En la literatura
colombiana espantan
Horas de literatura colombiana
Javier Arango Ferrer
Colección Autores Antioqueños, vol. 78, Medellín, 1993, 285 págs.
Aunque se trata de libro conocido, con varias ediciones, justifica este
comentario el hecho de que fuera adicionado en ciento dieciséis (116) páginas con
respecto a la edición de 1963 (Imprenta Departamental de Antioquia, 169 págs.).
La edición inicial (Buenos Aires, 1940) y la colombiana (23 años después)
recibieron unánime aprobación, pasando a ser el tratado más apetecido en su género
contra los aburridos textos anteriores de estilo jesuítico.
Por ese manual, cuyo primer título fue Dos horas de literatura colombiana,
el autor ingresó de pleno derecho en la reducida lista de importantes críticos
nacionales, así no hubiese derivado de ello beneficios, lo que a su escepticismo poco le
importaba.
Paradójicamente, la edición aumentada y corregida desmejora. Las correcciones
no fueron hechas para rectificar algo, sino para manifestar sentimientos y caprichos de
última hora. La ampliación muestra una sensibilidad rezagada y el desánimo que permite
al docto incurrir en incuria.
A lo anterior se agrega la descuidada edición, que exigía una fe de erratas,
dada la importancia de la obra. Se cuentan al menos ciento treinta y cinco (135) errores
de imprenta por el siguiente tenor:
Pág. 10, dice: Enhorabuena este recorte editorial que realiza la
Colección de...
Debe decir: (¿"recorte"?).
Pág 21, dice: Eduardo Calderón. Debe decir: Eduardo Caballero
Calderón.
Pág. 118, dice: Por el tiempo amodorrado de Israel y de su hijo
pequeño...
Debe decir: de Isabel (se refiere a Isabel viendo llover en Macondo).
Pág. 164, dice: La bibliografía acerca de Castellanos llenaría todo un
verano.
Debe decir: (¿"verano"?).
Pág 167, dice: Pelícano de frutas de granada.
Debe decir: Pelícano de frutas la granada.
Pág. 197 (Poema de Abel Farina). (Transcripción con varios errores).
Pág 200, dice: el 28 de mayo de 1896.
Debe decir: 24 de mayo (muerte de J. A. Silva).
Pág. 231, dice: ¿Cómo gritar lo que viene.
Debe decir: ¿Cómo gritarle que viene.
Pág. 256, dice: en un accidente de tránsito a los 35 años de edad.
Debe decir: 45 años (muerte de Gonzalo Arango).
Págs. 257-258 (Transcripción de un poema)
(Totalmente errado).
Pág 259, dice: improvisadas angustias existentes.
Debe decir: existenciales.
Así mismo, palabras cambiadas (paz por pez), o palabras cuya falta no fue
detectada y la frase pierde su signi1cado: "el armazón de una obra con más amplios
y mayor holgura de estilo" (pág. 58).
Cuando las erratas se dan por centenares no se trata de algo que pueda pasar
inadvertido, dada su incidencia nugatoria sobre el esfuerzo de estilo en el texto.
Es de notar que el autor designa su trabajo, no como historia sino como ensayo de
divulgación, lo que le permite la elasticidad deseada para hacer constar sus criterios u
opiniones, rehuyendo de paso los ajenos juicios y consciente de que en Colombia no existe
la crítica de la crítica.
La misma crítica se muestra decreciente. Editor y lector fundamentan su
desconfianza en la relatividad y subjetividad del oficio crítico, que tantas veces se
equivoca, mereciendo por ello un descrédito irremediable.
Los extensos agregados y las modificaciones que se intercalan a lo largo del
libro desde la primera página lo convierten en una especie de palimpsesto y, pese a su
evidente utilidad, en no pocos casos sólo contribuyen a mermar la categoría de una obra
en la consideración del público.
En cuanto a las supresiones editoriales, la peor es la del prólogo del autor con
su explicación preliminar sobre el estudio que presenta, por lo cual debió mantenerse.
Las dificultades del arte de leer preservan el prestigio de autores
sobresalientes que permanecen indiscutidos. Además, la discusión intelectual terminó en
el país desde hace muchos años, cuando se estableció la mutua complicidad.
Dos horas de literatura colombiana es uno de esos libros cuyas cualidades
minimizan sus defectos, por los cuales se exonera gustosamente al autor. Las dudas
comienzan cuando se fija el texto definitivo, que pasará a la posteridad, dando origen a
nuevas preguntas.
Los años transcurridos desde entonces hacen inútil repetir su elogio. Lo que no
se ha hecho es la glosa, a la que da lugar la reedición, porque actualiza el tema.
