| Los fantasmas de La
Candelaria
Cuentos para niños de La Candelaria
Elisa Mújica
Carlos Valencia Editores, Santafé de Bogotá, 1994, 69 págs.
Elisa Mújica no es bogotana, pero ha vivido la mayor parte de su vida en el
corazón de esa ciudad inmensa en la que todo el mundo tiene afán y camina sin ver, sin
imaginar que cada calle, cada balcón, cada plaza tiene su leyenda.
Son precisamente cinco de estas historias las que narra Mújica en su libro Cuentos
para niños de La Candelaria. Con un tono casi oral, que hace sentir al lector como si
estuviera oyendo cuentos a los pies de una abuela sabia, la escritora va habitando,
poblando de leyendas lugares por todos conocidos, como la plazoleta de La Pola y las casas
de La Candelaria. También son familiares al lector los protagonistas: Rufino José
Cuervo, Gregorio Vásquez de Arce y Ceballos, Antonio Ricaurte, José Celestino Mutis y
Policarpa Salavarrieta.
No es la primera vez que Mújica escribe sobre Bogotá o sobre temas históricos,
ni tampoco la primera vez que escribe para niños. Entre sus varios libros están Catalina
y Bogotá de las nubes, novela en la que deja ver su obsesión por esta ciudad; La
Candelaria: crónicas; La Expedición Botánica contada a los niños; Pequeño
bestiario y José Celestino y el dragón. Relatos infantiles.
En Cuentos para niños de La Candelaria se fusionan los lugares cotidianos
con los personajes históricos y, además, se narran las historias de tal forma que éstas
están despojadas del acartonamiento de la historia tradicional. Así, por ejemplo, se nos
presenta a Rufino José Cuervo no sólo como el gran lingüista obsesionado por las
palabras, sino también rodeado de magia, puesto que es precisamente un fantasma de esos
que habitan las casas viejas el que le ayuda a encontrar las morrocotas de oro que le
permiten ir a París y hacerse famoso. Está también José Celestino Mutis y sus tantos
descubrimientos presentados por Mújica en un tono que, aunque didáctico, no deja de ser
encantador, puesto que el gran sabio es presentado casi como un niño enamorado de una
flor azul y enemigo de los dragones de la ignorancia.
De esta forma, Mújica reescribe la historia usando estrategias de la literatura
infantil, como la incorporación de los elementos mágicos, el tratamiento de los
personajes como seres que se convierten en héroes y el uso de un lenguaje sencillo y
concreto. Esta reescritura de la historia es valiosa, no sólo porque recupera para La
Candelaria sus leyendas y reconcilia a los niños con la historia, al hacerla entretenida,
sino también porque incorpora elementos posmodernos que cuestionan la llamada historia
oficial.
Un ejemplo claro de esto es la desmarginalización de las mujeres, que aparecen
en sus textos con nombres propios y realizando acciones importantes, como se ve en el
último relato del libro, Un ramo de rosas y una paloma. Allí, Mújica dice:
"En los demás cuentos de este libro los héroes alguna vez fueron niños. En éste,
la heroína alguna vez fue una niña. Lo narro por la siguiente razón: si algo abunda en
Colombia son precisamente las heroínas". Otro ejemplo de crítica directa a la
llamada historia oficial es el lugar importante que da Mújica a los personajes
secundarios que hicieron posible que triunfaran los grandes. Así, en Aventuras del
príncipe Celestino, no sólo destaca a Mutis sino también a cada uno de sus
colaboradores: Eloy Valenzuela, Antonio García, José Camblor y Roque Rodríguez,
quienes, "por haber sido los primeros que dieron en nuestro país una batalla en
regla contra la ignorancia, merecen figurar no solamente en la historia sino también en
los cuentos, con sus nombres resaltados y sin que les falte una letra". Además,
Mújica se esfuerza en mostrar las proezas de los americanos de una época en la que eran
los españoles los que tenían el poder y las facilidades de llevarlas a cabo. Por eso
destaca el esfuerzo de Rufino José Cuervo y dice: "El mundo entero y principalmente
España admiran lo que Rufino José llevó a cabo". Habla también de Gregorio
Vásquez de Arce y Ceballos como "el gran artista santafereño, orgullo de su ciudad
y de su raza [...] que demuestra que el talento y la constancia valen más que el dinero y
los títulos heredados".
En las citas anteriores, es fácil ver el tono didáctico de la autora. Esto se
da no sólo en cuanto a lo temático (en el cuestionamiento de la historia misma), sino
también en cuanto al lenguaje. A lo largo del texto está haciendo comentarios en los que
señala, por ejemplo, que el dragón es el símbolo de la ignorancia, para guiar a los
niños en la lectura. Además, hay explicaciones de ciertas palabras, como parque,
que "no significa siempre un sitio lindo sembrado de árboles [...] Quiere decir
también el depósito de un ejército para guardar municiones [...]". No faltan
tampoco las generalidades sobre el lenguaje mismo, como cuando en la historia de Cuervo, El
fantasma de la chaqueta verde, dice: "Rufino se hallaba convencido de que, aun
cuando cada uno cree hablar sólo del tema que se le ocurre en ese momento, en realidad,
por la forma como pronuncia cada palabra y por las que escoge para expresarse, está
diciendo quién es, de dónde llegaron sus antepasados, si sabe leer y escribir y cuál
será su papel en la vida".
Hay que señalar que este tono didáctico, que en muchos de los libros infantiles
resulta aburrido y excluye de sus lecturas a personas de otras edades, en Cuentos para
niños de La Candelaria está por lo general bien manejado, puesto que se
presenta integrado a la historia, incorporado a la narración.
Cuentos para niños de La Candelaria es, pues, un libro no sólo
entretenido e ilustrativo, sino también complejo y contemporáneo. Al fusionar la
historia y la literatura, nos habita de nuevo, a niños y grandes, con los revividos
personajes de La Candelaria.
LILIANA RAMÍREZ |