| Es
velozmente fugaz todo lo celestial
Fiesta de la paz (traducción y prólogo de Rafael Gutiérrez Girardot)
Friedrich Hölderlin
El Áncora Editores, Santafé de Bogotá, 1994, 85 págs.
El siglo XX ha sido bondadoso con el creador de Hyperion, el fiel
enamorado de Susette Gontard (Diótima, en su obra). Mucho más que sus contemporáneos:
Hegel y Schelling lo marginaron; Goethe y Heine lo eclipsaron. Mucho más que los
decimonónicos, para quienes fue más bien un poeta nostálgico y débil. Para los
filósofos y poetas del siglo XX, Hölderlin (1770-1843) es uno de los precursores de
nuestra sensibilidad moderna. Dilthey, por ejemplo, creía que en su obra "se
preparó el estilo rítmico de Nietzsche, la lírica de un Verlaine, Baudelaire, Swinburne
y lo que busca nuestra más reciente poesía". Heidegger lo estudió con devoción y
lo llamó el poeta del poeta; Rilke cultivó con efectividad su herencia poética; en
España y América muchos lo traducen con complicidad y afinidad.
Esta recuperación del poeta alemán impulsó al bibliotecólogo ginebrino Martin
Bodmer, en 1954, a comprar en el comercio de manuscritos de Londres la versión definitiva
del himno más significativo de su obra, Friedensfeier (Fiesta de la paz),
del cual sólo se conocían varios fragmentos y versiones anteriores.
La primera traducción española de Fiesta de la paz fue publicada en
Colombia, cinco años después de su hallazgo, en la revista Tierra Firme. El
traductor de entonces, el ensayista y filósofo colombiano Rafael Gutiérrez Girardot,
ahora especialista en la intelectualidad alemana de la época de Hölderlin (Schiller,
Kleist, Lenz, Büchner, Hegel), volvió a la primera traducción, la corrigió, es decir,
privilegió la literalidad a la interpretación, y preparó para el público colombiano
una segunda traducción más completa. Incluye la "hoja" de presentación hecha
por Hölderlin, los doce poemas definitivos que conforman el himno; los tres fragmentos
del esbozo en prosa; y los siete poemas de la primera versión. Además, esta edición
contiene un ensayo preliminar que funciona como guía de lectura para el lector
hispanoamericano.
La génesis de Fiesta de la paz se remonta a la mañana del 9 de febrero
de 1801. Fecha histórica conocida con el nombre de Paz de Lunéville, que corresponde,
apenas, a una tregua en las luchas napoleónicas. El poeta, que ansiaba la conciliación,
como quiera que en la juventud había simpatizado con los ideales de la Revolución
Francesa y según cuenta la leyenda bailó en su homenaje con Hegel y Schelling, tan
pronto recibió la noticia procedió a escribir una carta, colmado de felicidad por el
hecho: "Esta mañana, cuando el digno padre de familia me saludó con la noticia, no
pude decir gran cosa. Pero el claro azul del cielo y el límpido sol sobre los Alpes
cercanos les resultaron tanto más agradables a mis ojos en aquel instante, porque de lo
contrario no habría sabido a dónde dirigirlos en medio de mi alegría [...] Creo que
ahora empezarán a marchar bien las cosas en el mundo". Napoleón, para Hölderlin,
como para Beethoven y muchos otros intelectuales de la época, representaba, por momentos,
un camino a la libertad, la fuerza del cambio. Tal vez escribe en otra carta del
mismo mes ahora "madure una sociedad al menos más hermosa que la anterior
burguesa". El poeta del poeta había escrito durante sus años de estudios
filosóficos un ensayo Sobre el modo de proceder del espíritu poético, cuya tesis
central era la combinación de elementos "armónicamente contrapuestos" dentro
de la creación poética, tomados a su vez de la "contraposición armónica del
individuo real" con el mundo. Y la mañana de 1801 le exigió una prueba práctica de
sus fundamentos teóricos: ¿En verdad, cómo procede el espíritu poético en un momento
de embriaguez espiritual? ¿Qué elementos del mundo real entran en el juego de las
contraposiciones? ¿Qué elementos del material poético debían ser transformados para
alcanzar el fin deseado: expresar la felicidad colectiva? El resultado final es bastante
singular. Se trata de un himno primigenio, un canto exaltado a la conciliación del hombre
con lo absoluto y con el príncipe salvador (¿Jesucristo, Napoleón o El Hacedor? No lo
aclara), una oración de regreso al hogar.
