| La
negación de la ciencia
Filósofos, dietetas y teúrgos
Jorge Antonio Mejía Escobar
Editorial Universidad de Antioquia, Medellín,
1993.
El libro del reverendo padre Jorge
Antonio Mejía Escobar Filósofos, dietetas
y teúrgos (1993) está, prácticamente
desde el título, repleto de sorpresas. Quien lea
el título y piense en la vindicación de prácticas
curativas tradicionales ajenas a la medicina escolar
que ha tenido lugar en los últimos decenios en
el ámbito de las ciencias sociales, se imaginará
que el padre Mejía ha escrito un libro
sobre brujos, chamanes y curanderos.
Sin embargo, el subtítulo ya disuade al
lector ingenuo. No se trata de chamanes del Amazonas,
se trata de Grecia y de cito el subtítulo
"la disputa por los modelos de conocimiento
en la medicina hipocrática". Con la nueva
pista brindada por este subtítulo, el lector se
dispone a empezar entonces la lectura de un
libro sobre la medicina en la antigua Grecia.
Pero al leer las dos primeras páginas se encontrará
que lo que lo espera, en realidad, es un libro
sobre Aristóteles.
No es que al padre Mejía se le haya olvidado
la idea de escribir un libro sobre medicina. No.
Lo que pasa es que quiere escribir un libro sobre
la relación de Aristóteles con la medicina, movido
por la necesidad de desentrañar la clave de la
interpretación realista del mundo, ya que ésta,
como bien se sabe, representa una ruptura con
el idealismo platónico. Supongo que el padre Mejía
no se molestará si se señala que él no es el primero
al que se le ocurre que el realismo aristotélico
representa una ruptura con el platonismo
ni el primero en buscar las motivaciones
de esa ruptura. Él es modesto, sólo quiere plantear
una hipótesis para explicar esta ruptura. Según
esta hipótesis (pág. 12), la medicina griega habría
servido de inspiración al realismo aristotélico.
Pero eso se descubrirá pronto
se trata de un libro sobre Aristóteles que se
ocupa muy poco y muy superficialmente
de Aristóteles. Dos citas de la Metafísica,
una de Diógenes Laercio y una, bastante traída
de los cabellos, de Homero destinada a mostrar
que Aristóteles pertenecía a una familia de médicos,
para lo cual, dado el estado de la investigación
actual, no era necesario citar ni a Homero ni
a Diógenes Laercio liquidan la preocupación
aristotélica del autor.
En cuanto a bibliografía secundaria, parece
ser que lo último sobre Aristóteles que se leyó
el padre Mejía fue el libro de Jaeger, cuya edición
española es de 1946. La alemana es de 1923.
Probablemente si le hubiera caído en las
manos el trabajo de I. Düring habría encontrado
mucho material para formular hipótesis plausibles
para explicar las motivaciones del realismo aristotélico.
Pero no importa, lo que a él parece interesarle
es la hipótesis de la medicina como una de las
motivaciones, y esta hipótesis es la que él se
propone investigar en su libro. Al final del libro
el padre Mejía confesará que a la larga la hipótesis
no funciona (pág. 93), pero no importa. Como diría
Cavafis para seguir moviéndonos en aguas
griegas lo que importa no es llegar a Itaca
sino el camino.
Ese camino como ya se sugirió más
atrás empieza con el intento de mostrar
cómo Aristóteles provenía de familia de médicos.
Mostrar eso en realidad es facilísimo.
O, mejor, absolutamente innecesario. Es algo que
ya sabe todo el mundo. Todo el mundo que se ocupe
de filosofía griega, se entiende. En la introducción
a la filosofía griega vieja ya de
Walther Kranz (Die griechische Philosophie),
para citar sólo un ejemplo, se empieza el capítulo
sobre Aristóteles afirmando que éste provenía
de una familia de médicos. Pero el padre Mejía
prefiere hacer un ejercicio retórico simulando
que el asunto es tema de discusión y al final
resolviendo el litigio a su favor. Como quien
resucita a un muerto que no está
muerto, para dejar al auditorio con la boca abierta.
Eso es, pues, lo primero que se encuentra uno
en el camino. Que el autor tiene algo de mago
de feria. También en eso de que vive anunciando
cosas que luego resultan ser otras.
Como el libro sobre curanderos que se convierte
en un libro sobre medicina griega que se convierte
en un libro sobre Aristóteles que se convierte
en un libro sobre Hipócrates. Pero, para escribir
un libro sobre Hipócrates, primero hay que estar
seguros de que Hipócrates existió. Por eso el
padre Mejía considera que tiene que salirles al
paso a los filólogos clásicos que empezando
por Willamowitz Moellendorf ponen en duda
que Hipócrates haya escrito realmente las obras
que se le atribuyen. Sí, parece decir el padre
Mejía, no escribió todo lo que se le atribuye
pero la cosa no es para tanto. Algo sí escribió
y alguna importancia tuvo que tener. Citas de
Platón y de Aristóteles sirven para sustentar
esto. Pero si no sirvieran, tampoco importaría
tanto, porque lo que le interesa al padre Mejía
no es Hipócrates como personalidad histórica sino
la medicina en Grecia y el corpus hipocrático.
Entonces, como se ve, tampoco se trata
de un libro sobre Hipócrates. No, si ya en
el subtítulo se había hablado de la disputa
de los modelos de conocimiento en la medicina
hipocrática. O sea que se trata de una disputa.
