| Fotografía homogeneizada y
pasteurizada
Fotografía latinoamericana contemporánea
Asfoto
Publicaciones Cultural, Santafé de Bogotá, 1994, 175 págs., ilustrado.
El libro recoge las fotografías premiadas en el segundo concurso "Lo mejor
de la fotografía en América Latina", editado por la Asociación de la Fotografía,
la Imagen y el Video de Colombia (Asfoto). También reúne una muestra de obras premiadas
en distintos salones nacionales del ramo en Latinoamérica. Los jurados del concurso
fueron Juan Luis Mejía Arango, Jean-Jacques Beucler, Eugenia Cárdenas S., Reynaldo
Duarte R., Santiago Pol, Rudolf Hermann Schrimpff M. y Benjamín Villegas J.
Participan noventa fotógrafos de Colombia, Venezuela, Bolivia, Chile y Ecuador.
El 75% de ellos son colombianos. Es evidente la ausencia de otros países, como Argentina,
y parece demasiado pequeña la representación de otros, como Chile y Ecuador. Esta simple
estadística muestra que el título del libro es sin duda una exageración publicitaria.
Pero al mismo tiempo cabe destacar y reconocer el esfuerzo realizado para acopiar en un
volumen de óptima calidad editorial, una muestra de lo que los editores y jurados
consideran que es la fotografía latinoamericana.
Lo anterior introduce la pregunta de fondo: ¿son estas imágenes representativas
de la fotografía latinoamericana? Como en el libro del primer concurso, en el presente
predomina lo que podría denominarse una "estética internacional de la
fotografía", si bien hay trabajos que deben exceptuarse de esta regla. Tal
estética, que aspira a constituirse en la corriente dominante de la fotografía, es
divulgada activamente por revistas y anuarios fotográficos comerciales y publicitarios.
Como en la moda, las artes plásticas o la publicidad, también en la fotografía
los grandes países industrializados han sabido posicionarse como los creadores de una
vanguardia que tiende a adoptarse y a imponerse en los demás países, los cuales se
convierten en practicantes y adaptadores más o menos acertados y más o menos exitosos,
de estilos, temáticas y técnicas que aparecen como lo artísticamente aceptable y lo
estéticamente deseable y correcto. Es evidente que no existe la fotografía
latinoamericana, entendida como algo único y uniforme. Por el contrario, como en todas
las manifestaciones humanas y culturales, predomina la diversidad y la singularidad. Sólo
que aquí prácticamente se ha hecho caso omiso de ella.
Como resultado de todo esto, el mayor o menor grado de adscripción de un
fotógrafo a la corriente principal marcará su mayor o menor grado de aceptación y
reconocimiento por parte de cierta comunidad fotográfica ilustrada de la región, hasta
el punto de que la expresión individual queda en muchos casos abolida. No pocas imágenes
parecen producidas por un único fotógrafo. Al mismo tiempo y como contraejemplo, en el
caso de la fotografía aficionada incluida en el libro, se nota cierto alejamiento del
esquema descrito. Curiosamente, son los fotógrafos aficionados, tal vez con menores
compromisos comerciales, los que muestran en el libro un deseo de hacer una fotografía
más propia y de construir un lenguaje fotográfico sin el sensacionalismo de los efectos
especiales y sin el afán a ultranza de ser unos practicantes más de la estética
dominante en el arte de la cámara.
La pregunta arriba formulada se responde, entonces, diciendo que la publicación
recoge algunos de los mejores esfuerzos por adscribirse a la corriente principal de la
fotografía internacional. Mientras en la portada se observa el perfil de un niño negro,
tal vez con el ánimo de dar el "toque" latinoamericano, en la contraportada
aparecen seis imágenes homogeneizadas y pasteurizadas, que supuestamente serían
antológicas y llevan el nombre del país: un flamante vehículo (Colombia); un paisaje
andino (Bolivia); un incendio forestal (fotografía amateur); una barriada minera
en el atardecer, a manera de pesebre (Ecuador); un refinado desnudo (Venezuela) y la foto
de un proceso industrial (Chile).
