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Mujeres Trabajadoras
- CATALINA REYES CÁRDENAS
- Historiadora
- Profesora Universidad Nacional (Medellín)
- Trabajo Fotográfico: Patricia
Londoño Vega
Desde mediados del siglo XIX, la presencia
de las mujeres en el mundo del trabajo fue significativa.
En el Primer Directorio General de Medellín,
publicado en 1906, aparecen mujeres desempeñando
varios oficios. Contaba Medellín para esa
época con ochenta y siete modistas, ciento
noventa y una costureras, catorce panaderas, seis
sombrereras, doscientas veintiuna aplanchadoras,
sesenta cocineras, diez zapateras, tres comadronas,
cuatro enflecadoras, nueve fruteras, ciento treinta
y cuatro lavanderas y setenta y nueve cigarreras.
La mayoría de estas actividades eran extensión
de los oficios que tradicionalmente la mujer desempeñaba
en su hogar, pero el hecho de trabajar y ganar algún
dinero las colocaba en una situación diferente.
Muchas de ellas debían desplazarse continuamente
por la ciudad, rompiendo el encierro doméstico
a que estaban sometidas las mujeres de los sectores
medios.
Las empleadas domésticas
Las empleadas domésticas, según
los censos, fue el grupo femenino más numeroso
de Medellín. Estas mujeres han tenido una
gran injerencia en el espacio familiar, en el desenvolvimiento
de la vida de las mujeres de sectores altos y medios,
en la crianza de los niños y en la sexualidad
de los hombres, no sólo en la cultura local
sino en todas las culturas 20.
Sobre ellas ha recaído la responsabilidad
fundamental de criar, educar y atender a los niños
de las clases altas y medias, para que sus madres
pudieran disfrutar de otro tipo de actividades y
distracciones. Han garantizado la alimentación
y la higiene del hogar. El hombre, acostumbrado
desde su más tierna edad al regazo del delantal,
para su iniciación sexual busca a este objeto
de sus fantasías infantiles. Posteriormente,
como adulto, sobre esta misma mujer vuelca muchos
de sus deseos y fantasías. La empleada doméstica
fue un "mediador cultural"; venida del
medio rural "perdido" en la ciudad, se
incorpora a la sociedad urbana, reelaborando elementos
urbanos y modernos a través de sus categorías
campesinas. Pero qué poco se sabe de la vida
real de estas mujeres, que tanta influencia han
tenido en la vida familiar y cotidiana de la sociedad.
Las crónicas locales y los archivos
familiares nos hablan de un número elevado
de criadas en las casas de la elite y en algunas
de sectores sociales medios. No era raro contar
con una carguera, una cocinera, dos "dentroderas"
y un paje 21. Además,
existían las lavanderas y aplanchadoras que
realizaban sus tareas por fuera de la casa de la
familia. Estaban también las lavadoras de
pisos, que prestaban sus servicios con regularidad.
Si bien no se puede generalizar, había familias
en las que las relaciones con las empleadas domésticas
eran buenas y estaban estructuradas dentro de un
modelo paternalista. En los archivos de correspondencia
de la elite se notaba, por parte de la señora
de la casa, preocupación por el bienestar
y salud de éstas, reforzándose así
las relaciones de dependencia y afecto que contribuían
a las actitudes sumisas de las trabajadoras domésticas.
La servidumbre se concebía como un bien familiar.
La empleada pasaba de madres a hijas, y las hermanas
se la prestaban entre sí, de acuerdo con
las habilidades de la trabajadora y las necesidades
de las familias.
Además de las negras que se dedicaban
al servicio doméstico, a principios de siglo
se menciona la existencia de mucamas indias, procedentes,
en su mayoría, del antiguo resguardo de La
Estrella, cercano a Medellín. Es muy probable
que las mujeres de estos resguardos, en desintegración,
se hubieran empleado en el servicio doméstico.
Para los años 20, la mayoría de las
empleadas domésticas de Medellín estaba
constituida por campesinas de las zonas más
próximas a Medellín y del oriente
cercano. Estas jóvenes inmigraban solas o
eran entregadas por sus padres a familias conocidas
de la ciudad que tenían fincas en las zonas
rurales.
