de disipar algunos malentendidos que acerca de su obra
como sucede siempre para la obra de cada artista verdadero hayan podido
preformarse.
El arte de
Eduardo Ramírez Villamizar, como todo lo verdaderamente nuevo, original y vigoroso,
sorprende por más de un lado, intimida y asusta en particular a todos aquellos cuyas
retinas están acostumbradas a percibir unos rasgos inmediatos de la realidad ambiente, o
recostarse en la molicie de su ejecución intermedia, lograda con un mínimo de derroche
de la materia pictórica, a base de dibujo vacilante y de tonalidades delgadas; a todos
quienes buscan afanosamente bajo lo plástico lo reproducido; o cuyo único deseo es
encontrar en lo representado algo "lindo", con la absoluta prescindencia y aun
el terror de percibir en ello todo lo hirientemente bello, lo mortalmente hermoso.
Eduardo
Ramírez no les facilita la tarea, pues sólo les suministra unos encuentros de formas
perfectas o conglomerados que le dan escape a la violencia reconcentrada de su deseo y de
su temor.
Mas ya es
tiempo de señalar la génesis de aquella pintura e indicar lo que la hace explicable,
benéfica y necesaria dentro de la historia del arte colombiano. Pintura tímida y
reducida en sus designios, tal podría llamarse en parte la modalidad pictórica que
prevalecía en Colombia hasta finalizar el siglo XIX, pintura de escasas ambiciones, de
ninguna independencia, de fisonomía prestada o irresoluta, de expresión técnica
provista de falsas perfecciones, diminuta y pálida. Los pintores de aquellos tiempos,
muchos entre los cuales de indiscutible talento, honestos e ilustrados, con varios años
de estudios en Europa y no poca sensibilidad personal, apenas, sin embargo, si merecían
el título de nacionales por su absoluto distanciamiento de las realidades patrias y, más
especialmente, del peculiar modo de sentir, de experimentar la vida, de llevar el fardo de
su existencia, entre la mayor parte de sus conciudadanos; y sólo con alguna reserva el
nombre de verdaderos pintores, por el escaso acento personal que demostraban sus obras y
por la timidez que atestiguaban en el uso de los medios que Dios les había concedido,
entre los cuales los más importantes son el dibujo ordenador y la decisión de los
colores. Tan sólo una excepción importante debe hacerse aquí en provecho de un pintor
de ingente talento, colorista ilustre y cuyas obras merecen ser colocadas al lado de las
de todos los buenos pintores del mismo tiempo (y recordemos que el término de
"bueno" se aplica en Francia, por ejemplo, a todo pintor verdadero, original y
honesto, y viene inmediatamente después de "grande" o "genial"), en
todos los museos del mundo. Pero Andrés de Santamaría pues a él nos estamos
refiriendo, cuyas obras han podido contemplar ustedes aquí mismo en una reciente
exhibición permaneció harto desconocido en su propia tierra y tuvo que radicarse
definitivamente en el extranjero para dar cabida a sus aspiraciones y exteriorizar su
inmenso talento. Sus enseñanzas, su riqueza tonal, su pericia técnica sin influencia en
su medio natal y muy curiosamente fueron sus amigos y discípulos los que más las
desconocierony sólo en la actualidad la juventud colombiana ha descubierto con
asombro a este prodigioso talento y ha aprovechado su ejemplo, tal la herencia de un
pródigo abuelo, para conquistar la profusión de su colorido y la audacia de su empleo
manual.
La pintura
nacional prosiguió, pues, desarrollándose por algún tiempo y, salvo honrosas
excepciones, en un plan de reducidas ambiciones, tanto en lo referente a su temática
es decir, al profundo descubrimiento que la escogencia de un tema presupone
como en lo más especialmente técnico, en donde prevalecían la imitación, a veces a
base de una ejecución honrada, la estricta observancia de algunos preceptos sin mayor
vigencia y el empleo, temeroso en exceso, del factor colorístico.
