| Tortuosas
humoradas
Historias detrás de la historia de Colombia. Escándalos, rumores y
anécdotas sobre protagonistas y episodios nacionales
Eduardo Lemaitre
Editorial Planeta, Colección Memoria de la Historia, Santafé de Bogotá, 1994, 274
págs.
De Quincey escribió que la historia es una disciplina infinita, o al menos
indefinida, ya que los mismos hechos pueden combinarse o interpretarse de diversos modos,
lo que implica que un texto histórico que recoja las voces de cronistas y viajeros sólo
podrá aportar de novedoso la interpretación particular de los sucesos efectuada por su
compilador.
El gran reto del historiador, por tanto, ha de ser el de apreciar los hechos de
manera imparcial y narrarlos de forma objetiva, dejando al lector la posibilidad de
evaluarlos y sacar sus propias conclusiones. Si logra realizar con éxito esta misión, su
obra quizá pueda salvarse, pero si cae en el maniqueísmo o se parcializa, irá rumbo al
fracaso y será pronto condenada al olvido.
Historias detrás de la historia de Colombia de Eduardo Lemaitre es, como
tantos libros de su género, una apretada colección de viñetas que, en forma de
artículos periodísticos, nos llevan del descubrimiento a la república, rescatando
algunas páginas soterradas de nuestra historia.
Este relato podría resultar interesante, simpático y hasta revelador, si
permitiera a los cronistas y viajeros de la época transmitirnos el asombro y perplejidad
que les suscitara el nuevo mundo. Pero afectado por lo anecdótico, la pintoresco y lo
trivial, termina por adquirir un tono chascarrillero que trunca las alas de la
imaginación y degrada a lo banal la gran saga americana.
Un maniqueísmo de civilización y barbarie rige las páginas de Historias
detrás de la historia de Colombia, en el que los indios en general, y los
caribes en particular, son presentados como una horda de antropófagos, sodomitas y
desvergonzados, que no dejó una sola muestra de su cultura que valga la pena, mientras
que los hijos de Castilla hombres barbados y de pelo en pecho, son los
portadores de la civilización, representantes de "una cultura infinitamente superior
en todos los aspectos".
El historiador cartagenero, influenciado quizá por las lecturas de Iriarte y
Samaniego, organiza los breves episodios de su relato a manera de fábulas didácticas
que, introducidas con una cita equivalente al clásico "había una vez" y
concluidas con el no menos trivial "colorín colorado", le sirven para
enseñarnos una moraleja de amor al poderoso y desprecio al débil, la cual justifica, al
mejor modo eugenésico, el triunfo del primero y la desaparición del último como una ley
inexorable de la vida.
"Nuestros abuelos paternos practicaban la antropofagia. Este es un hecho
positivo, sobre el que están de acuerdo todos los cronistas de la época y hasta
Humboldt, que nos visitó 200 años después de la conquista; pero no antropófagos
ordinarios, sino con refinamientos de gourmet, pues, según consta, primero capaban
a sus prisioneros, luego los engordaban y finalmente se los comían asados,
presumiblemente a la barbacoa [...] Según cuenta fray Pedro Simón, los indios muzos (que
también eran caribes, como los pijaos) venían muy sí señores a tomar tranquilamente a
los pacíficos indios moscas (muiscas o chibchas) que necesitaban para comer, ni más ni
menos que como quien saca carneros de una manada. O sea que, si no llegan los españoles a
tiempo, y les dan su merecido, no queda ni un chibcha".
Lo más deplorable quizá en el estilo ahipado y cojitranco con que el señor
Lemaitre nos lleva a los barquinazos por las páginas de nuestra historia, es su sentido
del humor, burdo, prejuiciado y chocarrero, en el que nos revela con toda claridad su
desprecio por el indio, el negro, las mujeres y los homosexuales, a quienes considera como
débiles, pusilánimes y sumisos, en fin, dignos responsables de su desgracia. Las
tortuosas humoradas del señor Lemaitre funcionan como leitmotiv en su relato y
encierran, como grotescos paréntesis, cada uno de los episodios de su libro.
Un pasaje sobre la sodomía entre los caribes, narrado por Fernández de Oviedo,
es introducido por Lemaitre de la siguiente manera: "No menos detestable para esos
hombres barbados y de pelo en pecho que eran los conquistadores les pareció a Oviedo y a
sus compañeros el homosexualismo que se practicaba entre nuestros abuelos (diré mejor
entre nuestros tíos)" y luego de hacer que Fernández de Oviedo nos cuente la forma
enérgica como el gobernador don Pedro de Heredia reprimió en su tiempo la "nefanda
sodomía", añade el siguiente colofón de su cosecha: "Con lo que se demuestra,
claramente, que el ñato Heredia no respetaba, ni por semejas, la dignidad ni los derechos
humanos, como sí lo hace por ejemplo el presidente Clinton, insigne protector de los
maricas, dicho sea con todo el respeto; y que el señor Oviedo estaba muy atrasado en sus
ideas".
