Boletín Cultural y Bibliográfico. Número 37 . Volumen XXXI - 1994 - editado en 1996
 

Todo el mundo está armado


El oficio de la guerra (La seguridad nacional en Colombia)
Francisco Leal Buitrago
Editorial Instituto de Estudios Políticos y Relaciones Internacionales, Universidad Nacional-Tercer Mundo, Santafé de Bogotá, 1994, 278 págs.


El reciente libro de Francisco Leal, sobre la seguridad nacional, surge en un momento en que el debate sobre el tema está en primer plano del contexto internacional. En efecto, los cambios recientes en el panorama mundial han debilitado los esquemas tradicionales sobre la seguridad y han hecho necesaria la discusión al respecto, fundamentalmente por la necesidad de redefinir el concepto, a la luz de las nuevas realidades mundiales. Colombia, está a la zaga de esa discusión. En efecto, en Colombia el problema de la seguridad se ha dejado tradicionalmente en manos de los militares, y no resulta fácil adentrarse en un terreno considerado (por civiles y militares) del ámbito militar. De ahí la importancia de acercarse al estudio de un tema —bastante desconocido en el ámbito civil— y que sin embargo exige, en la actualidad, nuevas concepciones y redefiniciones, así como la participación activa de la sociedad civil en la discusión de estos asuntos.

El trabajo de Leal apunta —a través de un análisis histórico del caso colombiano— a esclarecer los aspectos fundamentales en torno a los cuales ha girado el concepto de seguridad en el país, tanto desde el punto de vista teórico (su matriz ideológica, los conceptos, los presupuestos, las formulaciones) como desde el punto de vista de su aplicación. Partiendo de una obligada referencia a América Latina, en razón de la pertenencia de Colombia al conjunto subregional, y terminando con otra referencia pertinente al nuevo contexto mundial, su análisis va a centrarse en el caso colombiano, fundamentalmente en la segunda mitad de este siglo, período que se corresponde con el auge y consolidación de la seguridad nacional. Para ello entra a analizar la cuestión militar desde los comienzos del Frente Nacional (1958) hasta finales del gobierno de Gaviria (1993), dando cuenta, a través de un minucioso análisis de los hechos más relevantes relacionados con el orden público, de la evolución histórica que ha tenido la seguridad nacional en Colombia.

La seguridad nacional ha dejado de ser solamente la del Estado, como se conoció y se concibió durante el período de la guerra fría, para adentrarse en otros ámbitos de la vida social. Son esos nuevos ámbitos de la seguridad: problemas estratégicos no necesariamente militares (seguridad ciudadana, medio ambiente, narcotráfico, corrupción, miseria) los que exigen claridad sobre lo que es la seguridad nacional y su diferenciación con la defensa. A hacer claridad al respecto está dedicado el libro.

La seguridad nacional ha sido identificada con la seguridad del Estado frente al peligro que representan otros estados. El efecto más grave de esta concepción es la subordinación de la sociedad civil al Estado, toda vez que lo que determinaba la concepción de seguridad (lo que convenía o no a la sociedad) estaba mediado por los supuestos o reales peligros de éste. Otro efecto, igualmente grave, ha sido la militarización de la política que ha marcado la pauta en las relaciones internacionales durante los últimos cincuenta años. En América Latina esta concepción sustentó los regímenes autoritarios, las dictaduras militares. En Colombia, ella tuvo una expresión particular. Su aplicación fue fragmentaria, pero con la influencia de los mismos factores políticos, ideológicos y militares de los países del cono sur. Tres características permiten explicar el caso colombiano: a) la subordinación castrense a las instituciones de la democracia liberal; b) el abandono de la política militar por parte de las autoridades civiles; c) la consecuente necesidad de suplir ese vacío por parte de los militares. Estas tres características —ampliamente expuestas por el profesor Leal— expresan, bastante bien, lo ocurrido en el país durante todo el período del Frente Nacional y la época posterior al pacto bipartidista, hasta el gobierno de Virgilio Barco (1986-1990).

