Boletín Cultural y Bibliográfico. Número 37 . Volumen XXXI - 1994 - editado en 1996

 

Mujeres Trabajadoras

CATALINA REYES CÁRDENAS
Historiadora
Profesora Universidad Nacional (Medellín)
Trabajo Fotográfico: Patricia Londoño Vega

Desde mediados del siglo XIX, la presencia de las mujeres en el mundo del trabajo fue significativa. En el Primer Directorio General de Medellín, publicado en 1906, aparecen mujeres desempeñando varios oficios. Contaba Medellín para esa época con ochenta y siete modistas, ciento noventa y una costureras, catorce panaderas, seis sombrereras, doscientas veintiuna aplanchadoras, sesenta cocineras, diez zapateras, tres comadronas, cuatro enflecadoras, nueve fruteras, ciento treinta y cuatro lavanderas y setenta y nueve cigarreras. La mayoría de estas actividades eran extensión de los oficios que tradicionalmente la mujer desempeñaba en su hogar, pero el hecho de trabajar y ganar algún dinero las colocaba en una situación diferente. Muchas de ellas debían desplazarse continuamente por la ciudad, rompiendo el encierro doméstico a que estaban sometidas las mujeres de los sectores medios.

Las empleadas domésticas

Las empleadas domésticas, según los censos, fue el grupo femenino más numeroso de Medellín. Estas mujeres han tenido una gran injerencia en el espacio familiar, en el desenvolvimiento de la vida de las mujeres de sectores altos y medios, en la crianza de los niños y en la sexualidad de los hombres, no sólo en la cultura local sino en todas las culturas 20.

Sobre ellas ha recaído la responsabilidad fundamental de criar, educar y atender a los niños de las clases altas y medias, para que sus madres pudieran disfrutar de otro tipo de actividades y distracciones. Han garantizado la alimentación y la higiene del hogar. El hombre, acostumbrado desde su más tierna edad al regazo del delantal, para su iniciación sexual busca a este objeto de sus fantasías infantiles. Posteriormente, como adulto, sobre esta misma mujer vuelca muchos de sus deseos y fantasías. La empleada doméstica fue un "mediador cultural"; venida del medio rural "perdido" en la ciudad, se incorpora a la sociedad urbana, reelaborando elementos urbanos y modernos a través de sus categorías campesinas. Pero qué poco se sabe de la vida real de estas mujeres, que tanta influencia han tenido en la vida familiar y cotidiana de la sociedad.

Las crónicas locales y los archivos familiares nos hablan de un número elevado de criadas en las casas de la elite y en algunas de sectores sociales medios. No era raro contar con una carguera, una cocinera, dos "dentroderas" y un paje 21. Además, existían las lavanderas y aplanchadoras que realizaban sus tareas por fuera de la casa de la familia. Estaban también las lavadoras de pisos, que prestaban sus servicios con regularidad. Si bien no se puede generalizar, había familias en las que las relaciones con las empleadas domésticas eran buenas y estaban estructuradas dentro de un modelo paternalista. En los archivos de correspondencia de la elite se notaba, por parte de la señora de la casa, preocupación por el bienestar y salud de éstas, reforzándose así las relaciones de dependencia y afecto que contribuían a las actitudes sumisas de las trabajadoras domésticas. La servidumbre se concebía como un bien familiar. La empleada pasaba de madres a hijas, y las hermanas se la prestaban entre sí, de acuerdo con las habilidades de la trabajadora y las necesidades de las familias.

Además de las negras que se dedicaban al servicio doméstico, a principios de siglo se menciona la existencia de mucamas indias, procedentes, en su mayoría, del antiguo resguardo de La Estrella, cercano a Medellín. Es muy probable que las mujeres de estos resguardos, en desintegración, se hubieran empleado en el servicio doméstico. Para los años 20, la mayoría de las empleadas domésticas de Medellín estaba constituida por campesinas de las zonas más próximas a Medellín y del oriente cercano. Estas jóvenes inmigraban solas o eran entregadas por sus padres a familias conocidas de la ciudad que tenían fincas en las zonas rurales.

