| La
balada de las dos hermanas
Las hermanas
Iván Hernández
Editorial Norma, Colección La Pequeña Biblioteca, Santafé de Bogotá, 1995, 96 págs.
En una época posposposmoderna como ésta, caracterizada ya no por la inusual
interrelación de los elementos de un relato sino más bien por su premeditada
desaparición, resulta una verdadera sorpresa, una sorpresa en verdad deliciosa,
encontrarse con una novela en la que todo recobra su lugar y su nombre propios: el
narrador, cosa curiosa, narra de nuevo, es decir, deja fluir una historia; el lector, en
un espacio que puede señalar con el dedo y en un tiempo que transcurre, se encuentra con
los personajes gracias a esa voz que lo guía, y se reconcilia plenamente con su antiguo
papel "pasivo" dirían los malabaristas del intelecto en el que
bastaba pasar las páginas de un libro para convertirse en el destinatario de una gracia.
Quien concibió esta historia parece haberlo hecho con la certeza de que a estas
alturas no sólo ya todo fue dicho, sino que fue dicho en cada una de las formas en que
era posible hacerlo; entonces, con la dirección de esta certeza y haciendo a un lado
artilugios narrativos y experimentaciones vanas, el autor se pone a paz y salvo con una
doble nostalgia: de un lado, la originada por el recuerdo, imaginario o no, de la historia
elemental de un par de vidas en común; y de otro, la provocada por el quizá aún más
elemental aunque complejo viejo arte de contar historias. Esta última nostalgia es
evidente para el lector cuando descubre, entre líneas, los guiños del autor al tono de La
balada del café triste de Carson McCullers, al discretísimo encanto de los
personajes de El corazón sencillo de Flaubert; a San Julián el hospitalario, del
que un fragmento es citado textualmente cuando Raquel, ya avanzada la historia, narra a
los niños y a Sara las vidas de los santos; y a Stevenson, de quien toma prestada la
frase que pone punto final a la novela: Un año después, "la llamita de vida que
había en ella [en Sara] se extinguió en la oscuridad".
Las hermanas es entonces el fruto de la reconciliación con esa doble
nostalgia; y esta lo cubre todo: el tono de la novela de principio a fin, el ritmo pausado
y contenido de la narración, la descripción del entorno, el carácter de los personajes,
las referencias.y homenajes a autores y obras literarias, todo, y sin embargo, es feliz el
adjetivo que le corresponde a su prosa.
Pero, además de esta reconciliación, la novela promete ser una suerte de
reivindicación: no es gratuito que la historia de Las hermanas transcurra en un
espacio geográfico tan definido el Tolima y que no obstante se aleje en forma
tan tajante de los dos polos entre los que tradicionalmente se ha movido la literatura que
surge de y recrea a esta región: en un extremo, la referencia obsesiva a la violencia, y
en el otro, la reescritura de mitos y leyendas como La Madre Monte, La Patasola, El Fraile
sin Cabeza.
* * *
Tres presencias fundamentales y casi únicas conforman el mundo de Las
hermanas: Sara, Raquel y el nevado. Casi únicas, porque desde las primeras páginas
el lector presiente que el destino, en lo que a ese par de personajes se refiere, adquiere
la dirección inequívoca que la fuerza del afecto y la intensidad de la lealtad le
otorgan. Y éstos, el afecto y la lealtad, lo sabemos desde el comienzo, lo son de una
hermana por la otra y de ambas por un pedazo de tierra, la casafinca en el nevado. Por eso
las presencias que en el camino aparezcan y los avatares que se les atraviesen, como la
aparición de un marido y unos hijos para Raquel, la instalación forzosa y tardía en la
ciudad, un enamorado escondido para Sara o incluso la muerte, en nada alteran la
condición original de ese destino: las dos hermanas jamás habrán de separarse y el
nevado, aun cuando se encuentren lejos, jamás dejará de ser el espejo en el que ambas se
reflejen.
Sara es la mayor; la indefensa, la que no puede llevar las riendas, la que sufre
de pereza y a diario se reprocha el que apenas esté abriendo el ojo cuando su hermana no
sólo ya ha dispuesto el orden del día de la casa sino que éste, para entonces, va a
mitad de camino; Sara es la que acepta con felicidad y gracia el convertirse en la
cómplice del destino de su hermana, en la compañera incondicional de sus afectos. Sara
es, en definitiva, la primera mitad de Raquel; lo es hasta tal punto cuenta el
narrador que, cuando ésta muere, Sara "se había encogido hasta hacerse casi
invisible".
Y Raquel, la que vela por Sara, la que lleva las riendas, la que dispone, desde
el día en que por primera vez tuvo uso de decisión, el largo y ancho del espacio, el
ritmo y la duración de los días de ambas; y ambas, la una siempre al lado de la otra, de
cara al nevado y de espaldas al mundo.
Y, por último, el nevado. En éste, como al descuido, el relato y el destino de
las hermanas echan sus raíces. En las primeras páginas, huyéndoles a los recuerdos y a
la tristeza por la pérdida de la esposa y la madre, llegan al nevado el padre y sus
hijos. Es con la complicidad de su atmósfera con la que Raquel, de apenas trece años, se
convierte en la depositaria de la confianza del padre; y es entonces, cuando la recibe y
la asume, que toma las riendas de su destino, del de Sara, y le da una dirección
definitiva a sus vidas. Como ocurre con toda situación en la novela, este hecho, en
verdad fundamental, encuentra su origen en la celebración sencilla y cotidiana de un
rito: una noche, después de cumplir con la última voluntad de la madre rezar el
Rosario con los hijos todas las noches, sin falta, el padre le permite a Raquel
acompañarlo; le refiere entonces, y de ahí en adelante cada noche, hasta su muerte, la
historia de amor entre él y su madre.
Y es el nevado el espejo en el que las hermanas encuentran el reflejo más justo
de sus vidas; donde se miran la una frente a la otra y en el que el lector atestigua el
nacimiento de una alianza indivisible e incondicional. El nevado se impone de tal forma en
las páginas, ejerce tal fascinación en el narrador y llega a ser tan consustancial al
par de personajes que lo habitan, que cuando finalmente Raquel y Sara se instalan a
regañadientes en la ciudad ésta se convierte, en virtud del recuerdo, de la nostalgia y
del deseo, en una réplica suya.
* * *
Al parecer, este par de hermanas existieron. Si el relato tiene que ver o no con
lo que fue de sus vidas, carece de importancia. Pero si así fue, si en verdad Sara, esa
mujer diminuta y encantadora, logró el cometido de no ocupar espacio alguno en el mundo
como lo asegura el narrador cuando la mira; de no ser más que una sombra
imperceptible, o acaso el eco silencioso de Raquel, ahora se convierte, en el ámbito de
la ficción, y porque así suele ocurrirles a ciertos muertos gracias al recuerdo
caprichoso de sus vivos, en un personaje definitivamente conmovedor.
Para terminar,
"De repente comprendo que es imposible saber algo más acerca de esa época.
Las dos únicas sobrevivientes que conocí se encuentran hoy tan lejos, que la
comunicación es en un caso imposible, en el otro muy difícil. Quiero decir: una de ellas
se fue ya de este mundo y la otra sufrió recientemente un derrame cerebral y ha perdido
el juicio. Hace poco fui a visitarla y con tristeza comprobé que nada de su antigua
lucidez se conservaba, y que el gesto de su cara, antes sereno y dulce, es ahora vago y
rabioso".
El epígrafe de Las hermanas.
CLAUDIA CADENA SILVA |