"Ruego leer sólo bondadosamente esta hoja", escribe al comienzo de la
presentación, solicitándole al lector un alto grado de paciencia y dedicación para
degustar su obra, asintáctica y enigmática, resultado de la tensión entre la
flexibilidad de su estilo y la convencionalidad del lenguaje. En la misma presentación,
agrega con un poco de humildad: "no puedo de otra manera" (pág. 37). Y su
excusa es sencillamente válida. Con respecto al contenido, Hölderlin pretendía fundir
en un tema histórico (la Paz de Lunéville, la Revolución Francesa) sus convicciones
teológicas, tejidas, a su vez, con alusiones a la mitología griega. Esta, sin olvidar
que buscaba la unidad entre él poeta y la naturaleza, poesía
primera. Con respecto al material, recuperó la expresión clásica (Píndaro), que
entendía más cercana a lo poético, y con su fuerza rompió la sintaxis del verso
alemán. Por momentos esta ruptura fragmenta el discurso poético, lo obliga a dejar
espacios en blanco, a recurrir al silencio. El poema tiene una fuerte inclinación a la
mudez (Paul Celan). El significado de sus códigos es restringido, ¿reservado para el
mismo creador? Hölderlin fundaba palabras nuevas cuando su sensibilidad así se lo
pedía.
Fiesta de la paz es la sinfonía (conjunto de voces que cantan al
unísono) de la conciliación con el absoluto los hombres, los dioses, la
naturaleza, el amor, la belleza. La armonía de los sonidos multiplica el
"sosiego", la "dicha", la "nube de alegría" (pág. 39).
También fabrica el conocimiento: "Desde la mañana,/ desde cuando somos un diálogo
y oímos los unos de los otros, mucho ha sabido el hombre; mas pronto somos canto"
(pág. 55). Dios, parte del conjunto, nos ha dado todo, "la llama, la ribera, la
marea", el lenguaje. Uno común a todos los hombres y a la naturaleza, llamado
"coro", que simboliza el camino único de la concordia, de la armonía:
"Ley del destino es ésta, que todos se compenetren,/ que, cuando vuelva la quietud
haya también un lenguaje" (pág. 53).
"Un coro somos ahora" (pág. 65) que "El que todo lo reúne"
se hace presente en el banquete y permite que "lo celestial/ no se revela en el
milagro, ni inadvertido en la tempestad,/ mas donde con canto mezclados hospitalariamente/
presentes en los coros, un sacro número/ los bienaventurados de cualquier manera/ están
juntos y lo que más aman también" (pág. 57).
Es la "tarde del tiempo" (pág. 57) que anuncia el regreso al comienzo
del día, el retorno al "valle humeante" de la nueva época. Una época que
recupere la tranquilidad, la ingenuidad y la paz, en donde la esperanza enrojezca las
mejillas de los niños y la madre contemple la vida. Hölderlin admira la paz, porque
allí "pocos parecen morir", porque allí "un presentimiento sostiene el
alma", porque allí "una promesa [la sinfonía] detiene a los más
ancianos" (pág. 59).
Yo, empero, aconsejaría concluye el maestro de ceremonia Hölderlin
que en esta hora "en que los peregrinos se dirigen al lugar de descanso" (pág.
67) "procuráramos, vosotros, amigos,/ el banquete y canto, y coronas suficientes y
tonos" (pág. 75), porque "es velozmente fugaz todo lo celestial" (pág.
79).
SELNICH VIVAS HURTADO |