Las difíciles condiciones de la vida campesina hacían que los padres ofrecieran el trabajo de sus hijas; muchos padres preferían ver a sus hijas empleadas en casas de familia que en las fábricas, pues muchos de ellos las asociaban con el camino hacia la perdición 22. La señora que contrataba a la joven adquiría el compromiso de protegerla y conservar su "virtud". El contrato se realizaba entre la señora y los padres de la muchacha, y no era extraño que éstos fueran quienes reclamaran su precario salario.

Las campesinas emigraban no sólo impulsadas por sus duras condiciones económicas. También lo hacían atraídas por el progreso y la vida urbana que ofrecía Medellín. Helena, campesina de Santa Elena, corregimiento rural cercano a Medellín, y protagonista de Una mujer de 4 en conducta, novela muy popular en los años 40, "se pasaba los días y las noches viendo la extensión de la ciudad y pensando en todas las maravillas que hay en ella: la catedral y tantísimas iglesias, las fábricas tan admirables, los colegios y la Universidad, los parques, las avenidas, esos edificios tan altos y esas casas tan primorosas [...] Qué dicha tener plata y vivir en Medellín" 23.

Muchas trabajadoras domésticas no recibían salario; se contentaban con estar en la ciudad, tener asegurada la vivienda, la alimentación y recibir la ropa que desechaban las señoras. Los salarios del servicio doméstico —si bien no existen estadísticas— eran bastante bajos. Para 1930 una empleada doméstica bien pagada podía ganar entre 7 y 10 pesos mensuales frente a aproximadamente 24 pesos que ganaba una obrera 24. Sus jornadas eran extenuantes y rara vez se limitaban a doce horas. Las salidas eran prácticamente inexistentes y sólo a partir de los años 30 se les concedió algunas veces la tarde del domingo.

Solas y vulnerables

La mayoría de estas trabajadoras domésticas, campesinas jóvenes e ingenuas, se convirtieron en víctimas de una sexualidad agresiva, que soportaron muchas mujeres de sectores populares. Algunas eran objeto de abusos por parte de sus patronos, de los jóvenes de la casa o de algunos tenderos, como aparece frecuentemente en la literatura y en los expedientes judiciales. Otras, ingenuamente engañadas con promesas de matrimonio, accedían a pruebas de amor que a veces terminaban en embarazos indeseados.

Para los jefes de hogar, las campesinas del servicio doméstico, además de ejercer el atractivo de un cuerpo joven y de una sexualidad posiblemente más gratificante que la de la esposa, ofrecían la seguridad de no estar contaminadas de enfermedades venéreas, como sí sucedía con muchas prostitutas.

Un embarazo ponía a estas mujeres en una situación verdaderamente angustiosa. Como madres solteras, perdían el empleo y se exponían a la vergüenza y al rechazo familiar. Muchas de ellas, hijas de hogares campesinos tradicionales, se hacían acreedoras al castigo paterno y de los hermanos, que podía llegar incluso a la agresión. Francisco Restrepo, agricultor de 52 años, fue acusado en 1911, por sus vecinos, de maltrato y envenenamiento de su hija Rosa Restrepo. Rosa quedó embarazada siendo soltera y, según testimonios de los vecinos, su padre la maltrataba a punto de "foete" proporcionándole unas "cuerizas fenomenales". Poco después de dar a luz, Rosa falleció sin causa aparente y los vecinos sindicaron al padre de haberla envenenado 25. Solas y desprotegidas, muchas madres solteras entregaban sus hijos a instituciones caritativas, y otras, ante la falta de apoyo familiar y laboral, se dedicaban a la prostitución. La situación de estas trabajadoras domésticas, madres solteras, era tan difícil que, según consta en expedientes del archivo judicial de Medellín, la mayoría de las sindicadas de aborto e infanticidio pertenecían a esta condición laboral y eran casi en su totalidad jóvenes campesinas inmigrantes.