Las difíciles condiciones de la vida
campesina hacían que los padres ofrecieran
el trabajo de sus hijas; muchos padres preferían
ver a sus hijas empleadas en casas de familia que
en las fábricas, pues muchos de ellos las
asociaban con el camino hacia la perdición 22. La señora que contrataba a la joven
adquiría el compromiso de protegerla y conservar
su "virtud". El contrato se realizaba
entre la señora y los padres de la muchacha,
y no era extraño que éstos fueran
quienes reclamaran su precario salario.
Las campesinas emigraban no sólo
impulsadas por sus duras condiciones económicas.
También lo hacían atraídas
por el progreso y la vida urbana que ofrecía
Medellín. Helena, campesina de Santa Elena,
corregimiento rural cercano a Medellín, y
protagonista de Una mujer de 4 en conducta,
novela muy popular en los años 40, "se
pasaba los días y las noches viendo la extensión
de la ciudad y pensando en todas las maravillas
que hay en ella: la catedral y tantísimas
iglesias, las fábricas tan admirables, los
colegios y la Universidad, los parques, las avenidas,
esos edificios tan altos y esas casas tan primorosas
[...] Qué dicha tener plata y vivir en Medellín"
23.
Muchas trabajadoras domésticas no
recibían salario; se contentaban con estar
en la ciudad, tener asegurada la vivienda, la alimentación
y recibir la ropa que desechaban las señoras.
Los salarios del servicio doméstico si
bien no existen estadísticas eran bastante
bajos. Para 1930 una empleada doméstica bien
pagada podía ganar entre 7 y 10 pesos mensuales
frente a aproximadamente 24 pesos que ganaba una
obrera 24. Sus jornadas
eran extenuantes y rara vez se limitaban a doce
horas. Las salidas eran prácticamente inexistentes
y sólo a partir de los años 30 se
les concedió algunas veces la tarde del domingo.
Solas y vulnerables
La mayoría de estas trabajadoras
domésticas, campesinas jóvenes e ingenuas,
se convirtieron en víctimas de una sexualidad
agresiva, que soportaron muchas mujeres de sectores
populares. Algunas eran objeto de abusos por parte
de sus patronos, de los jóvenes de la casa
o de algunos tenderos, como aparece frecuentemente
en la literatura y en los expedientes judiciales.
Otras, ingenuamente engañadas con promesas
de matrimonio, accedían a pruebas de amor
que a veces terminaban en embarazos indeseados.
Para los jefes de hogar, las campesinas
del servicio doméstico, además de
ejercer el atractivo de un cuerpo joven y de una
sexualidad posiblemente más gratificante
que la de la esposa, ofrecían la seguridad
de no estar contaminadas de enfermedades venéreas,
como sí sucedía con muchas prostitutas.
Un embarazo ponía a estas mujeres
en una situación verdaderamente angustiosa.
Como madres solteras, perdían el empleo y
se exponían a la vergüenza y al rechazo
familiar. Muchas de ellas, hijas de hogares campesinos
tradicionales, se hacían acreedoras al castigo
paterno y de los hermanos, que podía llegar
incluso a la agresión. Francisco Restrepo,
agricultor de 52 años, fue acusado en 1911,
por sus vecinos, de maltrato y envenenamiento de
su hija Rosa Restrepo. Rosa quedó embarazada
siendo soltera y, según testimonios de los
vecinos, su padre la maltrataba a punto de "foete"
proporcionándole unas "cuerizas fenomenales".
Poco después de dar a luz, Rosa falleció
sin causa aparente y los vecinos sindicaron al padre
de haberla envenenado 25.
Solas y desprotegidas, muchas madres solteras entregaban
sus hijos a instituciones caritativas, y otras,
ante la falta de apoyo familiar y laboral, se dedicaban
a la prostitución. La situación de
estas trabajadoras domésticas, madres solteras,
era tan difícil que, según consta
en expedientes del archivo judicial de Medellín,
la mayoría de las sindicadas de aborto e
infanticidio pertenecían a esta condición
laboral y eran casi en su totalidad jóvenes
campesinas inmigrantes.
La práctica del aborto encerraba
graves riesgos no sólo para la vida y la
salud, sino de tipo jurídico y religioso.