Las observaciones podrían ser numerosas. Se señalan algunas, brevemente:
1. Perduran los abundantes errores tipográficos de la edición anterior, que se
tomó como original, por no haber sido corregidos.
2. La falta de un índice onomástico en una obra de este género se considera
hoy en día como notorio defecto editorial.
3. En las adendas e interpolaciones resultan demasiado visibles los peligros del
remiendo cuando falta la paciencia para el pulimento y el retoque: repeticiones
frecuentes, descuidos de estilo, escasa reflexión, trozos mal ensamblados, inclusión de
párrafos netamente periodísticos con personajes de ocasión o comentarios por fuera de
la historia, y por último, aminorarse en sentimientos poco dignos que cuanto más humanos
se consideren son menos propios del maestro.
4. El llamado "empastelamiento" ha sido un lamentable caso en
tipografía, no eliminado, sino, por el contrario, en aumento mientras más sofisticado
sea el equipo procesador.
Pero lo extraordinariamente raro es el empastelamiento del texto en la
composición del autor, lo que sucede varias veces, quizá por el método de trabajo
adoptado, por incomodidades físicas, por distracción, o a causa de los consabidos
duendecillos que rondan por este mundo endiablado.
5. En la modificación de párrafos ocurren desbarajustes por integrar de prisa
nuevos datos o cambiar conceptos y muchos períodos quedan frecuentemente sin sentido.
6. Cuando el escritor no revisa su texto, o lo hace apresuradamente, pasan
inadvertidos los defectos propios del primer borrador, que suelen consistir en la
repetición cercana de palabras o desinencias, la cacofonía, la aliteración
inconveniente, las rimas involuntarias y demás imperfecciones con las que surge el
pensamiento, que luego será pulimentado por la destreza en el artista del lenguaje. De
tales achaques están plagadas las páginas de quien fuera maestro en el estilo. Ejemplo:
"En medio de la disciplina más estimulante que pueda apetecer en medio del
silencio" (pág. 250).
7. En la ampliación de la obra el autor repite cosas: ideas, citas, párrafos,
episodios, observaciones, críticas, comentarios, chistes, datos, curiosidades y regaños.
8. La lectura comparada de las dos últimas ediciones muestra párrafos y apartes
eliminados, o quizá perdidos, porque no se ve la razón que explique el corte.
9. Aunque intenta justificarlo, la presentación de autores por fuera del orden
cronológico contraría la didáctica de la historia y sólo muestra pereza del escritor
en el manejo de sus materiales, excepto cuando se trata de poner a un don nadie al lado de
una figura de primer orden, tal vez con la intención de empequeñecerlo aún más.
10. Con vaguedad impropia de la historia, pierde de vista la dimensión de su
obra, entra en el monólogo y olvida al lector. Ejemplo: "Mejía Vallejo se mueve
como un poeta en su último libro" (pág. 250). ¿Cuál libro?
11. Las obsesivas reiteraciones acusan la pérdida de interés en su trabajo por
parte del autor para la época en que el texto fue adicionado. Ejemplo: leyenda sobre
Eduardo Castillo en págs. 212 y 223. El escritor didáctico repite ideas; no chismes.
Pero éste era uno de los vistosos cartones que exhibía ante sus oyentes fascinados por
la expresividad de sus manos de actor cuando modelaba en el aire personajes y situaciones
de intencionada comicidad.
12. Las muestras de poemas que se incluyen no responden a un propósito definido.
Vienen al acaso, sin correspondencia con la estructura del libro y a veces aparecen
erradas, como en pág. 197.
13. Constantes pifias proceden de análisis defectuosos. Ejemplos: a) pág. 128:
"La América hispanoparlante será adulta y habrá cumplido su destino el día en que
los países hermanos lleguen a la madurez civilista de Colombia". b) "Hoy
Colombia goza de la paz en la más sólida democracia americana".
14. Alternativamente descuidado y puntilloso, el texto revela la impaciencia por
la cual el orfebre destroza lo que pule.
15. Todos los libros contienen errores. El lector se defiende como puede, pero su
credulidad se debilita y cada vez encuentra menos fácil la lectura. En la obra que se
reseña pueden hallarse falsedades e inexactitudes, algunas elementales, como en pág.
176: "...rasgó Beethoven la Sinfonía Heroica dedicada a Napoleón cuando el corso
tuvo la ocurrencia de..." Lo que Beethoven rasga impulsivamente no es el original de
la sinfonía, sino la página titular en la que ha escrito el nombre de Bonaparte.
Además de señalar defectos y errores notorios, debe la reseña ocuparse
también del comentario a la parte conceptual, aunque ello sólo sea posible parcialmente,
sin la prolijidad del ensayo.
