| Recuerdos
heredados
Los años escondidos. Sueños y rebeldías en la década del veinte
María Tila Uribe
Cerec-Cestra, Santafé de Bogotá, 1994, 353 págs.
El libro de María Tila Uribe fue un parto doloroso y tal vez por ello se demoró
tanto en salir a la luz pública, cuando estaba listo desde hacía años. Tila, como la
llamamos quienes la conocemos, no tuvo educación formal, y sin embargo terminó siendo
maestra autodidacta en materia de enseñanza de adultos. Es además, y no se trata de
cualquier detalle, hija de Tomás Uribe Márquez, destacado intelectual de los años
veinte y secretario del Partido Socialista Revolucionario.
Tal vez en estos breves rasgos biográficos radique la explicación de por qué Los
años escondidos no fue editado hasta el año pasado. Sin ser historiadora
profesional, Tila Uribe se adentra en los vericuetos del pasado a desentrañar unos hechos
que no vivió pero de los cuales guarda un recuerdo "heredado". Son hechos que
coinciden con los últimos años de su padre. Por ello fue más doloroso aún el parto, si
se me permite abusar de la metáfora: ella quería (re)hacer la historia verdadera de su
padre y de la generación que lo acompañó. Puso, por tanto, todo su intelecto en la
recolección minuciosa de documentación de los años veinte desde la perspectiva de esa
generación que le es tan cara. Por eso su historia, la que ella reconstruye, se mueve
entre el pasado y el presente en ese continuo ir y venir propio de los afectos. Es una
historia de seres humanos de carne y hueso, de sueños y rebeldías de gentes, como suele
designarlas, muy cercanas; no es una reconstrucción fría de modos de producción o de
estructuras políticas o ideológicas. Por ello se demoró tanto en terminar este libro,
pues a las consideraciones ya enumeradas se agrega su natural perfeccionismo. Si por ella
fuera, todavía estaría buscando más documentos, leyendo los últimos libros sobre el
tema, entrevistando a más sobrevivientes, recolectando fotos desconocidas o esculcando el
último baúl en busca de recuerdos perdidos. Estoy seguro de que lo publicado no refleja
sino la quinta parte de lo recopilado. Pero ya era hora de que el libro se produjera.
Se entiende así que este texto sea de todo un poco, en el mejor sentido de la
expresión. Es una biografía, un anecdotario, un testimonio, un juicio y una
reconstrucción de una generación rebelde y de paso uno de los mejores textos publicados
sobre el socialismo revolucionario. De ahí los evidentes logros, pero también los
defectos o limitaciones. Comencemos por estos últimos, como es usual en este tipo de
reseñas. Por tratarse de la biografía, contextualizada, de su padre, a Tila lo es
difícil tomar distancia. Ello en sí no tendría problema, pues si se tratara de negar
los afectos para escribir historia, muy pocas biografías saldrían a la luz pública.
Extraño, eso sí, como lector y como historiador, referencias explícitas a los archivos
donde reposan documentos claves que se citan a lo largo del texto. Por ejemplo, el
testimonio de Juan Francisco Cuéllar (págs. 51-52); en la página 23 se menciona una
entrevista hecha en 1960 (¿se trata de la misma fuente?) o a las memorias de Carlos
Cuéllar (págs. 89-92) o los documentos transcritos en las páginas 259-260 o la carta de
Tomás mencionada en la página 260. Estoy seguro de que en los primeros casos se trata de
documentos familiares que reposan en su poder y que en los dos últimos fue un descuido
que fácilmente se superará en la siguiente edición (pues estoy seguro de que habrá
otras). Lo mismo podrá ocurrir con algunas pequeñas imprecisiones históricas, como el
decir (pág. 46) que en 1923 había desaparecido el Partido Socialista; o ubicar el
destierro de los artesanos de las Sociedades Democráticas treinta años después (pág.
103) o llamar "general" al ministro Ignacio Rengifo, quien seguramente quiso ser
militar pero no lo fue sino de mente. Es bueno precisar también la fecha de retorno de
Francisco de Heredia al país, situada en el texto en 1922. Hay, por último, cierto tono
apologético al situar a su padre dentro de la "verdad" histórica, que
convierte a ratos el libro en un juicio político a posteriori. Las polémicas con Torres
Giraldo (pág. 157) o con Mahecha (pág. 301), además de un par de referencias
anacrónicas a la antigua URSS, bajan el nivel de un texto que tiene el rigor y la
seriedad necesarias como para considerarlo dentro del género de la historia.
Pasa salirle adelante a estas críticas, María Tila Uribe buscó hacer una
biografía contextualizada de su padre y de la generación de socialistas revolucionarios
de los años veinte. Ahí radica su novedad e importancia. El tema, un poco trillado, pero
no trabajado en profundidad, recibe nuevas luces con el libro en cuestión. El solo
rescate de la figura de Tomás Uribe es ya un mérito. Pero son también aportes su
ubicación como intelectual, el peso de los viajes en su formación (España y el
anarquismo, México y la revolución, Venezuela y el contacto con otros rebeldes
igualmente soñadores con quienes se planearía la insurrección del 29); el papel de las
mujeres en la organización y la vida del PSR (de hecho, se puede decir que, sin ser un
libro feminista, hace visible a la mujer en una dimensión que sólo se le reconocía a
María Cano); y la vida cotidiana de las organizaciones obreras y socialistas de esos
años, apoyadas en grupos de amistad y casi de familia extensa (Tomás era primo de
Heredia y de María Cano, quien a su vez era prima de Luis Tejada; Tomás mismo estuvo
emparentado con los Cuéllar y así podríamos seguir).
Pero la importanca del libro de Tila no está solamente en el contenido; también
radica en el uso novedoso de los métodos históricos. Como dije al principio, no es ella
una historiadora profesional y, sin embargo, incursiona en la disciplina con tal
maestría, que la hace una verdadera autodidacta no sólo en menesteres educativos sino de
las ciencias sociales. Me refiero al intento de hacer una reconstrucción no individual
sino grupal, cercana a las propuestas anglosajonas de prosopografía o del estilo
narrativo lleno de anécdotas y de un fino humor no muy común en los adustos libros
de historia que hace no sólo ameno el texto sino más cercano a nuestras historias
cotidianas. Tila, sin mucho alarde teórico, se mete por los vericuetos de la cultura
tocando una de las temáticas que más novedad le han traído a la historiografía. Por
todo ello no es cualquier reconstrucción la que nos ofrece: se trata de una obra
renovadora por su contenido convirtiéndose en una de las mejores historias del
Socialismo Revolucionario, pero también por los métodos usados salvo
pequeñas imprecisiones y descuidos fácilmente corregibles, que la colocan en la
punta de los procedimientos historiográficos. Por ello estoy seguro de que los lectores
disfrutarán Los años escondidos y aprenderán mucho, reconociendo de paso el
papel que alguien olvidado, como lo fue Tomás Uribe Márquez, desempeñó en la Colombia
de los años veinte. La misión de Tila está cumplida, y este parto no fue en vano.
MAURICIO ARCHILA N. |