Hasta que
sobrevino una generación nueva, a la que no sería injusto aplicar el nombre de
"Libertadores". Impelidos por una necesidad de expresión más auténtica, de
traducción artística de lo suyo propio, sea bajo su forma actual o la de su
prefiguración mítica ayudados en su empeño por el gran ejemplo de los pintores
mexicanos y, más aún, por el incontenible despertar de una vida autóctona de los
pueblos de la América Latina, Luis Alberto Acuña, Pedro Nel Gómez e Ignacio Gómez
Jaramillo sentaron para los colombianos las bases de un arte nacional, auténtico por sus
intenciones, purificado en su forma, personal y general al mismo tiempo, original y
americano, y que por su expresión alcanzaba a los esfuerzos similares en el resto del
continente. Estos tres pintores, cuyo mérito frente al naciente arte nacional jamás
podrá ser ponderado lo bastante, no podían, sin embargo, ejecutarlo todo, efectuar
integralmente el trabajo, cumplir con todas las exigencias de su tan compleja tarea.
Buscaron y encontraron lo ingénito y desecharon todas estas formas adicionales bajo las
cuales solía ocultarse su esencia. Su esfuerzo fue, pues, a la vez el aliciente y la
depuración en la forma, sobre todo si por ella se entiende la simplificación lineal y
compositiva. No han podido desarrollar en el mismo grado el elemento del color ni las
posibilidades que el trabajo, en la misma pasta espesa y voluptuosa, presenta al artista.
No queremos decir por ello que el color no desempeñe en su obra un papel importante: lo
único que a este propósito debe afirmarse es que la forma, su estructuración, su
simplificación ha sido su cuidado primordial. Así como su mérito más indiscutible.
Y luego, sus
sucesores se dividieron la tarea. Ya nadie se creía con bastantes fuerzas para
enfrentarse a la totalidad del problema. Unos, y entre ellos el notable muralista Alipio
Jaramillo, prosiguieron el esfuerzo del acercamiento a lo terrenal. Otros y
particularmente los antioqueños buscaban la ampliación del estilo a través de las
superficies simplificadas. Otros aún se quedaron con la expresión.
Mas el
trabajo del artista no es de sola poda, de selección y de buen gusto; no radica tampoco
únicamente en la involucración en el arte de los valores más profundamente nacionales.
De ahí que al lado de los artistas anteriormente mencionados veamos otros, cuya
preocupación, aparentemente menos vinculada con las necesidades sociales y con los
adelantos de las formas estilísticas, radica más bien en la elaboración de una
personalidad propia y en la máxima búsqueda de los valores plásticos, desprendidos, y
casi podría decirse independientes, de todas las demás inquietudes. El cuidado principal
de tales creadores es la representación apropiada de la realidad plasmada siempre dentro
de un conjunto arquitectónico, formado de figuras, de líneas y de colores y su
estructuración definitiva, en vista de un efecto de naturaleza puramente estética. Solo
adjetivamente se preocupan por las exigencias de la psicología, menos por la traducción
inmediata del objeto representado; todo lo supeditan a la construcción de la obra,
advirtiendo en ella un monumento trascendente, que por su mera existencia confiere una
explicación y un sentido más alto a las realidades. De allí sus deformaciones formales,
sus atrevimientos colorísticos, su arbitrariedad aparente, sometidas siempre al servicio
de un orden superior.
Eduardo
Ramírez Villamizar es, al lado de Alejandro Obregón, el representante más notable de
esta tendencia en Colombia y, quizá, su realizador más brillante entre sus compañeros
de generación. En él prevalece el entusiasmo por la pintura considerada como un valor
aparte, distinto y superior a la representación puntual, o aun interpretada, del objeto
natural. Que en su primera manera (prescindiendo de los ensayos que hiciera poco después
de iniciar su carrera), cuyos varios ejemplos podrán ustedes contemplar en esta
exposición, se traduce primordialmente por el empleo enérgico de los colores, por la
audacia, el vigor, el deleite en usar esta materia prima de la pintura: los colores. A
grandes brochazos, a fuertes golpes de espátula, dibuja Eduardo Ramírez sus figuras, o
más bien las recrea, las hace surgir de la nada, un poco afiebradas y jadeantes por el
ímpetu creador. Aquellas formas violentas que se bañan en luces contradictorias poseen,
empero, todavía el cuidado de simbolizar algo más que su propia existencia pictórica:
desean expresar el espanto del mundo. De ahí el hinchamiento de tales miembros de algunas
de sus figuras, de ahí sus gestos aterrorizados, sus posturas expresionistas. Que, sin
embargo, encuentran con frecuencia su equilibrio, en composiciones tan líricas y
musicales, como el ángel flautista o la acuarela Arlequín, obras de la más pura
inspiración pictórica.