Pocos escapan al distanciamiento de las generaciones, y al historiador no le
alcanza la sensibilidad para acercarse a la poesía que se aparta de la tradición local.
Por eso entre los últimos inspirados sólo acepta a Giovanni Quessep como "portador
del dulce aire que viene desde las viejas cortes italianas siempre nuevo", y se opone
a toda ruptura y a nuevas formas del verso que descalifica como "feísmo".
Resulta fácil adivinar con cuánto regocijo hubiera recibido la malévola sentencia del
poeta venezolano Enrique Hernández DJesús: "Las nuevas generaciones están en
degeneración y degeneran de generación en generación".
En pág. 240 enjuicia a Álvaro Mutis: "Si ha perdido la magia de sacarle al
idioma sus más secretos tesoros, no se explica su fama de gran poeta. [...] Aunque
escribe hermosos poemas, yo prefiero su prosa". Sin duda se equivoca en esa
apreciación y de ahí en adelante sobre toda la poesía de la segunda mitad del siglo.
Con respecto a Mario Rivero expresa algo semejante en pág. 263: "En poesía no ha
salido de las migajas. Lo prefiero como prosista".
Resulta contradictorio que hubiera reflexionado tanto sobre poesía quien siempre
proclamó la inutilidad del verso y la indiscutible superioridad de la prosa. En pág. 262
escribe: "La poesía es hoy, con raras excepciones, un género anecdótico menos
agradable que la prosa de todos los tiempos. Abandonó los relatos del hombre y del poeta
esencial para despoetizarse en los contornos parroquiales olorosos a pachulí, a burdel y
a repollo".
En pág. 272 refuerza su argumento: "La poesía es hoy un arte inútil por
falta de lectores cotidianos. El hombre promedial contemporáneo tiene a su alcance
atracciones más a la mano para entretener y anestesiar el tiempo con el mínimo esfuerzo,
sin tener que ponerse sentimental con problemas ajenos y en situaciones anímicas fuera de
la época".
Los partidarios de la poesía pura (no debe decir, sino sugerir) son simples
voceros de una de las tantas teorías que intervienen en la incesante disputa literaria,
se postulan dueños de la verdad y tratan de imponer forzosamente el gusto estético de su
preferencia por sobre todos los demás. "La poesía de tesis se lee en pág.
265 es una incómoda verruga del idioma". La poesía sin tema plantea la tesis
de que la poesía no debe tener tema. No tener tema para escribir es la mayor pobreza del
hombre de pluma. Y todo lo que se dice o no se dice es una tesis que propone quien razona
o calla.
La tortuosa discusión del ensayista sobre poesía (poesía sí, poesía no)
corresponde a una vieja inquietud humana resuelta cada día en la práctica por los poetas
y refleja de su parte una secreta fe. Lo expresa en esta línea de la página 247:
"Quizá la lentitud regrese a este mundo, prodigiosamente infeliz, en forma de
poesía".
Si el universo mismo no sirve para nada, exigirle utilidad a la poesía es el
mayor elogio que se le puede hacer.
Divide el autor su estudio en cuatro partes: ensayo, novela, cuento y teatro,
poesía. La primera se propone demostrar que "una literatura se hace adulta por el
ensayo". En la tercera resulta curioso que el cuento no se incluya en la narrativa
con la novela, sino que se adicione al teatro, y la poesía en último término quiere
significar la menor importancia del género con respecto a los demás. Otros géneros,
como la historia, salieron de la literatura y por eso será que a los nuevos historiadores
colombianos ya no les importa escribir bien. Ni siquiera saben gramática. Algunos
desconocen por completo el español, como si quisieran hacer pasar sus obras por
traducciones.
La literatura entra en decadencia cuando se perfeccionan los métodos de
composición, impresión, edición y distribución, porque al mismo tiempo se implantan
también los que van en su contra: principalmente impuestos, con el objeto de orientar a
las gentes hacia los nuevos sistemas de la civilización audiovisual que garantizan un
mejor control de la población. "El hombre que piensa es nuestro enemigo", dijo
un papa. Los impuestos al libro elitizan la cultura, antigua política colonial que aún
persiste. Los gobiernos privilegian la guerra y los deportes, porque eso contribuye a
conservar una población sana, como se observa en la inhumación diaria de combatientes y
en las ciudades deportivas en donde no se ven sino clínicas de fracturas y todo el mundo
enyesado.
Escribir es perder difícilmente el tiempo. En la cultura el tiempo es lento.
