Boletín Cultural y Bibliográfico. Número 37 . Volumen XXXI - 1994 - editado en 1996
 

La tenue respiración del silencio


Las hermanas
Iván Hernández
Grupo Editorial Norma, Santafé de Bogotá, 1994, 101 págs.


En apretadísimas cien páginas, Iván Hernández nos cuenta la historia de dos hermanas que viven un destino de identidades casi absolutas y al que aceptan con gusto sus señales de soledad, silencio y mutuo respeto. El paisaje que sirve de ambiente a la novela es, en su mayor parte, el de las altas montañas del Tolima, donde sopla el helado viento proveniente de los nevados. Allí se instalan los dos personajes, llevados por el padre a una casa grande de amplios corredores. Viven de lo que produce la tierra, luego de una suerte de regateo del destino: la ciudad o aquellos páramos (donde el padre había encontrado la felicidad). El padre, sin embargo, indujo a sus hijos, cinco, a irse a la ciudad en busca de educación y condiciones más propicias para quienes apenas comenzaban a conocer la vida. Raquel y Sara desdeñaron esa oportunidad y retomaron, muerto el padre, las riendas de la finca en el nevado.

Raquel era la menor y también la más fuerte de carácter. Fue el reemplazo de la madre, quien les había faltado hacía muchos años. Sara era su sombra. La suavidad de su sombra, valdría decir. De carácter afable y dócil, seguía los pasos y mandatos de su hermana con una fidelidad tranquila, como quien cumple un designio, sin discutir ni preguntarse si hace bien o mal.

Sus vidas transcurrían en rutinas previsibles, sin alejarse ni un momento de aquel paisaje, que ya para siempre les pertenecía. Entre órdenes a trabajadores, paseos por los alrededores de la finca, lecturas y conversaciones sobre algunos libros (especialmente sobre la vida de algunos santos), admiraciones y mimos a la naturaleza que las rodeaba, el puntual rosario todas las noches y un dormir nunca sobresaltado, sus días eran un calco uno del otro, sólo tocados por la felicidad sin pretensiones que las dos hermanas sentían con todo aquello. Felicidad desprovista de avaricia, egoísmos o apasionamientos.

Fue Raquel quien al cabo de los años se enamoró. No podría decirse que lo hizo por tener un carácter más fuerte, sino, tal vez, por lo que tácitamente le dio a entender a Sara: yo lo vi primero. Sara tenía más corazón que Raquel: era más lenta y sensual con la naturaleza, amaba los pájaros y los imitaba a la perfección, reía a carcajadas por cosas más o menos inocentes (lo que nunca hizo Raquel) y se divertía con cosas elementales, como alisar el largo cabello de su hermana. Incluso, mucho tiempo después, guardó el secreto de un amor, del cual conocemos casi nada, además de una sombra y una fotografía no descrita que exhibiera a hurtadillas, una vez muerta Raquel.

De quien robó el corazón de Raquel no se puede detallar, como no lo hace el novelista. Baste decir que fue un abogado venido accidentalmente a la finca de las dos hermanas, rumbo a unas minas donde se ocupaba de algunos negocios que, además de experiencia en su profesión, le propiciaban un poco de aventura por esas montañas agrestes, lejos de las comodidades de la capital. Su paso por la vida de Raquel dejó incólume la relación de las hermanas, aun ante la presencia de los hijos que vinieron luego y que, como es natural, voltean las costumbres de una casa. La vida del matrimonio y Sara habían bajado a la ciudad y se habían instalado allí, a contrapelo de la voluntad de las hermanas que, sin embargo, lo habían aceptado también como cuota del destino inexorable y al cual ellas obedecían siempre que, al igual, les permitiera continuar juntas. Pero el nevado continuó siendo el alma de las dos hermanas, hasta el último de sus días. Raquel volvería con sus hijos en alguna ocasión. Sara no volvería nunca. Conservaría intacto ese mundo, sin otra presencia que la de Raquel. La tranquila inquietud de cielos sólo perturbados por lluvias necesarias; el crecimiento sosegado de plantas, árboles y frutos; la blancura nívea del paisaje producida por las neblinas constantes del páramo; el convencimiento sin presiones de que su destino era obra de Dios: éstos fueron los sentimientos que siempre acompañaron a las dos hermanas, y de los cuales nunca se despojaron, a los cuales nunca quisieron poner ninguna resistencia.

Primero murió el esposo, luego lo hizo Raquel (guardando el orden meticuloso de todas sus cosas hasta el final) y por último murió Sara, esfumándose como la leve llama de una vela, imperceptible, silenciosa, cauta.

Hasta aquí, a gruesas pinceladas, la historia de las hermanas. Obviamente, de manera precaria y saltona. Como temiendo agregarle algún dato inútil que no está en el libro o de hacerlo de manera imprecisa. Lo demás que no he contado, tampoco está en el libro. Porque la gran virtud de Las hermanas es lo que está dicho, rigurosamente, a través del silencio. Un libro escrito con rigor y pulcritud, con una limpieza que, sin embargo, no deja la sensación de asepsia. Es evidente que el autor no quiere darle al lector todo lo que esta historia podría dar. Que se guarda detalles que saltan a la vista del lector, como es el mundo en que se mueve el esposo de Raquel. Supimos de él hasta el momento en que llegó a la casa del nevado. Una o dos alusiones más, intrascendentes, y su muerte, también casi muda. Toda la historia se recuesta sobre la vida de las dos hermanas. En esas omisiones voluntarias del escritor existe, en este caso, el mayor mérito de la novela. El lector debe trabajar con su imaginación. Debe también él escribir la novela. Ello se logra sólo cuando lo escrito está bien escrito. Cuando el relato es creíble (no importa si ha sido o no verdad) y los personajes logran entrar en nuestra casa y, una vez instalados en nuestro cuarto de lecturas, nos llevan de la mano por esos territorios donde la verdad es la mentira, pero es la única verdad por la que vale arriesgar un pellejo de sosa tranquilidad.

Las hermanas ya forman parte de aquella familia reconocible que hallamos en la vida y de la cual encontramos (muchas veces sin buscar), en ocasiones, un miembro en muchos años, para sentirnos menos solos.

Y este pequeño libro también lo dejamos desde ahora en nuestra biblioteca para volver a él cuando queramos sentir algo del frío del nevado y de tranquila conversación, en alguna insoportable tarde de calor.

LUIS GERMÁN SIERRA J.