La falta de libertad implicaba, para una trabajadora
doméstica embarazada, perfeccionar una serie
de tácticas para esconder su estado, tanto
a los ojos de la patrona como a los del vecindario
y de las compañeras de trabajo. El encierro
en el espacio doméstico dificultaba dar a
luz o abortar sin que nadie se diera cuenta. Esta
permanente vigilancia permitía que fueran
descubiertas y acusadas por delitos de aborto e
infanticidio, de los que escapaban seguramente las
trabajadoras independientes y las prostitutas.
En los casos de infanticidio consultados,
en el archivo judicial de Medellín, todas
las sindicadas eran madres solteras y, exceptuando
una de ellas, tenían otros hijos. De estas
madres sólo una convivía con sus hijos.
Las demás, para poder trabajar, los entregaban
a las Hermanas de la Caridad o a la Casa de Pobres.
Exceptuando uno de los casos, todas eran mayores
de 20 años de edad. De doce casos consultados,
once fueron sobreseídas. La mayoría
de estas mujeres alegaban en el juicio que los niños
habían nacido muertos o que habían
muerto minutos después del parto y que ellas,
sin saber qué hacer, habían ocultado
sus cadáveres. Todas dieron a luz solas,
en solares o cañaduzales. Esta situación
hacía que no hubiera testigos que pudieran
darle fuerza a la acusación de infanticidio.
Muchos de estos juicios se iniciaban cuando
el cadáver del niño aparecía,
o cuando los comentarios indiscretos de vecinos
o compañeras de trabajo denunciaban el embarazo
oculto y la posterior desaparición de la
criatura. El peritazgo de Medicina Legal en estos
casos se reducía a sumergir en agua un pulmón
de la criatura; si este flotaba era porque la criatura
respiraba en el momento del infanticidio; si se
hundía, era porque la criatura había
nacido muerta. Esta circunstancia aligeraba de culpa
a la madre. En la mayoría de los casos de
infanticidio se utilizaban métodos como la
sofocación, la inmersión en las alcantarillas
y letrinas, las fracturas del cráneo y la
estrangulación de los recién nacidos
26.
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| Postal francesa
enviada por su novio a una señorita
medellinense,ca. 1910 (colección particular)
|
Anatilde Mora, de 18 años, fue acusada
de infanticidio. El control social ejercido por
las vecinas denunció su falta. Una de las
vecinas declaró: "Hace ocho o diez días
observé que Anatilde Mora, sirvienta de la
casa vecina, se hallaba muy robusta, juzgué
que estaba próxima a su alumbramiento [...]
tuve noticias de que la Mora se hallaba muy enferma
y se refugiaba en el primer piso [...] Al día
siguiente volvió a sus quehaceres demostrando
agilidad y ejecutando actos que alejaban toda sospecha".
La patrona, por su parte, manifestó que Anatilde
era una muchacha tímida, de mirada baja y
de buenas costumbres. En el juicio, Anatilde, mucho
más ingenua que los demás, que empezaban
por asegurar su inocencia al declarar que la criatura
había nacido muerta, declaró: "A
consecuencia de una caída por las escaleras
tuve una niñita de unos seis meses. La tomé
y después de reventarle el cordón
umbilical y persuadirme que estaba viva, pasé
a los excusados y la arrojé allí,
no sin pesar y por el temor que siempre me ha inspirado
mi padre. Según los testigos, el padre, agregado
de los patronos de Anatilde, acostumbraba a castigar
duramente a sus hijas. Anatilde fue condenada a
un año y se atenuó su delito al ser
declarada culpable de homicidio por temor a su padre
y por ocultar su deshonra. El causante del embarazo
fue su novio Manuel Fonnegra, "quien en atención
a las promesas que me hacía de casarse conmigo,
llegó al extremo de exigirme acceso a mi
cuerpo en prueba de mi virginidad".
En los casos de aborto es aún más
difícil demostrar una clara culpabilidad.