La práctica del aborto encerraba graves riesgos no sólo para la vida y la salud, sino de tipo jurídico y religioso. La falta de libertad implicaba, para una trabajadora doméstica embarazada, perfeccionar una serie de tácticas para esconder su estado, tanto a los ojos de la patrona como a los del vecindario y de las compañeras de trabajo. El encierro en el espacio doméstico dificultaba dar a luz o abortar sin que nadie se diera cuenta. Esta permanente vigilancia permitía que fueran descubiertas y acusadas por delitos de aborto e infanticidio, de los que escapaban seguramente las trabajadoras independientes y las prostitutas.

En los casos de infanticidio consultados, en el archivo judicial de Medellín, todas las sindicadas eran madres solteras y, exceptuando una de ellas, tenían otros hijos. De estas madres sólo una convivía con sus hijos. Las demás, para poder trabajar, los entregaban a las Hermanas de la Caridad o a la Casa de Pobres. Exceptuando uno de los casos, todas eran mayores de 20 años de edad. De doce casos consultados, once fueron sobreseídas. La mayoría de estas mujeres alegaban en el juicio que los niños habían nacido muertos o que habían muerto minutos después del parto y que ellas, sin saber qué hacer, habían ocultado sus cadáveres. Todas dieron a luz solas, en solares o cañaduzales. Esta situación hacía que no hubiera testigos que pudieran darle fuerza a la acusación de infanticidio.

Muchos de estos juicios se iniciaban cuando el cadáver del niño aparecía, o cuando los comentarios indiscretos de vecinos o compañeras de trabajo denunciaban el embarazo oculto y la posterior desaparición de la criatura. El peritazgo de Medicina Legal en estos casos se reducía a sumergir en agua un pulmón de la criatura; si este flotaba era porque la criatura respiraba en el momento del infanticidio; si se hundía, era porque la criatura había nacido muerta. Esta circunstancia aligeraba de culpa a la madre. En la mayoría de los casos de infanticidio se utilizaban métodos como la sofocación, la inmersión en las alcantarillas y letrinas, las fracturas del cráneo y la estrangulación de los recién nacidos 26.

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Postal francesa enviada por su novio a una señorita medellinense,ca. 1910 (colección particular)

Anatilde Mora, de 18 años, fue acusada de infanticidio. El control social ejercido por las vecinas denunció su falta. Una de las vecinas declaró: "Hace ocho o diez días observé que Anatilde Mora, sirvienta de la casa vecina, se hallaba muy robusta, juzgué que estaba próxima a su alumbramiento [...] tuve noticias de que la Mora se hallaba muy enferma y se refugiaba en el primer piso [...] Al día siguiente volvió a sus quehaceres demostrando agilidad y ejecutando actos que alejaban toda sospecha". La patrona, por su parte, manifestó que Anatilde era una muchacha tímida, de mirada baja y de buenas costumbres. En el juicio, Anatilde, mucho más ingenua que los demás, que empezaban por asegurar su inocencia al declarar que la criatura había nacido muerta, declaró: "A consecuencia de una caída por las escaleras tuve una niñita de unos seis meses. La tomé y después de reventarle el cordón umbilical y persuadirme que estaba viva, pasé a los excusados y la arrojé allí, no sin pesar y por el temor que siempre me ha inspirado mi padre. Según los testigos, el padre, agregado de los patronos de Anatilde, acostumbraba a castigar duramente a sus hijas. Anatilde fue condenada a un año y se atenuó su delito al ser declarada culpable de homicidio por temor a su padre y por ocultar su deshonra. El causante del embarazo fue su novio Manuel Fonnegra, "quien en atención a las promesas que me hacía de casarse conmigo, llegó al extremo de exigirme acceso a mi cuerpo en prueba de mi virginidad".

