Boletín Cultural y Bibliográfico. Número 37 . Volumen XXXI - 1994 - editado en 1996
 

La historia y los demonios


Monarquía del diablo en la gentilidad del Nuevo Mundo Americano
Antonio Julián
Instituto Caro y Cuervo, Santafé de Bogotá, 1994


Jorge Luis Borges escribió —creo que más de una vez— que la filosofía y la teología eran para él dos ramas de la literatura fantástica. Una de esas dos ramas —la teológica— nutrió las obras de dos de los autores predilectos de Borges; esto es, de Dante y de Swedenborg. También la obra del jesuita catalán Antonio Julián (1722-1790) Monarquía del diablo en la gentilidad del Nuevo Mundo Americano puede ser considerada como perteneciente al fecundo género de la teología fantástica, a la que Julián parece haberse dedicado en su exilio italiano a partir de 1767, después que tuviera que dejar Santafé de Bogotá —donde era profesor de teología— a causa de la expulsión de los jesuitas.

Como en la Commedia, la intención original de la obra, sin embargo, no es fantástica sino política. Se trata, inicialmente, de un alegato contra la leyenda negra y, más concretamente, contra la obra de Girolamo Benzoni La historia del nuevo mundo (1565) y contra su comentador y traductor al francés y al latín, Urbano Calvetón. Pero para esta empresa polémica el padre Julián decide reescribir desde el principio la historia universal —en términos teológicos habría que escribir la historia de la creación— y reinterpretar la Biblia de una manera que todavía hoy parece provocar las iras ortodoxas del padre Hernando Guevara; como se verá más adelante.

La historia de la conquista fue, para el padre Julián, un capítulo fundamental en la historia de la lucha de Cristo contra el diablo. Antes de la conquista —argumenta el padre Julián contra Las Casas, Benzoni y Calvetonio— América estaba dominada por el demonio. La conquista significó, pues, una mejoría, porque la piedad y las armas de los conquistadores (pág. 45) —que en algunos casos contaron con el apoyo directo de la virgen María y el apóstol Santiago, como en la batalla final contra los aztecas— desterraron al diablo para imponer el cristianismo.

En el siglo XV el demonio estaba en retirada. Cuando Colón se aproximaba a las costas de América, Lucifer acababa de ser desterrado definitivamente de España con la expulsión de los moros de Granada (pág. 51 ), lo cual lo desespera y lo pone a decir verdades a través de sus oráculos americanos que predicen —tanto en La Española como en México— la llegada de los españoles a su último bastión, donde se había refugiado después de haber sido desterrado de Egipto, de Grecia y de todo el imperio romano (pág. 57). Esa tarea de desterrar al diablo y a sus ídolos culmina con la conquista de América, para la cual Dios se valió de las armas españolas (pág. 63).

El diablo, dice Julián, se había mandado construir muchos templos en América, sobre todo en Perú y en México, donde se hacía pasar por Dios (pág. 69). Su tiranía era cruel, como lo muestra el hecho de que él exigiera a sus fieles sacrificios humanos (pág. 72). La llegada de los españoles —que destruyeron los templos del diablo para construir templos de Dios— liberó a los indios de esta tiranía y dejó al diablo tan mal parado que tuvo que cambiar de estrategia para intentar lograr el dominio sobre el mundo.