Este año conmemoramos el centenario del nacimiento de León de Greiff y su poesía aún
permanece incomprendida. Los nuevos poetas se resisten a ella, como lo hicieran los
contemporáneos del maestro. "Eduardo Arias Suárez (pág. 135) escribió para la
posteridad paturra que lo juzga sin haberlo leído".
Sorprende considerar lo nueva que es nuestra historia. La mitad de ella la han
vivido muchísimos colombianos a quienes todavía hoy podemos interrogar. Tanto más
cuanto que el presente siglo ha sido de una espectacular agitación. Varias revoluciones
hemos vivido sin tomar conciencia de ellas. Todo ha cambiado en este siglo, menos los
jóvenes.
La curiosidad que sentía el doctor Javier Arango Ferrer por las manifestaciones
de la vida lo llevó a sostener relaciones de amistad con algunos integrantes del
nadaísmo, en especial con Gonzalo Arango, quien siempre le honró muy gentilmente con el
mayor aprecio y acatamiento. Sin embargo, la comprensión del nadaísmo se le escapaba,
por toda clase de motivos. De Gonzalo dice que era "un escritor desorientado".
El nadaísmo es una filosofía. No se ha entendido eso. Cuando se analice, se
entenderá.
Conocí a Javier Arango Ferrer en el despacho del doctor Eduardo Mendoza Varela,
autor, entre otras obras, de El Mediterráneo es un mar joven, cuya segunda
edición aparece en 1989 como volumen 30 de la Colección Guberek. Mendoza Varela era un
viajero culto y un exquisito escritor. Puesto a la consideración de un turista ligero de
equipaje, su libro puede parecer fuera de época. Pero resulta inolvidable para quienes
pueden apreciar el estilo en español. No son esas páginas que los turistas van
arrancando de los libros de pacotilla en trenes y autobuses a la velocidad de los vientos.
Javier Arango Ferrer se distinguía por la inteligencia y sabiduría. Despreciaba
su época, y por eso se marginó. Hombre de altivo porte, de recia voz, de noble ademán,
sabía ser, sin embargo, sencillo y amistoso como un príncipe desencantado. Pero tenía
lengua de dragón, y si era preciso la sacaba.
Por su vasta ilustración era un humanista. Su conocimiento de todas las artes y
su sensibilidad poética regían sus gustos y preferencias en una vida austera, de
inestable residencia, orientada por valores espirituales que no coincidían con los de la
sociedad colombiana actual. De ahí su actitud crítica, que lo hizo respetable, pero no
querido.
Su nomadismo no le permitía archivos propios ni el manejo adecuado de las notas,
por lo que confiaba en su excelente memoria, con el riesgo que eso supone. En el capítulo
sobre poesía (pág. 231), al referirse a La vida pública, de Arturo Camacho
Ramírez, afirma lo siguiente: "es un poema en cuartetas eneasilábicas, con la vida
de una ramera y un acento de balada. Si el autor hubiera escrito este desolado poema en
Londres, su fama tendría el prestigio de Inglaterra, pero lo escribió en Colombia y su
libro quedará como una joya escondida, que X-504 encontró pesada porque es de oro y de
otra generación". Tan escondida que nunca la he visto, por lo cual jamás me he
referido a ella. Con el agravante de que el metro que más aprecio, por su llaneza y
aparente simplicidad, es precisamente el eneasílabo asonante, lo que hace muy improbable
que pudiera parecerme "pesado".
La ciencia no acepta a la poesía sino como amanuense y encuentra poetas
dispuestos a servirle para poner en verso o buena prosa a los divulgadores científicos.
El científico no puede ser buen poeta, porque como poeta estaría al servicio de su
ciencia. Sería entonces un versificador, no un poeta. Puesto que el artista es soberano,
nunca servidor, esa antinomia no puede ser resuelta en un individuo. En el médico
escritor, el escritor está siempre subordinado al médico.
Javier Arango Ferrer era uno de esos médicos que creen en Dios, dan cabida a
supersticiones y dudan del destino del alma. Con dramatismo estremecedor, contaba
espeluznantes historias de ultratumba, sólo para divertirse viendo el efecto que
producía en su auditorio. Si había allí algún niño, salía verdaderamente espantado.
"Si hay vida más allá de la muerte (me dijo a fines de 1982), vengo
en la noche a jalarte las patas para avisarte. ¿De acuerdo?". "De
acuerdo, Javier", le contesté, seguro de que tal vez no vendría.
Al recibir noticia de su fallecimiento comencé a dormir con los pies
descubiertos, para que le quedara fácil agarrarme. A la tercera noche, poco después de
las tres, escuché nítidamente la estentórea voz de Javier, resonando en la oscuridad:
"¡NEGATIVO!"
JAIME JARAMILLO ESCOBAR |