En los casos de aborto es aún más difícil demostrar una clara culpabilidad. Lo que sí ponen de manifiesto los trece casos consultados es el enorme control social que operaba sobre la vida femenina. Patronas, tenderas, compañeras de trabajo, actuaban como ojos vigilantes sobre el cuerpo de las demás mujeres. Las condiciones de trabajo, caídas, exceso de esfuerzos, largas caminatas se convierten en otras tantas explicaciones verosímiles del aborto voluntario. En 1917, Concepción González, soltera, de 21 años de edad y trabajadora de una trilladora, sufrió un aborto mientras alzaba bultos de café. Fue exonerada por su buena conducta y porque el juez consideró que la mujer estaba realizando un esfuerzo considerable 27. En muchos de los casos de aborto hay indicios de que la inculpada estaba ingiriendo bebedizos que se consideraban abortivos. Algunas veces las madres, cómplices de sus hijas, eran quienes las preparaban. El consumo de este tipo de infusiones no se aceptaba como prueba suficiente, pues no eran considerados por el médico legal como abortivos reales 28.

Los casos estudiados en el archivo judicial dan pie para afirmar que, contrario a lo que sucede en las clases altas y medias, donde el acceso normal de la mujer a la sexualidad se efectuaba a través del matrimonio, entre las clases populares la sexualidad se vivió, en gran medida, al margen de él. La maternidad no era el resultado de una relación de pareja, sino el fruto de amores o encuentros sexuales fugaces y provisionales.

Los educadores y sacerdotes de la época eran conscientes de esta sexualidad marginal de los sectores populares. De ahí sus reiteradas advertencias en manuales de higiene, urbanidad y pedagogía doméstica para que las madres fueran vigilantes de las relaciones entre criadas e infantes. El descuido de estas relaciones podría tener nefastas consecuencias para el niño. "Entre las causas de perversiones que más hay que vigilar, ninguna tan trascendental como el trato con los criados" aseguraba en 1906 don Tulio Ospina, en su Protocolo hispanoamericano de urbanidad y buen gusto". El sacerdote Ulpiano Ramírez responsabiliza de la mala conducta sexual de las niñas a las cargueras, a quienes, según él, prácticamente se les entregan los hijos. La estrecha relación entre una niña y su inmoral carguera produjo, según el sacerdote, los siguientes resultados: "En una niña se dio este vicio (masturbación) a los 4 años, murió a los doce en acto de pecado. Otra niña empezó cuando aún no tenía tres años, y de sus resultados perdió las vistas, el oído, se puso flaca y murió" 29.

La vida triste de las alegres muchachas

Durante la primera mitad del siglo XX se dio un aumento significativo de la prostitución femenina. Este aumento se asocia a la migración campesina, pues las fábricas y el trabajo doméstico no alcanzaban a absorber toda la población femenina en capacidad de trabajar. Por otra parte, los bajos salarios, sobre todo los de las mujeres, que eran hasta 40% más bajos que los de los hombres, obligaban a algunas obreras a completar sus ingresos con esta actividad. Algunas jóvenes campesinas desprotegidas, lejos del hogar y sin los controles tradicionales y desarraigadas cultural y afectivamente, accedían fácilmente a este oficio. En varias ocasiones la prensa local denunció la existencia de una red de trata de blancas que operaba en la estación del ferrocarril, donde se reclutaban campesinas recién llegadas a la ciudad.

Para las autoridades, uno de los aspectos más importantes era definir dónde se debían ubicar las mujeres públicas. El Código de Policía mantuvo desde principios de siglo hasta 1936 la prohibición de que se establecieran cerca de templos, planteles de educación, fábricas, talleres y plazas de mercado. A fines del siglo XIX, en un estudio que hizo el doctor Aureliano Posada, Medellín contaba con 175 prostitutas, ubicadas fundamentalmente en los barrios de Guanteros y el Chumbimbo 30. Al no estar claramente delimitadas las zonas de prostitución, las mujeres dedicadas a este oficio eran frecuentemente víctimas de hostilidades y chantajes por parte de la policía. En 1917 varias meretrices enviaron memoriales al concejo de Medellín pidiendo que les asignaran un barrio donde pudieran ejercer su oficio tranquilas y libres de la persecución policial. El concejo, después de estudiar la solicitud, no consideró propio fijarles un barrio 31.