Lo que sí ponen de manifiesto los trece casos
consultados es el enorme control social que operaba
sobre la vida femenina. Patronas, tenderas, compañeras
de trabajo, actuaban como ojos vigilantes sobre
el cuerpo de las demás mujeres. Las condiciones
de trabajo, caídas, exceso de esfuerzos,
largas caminatas se convierten en otras tantas explicaciones
verosímiles del aborto voluntario. En 1917,
Concepción González, soltera, de 21
años de edad y trabajadora de una trilladora,
sufrió un aborto mientras alzaba bultos de
café. Fue exonerada por su buena conducta
y porque el juez consideró que la mujer estaba
realizando un esfuerzo considerable 27.
En muchos de los casos de aborto hay indicios de
que la inculpada estaba ingiriendo bebedizos que
se consideraban abortivos. Algunas veces las madres,
cómplices de sus hijas, eran quienes las
preparaban. El consumo de este tipo de infusiones
no se aceptaba como prueba suficiente, pues no eran
considerados por el médico legal como abortivos
reales 28.
Los casos estudiados en el archivo judicial
dan pie para afirmar que, contrario a lo que sucede
en las clases altas y medias, donde el acceso normal
de la mujer a la sexualidad se efectuaba a través
del matrimonio, entre las clases populares la sexualidad
se vivió, en gran medida, al margen de él.
La maternidad no era el resultado de una relación
de pareja, sino el fruto de amores o encuentros
sexuales fugaces y provisionales.
Los educadores y sacerdotes de la época
eran conscientes de esta sexualidad marginal de
los sectores populares. De ahí sus reiteradas
advertencias en manuales de higiene, urbanidad y
pedagogía doméstica para que las madres
fueran vigilantes de las relaciones entre criadas
e infantes. El descuido de estas relaciones podría
tener nefastas consecuencias para el niño.
"Entre las causas de perversiones que más
hay que vigilar, ninguna tan trascendental como
el trato con los criados" aseguraba en 1906
don Tulio Ospina, en su Protocolo hispanoamericano
de urbanidad y buen gusto". El sacerdote
Ulpiano Ramírez responsabiliza de la mala
conducta sexual de las niñas a las cargueras,
a quienes, según él, prácticamente
se les entregan los hijos. La estrecha relación
entre una niña y su inmoral carguera produjo,
según el sacerdote, los siguientes resultados:
"En una niña se dio este vicio (masturbación)
a los 4 años, murió a los doce en
acto de pecado. Otra niña empezó cuando
aún no tenía tres años, y de
sus resultados perdió las vistas, el oído,
se puso flaca y murió" 29.
La vida triste de las alegres muchachas
Durante la primera mitad del siglo XX se
dio un aumento significativo de la prostitución
femenina. Este aumento se asocia a la migración
campesina, pues las fábricas y el trabajo
doméstico no alcanzaban a absorber toda la
población femenina en capacidad de trabajar.
Por otra parte, los bajos salarios, sobre todo los
de las mujeres, que eran hasta 40% más bajos
que los de los hombres, obligaban a algunas obreras
a completar sus ingresos con esta actividad. Algunas
jóvenes campesinas desprotegidas, lejos del
hogar y sin los controles tradicionales y desarraigadas
cultural y afectivamente, accedían fácilmente
a este oficio. En varias ocasiones la prensa local
denunció la existencia de una red de trata
de blancas que operaba en la estación del
ferrocarril, donde se reclutaban campesinas recién
llegadas a la ciudad.
Para las autoridades, uno de los aspectos
más importantes era definir dónde
se debían ubicar las mujeres públicas.
El Código de Policía mantuvo desde
principios de siglo hasta 1936 la prohibición
de que se establecieran cerca de templos, planteles
de educación, fábricas, talleres y
plazas de mercado. A fines del siglo XIX, en un
estudio que hizo el doctor Aureliano Posada, Medellín
contaba con 175 prostitutas, ubicadas fundamentalmente
en los barrios de Guanteros y el Chumbimbo 30.
Al no estar claramente delimitadas las zonas de
prostitución, las mujeres dedicadas a este
oficio eran frecuentemente víctimas de hostilidades
y chantajes por parte de la policía. En 1917
varias meretrices enviaron memoriales al concejo
de Medellín pidiendo que les asignaran un
barrio donde pudieran ejercer su oficio tranquilas
y libres de la persecución policial. El concejo,
después de estudiar la solicitud, no consideró
propio fijarles un barrio 31.
