Boletín Cultural y Bibliográfico. Número 37 . Volumen XXXI - 1994 - editado en 1996
 

Recuerdos heredados


Los años escondidos. Sueños y rebeldías en la década del veinte
María Tila Uribe
Cerec-Cestra, Santafé de Bogotá, 1994, 353 págs.


El libro de María Tila Uribe fue un parto doloroso y tal vez por ello se demoró tanto en salir a la luz pública, cuando estaba listo desde hacía años. Tila, como la llamamos quienes la conocemos, no tuvo educación formal, y sin embargo terminó siendo maestra autodidacta en materia de enseñanza de adultos. Es además, y no se trata de cualquier detalle, hija de Tomás Uribe Márquez, destacado intelectual de los años veinte y secretario del Partido Socialista Revolucionario.

Tal vez en estos breves rasgos biográficos radique la explicación de por qué Los años escondidos no fue editado hasta el año pasado. Sin ser historiadora profesional, Tila Uribe se adentra en los vericuetos del pasado a desentrañar unos hechos que no vivió pero de los cuales guarda un recuerdo "heredado". Son hechos que coinciden con los últimos años de su padre. Por ello fue más doloroso aún el parto, si se me permite abusar de la metáfora: ella quería (re)hacer la historia verdadera de su padre y de la generación que lo acompañó. Puso, por tanto, todo su intelecto en la recolección minuciosa de documentación de los años veinte desde la perspectiva de esa generación que le es tan cara. Por eso su historia, la que ella reconstruye, se mueve entre el pasado y el presente en ese continuo ir y venir propio de los afectos. Es una historia de seres humanos de carne y hueso, de sueños y rebeldías de gentes, como suele designarlas, muy cercanas; no es una reconstrucción fría de modos de producción o de estructuras políticas o ideológicas. Por ello se demoró tanto en terminar este libro, pues a las consideraciones ya enumeradas se agrega su natural perfeccionismo. Si por ella fuera, todavía estaría buscando más documentos, leyendo los últimos libros sobre el tema, entrevistando a más sobrevivientes, recolectando fotos desconocidas o esculcando el último baúl en busca de recuerdos perdidos. Estoy seguro de que lo publicado no refleja sino la quinta parte de lo recopilado. Pero ya era hora de que el libro se produjera.

Se entiende así que este texto sea de todo un poco, en el mejor sentido de la expresión. Es una biografía, un anecdotario, un testimonio, un juicio y una reconstrucción de una generación rebelde y de paso uno de los mejores textos publicados sobre el socialismo revolucionario. De ahí los evidentes logros, pero también los defectos o limitaciones. Comencemos por estos últimos, como es usual en este tipo de reseñas. Por tratarse de la biografía, contextualizada, de su padre, a Tila lo es difícil tomar distancia. Ello en sí no tendría problema, pues si se tratara de negar los afectos para escribir historia, muy pocas biografías saldrían a la luz pública. Extraño, eso sí, como lector y como historiador, referencias explícitas a los archivos donde reposan documentos claves que se citan a lo largo del texto. Por ejemplo, el testimonio de Juan Francisco Cuéllar (págs. 51-52); en la página 23 se menciona una entrevista hecha en 1960 (¿se trata de la misma fuente?) o a las memorias de Carlos Cuéllar (págs. 89-92) o los documentos transcritos en las páginas 259-260 o la carta de Tomás mencionada en la página 260. Estoy seguro de que en los primeros casos se trata de documentos familiares que reposan en su poder y que en los dos últimos fue un descuido que fácilmente se superará en la siguiente edición (pues estoy seguro de que habrá otras). Lo mismo podrá ocurrir con algunas pequeñas imprecisiones históricas, como el decir (pág. 46) que en 1923 había desaparecido el Partido Socialista; o ubicar el destierro de los artesanos de las Sociedades Democráticas treinta años después (pág. 103) o llamar "general" al ministro Ignacio Rengifo, quien seguramente quiso ser militar pero no lo fue sino de mente. Es bueno precisar también la fecha de retorno de Francisco de Heredia al país, situada en el texto en 1922. Hay, por último, cierto tono apologético al situar a su padre dentro de la "verdad" histórica, que convierte a ratos el libro en un juicio político a posteriori. Las polémicas con Torres Giraldo (pág. 157) o con Mahecha (pág. 301), además de un par de referencias anacrónicas a la antigua URSS, bajan el nivel de un texto que tiene el rigor y la seriedad necesarias como para considerarlo dentro del género de la historia.

Pasa salirle adelante a estas críticas, María Tila Uribe buscó hacer una biografía contextualizada de su padre y de la generación de socialistas revolucionarios de los años veinte. Ahí radica su novedad e importancia. El tema, un poco trillado, pero no trabajado en profundidad, recibe nuevas luces con el libro en cuestión. El solo rescate de la figura de Tomás Uribe es ya un mérito. Pero son también aportes su ubicación como intelectual, el peso de los viajes en su formación (España y el anarquismo, México y la revolución, Venezuela y el contacto con otros rebeldes igualmente soñadores con quienes se planearía la insurrección del 29); el papel de las mujeres en la organización y la vida del PSR (de hecho, se puede decir que, sin ser un libro feminista, hace visible a la mujer en una dimensión que sólo se le reconocía a María Cano); y la vida cotidiana de las organizaciones obreras y socialistas de esos años, apoyadas en grupos de amistad y casi de familia extensa (Tomás era primo de Heredia y de María Cano, quien a su vez era prima de Luis Tejada; Tomás mismo estuvo emparentado con los Cuéllar y así podríamos seguir).

Pero la importanca del libro de Tila no está solamente en el contenido; también radica en el uso novedoso de los métodos históricos. Como dije al principio, no es ella una historiadora profesional y, sin embargo, incursiona en la disciplina con tal maestría, que la hace una verdadera autodidacta no sólo en menesteres educativos sino de las ciencias sociales. Me refiero al intento de hacer una reconstrucción no individual sino grupal, cercana a las propuestas anglosajonas de prosopografía o del estilo narrativo lleno de anécdotas y de un fino humor —no muy común en los adustos libros de historia— que hace no sólo ameno el texto sino más cercano a nuestras historias cotidianas. Tila, sin mucho alarde teórico, se mete por los vericuetos de la cultura tocando una de las temáticas que más novedad le han traído a la historiografía. Por todo ello no es cualquier reconstrucción la que nos ofrece: se trata de una obra renovadora por su contenido —convirtiéndose en una de las mejores historias del Socialismo Revolucionario—, pero también por los métodos usados —salvo pequeñas imprecisiones y descuidos fácilmente corregibles—, que la colocan en la punta de los procedimientos historiográficos. Por ello estoy seguro de que los lectores disfrutarán Los años escondidos y aprenderán mucho, reconociendo de paso el papel que alguien olvidado, como lo fue Tomás Uribe Márquez, desempeñó en la Colombia de los años veinte. La misión de Tila está cumplida, y este parto no fue en vano.

MAURICIO ARCHILA N.