Boletín Cultural y Bibliográfico. Número 37 . Volumen XXXI - 1994 - editado en 1996
 

Perder la magia en el reino del mal gusto, mata


Fernando Dávila
Ana María Escallón, Pierre Restany
y Edward Sullivan

Fotografías de las obras: sin crédito
Lerner Ltda., Santafé de Bogotá, 1993, 219 págs.


Ana María Escallón, en su texto, divide en cuatro períodos la obra del pintor Fernando Dávila, hasta hoy.

Una primera etapa, en la cual las referencias de composición de Velázquez, la interioridad de Bonnard y la luz de Rembrandt lo llevan por la pintura figurativa, en el mundo de los colores que el artista, daltónico, domina. Sus cuadros de esta primera época traen a la memoria los últimos colores del Tiziano.

Un segundo período, el de Nueva York, a partir de 1983, cuando se instala en la Gran Manzana a vivir con su mujer, Julia Merizalde Price, en el que el artista se lanza en un mundo de color totalmente desconocido a sus ojos. Su daltonismo no le permite algunos colores entre las gamas del rojo al verde. Tanto así, que el semáforo, para todos lenguaje universal, en Fernando Dávila es un objeto incomprensible. Con la metodicidad de un suizo (Dávila viene de una educación cartesiana en el colegio Helvetia de Bogotá), ordena los colores en una paleta y demarca una geografía cromática en cada cuadro, respetando la composición del dibujo. Este es sin duda el mejor momento de su obra y es también el único que se detiene a analizar la crítica de arte Ana María Escallón en su texto. Dávila, cercano a pintores como Eric Ficshel, Edward Hoper y Andrew Waiett, plasma la soledad de rigor cotidiano que se vive en Nueva York, los interiores alienantes pero enriquecedores de la ciudad universal, donde se es más solo que en cualquier otra. Estos cuadros, hasta mediados de los ochenta, son un juego de composición con un contenido poético que los coloca mucho más allá de la acción de sus personajes. Aquí hay un ámbito, un aura entre la que provoca habitar. Como bien lo dice A. M. Escallón, lo que le interesa a Dávila son las relaciones humanas. En sus rostros, en los movimientos tanto de personajes femeninos como de masculinos, en su erotismo, siempre implícito como rigor de comunicación entre el universo de estos cuadros, hay una búsqueda individual. Como lo dice él mismo, intención de expresarse para poder entender. Entender el cuerpo, la soledad, la comunicación entre los cuerpos y los seres humanos.

En esta etapa, los cuerpos de las pinturas de Fernando Dávila están cargados de espíritu, viven. En Espacio utópico (1985) y Mujer con gancho (1986), logra Dávila los dos mejores cuadros impresos en este ejemplar de la casa editorial Lerner Ltda.

La tercera etapa propuesta en el texto de A. M. Escallón se sitúa en el momento en que "de lo urbano íntimo pasa a lo urbano social", cuando sus pinturas pierden ese carácter intimista y, entre los grupos de gente de cada cuadro, el pintor destaca una pareja o a veces, también, una persona. La acción de esta pareja o de la persona y la actitud individual y dispersa de los otros personajes del cuadro frente a ellos, resuelven la escena. La anécdota, que antes era una excusa, se convierte en la esencia del cuadro, y la actividad de los cuerpos pintados sobre la tela pesa más que cualquier otra cosa. Aquí, Dávila se entera de una posible solución a su problema daltónico y, con un esfuerzo enorme, tras varias pruebas, se adapta a unos anteojos con un lente rojo. Corrige casi en un ochenta por ciento su visión y conoce colores antes desconocidos; algunos, inclusive, adquieren dimensión y flotan en el aire saliendo del espacio plano de los cuadros.

La cuarta etapa es más lineal. Los trazos negros con que crea el contorno de sus figuras humanas son una "vuelta al dibujo sin abandonar la pintura". Aparecen los toros y los caballos traídos de Gauguin y Chagall, más como un elemento evocador que de fuerza. Dávila recurre también a los colores de estos dos artistas y a sus formas circulares. En algunos paisajes de principios de los noventa, estos colores dan una impresión interpretativa. Pienso en Dávila observando el paisaje sin sus anteojos de lente rojo y pintando después con los lentes puestos. Un juego entre su antigua y su nueva realidad, entre la realidad de sus ojos y el color "dominado" que conoce hace algunos años. En estos paisajes, es obsesivo con rojos, rosas y naranjas, y el azul es un horizonte, un límite. Son imágenes alucinadas. A este último período pertenecen también sus escenas en la playa. Curiosamente, en los cuerpos desnudos y en vestido de baño, al lado del mar, su figura humana pierde erotismo y continúa en el plano anecdótico que marca el período anterior. Aquí, donde el cuerpo está implícito, se pierde la carga sexual y la espiritualidad, el alma de los seres que pintaba en los ochenta en Nueva York. Cuadros como Andante y Nubula, ambos de 1993, no tienen la fuerza expresionista de su obra anterior. En estos paisajes del Caribe, Dávila no va mas allá del mal gusto y pierde la continuidad de un trabajo que en su evolución, hasta mediados de los ochenta, era un lenguaje que, viendo su última obra, uno siente perdido.

El libro de Lerner Ltda. peca de repetitivo. Varias obras aparecen, en detalles, hasta dos y tres veces, nunca frente al cuadro, a manera de acercamiento, sino dispersas a lo largo del volumen. Además, como camaleones, tal vez pensando en camuflaje, cambian de color. El mismo cuadro es rojo y después naranja, sin más. Errores de impresión a los que ya no estamos acostumbrados. Es curioso, frente a magníficos volúmenes como los de Botero u Obregón, realizados por esta misma casa editorial, hay libros —éste, por ejemplo— que muestran la obra de un pintor sin ningún orden cronológico o de estilo que permita un esquema para la visión retrospectiva de su obra, lo que se pretende con la publicación, o catálogos como el realizado en Madrid para la exposición de Luis Caballero en la Casa de América entre abril y mayo de 1994, deplorablemente impreso.

JUAN SIERRA