Y para una disputa se necesitan varios, a menos
que lo que se hubiera querido escribir fuera un
libro sobre la esquizofrenia de Hipócrates. Pero
Hipócrates aunque quien sabe si Willamowitz
Moellendorf hubiera dicho otra cosa era
médico y no paciente. Y aunque no fuera, no importa,
porque los textos del corpus hipocrático de los
que el padre Mejía se ocupa durante buena parte
del libro en todo caso no están atribuidos a Hipócrates,
aunque forman parte del llamado corpus hipocrático,
del cual el padre Mejía se ocupa un poco antes
de entrar a hablar de los textos que le interesan.
Primero se intenta determinar la época
en que fueron escritos los textos del corpus y
se llega a aceptar que se escribieron entre el
500 y el 250 a. C. Luego se discute sobre posibles
clasificaciones de los textos del corpus. Después
y aquí merece la pena detenerse un poco
hay una serie de reflexiones sobre la tensión
existente entre medicina científica y medicina
mágica en la Grecia clásica, que será también
el tema de uno de los textos analizados La
enfermedad sagrada y que sin duda alguna
está en estrecha relación con el desarrollo de
la filosofía en Grecia.
Al ocuparse de este tema, el padre Mejía
Escobar simula asombrarse al darse cuenta de que
a partir del siglo IV parece haber una reacción
irracional en la medicina griega. Eso fue así,
y no sólo en la medicina sino en prácticamente
todos los ámbitos de la actividad pública. Pero
casi medio siglo después que Dods publicara su
libro sobre Los griegos y lo irracional
que el padre Mejía leyó en una traducción
italiana de 1978 nadie puede presentarse
a sí mismo como descubridor de una cosa así. Y
aunque el padre Mejía cita de cuando en cuando
a Dods, la manera como presenta el tema da la
sensación de que quiere hacer creer al lector
que está presentando sus propios hallazgos filológicos.
En este punto, sin embargo, puede despertarse
cierta expectativa en el lector atento. Al comienzo
se ha empezado buscando la clave de la motivación
del realismo aristotélico. Luego se ha dicho que
esta clave podría estar en la medicina y se empieza
a investigar el corpus hipocrático, a través de
lo cual se llega a la sospecha de que alrededor
del siglo IV hubo una crisis del racionalismo
griego. Incluso en fin de cuentas,
el padre Mejía si se leyó a Dods se llega
a señalar que esta crisis tiene que ver con la
peste de Atenas y las guerras del Peloponeso,
y esto se respalda con la cita de un pasaje de
Tucídides.
En este contexto cabría preguntarse si
una de las motivaciones del realismo aristotélico
no puede haber sido el deseo de hacer frente a
la crisis de la racionalidad griega sin caer en
el irracionalisno. Sobre todo sería plausible
que alguien que ha estado buscando la clave de
las motivaciones del realismo aristotélico se
lo preguntara. Pero el padre Mejía no se lo pregunta.
A pesar de que a partir del capítulo cuarto parece
abandonar su hipótesis inicial sin que eso le
impida seguir escribiendo el mismo libro. Aunque
ahora ya no se trata de Aristóteles, sino de dos
obras del corpus hipocrático: Sobre la antigua
medicina y Sobre la enfermedad sagrada.
En el análisis de esos dos textos, el padre Mejía
se apoya permanentemente en un presupuesto falso,
según el cual habría que oponer una medicina teórica
que busca formular teorías generales sobre
la constitución del hombre y otra que podría
ser llamada empírica, destinada a la curación
de los individuos (pág. 5l). Según la clasificación
del padre Mejía, la medicina empírica sería aristotélica
y la otra platónica. El lector precavido quizá
sospeche de inmediato que la clasificación es
algo simplista. Pero lo que no creo que
nadie sospeche es lo consecuente que llega a ser
el padre Mejía en su simplismo. Él se imagina
un aristotelismo que renuncia por completo a las
leyes generales, un aristotelismo que se parecería
mucho a la caricatura del empirista que presenta
Hegel al comienzo de la Fenomenología del
espíritu, y a partir de ello se decide
a calificar de platónico todo esfuerzo por formular
leyes generales. Eso se ve con toda claridad cuando
Mejía sostiene (pág. 37) que el esfuerzo por descubrir,
a partir de la observación de casos individuales,
"el tipo de cada enfermedad envuelve la misma
abstracción que fue necesaria para crear la teoría
platónica de las ideas". O sea que para Mejía
la inducción es algo platónico. Quizá sea necesario
aclarar que el aristotelismo no pretende como
quiere hacerlo creer Mejía olvidar las leyes
generales para dedicarse sólo a lo individual.
Incluso Aristóteles llega a definir (Analíticos,
87) la ciencia como el conocimiento con ayuda
de lo general. Esto es algo que Mejía desconoce
a lo largo de todo su confuso y errático libro:
nada menos que la concepción de la ciencia que
tenía Aristóteles. Justamente en un libro que
pretendía investigar la relación del aristotelismo
con una disciplina científica. Con este presupuesto
es imposible sorprenderse ante el hecho de que
el libro no llegue a ningún resultado digno de
mención. El lector va de sorpresa en sorpresa,
teniendo a veces la sensación de que lo están
tratando de engañar y a veces sintiendo que le
están tomando el pelo. El lector familiarizado
con la filosofía no aprende nada y el que no lo
esté, seguramente, después de leer un libro así,
no va a estarlo jamás. El que quiera saber algo
de filosofía de la ciencia se confundirá con respecto
a la filosofía y a la ciencia. Sin embargo, a
pesar de todo ello, Mejía es profesor. Si se juzga
por el libro, no sería sorprendente que muchos
de sus alumnos terminen decepcionados de la filosofía,
ya que la imagen que el padre Mejía parece tener
de Aristóteles y quizá de la filosofía
no es otra cosa que una negación de la ciencia
y de la filosofía.
RODRIGO ZULETA |