Antes de su derrota en América, el diablo hacía honor a su calificativo de Iesu Christi scimius (pág. 80), en la medida en que se dedicaba a crear simulacros de religión para confundir a los que buscaban la fe cristiana. Por eso creaba templos e incluso —sostiene Julián— sacramentos y celebraciones que eran caricaturas de las ceremonias católicas. También creó —dice Julián— una caricatura de la jerarquía eclesiástica, monasterios de monjas y religiosos para que le rindieran culto e incluso, en Perú (págs. 103 y sigs.) un simulacro de la fiesta de la Santísima Trinidad. Así, en general, se puede decir que el diablo se dedicaba a deformar el cristianismo, a caricaturizarlo. Y para salirle al paso a cualquier reparo, el padre Julián advierte que en el pasado los indígenas habían conocido la doctrina cristiana, que les había sido predicada por Jesucristo en el tiempo comprendido entre su resurrección y su ascensión al cielo, lo cual trata de fundamentar bíblicamente en un apéndice (págs. 188 y sigs.) sobre el que se volverá más adelante. Por eso, porque los indígenas ya conocían el cristianismo, el diablo se dedica a confundir el cristianismo con ceremonias semisagradas, con caricaturas. Y estando el mundo en desorden, llegan los españoles y —en opinión del padre Juliánrestauran el orden, que era precisamente lo que anhelaban los indígenas, que estaban hartos de la tiranía del diablo. Se acaban los sacrificios humanos y, también, se acaba paulatinamente la hechicería y los casos de posesión demoniaca. En esto último, el padre Julián lleva su confianza en los frutos de la conquista a un extremo tal, que termina por ponerlo incluso al borde de una crítica al tribunal del Santo Oficio en la medida en que sugiere (pág. 169) que en muchos casos presuntas posesiones demoniacas no son más que "hambre y falta de sustento".

Sin embargo —a pesar de este desliz ilustrado—, el padre Julián sigue creyendo en el demonio —aunque los diablos ya no pisen América, ya que cuando un endemoniado viene de Europa el demonio lo abandona al pisar suelo americano—, y esta creencia la esgrime contra quienes llama los filósofos modernos (pág. 155), que no creen en nada sobrenatural. Esos filósofos modernos son —para el padre Julián— los nuevos agentes del diablo. Ya se dijo que con su derrota en América el diablo se había decidido a cambiar de estrategia. Antes construía simulacros de religión, se hacía pasar por Dios y hacía honor a su nombre de mono de Jesucristo. Pero en los tiempos nuevos —no nos olvidemos de que el padre Julián escribe en pleno siglo XVIII— la Ilustración hace que los hombres desprecien los simulacros de religión del diablo (pág. 183). Por eso el diablo deja de fingirse Dios —como lo había hecho en América— y se dedica a "promover sistemas nuevos que lisonjeen el gusto, libertad y genio de los hombres modernos" (pág. 184). Arrojado de América, el diablo piensa conquistar a Europa con esta nueva táctica.

Lo que quiere es principalmente —lo hace decir el padre Julián, basado en la presunta visión de un ermitaño de la Sierra Nevada de Santa Marta— vengarse de España. Sin embargo, su primer intento de entrar en España fracasa porque la Virgen —que en México les había echado tierra en los ojos "a sus ministros infernales y a los indios bárbaros" (pág. 185) para que no pudieran pelear contra los españoles— lo espera en Cádiz. Un segundo intento de entrar por Galicia es rechazado por Santiago Apóstol (pág. 186). Desconcertado, tuvo que escapar al norte del África, a donde, sin embargo, le llegaron noticias —desde Marsella— acerca de que el norte de Europa era tierra fértil para su proyecto. Primero, entonces, "por medio de Lutero y sus secuaces alborota y trastorna la Alemania en los dogmas de la cristiana religión" (pág. 186). Luego en Francia hace lo mismo a través de Calvino y luego siguió con "Holanda, Suecia, Dinamarca y otros países del norte" donde "lo inficiona todo de ateístas, herejes y cismáticos de suerte que sacando un cómputo prudencial respectivo, se ha resarcido en Europa de la pérdida que tuvo en América" (pág. 187). Las guerras de religión ocurridas en Europa después de la conquista son para Julián, naturalmente, también una prueba de lo resentido que quedó el demonio después de haber sido arrojado de América. Enrique VIII, por supuesto, también es mencionado en algún momento de la diatriba del padre Julián.