La inauguración en Cartagena del monumento a la india Catalina, efectuado
durante el período en que el señor Lemaitre era presidente de la Academia de Historia de
esa ciudad, es introducido por su pluma de la siguiente manera: "Se ha erigido
recientemente en Cartagena una estatua a la india Catalina; y como ya en la prensa
nacional empezaron a aparecer fotografías del monumento, algunas con acompañamiento de
damas tan desnudas como aquella, bueno es que hablemos hoy de ese personaje", para
luego anotar que si Catalina merece o no un monumento, es algo que depende del cristal con
que se mire, porque para "la gavilla que ya sabemos", esta mujer que se prestó
a ayudar a Heredia en su expedición conquistadora, no pasa de ser una "cerda
colaboracionista aliada del imperialismo", mientras que para personas como él,
"que no ven las cosas históricas bajo la lente aberrante de la política", en
Catalina "puede justamente rendírsele homenaje y así se ha hecho a la
raza india, que felizmente terminó aceptando y adaptándose a las realidades de una
civilización infinitamente superior, por todos aspectos". Y agrega, a manera de
puntillazo, la siguiente inquietud que desasosiega su espíritu: "Porque, ¿qué tal
que estuviéramos todavía tirando flechas y comiéndonos los unos a los otros,
físicamente?".
La mojigatería y puerilidad del señor Lemaitre llega a extremos inconcebibles
cuando se atreve a hacer mofa de la forma como vestían nuestros aborígenes, y después
de anotar que según Juan de Castellanos y Fernández de Oviedo las indias de Galerazamba
(tribu de donde provenía Catalina), solían andar incluso con las "partes
impudentes" al aire y los hombres apenas si ocultaban el miembro viril en canutos de
oro o caracoles, propone con su inefable chocarrería que "ahora que tanto se habla
de moda colombiana [...] algún modista nacional debería lanzar un modelo
masculino, especial para estrenarlo en el próximo concurso de belleza [...] de modo que
los jurados calificadores salgan a pares con las candidatas, que para ese tiempo andan por
acá más patentes y abiertas que las parientas de la india Catalina".
Consecuente con el maniqueísmo civilización-barbarie, poderoso-débil,
conquistador-conquistado, que rige su obra, Eduardo Lemaitre, en su dilatado periplo del
descubrimiento a la conquista, nos presenta una particularísima visión de la historia en
la que, basándose en estudios de Tuberville, la Inquisición aparece como una
institución que, si bien pudo haber sido cruel, se debió más que todo al alto sentido
del cumplimiento del deber que tenían sus lictores, que a la perversidad de los mismos.
Y, por el contrario, el padre De Las Casas, de acuerdo con Menéndez Pidal, aparece como:
"un paranoico atormentado por un monoideísmo fijo y obsesivo" que, según
Lemaitre, lo mantuvo botando espumarajos por la boca durante 50 años, empeñado en
demostrar que todo lo que habían hecho los españoles desde Colón hasta la época era
malo, mientras que los indios antropófagos, como los caribes y los aztecas, eran mansas
palomas.
Fiel a su empeño por desinfamizar la historia, Eduardo Lemaitre no sólo se
limita a reinterpretarla, sino que obcecado y monotemático como el mismísimo De
Las Casas se obstina en transmitirnos sus prejuicios de clase, llegando incluso a
justificar el uso de la violencia con tal de preservar las instituciones y mantener a raya
a la plebe.
Al hacer referencia al aciago pasaje de las Bananeras, nos señala que, de
acuerdo con el revelador estudio de "el gran político liberal Pedro Juan
Navarro", Cortés Vargas, jefe militar de las tropas gubernamentales que masacraran a
los huelguistas de la United Fruit Company, era, a diferencia de lo que muchos han
creído, "un militar civilizado, y además un intelectual, que llegó a ser
Académico de la Historia", y a quien simplemente le tocó en suerte ejecutar
"una represión obligada y necesaria, pero excesiva", para luego añadir que
esta "página tenebrosa de nuestra historia contemporánea debe servirnos de lección
para impedir severamente la prédica comunista, enemiga del concepto de Patria".
Finalmente, y como para sellar con broche de oro su amor por quien ostenta la
vara del poder, nuestro historiador concluye su capítulo sobre la república con un
vergonzoso ditirambo acompañado de hurras y vítores al presidente Turbay Ayala, quien
con su estatuto de seguridad ha sabido dar al país "un ejemplo de ponderación y de
prudencia, dos virtudes que son el pedestal de la respetabilidad".
El hombre de letras, escribió Borges, "ha de ser una especie de gran dios
insondable, capaz de comprender a todos los seres, sin descender jamás a la mera
política, que discrimina y que condena", principio lamentablemente pretermitido por
este libro, en el que el autor, con el pensamiento amurallado como el tiempo en las
paredes de su antigua ciudad, nos trae una visión anquilosada, fragmentaria y clasista de
la historia, que poco o nada aporta a la comprensión de nuestra realidad, surgida del
mestizaje, la cual debe tender cada vez más hacia el respeto por el otro, hacia la
aceptación de nuestras diferencias.
SAMUEL SERRANO S. |