Si en el primer concurso las obras se presentaron repartidas en dieciséis
categorías, para la segunda versión el número aumentó a veintisiete, lo que confirma,
una vez más, que las clasificaciones son generalmente un ejercicio de la arbitrariedad y
hasta de la confusión. Por ejemplo, "Retratos" es una categoría distinta de
"Gente", sin que aparentemente se justifique que así lo sea. Igual sucede con
los grupos "Naturaleza y paisaje natural", "Flora y fauna" y
"Mensaje ecológico", que parecen redundantes; el mismo caso se presenta con
"fotografía publicitaria" "producto", "alimentos y
bebidas", "moda" y "automóviles". La parcelación de los temas
tal vez cumple una función "democrática" en el concurso, porque permite
multiplicar los premios y menciones y dejar a más participantes satisfechos. En efecto,
se otorgaron tantos premios a la excelencia como categorías y se dio un número superior
de menciones.
Resulta interesante examinar aquí las secciones denominadas "Arte",
"Retratos", "Gente", "Reportería gráfica" y
"Amateur" (que tiene cinco apartados: tema libre, gente, recreativa [???],
paisaje, fauna y flora y obra fotográfica). En la primera, se revela una concepción
absurda según la cual la fotografía "artística" es en esencia la que recurre
al artificio, en la técnica o la composición. De preferencia recurre al desnudo envuelto
en velos, a un pictorialismo refinado, a los contraluces esplendorosos, a la
magnificación de detalles, a lograr atrapar alguna rareza, un efecto de luz o un juego de
espejos. Homenaje a Frida Kahlo, del boliviano Fernando Cuéllar,
clasificada en esta sección, se aparta de los procedimientos mencionados y, aunque con
ciertas deficiencias técnicas, logra componer una imagen significativa. Igual ocurre en
el caso de Nacho Marín, de Venezuela, participante en distintas categorías. Con su
trabajo Mutantes, en la sección de retratos, consigue una pieza extraña y
perturbadora, con poder expresivo. Otras obras suyas, como La insidia y Ninfas,
de gran refinamiento visual y técnico, parecen excesivamente complacidas en su propia
belleza superficial, lo cual vence el misterio que intentan expresar.
En la sección denominada "Gente-figura humana" sobresale de nuevo
Nacho Marín, premiado justamente por su obra Narciso, un desnudo masculino de
calidad pictórica. Por el contrario, el mismo autor, en Venus, hace concesiones al
estilo impuesto por las revistas elegantes de desnudos. Cabe mencionar también la imagen
en blanco y negro titulada Descanso No. 2, del venezolano Carlos Opitz, por su
simbología sugerente y novedosa.
"Reportería gráfica" es la sección más decepcionante; aparece una
obra única sin mayor interés. Parece increíble que, con tantos reporteros gráficos que
existen en Latinoamérica esta categoría del concurso haya despertado tan escaso
interés.
Entre los participantes en el capítulo de aficionados, se encuentran varios
ejemplos de fotografías de sólido carácter y valores expresivos. Tal es el caso del
desnudo de Catalina Jaramillo, los retratos de María Cristina Patiño y la secuencia de
retratos premiados de Luis Morales, titulada Personajes un poco inusuales, en la
que estudia la interacción de elementos animales con la figura humana.
Al lado de tanto dominio brillante de técnicas y de la aplicación obediente del
repertorio de la estética de la corriente principal de la fotografía internacional,
existe otra fotografía latinoamericana, apenas insinuada en el libro, con valores propios
y heredera de una tradición construida por artistas como Martín Chambi o Benjamín de la
Calle. Aunque alejada de la tendencia dominante y poco útil para las agencias
publicitarias, es tal vez más justa en revelar nuestro propio rostro y es, por necesaria,
la que quedará como documento visual cierto, y este sí ineludible, de América Latina.
SANTIAGO LONDOÑO VÉLEZ |