Mas, en sus
más recientes cuadros, Ramírez Villamizar abandona todas las facilidades que se
derivaban para él de sus violencias temáticas y tonales. En sus últimas composiciones
prevalece indudablemente la preocupación por el equilibrio formal, por la nitidez de las
formas, por la claridad de la composición. Ya nada viene a interferir el esfuerzo del
artista. Ni el dramatismo del concepto, ni la impetuosidad de la ejecución. Lo plástico,
nada más. Que, sin embargo, lo conduce, en su última consecuencia, a un nuevo
descubrimiento del universo.
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Pintura
No. 1, 1958, óleo (Diapoteca de la BLAA, DA58718)
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Y no
es, de ninguna manera, un azar que, al lado de estas composiciones tan sabias y tan
conscientemente trabajadas, de estas obras en las cuales lo lúcido debe servir a la
revelación de lo escondido, Ramírez Villamizar presente una colección de máscaras de
papel, bajo una capa de pintura. Pues las máscaras desempeñan en la vida un papel doble.
Pueden ocultar, o aún simular, los sentimientos humanos, servir de disfraces a los
rostros, cuya poca expresividad o el disimulo hacen precisa su adopción. En este caso no
son más que juguetes de carnaval, vanos adornos que fingen lo inalcanzable. Pero hay
otras máscaras, como las máscaras del oriente o las del antiguo teatro griego, que no
encubren sino prefiguran y realzan todas las fundamentales angustias del hombre. Y, en
este sentido, la máscara, de antifaz ligero y transitorio, se convierte en el símbolo
más profundo, más completo y duradero de toda la condición humana, en la figura
monumental del sufrimiento y de la alegría, del terror y de la paz.
Hay
distintas máscaras entre las ejecutadas por Ramírez Villamizar, y entre ellas algunas
dramáticas y expresivas. Podría decirse que estas corresponden a la primera fase de su
creación y que traducen las pasiones obsesionantes de su vida. Mas en otras, como en la
última producción del pintor, sólo se advierte un interés insustituible por descifrar
la fisonomía humana y por clarificarla, fijándola dentro de algunos de sus rasgos
elementales, para captar su secreto. Que transfigurado en una forma sintética y calmada
debe conducirnos, como ha conducido al artista, a reconocer bajo sus formas múltiples y
pasajeras el rostro imperturbable de la belleza.
DíAS
ANTES DEL 9 DE ABRIL EXPOSICIÓN CONJUNTA CON ÉDGAR NEGRET EN LA SOCIEDAD DE
INGENIEROS (MARZO DE 1948)
Algunos
días antes de inaugurarse la IX Conferencia Panamericana, se abrió en Bogotá una de las
exposiciones más interesantes que hayamos contemplado en los últimos tiempos. Se trata
de la exposición de pintura y escultura que, en el Salón de la Sociedad de Ingenieros,
presentan dos de los más destacados talentos jóvenes de Colombia: Eduardo Ramírez
Villamizar y Edgar Negret. El país conoce ya los nombres de estos dos jóvenes artistas,
cuyas exposiciones llamaron sobre ellos la atención del público culto. No faltaron
tampoco discusiones acerca de la obra atrevida que ambos están realizando; acerca de su
aspecto netamente podría casi decirse atrevidamente modernista, acerca de su
sentido y alcance.
Lo que más
caracteriza a estas dos individualidades artísticas es el hecho de que ambas hayan salido
ya del período de la experimentación así como su personalidad perfectamente definida,
la técnica al servicio del propósito artístico, la riqueza de los medios plásticos y
la fuerte voluntad de no pisar caminos recorridos. Difícilmente puede hallarse en
Colombia una obra de originalidad más definida, dentro de las corrientes locales, y que
rompa más decididamente con todas las huellas del pasado.
Sin embargo,
no fue siempre así. En las obras de Eduardo Ramírez que tuvimos la oportunidad de
contemplar en el famoso Salón de los Artistas Jóvenes, organizado hace un año
aproximadamente, en Bogotá (¡momento crucial de la historia de las artes plásticas en
Colombia!), pudimos notar todavía muchos elementos tradicionales, principalmente
tratándose del dibujo, de la distribución de las manchas de color y de la composición
que frecuentemente se hallaba bajo la influencia de los principios y de los recuerdos
clasicisantes. Desde luego, ya en ese entonces, la obra de Ramírez Villamizar se
destacaba por su originalidad, por el vigor en el tratamiento de los planos
perspectívicos y la facilidad del dibujo, característica de un verdadero artista.