Durante este período, se debe destacar la enorme responsabilidad que le compete a la clase política colombiana en el rumbo que tomó la acción militar en el país, en la "militarización de la política" , y que se expresa en lo que podríamos llamar otra sui géneris "separación de poderes": en efecto, "la política de Estado quedó circunscrita a lo económico, los asuntos partidistas a la potestad de los gobiernos y sus coaliciones y la cuestión militar a la cúpula castrense" (pág. 91). La ausencia de una política militar desde el poder civil, de directrices civiles en la materia, ha sido, efectivamente, el factor más importante en la autonomía militar para el manejo de estos asuntos. Lo que, sumado a la incapacidad crónica del Estado para monopolizar el uso de la fuerza y el ejercicio de la justicia, ha dejado en manos militares (con su acepción castrense: como sustituto de la defensa) el problema de la seguridad nacional.

De igual manera, hay que considerar la enorme incidencia que sobre las instituciones armadas tiene la violencia política en el país. Por un lado, la presencia permanente de la guerrilla, que ha permitido a los militares "sustanciar" su imagen de enemigo interno, a la luz de las concepciones de la doctrina de seguridad nacional. Y por otro lado, la diversificación y expansión de otras formas de violencia que han surgido a la sombra de la violencia política.

Con el gobierno de Gaviria (1990-1994) (cap. 3) hay, efectivamente, cambios significativos y un "vuelco a la tradición" con el manejo de estos asuntos, fundamentalmente a partir de la formulación de una política estatal de seguridad que posibilitó a las autoridades civiles asumir la responsabilidad en el manejo del orden público. En efecto, el presidente Gaviria retornó el problema a partir del Estado en su conjunto, sustrayéndolo, por primera vez, de la responsabilidad política castrense. Así mismo, cambió la relación de los militares con las instituciones civiles del Estado y desarrolló una nueva estrategia de seguridad (pág. 130). Sin duda alguna, es de destacar el nombramiento de un ministro de defensa civil, "el remezón institucional más significativo en términos políticos para los militares en más de treinta años" (pág. 138). Así mismo, el diseño de una estrategia nacional contra la violencia que reconoce la multiplicidad de violencias —incluida la del Estado— y la disposición gubernamental para combatirlas. Pese a los logros alcanzados, varias cosas se conjugaron para que su período terminara —a través de una gubernamental "visión guerrerista"— con la declaratoria de "conmoción interior", "guerra integral" y "ofensiva permanente" en el manejo del orden público, perdiendo así el impulso inicial de manejo político del problema. "El ejecutivo retrocedió en el difícil arte de combinar de manera articulada la fuerza y la política en el manejo de los conflictos" (pág. 177).

La inclusión de la policía en un estudio sobre seguridad (cap. 4) está determinada por el proceso de "militarización" que ella ha venido sufriendo. En efecto, y pese a no estar previsto en ningún decreto, el uso de la policía con fines militares es un hecho. Este "perfil militar" se expresa en la forma de operar de algunas ramas especializadas: antinarcóticos, antisecuestros, fuerza de elite (fuerza de choque), etc., a la que ha venido a sumarse la creación de cuerpos especiales (unidades mixtas de policía y ejército), como el grupo Unase o el llamado "bloque de búsqueda" para enfrentar al narcotráfico. Esta militarización, o la pérdida progresiva de su carácter civil, ha contribuido a moldear una visión militar en la policía (valores castrenses, disciplina vertical y obediencia debida) que riñen con la flexibilidad que debería ser propia de este cuerpo armado y que hace más rígidas y autoritarias las relaciones entre el Estado y la sociedad civil. A ello se suman otras similitudes, como la estructura jerarquizada o el fuero militar que confunde las fronteras entre las dos instituciones. Proceso, por lo demás, irreversible mientras subsista el clima de violencia.