En los años 20, Medellín contaba con cuatro zonas de prostitución. La Guaira, en Guayaquil; el Chágualo, cerca de San Vicente de Paúl; Orocué, en Maturín con Cúcuta, y la Bayadera, en La Toma. Poco después se consolida "El Llano", situado en los alrededores del cementerio de San Pedro y más conocido como Lovaina. Ésta se convirtió en la zona más apreciada. Desde los sábados la animación de la ciudad se desplazaba a ese sector. Su radio de acción se iniciaba en la calle Manizales, cerca del aristocrático barrio de Prado, y llegaba hasta el parque de Acevedo, en la antigua carretera a Bello. En los fines de semana reinaba allí un ambiente de música, fiesta y licencia. Numerosos bares competían entre sí por la clientela masculina. Entre los más destacados estaban la Curva del Bosque, el Bar Benedo, el bar El Colegio y el American Bar.

En los numerosos bares y cantinas el mayor atractivo lo constituían las meseras y los grupos musicales con guitarras, tiples y bandolas. La mesera, personaje femenino ambivalente, mezcla de muchacha del servicio y de prostituta, ejercía una fuerte atracción sobre los hombres y muchas de ellas completaban, con la complacencia del propietario de la cantina, sus bajos salarios con la prostitución.

El burdel se convirtió en un sitio importante de sociabilidad masculina y se le describió como sitio tétrico pero a la vez excitante. La prostitución cumplía tres funciones fundamentales: iniciar a los jóvenes, satisfacer a los célibes y apaciguar a los maridos insatisfechos. Los burdeles no sólo eran teatros del placer, sino espacios más libres que se convirtieron en los sitios de reunión de estudiantes, bohemios, artistas e intelectuales. En los años 45 varias mujeres públicas se hicieron famosas por su generosidad y amistad con hombres de distintos círculos de la ciudad. Este fue el caso de la celebre María Duque, inmortalizada en la obra de Fernando Botero La mona Plato, que gozaba de gran aprecio entre los estudiantes, o Ana Molina, quien combinaba sus atractivos sexuales con inteligentes consejos 32.

Una de las consecuencias del auge de las prostitución fue el incremento de las enfermedades venéreas. Desde 1898 existió la preocupación manifiesta por su control. En ese año el concejo municipal reglamentó por primera vez la creación de un dispensario que atendiera a los pacientes infectados por el contagio venéreo. Éste, además, se encargaría de proveer a las mujeres públicas de un certificado de sanidad que debían colocar en un lugar visible y hacer renovar cada mes. Sin embargo, la aplicación de esta norma sólo se hizo efectiva en 1917, cuando se creó el Instituto Profiláctico. La estadísticas del dispensario son fragmentarias y fluctuantes. En 1919 se atendieron 500 prostitutas, después la cifra bajó drásticamente, lo que hace suponer que las autoridades locales fueron menos drásticas en este control.

Al mediar la segunda década de este siglo, en periódicos, folletines y revistas se hicieron comunes los relatos sobre inocentes esposas contaminadas de algún vergonzoso mal por su cónyuge. Los manuales de higiene y pedagogía doméstica recomendaron que a los niños recién nacidos se les aplicara, en la conjuntiva, nitrato de plata. Esta medida contrarrestaba una posible conjuntivitis blenorrágica contraída en el momento de nacer, infectados por la madre, posible portadora de una enfermedad sexual. El aumento de las enfermedades sexuales llevó a que algunos médicos, entre ellos el higienista Laurentino Muñoz, propusieran en 1930 el certificado médico prenupcial obligatorio como forma de proteger a las mujeres del contagio sifilítico 33.

En Medellín, a finales de 1940, se calculaba una prostituta por cada 40 hombres. Para los observadores locales moralistas, la ciudad parecía un gran prostíbulo. Las mujeres exhibían sus cuerpos en todos los cafés de la calle Junín, compitiendo entre ellas no sólo por los clientes sino también por un puesto fijo. Las inmigrantes campesinas debieron afrontar la competencia de las chocoanas y de mujeres llegadas de distintas zonas del país.