| Un viaje larguito
En canoa del Amazonas al Caribe
Eduardo González, Ana Cecilia Montoya, Roberto Franco, Polidoro Pinto
Presidencia de la República, s. l. f., 597 págs.
Navegando desde lo más profundo de la selva ecuatoriana hasta las islas del
Caribe, en una travesía de más de 9.000 kilómetros, 40 científicos de Colombia,
Brasil, Cuba, Ecuador, Perú, República Dominicana y Venezuela, integrantes de la
expedición En canoa del Amazonas al Caribe, realizada en 1987, tenían la misión de
comprobar la posibilidad de recorrer esa vía fluvial, para afirmar la teoría que los
primeros pobladores de estas islas provenían de la cuenca amazónica. Aprovechando
tamaña empresa, cuatro expedicionarios de la misión colombiana elaboraron un registro
gráfico y escrito de experiencias, anécdotas, conocimientos y situaciones vividas que
les permitieron dejar, en la obra objeto de esta reseña, un testimonio plasmado de
contrastes que interpreta la tragedia sin esperanza de la selva. Es así como a través de
puntadas descriptivas se va tejiendo la verdad que arrastra la penetración del progreso
de Occidente, consistente en la lucha incansable de los indígenas por hacer valer sus
derechos étnicos y territoriales vulnerados y atacados, en muchas ocasiones, por los
propios gobiernos renuentes a defenderlos, pero dispuestos, en cambio, a favorecer
intereses económicos y expansionistas de agentes de otras latitudes. El engañoso
progreso que intentan promover los extranjeros es, simplemente, una causa más del proceso
destructivo de la naturaleza selvática. Así, por ejemplo, en la parte referente al viaje
por la cuenca amazónica, se encuentran permanentemente breves rememoranzas de la fiebre
del caucho, que tantos horrores y víctimas arrastró consigo. Y como éste, son muchos
los casos aberrantes de explotación del hombre por el hombre y de depredación de la
naturaleza por el mismo agente.
Es interesante la manera como en el libro se refleja esta realidad dual en la
que, por un lado, se atenta contra una de las reservas mundiales más importantes de
ecosistemas y, por otro, se presenta a cada paso con belleza y colorido el espectacular e
inigualable tesoro de vida que encierran las cuencas del Orinoco y del Amazonas en el
subcontinente suramericano. El libro, editado con lujosos acabados y abundante material
fotográfico, se presenta como un instrumento para difundir el conocimiento de esta
extensa y rica región del planeta. Es importante aclarar que no se trata de un estudio
metódico de los lugares observados. Por el contrario, los textos son descripciones
anecdóticas y sencillas del viaje; se constituyen en registros personales de la
travesía, correspondiendo a cada uno de los cuatro autores el relato de lo acontecido en
un determinado trayecto del recorrido hecho por la expedición, imprimiéndole cada
cronista su estilo personal al trabajo, de acuerdo con sus intereses profesionales en el
viaje. Así, las narraciones comienzan con el relato animado y familiar de Roberto Franco
García, politólogo interesado por los asuntos indígenas, quien combina la angustiosa
denuncia de la deforestación con el registro de anécdotas personales en las que se
destaca la sensibilidad del encuentro con aborígenes y colonos, en general. En el
fotógrafo Eduardo González se refleja el espíritu del artista pendiente del elemento
gráfico, del paisaje indescriptible o de la persona representativa de la región,
elementos que le permiten construir imágenes entusiastas que hacen sentir los problemas
que se cuelan como denuncias espontáneas y compartir la experiencia de los deseos de
conocer, integrándose respetuosamente a las sociedades indígenas y, en general, a los
diversos pobladores con quienes tuvo oportunidad de toparse. En lo que respecta al
artículo de la antropóloga Ana Cecilia Montoya Escobar, es más rico en elementos
descriptivos de viviendas y costumbres, mientras que la crónica de Polidoro Pinto
Escobar, botánico, viene llena de referencias técnicas a la composición y origen del
suelo, a las montañas y a los ríos. No obstante, es justo hacer resaltar que los cuatro
cronistas muestran un sensible afecto por lo que concierne al hombre y a la naturaleza,
característica común que le da a la obra un tinte de documento vindicativo de la vida
indígena y de la riqueza ecológica que es urgente defender para evitar dolorosas
consecuencias para el planeta.
Merece renglón aparte destacar el trabajo ilustrativo, compuesto por más de 600
fotografías, varios dibujos sencillos y mapas de las rutas a las que hace referencia cada
texto; aquí es bueno aclarar que el libro se organizó por crónicas, seguida cada una de
ellas de un conjunto de imágenes con muy buena calidad; muestran estas tomas la gran
biodiversidad animal, vegetal y, sobre todo, captan la variedad etnológica de los
hombres, mujeres y niños que viven buscando día tras día los beneficios de una selva
sometida a más de 400 años de saqueo y destrucción; además, siempre está presente el
paisaje, de belleza en ocasiones fantástica, confirmando el sobrecogimiento que produce
en quienes tienen la fortuna de apreciarlo personalmente. Los mapas son sencillos pero
ilustrativos; encabezan cada crónica y muestran el recorrido al que se refiere. En mi
concepto, las fotografías también se debieron colocar entre los textos para complementar
inmediatamente con la imagen lo que se describe con palabras.
Pero la forma como se organizó la obra permite acercarse a ella de dos maneras:
leyéndola, o conociéndola a través de la visión de su variado material fotográfico.
Lamento la ausencia de un glosario de términos (por decirlo así) amazónicos; en el
diccionario no encontramos aún palabras como igarapé, cabillas, jangada, fazenda,
toudo.
Con respecto a Colombia, aparte de los aspectos mencionados y que en general
comprometen a los países recorridos, es preocupante el abandono de nuestras fronteras y
la animadversión que en forma continua mostraron las autoridades venezolanas hacia los
integrantes de nuestra delegación.
Éste es un vistoso libro que nos acerca a la riqueza inmensa, mas no inagotable,
de una región que permanece olvidada para la gran mayoría de nosotros. Quiera Dios, y
quiera el hombre, que no sea en el futuro un testimonio de lo que malogró el capitalismo
contemporáneo.
HERNÁN ADOLFO GALÁN CASANOVA |