En los años 20, Medellín contaba
con cuatro zonas de prostitución. La Guaira,
en Guayaquil; el Chágualo, cerca de San Vicente
de Paúl; Orocué, en Maturín
con Cúcuta, y la Bayadera, en La Toma. Poco
después se consolida "El Llano",
situado en los alrededores del cementerio de San
Pedro y más conocido como Lovaina. Ésta
se convirtió en la zona más apreciada.
Desde los sábados la animación de
la ciudad se desplazaba a ese sector. Su radio de
acción se iniciaba en la calle Manizales,
cerca del aristocrático barrio de Prado,
y llegaba hasta el parque de Acevedo, en la antigua
carretera a Bello. En los fines de semana reinaba
allí un ambiente de música, fiesta
y licencia. Numerosos bares competían entre
sí por la clientela masculina. Entre los
más destacados estaban la Curva del Bosque,
el Bar Benedo, el bar El Colegio y el American Bar.
En los numerosos bares y cantinas el mayor
atractivo lo constituían las meseras y los
grupos musicales con guitarras, tiples y bandolas.
La mesera, personaje femenino ambivalente, mezcla
de muchacha del servicio y de prostituta, ejercía
una fuerte atracción sobre los hombres y
muchas de ellas completaban, con la complacencia
del propietario de la cantina, sus bajos salarios
con la prostitución.
El burdel se convirtió en un sitio
importante de sociabilidad masculina y se le describió
como sitio tétrico pero a la vez excitante.
La prostitución cumplía tres funciones
fundamentales: iniciar a los jóvenes, satisfacer
a los célibes y apaciguar a los maridos insatisfechos.
Los burdeles no sólo eran teatros del placer,
sino espacios más libres que se convirtieron
en los sitios de reunión de estudiantes,
bohemios, artistas e intelectuales. En los años
45 varias mujeres públicas se hicieron famosas
por su generosidad y amistad con hombres de distintos
círculos de la ciudad. Este fue el caso de
la celebre María Duque, inmortalizada en
la obra de Fernando Botero La mona Plato,
que gozaba de gran aprecio entre los estudiantes,
o Ana Molina, quien combinaba sus atractivos sexuales
con inteligentes consejos 32.
Una de las consecuencias del auge de las
prostitución fue el incremento de las enfermedades
venéreas. Desde 1898 existió la preocupación
manifiesta por su control. En ese año el
concejo municipal reglamentó por primera
vez la creación de un dispensario que atendiera
a los pacientes infectados por el contagio venéreo.
Éste, además, se encargaría
de proveer a las mujeres públicas de un certificado
de sanidad que debían colocar en un lugar
visible y hacer renovar cada mes. Sin embargo, la
aplicación de esta norma sólo se hizo
efectiva en 1917, cuando se creó el Instituto
Profiláctico. La estadísticas del
dispensario son fragmentarias y fluctuantes. En
1919 se atendieron 500 prostitutas, después
la cifra bajó drásticamente, lo que
hace suponer que las autoridades locales fueron
menos drásticas en este control.
Al mediar la segunda década de este
siglo, en periódicos, folletines y revistas
se hicieron comunes los relatos sobre inocentes
esposas contaminadas de algún vergonzoso
mal por su cónyuge. Los manuales de higiene
y pedagogía doméstica recomendaron
que a los niños recién nacidos se
les aplicara, en la conjuntiva, nitrato de plata.
Esta medida contrarrestaba una posible conjuntivitis
blenorrágica contraída en el momento
de nacer, infectados por la madre, posible portadora
de una enfermedad sexual. El aumento de las enfermedades
sexuales llevó a que algunos médicos,
entre ellos el higienista Laurentino Muñoz,
propusieran en 1930 el certificado médico
prenupcial obligatorio como forma de proteger a
las mujeres del contagio sifilítico 33.
En Medellín, a finales de 1940, se
calculaba una prostituta por cada 40 hombres. Para
los observadores locales moralistas, la ciudad parecía
un gran prostíbulo. Las mujeres exhibían
sus cuerpos en todos los cafés de la calle
Junín, compitiendo entre ellas no sólo
por los clientes sino también por un puesto
fijo. Las inmigrantes campesinas debieron afrontar
la competencia de las chocoanas y de mujeres llegadas
de distintas zonas del país. |