Ahora, en su
salón particular, realizado en conjunto con Negret, Ramírez expone 14 lienzos. Dan todos
ellos prueba de una técnica vigorosa, bien acordada a la visión que la gobierna. Los
coloridos, en mezcla violenta y abigarrada, sugieren, sin embargo, la emoción del
artista, no sin formar de manera un poco paradójica y descomunal conjuntos de
fuerte composición. Las manchas coloreantes sirven aquí de elementos de transmisión
poética, introduciéndonos dentro de un mundo de gran violencia formal, supeditada, sin
embargo, al designio plástico.
Una de las
mejores realizaciones del artista nos parece que es el Jarrón de flores (No. 12 de la
exposición), de bello y vigoroso colorido y de clara composición, a pesar de algunos
elementos decorativos. Una gran audacia en el tratamiento del tema se divisa en el
Descendimiento (No. 8), menguada, sin embargo, en su efecto por la composición un tanto
fácil y teatral. En el Arlequín (No. 14) percibimos sin dificultad la influencia del
gran pintor francés Rouault. La misma técnica, procedente de la pintura sobre vidrio,
los mismos contornos negros (y que obedecían antaño a la necesidad de enmarcar en plomo
los fragmentos de los vitrales), el mismo dibujo simplificado. Y, sin embargo, encontramos
en este cuadro unas tonalidades de gran hermosura y un magnífico sentido de composición.
La poesía, lo que más difícilmente se expresa mediante los lienzos pintados, se
desprende de este cuadro de dimensiones reducidas y nos transporta al verdadero dominio
del arte. En donde cada género se supera a sí mismo para entrar de lleno en el terreno
de la gran emoción inexpresada.
A este logro
artístico se opone penosamente el No. 7 (cuadro denominado La madre), en el cual la misma
técnica de vitral sólo alcanza a asegurarle un aire decadente, "fin del
siglo", "prerrafaelista", con todo lo que estos términos presuponen de
artificio y efectismo exteriores. Aquí reside uno de los peligros para nuestro pintor: el
querer expresar por medio de su pintura más de lo que sintiera el artista.
Buenos los
dos cuadros marcados por los números 3 y 9. Pero la mejor obra del pintor es, sin
contestación, el ángel flautista, que figura en el catálogo bajo el No. 11. Fuertemente
estructurada esta obra tiene lo particular de que en ella el momento anecdótico (o
social, como suele decirse en la pintura vanguardista) sólo forma un fragmento del
conjunto, supeditado y ordenado por las necesidades de la expresión pictórica, de la
composición y de la inspiración interior del artista, que parece haber hallado en esta
obra el equilibrio entre todas sus facultades. Ni la brutalidad de la factura, ni las
masas robustas, ni el contorno fuerte y el violento colorido, disminuyen aquí en nada la
composición bella y verídica, con su luz y su claroscuro (sobre todo el tono blanco del
traje del ángel, en su oposición a la oscuridad del fondo), contribuyendo, por el
contrario, todos estos elementos a formar una obra unida, un conjunto de armonía
perfecta. Única, tal vez, en toda la exposición, esta obra prueba las posibilidades de
Ramírez Villamizar para superar sus propias tentaciones: la verbosidad fácil y el efecto
exterior augurando para el artista un período de superación, en el cual se unirán todos
los elementos todavía separados de su obra, por cuyo medio alcanzará un equilibrio
superior, que en nada mermará su fuerza actual. Si Eduardo Ramírez evita algunas
vaguedades en su diseño, unos deslizamientos voluntarios de sus colores, unos
alargamientos puramente literarios de las formas y todo lo que obedece (como, verbigracia,
en el cuadro No. 12, Paisaje lunar, donde se nota además un eco del expresionismo
alemán, llegado Dios sabe por qué camino) a un afán literario, más que a una necesidad
genuina de su pintura, llegará a donde lo está llamando su destino: al puesto de uno de
los mejores pintores colombianos.
Horizontal verde azul, 1958
Óleo sobre tela
Colección permanente, Banco de la República
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1
Ensayo escrito con destino a la revista Vínculo Shell y transmitido por la Radiodifusora
Nacional en las fechas del 18 y 24 de junio de 1956.
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