Así, después de haber demonizado las antiguas religiones americanas, el padre Julián demoniza también a los países protestantes y al protestantismo, siempre para mayor gloria de España. La sede del diablo, en el momento en que el padre Julián escribe el libro, parece ser Utrecht, ciudad a la que Julián llamaba indignadamente "metropoli janseista" en donde tiembla ante la posibilidad de que las armas españolas lo encuentren y lo expulsen. De esta manera, el libro, que empieza siendo un alegato en defensa de la conquista, termina siendo una diatriba contra la modernidad. Leídos hoy, tanto el alegato como la diatriba hacen sonreír. Parecen caricaturas del integrismo español —que también representaron, por ejemplo, Menéndez Pidal y Menéndez y Pelayo 1— que, sin embargo, están enmarcadas dentro de un relato maravilloso que hace que las pobres ideas del padre Julián se pasen por alto y que su libro se pueda leer no siendo juzgado por lo que tenga que ver con la realidad sino, como diría Borges, por el asombro que provoca su ingenio.

Sin embargo, es de temer que los lectores a los que les caiga el libro en las manos no estén preparados para leerlo como una pieza de literatura fantástica —o, si se quiere, como una de las primeras novelas de terror con tema americano— y tiendan a considerarlo como un tratado cuyas tesis son dignas de discutirse. Tal es el caso, por ejemplo, del padre Hernando Guevara, que en una anotación incluida por el editor, Mario Germán Romero, al final del libro, discute la exégesis que hace el padre Julián de I Pedro 3, 18-20 con el propósito de demostrar que Cristo estuvo predicando en América antes de su ascensión al cielo. Claro que, para demostrar esta tesis inicial, el padre Julián demuestra de pasada cómo el paraíso estaba en América y cómo Noé construyó el arca en América, de donde huyó después del diluvio. El padre Guevara se indigna ante estos barroquismos exegéticos y se pregunta si esa manera de interpretar la Biblia habrá sido común en la Colonia o si el Julián fue sólo un individuo extravagante. No sé si ese tipo de exégesis fue común. Pero lo que sí parece haber sido común fue la "opinión abusiva y arbitraria" —los adjetivos son del padre Guevara— que con su exégesis pretendía sustentar el padre Julián. La idea, por ejemplo, de que el paraíso estaba en América también fue planteada por Vasco de Quiroga. Y la idea de que los indígenas ya conocían el cristianismo bien a través de Cristo o a través de algún apóstol— fue recurrente. Fray Servando Teresa de Mier 2, por ejemplo, que instrumentaliza esta idea no para justificar la conquista sino para darle, por así decirlo, una base teológica al movimiento independentista, aseguraba que había sido santo Tomás Apostol quien había hecho la excursión hasta el Nuevo Mundo. Si la idea era corriente, es de pensar que la exégesis para sustentar la idea también lo fuera. Y quizá no esté de más recordar que la tesis de que el paraíso estaba en América también tuvo —por supuesto, mucho más tarde— su variante darwiniana, cuando el argentino Florentino Ameghino quiso demostrar que el homo sapiens era originario del Nuevo Continente.

Tratar de considerar estas ideas, como lo hace el padre Guevara, a la luz de una crítica científica es tan iluso como las ideas mismas. Ellas —lo mismo que la historia del demonio que nos regala el padre Julián— sólo pueden ser vistas como ficciones —voluntarias o no— que expresan una serie de deseos y una actitud personal ante la historia.

La historia que cuenta el padre Julián no es más que una variante de un motivo recurrente en la mitología del cristianismo. Cristo —el dios de bondad— destierra a los dioses terribles. La llegada del cristianismo a la ciudad de Bonn, por ejemplo, se asocia con la desaparición de un dragón que en el pasado había exigido periódicamente sacrificios humanos. El que Las Casas —en su defensa incondicional de los indígenas— hubiera interpretado antes de Julián la presencia de los sacrificios humanos en las tribus americanas como muestra de la gran piedad de la que eran capaces los americanos no hace sino enriquecer y hacer más compleja la constelación. El amor de Abraham a Dios también se prueba en la medida en que está dispuesto a sacrificar a Isaac, como bien lo sabemos por el Antiguo Testamento.

