| Perder la magia en el reino
del mal gusto, mata
Fernando Dávila
Ana María Escallón, Pierre Restany
y Edward Sullivan
Fotografías de las obras: sin crédito
Lerner Ltda., Santafé de Bogotá, 1993, 219 págs.
Ana María Escallón, en su texto, divide en cuatro períodos la obra del pintor
Fernando Dávila, hasta hoy.
Una primera etapa, en la cual las referencias de composición de Velázquez, la
interioridad de Bonnard y la luz de Rembrandt lo llevan por la pintura figurativa, en el
mundo de los colores que el artista, daltónico, domina. Sus cuadros de esta primera
época traen a la memoria los últimos colores del Tiziano.
Un segundo período, el de Nueva York, a partir de 1983, cuando se instala en la
Gran Manzana a vivir con su mujer, Julia Merizalde Price, en el que el artista se lanza en
un mundo de color totalmente desconocido a sus ojos. Su daltonismo no le permite algunos
colores entre las gamas del rojo al verde. Tanto así, que el semáforo, para todos
lenguaje universal, en Fernando Dávila es un objeto incomprensible. Con la metodicidad de
un suizo (Dávila viene de una educación cartesiana en el colegio Helvetia de Bogotá),
ordena los colores en una paleta y demarca una geografía cromática en cada cuadro,
respetando la composición del dibujo. Este es sin duda el mejor momento de su obra y es
también el único que se detiene a analizar la crítica de arte Ana María Escallón en
su texto. Dávila, cercano a pintores como Eric Ficshel, Edward Hoper y Andrew Waiett,
plasma la soledad de rigor cotidiano que se vive en Nueva York, los interiores alienantes
pero enriquecedores de la ciudad universal, donde se es más solo que en cualquier otra.
Estos cuadros, hasta mediados de los ochenta, son un juego de composición con un
contenido poético que los coloca mucho más allá de la acción de sus personajes. Aquí
hay un ámbito, un aura entre la que provoca habitar. Como bien lo dice A. M. Escallón,
lo que le interesa a Dávila son las relaciones humanas. En sus rostros, en los
movimientos tanto de personajes femeninos como de masculinos, en su erotismo, siempre
implícito como rigor de comunicación entre el universo de estos cuadros, hay una
búsqueda individual. Como lo dice él mismo, intención de expresarse para poder
entender. Entender el cuerpo, la soledad, la comunicación entre los cuerpos y los seres
humanos.
En esta etapa, los cuerpos de las pinturas de Fernando Dávila están cargados de
espíritu, viven. En Espacio utópico (1985) y Mujer con gancho (1986),
logra Dávila los dos mejores cuadros impresos en este ejemplar de la casa editorial
Lerner Ltda.
La tercera etapa propuesta en el texto de A. M. Escallón se sitúa en el momento
en que "de lo urbano íntimo pasa a lo urbano social", cuando sus pinturas
pierden ese carácter intimista y, entre los grupos de gente de cada cuadro, el pintor
destaca una pareja o a veces, también, una persona. La acción de esta pareja o de la
persona y la actitud individual y dispersa de los otros personajes del cuadro frente a
ellos, resuelven la escena. La anécdota, que antes era una excusa, se convierte en la
esencia del cuadro, y la actividad de los cuerpos pintados sobre la tela pesa más que
cualquier otra cosa. Aquí, Dávila se entera de una posible solución a su problema
daltónico y, con un esfuerzo enorme, tras varias pruebas, se adapta a unos anteojos con
un lente rojo. Corrige casi en un ochenta por ciento su visión y conoce colores antes
desconocidos; algunos, inclusive, adquieren dimensión y flotan en el aire saliendo del
espacio plano de los cuadros.
La cuarta etapa es más lineal. Los trazos negros con que crea el contorno de sus
figuras humanas son una "vuelta al dibujo sin abandonar la pintura". Aparecen
los toros y los caballos traídos de Gauguin y Chagall, más como un elemento evocador que
de fuerza. Dávila recurre también a los colores de estos dos artistas y a sus formas
circulares. En algunos paisajes de principios de los noventa, estos colores dan una
impresión interpretativa. Pienso en Dávila observando el paisaje sin sus anteojos de
lente rojo y pintando después con los lentes puestos. Un juego entre su antigua y su
nueva realidad, entre la realidad de sus ojos y el color "dominado" que conoce
hace algunos años. En estos paisajes, es obsesivo con rojos, rosas y naranjas, y el azul
es un horizonte, un límite. Son imágenes alucinadas. A este último período pertenecen
también sus escenas en la playa. Curiosamente, en los cuerpos desnudos y en vestido de
baño, al lado del mar, su figura humana pierde erotismo y continúa en el plano
anecdótico que marca el período anterior. Aquí, donde el cuerpo está implícito, se
pierde la carga sexual y la espiritualidad, el alma de los seres que pintaba en los
ochenta en Nueva York. Cuadros como Andante y Nubula, ambos de 1993, no
tienen la fuerza expresionista de su obra anterior. En estos paisajes del Caribe, Dávila
no va mas allá del mal gusto y pierde la continuidad de un trabajo que en su evolución,
hasta mediados de los ochenta, era un lenguaje que, viendo su última obra, uno siente
perdido.
El libro de Lerner Ltda. peca de repetitivo. Varias obras aparecen, en detalles,
hasta dos y tres veces, nunca frente al cuadro, a manera de acercamiento, sino dispersas a
lo largo del volumen. Además, como camaleones, tal vez pensando en camuflaje, cambian de
color. El mismo cuadro es rojo y después naranja, sin más. Errores de impresión a los
que ya no estamos acostumbrados. Es curioso, frente a magníficos volúmenes como los de
Botero u Obregón, realizados por esta misma casa editorial, hay libros éste, por
ejemplo que muestran la obra de un pintor sin ningún orden cronológico o de estilo
que permita un esquema para la visión retrospectiva de su obra, lo que se pretende con la
publicación, o catálogos como el realizado en Madrid para la exposición de Luis
Caballero en la Casa de América entre abril y mayo de 1994, deplorablemente impreso.
JUAN SIERRA |