| La
tenue respiración del silencio
Las hermanas
Iván Hernández
Grupo Editorial Norma, Santafé de Bogotá, 1994, 101 págs.
En apretadísimas cien páginas, Iván Hernández nos cuenta la historia de dos
hermanas que viven un destino de identidades casi absolutas y al que aceptan con
gusto sus señales de soledad, silencio y mutuo respeto. El paisaje que sirve de
ambiente a la novela es, en su mayor parte, el de las altas montañas del Tolima, donde
sopla el helado viento proveniente de los nevados. Allí se instalan los dos personajes,
llevados por el padre a una casa grande de amplios corredores. Viven de lo que produce la
tierra, luego de una suerte de regateo del destino: la ciudad o aquellos páramos (donde
el padre había encontrado la felicidad). El padre, sin embargo, indujo a sus
hijos, cinco, a irse a la ciudad en busca de educación y condiciones más
propicias para quienes apenas comenzaban a conocer la vida. Raquel y Sara desdeñaron esa
oportunidad y retomaron, muerto el padre, las riendas de la finca en el
nevado.
Raquel era la menor y también la más fuerte de carácter. Fue el
reemplazo de la madre, quien les había faltado hacía muchos años. Sara era su sombra.
La suavidad de su sombra, valdría decir. De carácter afable y dócil, seguía los
pasos y mandatos de su hermana con una fidelidad tranquila, como quien cumple un designio,
sin discutir ni preguntarse si hace bien o mal.
Sus vidas transcurrían en rutinas previsibles, sin alejarse ni un momento de
aquel paisaje, que ya para siempre les pertenecía. Entre órdenes a trabajadores, paseos
por los alrededores de la finca, lecturas y conversaciones sobre algunos libros
(especialmente sobre la vida de algunos santos), admiraciones y mimos a la
naturaleza que las rodeaba, el puntual rosario todas las noches y un dormir nunca
sobresaltado, sus días eran un calco uno del otro, sólo tocados por la felicidad sin
pretensiones que las dos hermanas sentían con todo aquello. Felicidad desprovista de
avaricia, egoísmos o apasionamientos.
Fue Raquel quien al cabo de los años se enamoró. No podría decirse que lo hizo
por tener un carácter más fuerte, sino, tal vez, por lo que tácitamente le dio a
entender a Sara: yo lo vi primero. Sara tenía más corazón que Raquel: era más lenta y
sensual con la naturaleza, amaba los pájaros y los imitaba a la perfección, reía a
carcajadas por cosas más o menos inocentes (lo que nunca hizo Raquel) y se divertía con
cosas elementales, como alisar el largo cabello de su hermana. Incluso, mucho tiempo
después, guardó el secreto de un amor, del cual conocemos casi nada, además de una
sombra y una fotografía no descrita que exhibiera a hurtadillas, una vez muerta Raquel.
De quien robó el corazón de Raquel no se puede detallar, como no lo hace el
novelista. Baste decir que fue un abogado venido accidentalmente a la finca de las dos
hermanas, rumbo a unas minas donde se ocupaba de algunos negocios que, además de
experiencia en su profesión, le propiciaban un poco de aventura por esas montañas
agrestes, lejos de las comodidades de la capital. Su paso por la vida de Raquel dejó
incólume la relación de las hermanas, aun ante la presencia de los hijos que vinieron
luego y que, como es natural, voltean las costumbres de una casa. La vida del matrimonio y
Sara habían bajado a la ciudad y se habían instalado allí, a contrapelo de la voluntad
de las hermanas que, sin embargo, lo habían aceptado también como cuota del destino
inexorable y al cual ellas obedecían siempre que, al igual, les permitiera continuar
juntas. Pero el nevado continuó siendo el alma de las dos hermanas, hasta el último de
sus días. Raquel volvería con sus hijos en alguna ocasión. Sara no volvería nunca.
Conservaría intacto ese mundo, sin otra presencia que la de Raquel. La tranquila
inquietud de cielos sólo perturbados por lluvias necesarias; el crecimiento sosegado de
plantas, árboles y frutos; la blancura nívea del paisaje producida por las neblinas
constantes del páramo; el convencimiento sin presiones de que su destino era obra de
Dios: éstos fueron los sentimientos que siempre acompañaron a las dos hermanas, y de los
cuales nunca se despojaron, a los cuales nunca quisieron poner ninguna resistencia.
Primero murió el esposo, luego lo hizo Raquel (guardando el orden meticuloso de
todas sus cosas hasta el final) y por último murió Sara, esfumándose como la leve llama
de una vela, imperceptible, silenciosa, cauta.
Hasta aquí, a gruesas pinceladas, la historia de las hermanas. Obviamente, de
manera precaria y saltona. Como temiendo agregarle algún dato inútil que no está en el
libro o de hacerlo de manera imprecisa. Lo demás que no he contado, tampoco está en el
libro. Porque la gran virtud de Las hermanas es lo que está dicho, rigurosamente,
a través del silencio. Un libro escrito con rigor y pulcritud, con una limpieza que, sin
embargo, no deja la sensación de asepsia. Es evidente que el autor no quiere darle al
lector todo lo que esta historia podría dar. Que se guarda detalles que saltan a la vista
del lector, como es el mundo en que se mueve el esposo de Raquel. Supimos de él hasta el
momento en que llegó a la casa del nevado. Una o dos alusiones más, intrascendentes, y
su muerte, también casi muda. Toda la historia se recuesta sobre la vida de las dos
hermanas. En esas omisiones voluntarias del escritor existe, en este caso, el mayor
mérito de la novela. El lector debe trabajar con su imaginación. Debe también él
escribir la novela. Ello se logra sólo cuando lo escrito está bien escrito. Cuando el
relato es creíble (no importa si ha sido o no verdad) y los personajes logran
entrar en nuestra casa y, una vez instalados en nuestro cuarto de lecturas, nos
llevan de la mano por esos territorios donde la verdad es la mentira, pero es la única
verdad por la que vale arriesgar un pellejo de sosa tranquilidad.
Las hermanas ya forman parte de aquella familia reconocible que hallamos en la
vida y de la cual encontramos (muchas veces sin buscar), en ocasiones, un miembro
en muchos años, para sentirnos menos solos.
Y este pequeño libro también lo dejamos desde ahora en nuestra biblioteca para
volver a él cuando queramos sentir algo del frío del nevado y de tranquila
conversación, en alguna insoportable tarde de calor.
LUIS GERMÁN SIERRA J. |