Es, en efecto, la generalización de la violencia la que está en la base de este deterioro y de la aguda crisis que, todavía hoy, afecta a la institución policial. Ella explica, en buena parte, su tendencia a la militarización, el desdibujamiento de sus funciones, la pérdida del objetivo de la institución: la seguridad ciudadana y el rumbo que ha ido tomando hacia "una seguridad individualizada (privada) en desmedro de la seguridad colectiva" (o pública). También, el alto grado de corrupción de sus miembros y la enorme responsabilidad del Estado en la violación de los derechos humanos por parte de estos cuerpos.

Finalmente, y sobre la base de algunos estudios sobre la seguridad, el autor plantea algunos elementos para la redefinición del concepto, que apuntan a su desmilitarización y a poner el énfasis en su carácter eminentemente político. En efecto, no es posible mantener una concepción militar de la seguridad en un mundo que hoy tiende hacia la globalización y la cooperación. "Lo que se busca ahora es una redefinición de las funciones militares en la sociedad, sobre la base de modificar concepciones, ideologías y doctrinas". En América Latina esta necesidad se expresa en la ausencia de gobiernos militares, los llamados procesos de redemocratización, la necesidad de la cooperación entre los países en distintos frentes y el desaparecimiento, casi total, de los retos subversivos en el continente. Sin duda, son muchos los obstáculos que han de superarse en este camino. En Colombia, el desconocimiento que existe sobre estos asuntos, la permanencia del anticomunismo en los referentes socializadores de los militares y, finalmente, la persistencia de un fenómeno como la violencia ("conflictos políticos armados") que contribuye a mantener la imagen de "enemigo interno", el factor que, sin duda, "ha producido más tragedias en razón del objetivo militar de ‘destrucción del enemigo’" (pág. 58) y que dificulta, aún más, una redefinición de estos problemas.

Otros aspectos merecen destacarse en el estudio de Leal Buitrago: la amplísima documentación que sustenta sus análisis; el recurso a las entrevistas directas con los militares; la información contenida en los anexos sobre gastos en defensa y seguridad, y la sistematización que presenta de los asuntos militares consagrados en la nueva Constitución.

Sin duda, el país perdió una inmensa posibilidad, que hubiera permitido ampliar la discusión y conducir al replanteamiento de las concepciones tradicionales de seguridad, en la coyuntura favorable vivida en los comienzos del gobierno de Gaviria. Y el actual gobierno parece volver a las concepciones y manejos tradicionales del orden público. Aun así, el debate sobre la seguridad no puede aplazarse ni suprimirse de la agenda política actual sin agravar, aún más, la situación del país tanto en lo interno como en el plano internacional. De ahí la pertinencia de este estudio.

Para terminar, bien vale la pena preguntarse si no ha llegado la hora de cuestionar el llamado antimilitarismo colombiano (pág. 148). Pese a la ausencia de regímenes militares, la pregunta surge de dos preocupaciones, claramente evidenciadas por este estudio:

La primera es que, si restringimos el concepto de "militarismo" al peso de la institución militar —como fuerza regular del Estado—, en el Estado y la sociedad, no parece ser muy antimilitar el apoyo, legal e ilegal, de sectores sociales civiles (incluida la clase política) al papel y a la acción militares. En otras palabras, la incidencia de sus propias visiones militaristas, en el peso que los militares han ido ganando en la sociedad.

La segunda es si la proliferación de grupos armados y la lógica de guerra imperantes en el país en los últimos años, el recurso recurrente, y cada vez más extendido en la sociedad colombiana, de lo que podríamos llamar una "lógica militar" (de amigo-enemigo) por parte de diferentes actores sociales, donde "todo el mundo está armado" (militares, guerrillas, paramilitares, sicarios, milicias, grupos de justicia privada, etc.), no obligaría a poner en cuestión eso que se ha llamado el antimilitarismo colombiano.

ELSA BLAIR