| Las calles
perduran
Las casas que hablan. Guía histórica del barrio de La Candelaria de Santafé
de Bogotá
Elisa Mújica
Biblioteca Nacional de Colombia-Corporación La Candelaria-Colcultura, 198 págs.
Se necesita mucho amor para reconstruir, con base en la memoria y documentos
históricos, un sitio específico dentro del cual nos hemos movido durante algunos años.
Y es esta circunstancia, precisamente, la que ha llevado a Elisa Mújica a escribir su
libro Las casas que hablan. Por ese amor nos conduce hacia todos y cada uno de los
vericuetos de lo que hasta el momento se conoce como Bogotá antigua, lugar de su
fundación, y que hoy configura el barrio de La Candelaria.
Hace algunos años visité en varias ocasiones la calle Doce, donde vivía
entonces Elisa Mújica. Aquellas visitas me ayudaron no sólo a conocer de cerca a la
escritora disciplinada, profundamente enterada de los avatares de la literatura y con una
presencia que ya es duradera en la cultura colombiana, sino también su casa, ejemplo de
conservación y de belleza colonial.
Durante muchos años vivió Elisa en La Candelaria. La recorrió con la seguridad
de quien habita un sitio que le pertenece y lo grabó en su memoria como parte de sus
experiencias más gratas. Su afecto por estas calles y estas casas no la limitó al
recorrido cotidiano sino que la llevó a escudriñar en libros de diferentes épocas las
anécdotas, las historias trágicas, los chismes amorosos y las biografías de los
personajes que perfilaron bajo sus techos los principios de nuestra nacionalidad.
[...] Pero el general Caicedo la cedió a otro general y además
héroe, Juan José Neira, que acababa de obtener el triunfo en una batalla decisiva para
liberar a la ciudad de caer en manos de los enemigos del gobierno. Gravemente
herido en el combate, Neira falleció allí, acompañado del dolor de los
bogotanos que le amaban por su valor e hidalguía, demostrados desde la guerra
de la Independencia. Parece que por añadidura poseía una extraordinaria hermosura
juvenil. El día del entierro, las enlutadas calles de los alrededores de la plazuela
presenciaron el inusitado espectáculo de muchas señoras que disputaban a los caballeros
el honor de cargar el ataúd. [pág. 87]
En ese minucioso escrutinio se asomó a documentos tan importantes como Leyendas
históricas, de Manuel José Forero; Papel periódico ilustrado; Crónicas de
Bogotá, de Pedro M. Ibáñez; Croniquillas de mi ciudad, de Luis María Mora; Reminiscencias
de Santafé y Bogotá, de J. M. Cordovez Moure, entre otros, referenciados con acierto
y oportunidad a lo largo de su libro.
Con un lenguaje claro y preciso, Elisa Mújica nos conduce por las estancias
coloniales y nos hace revivir el tiempo en que la vida trajinaba por sus patios empedrados
y sus pisos de madera. Y es evidente que la vida palpita en las páginas del libro,
ilustradas con acierto por Daniel Rabanal, y nos invita a mirar con otros ojos esas
paredes, balcones y cornisas que hoy continúan su desafío al paso del tiempo y al acecho
de las modas arquitectónicas.
En la tienda de Llorente, como en las demás de la misma calle, se vendían
desde paños, terciopelos, bayetas, hebillas, lienzos, holandas y muselinas, hasta
cigarros y rapé, especias, vinos, aceites, loza, cuerdas traídas de Cataluña, papel de
escribir, agujas, novenas y medallas de santos. Muchos de los viejos clientes, que antes
de la revolución se reunían en el local para efectuar sus compras y de paso charlar,
volvieron a pasar por el frente cuando los conducían al cadalso, levantado en la antigua
plaza. Ahora la tienda es el corazón del museo que colecciona los recuerdos preciosos de
esos personajes. [pág. 99]
Si de veras se quiere amar a Bogotá, el libro de Elisa Mújica debe ser leído
en escuelas y colegios y por todos aquellos que habitan esta urbe desordenada, caótica,
que espera de sus habitantes un comportamiento acorde con el peso de su historia. La
invitación está contenida muchas veces a lo largo del libro, como aquella en que, al
referirse a La casa del sabio (en la que nació don Rufino José Cuervo) calle de la
Esperanza No. 4-69 (dos plantas), nos dice:
Debería imponerse a los escolares la obligación de peregrinar en comunidad,
cada año, a este sitio. [pág. 52]
O como en aquella en que Elisa Mújica, al referirse a la desaparición de muchas
casas, con un tenue tinte de nostalgia nos dice:
Ya no están en pie muchas de las casonas que aquí se reseñan. Sin embargo,
deben evocarse en una guía destinada a memorar un trozo de la historia santafereña
vivida bajo sus techos. Si se procediera de otro modo, limitando la atención a las
construcciones existentes, no podría darse idea de lo que fue La Candelaria y continúa
siéndolo en una forma recóndita. [pág. 33]
O cuando nos recuerda las palabras de Moisés de la Rosa:
El trazado de las calles de una urbe es menos perecedero que los edificios y
templos levantados en sus aceras, porque éstos a menudo se derrumban o deforman, en tanto
que la calle, con su recta o sinuosa trayectoria, perdura como un viejo pergamino. [pág.
33]
Elisa Mújica es santandereana (Bucaramanga) y radicada en Bogotá desde muy
temprana edad. Su obra literaria no es abundante pero sí muy significativa: las novelas Los
dos tiempos, Catalina (premio literario Esso, 1962) y Bogotá en las nubes; los
libros de cuentos Ángela y el diablo, Árbol de ruedas, Las torres del
humo; los ensayos La aventura demorada y la Introducción a santa
Teresa; y los libros para niños La Expedición Botánica contada a los niños y
Pequeño bestiario. Es, además, miembro de número de la Academia de la Lengua desde
1984.
BENHUR SÁNCHEZ SUÁREZ |