De cualquier modo, la religión judeocristiana es considerada como una superación del culto a los dioses terribles y de los sacrificios humanos. También el gran historiador decimonónico alemán Leopold von Ranke 3 sostiene en su Historia de la antigüedad que el Génesis surge de una oposición radical al culto a Baal y a Moloc —es decir, a los dioses terribles que exigían sacrificios— y a la divinización supersticiosa de la naturaleza, que es reemplazada por el culto a Yahvé, que es un comienzo de abstracción. La derrota de la superstición frente a la naturaleza, según Von Ranke, es completada después por las ciencias naturales, que la desmitifican, pero esto no hubiera sido posible sin la presencia de una religión que hubiera abierto el camino. Von Ranke —protestante ilustrado— pensaba, sin duda, también en el deísmo del siglo XVIII y en otras formas de religiosidad que poca o ninguna cabida dan a la superstición. Pero ése es un paso más allá del que había dado el padre Julián. Von Ranke niega la existencia de los demonios; éstos sólo son para él alucinaciones de quienes les rinden culto, que no han alcanzado a comprender la divinidad ni la naturaleza. En cambio, para el padre Julián los demonios existen y tienen que ser combatidos con medios tan mágicos como el crucifijo, las imágenes de la Virgen y otros utensilios y conjuros que podríamos llamar de sacrobrujería (pág. 156).

El padre Julián sigue necesitando los demonios para poder combatirlos y para poder justificar la obra histórica de España. Y así como él la emprendía con protestantes e ilustrados —también de cuando en cuando con los judíos—, más tarde la falange y el carlismo —herederos del integrismo— verían en el mundo una conspiración judeomasónica contra la que tenía que defenderse la Iglesia y, en nombre de Dios, producirían una guerra que dejaría por saldo un millón de muertos. Sobre las variantes del integrismo religioso en Colombia y sus consecuencias —piénsese en el señor Laureano Gómez pero también en el cura Pérez—, prefiero no hablar, para no herir susceptibilidades políticas. Esta supervivencia del integrismo en el mundo de lengua española —y de la creencia en los demonios, bien sea en forma de brujas, de protestantes o de librepensadores— hace que sea difícil considerar el libro del padre Julián como un relato fantástico de terror. Existe el peligro de que alguien se lo crea y decida ordenar su conducta según lo que dice.

Y quizá sea precisamente el no creer en los demonios lo que posibilitaría leer el libro del padre Julián como un relato de terror. Rafael Llopis —en el prólogo a su Antología de cuentos de terror (Madrid, Alianza Editorial, segunda edición, 1981)— sostiene que la literatura de terror se desarrolla paralelamente con el racionalismo, como una sombra suya, y que es la manera que tiene el lector de vivir el terror sobrenatural cuando ya no cree en lo sobrenatural. El padre Julián creía, sin embargo, en lo sobrenatural, lo mismo que siguen creyendo los devotos de Regina 11 y del Señor de los Milagros de Buga. Sin embargo, le hablaba a un siglo incrédulo. Por eso —más allá de las implicaciones políticas del libro, que están muy lejanas— puede encontrarse en él cierta atmósfera terrorífica fascinante, que sólo puede ser disfrutada plenamente desde una perspectiva escéptica y racional. Como la historia del dragón de Bonn que, ante la visión de un crucifijo que le enseñaba su víctima, dio marcha atrás y se hundió en el Rin, de donde no volvió a salir jamás.

RODRIGO ZULETA

1 El integrismo de Menéndez y Pelayo se puede ver en la pág. 169 de la cuarta edición de la antología de textos sobre Historia de España (Madrid, 1941), preparada por Jorge Vigón, en donde el polígrafo español hace una abierta defensa de la Inquisición y suelta una diatriba contra la tolerancia, que sin duda hubiera firmado Escrivá de Balaguer. El de Menéndez Pidal —en relación con el tema de la conquista de América— se puede ver en su curioso libro contra Las Casas, El padre Las Casas: su doble personalidad, Madrid, Espasa Calpe, 1961

2 Fray Servando Teresa de Mier, Ideario político, Biblioteca Ayacucho, edición de Edmundo O’Gorman, págs. 9-11. También puede verse el resumen de un sermón de Fray Servando que hace Alfonso Reyes en Ultima Tule y otros ensayos, Biblioteca Ayacucho, edición de Rafael Gutiérrez Girardot, pág. 113.

3 Leopold von Ranke, Geschichte des Altertum, Athenaion, Kettwig, 1990, págs. 34-35.