| Carlos Rojas: el mejor de una
generación
Carlos Rojas
José Hernández, José Hernán Aguilar
Fotografías: Hernán Díaz, Álvaro Díaz
Seguros Bolívar, Santafé de Bogotá, 1993, 149 págs.
A lo largo de todo el siglo XX, pero muy particularmente en los años posteriores
a la segunda guerra mundial y hasta los años sesenta predominó como artículo de fe, tan
absoluto que ni siquiera se enunciaba como creencia sino como supuesto anterior a toda
racionalidad, un internacionalismo de la sensibilidad común a todos los artistas. Sin
duda, las primeras vanguardias de principios del siglo contribuyeron a esto. También la
evolución tecnológica que estandarizó muchos diseños es decir, que universalizó
muchas formas, reduciendo a la vez el tamaño del mundo y, por lo tanto, haciendo
más plausible la ilusión de que los hombres somos todos iguales. También hay causas
políticas: ganar la guerra les produjo a los Estados Unidos la utilidad adicional de
imponer en el mundo el "American way of life". En los años cuarenta y cincuenta
Europa renacía gracias al plan Marshall. Igual en el mundo del arte, el ni siquiera
verbalizado internacionalismo se irradiaba desde Nueva York. Valía ¿vale? lo
que se canonizaba desde la Gran Manzana.
Entremos en detalles: ese nunca cacareado internacionalismo, edificado sobre
otras lógicas supone la existencia de un "buen gusto" consistentemente
variable, según ciertas modas que se irradian desde la metrópoli. Los artistas que se
formaron bajo este espíritu comienzan ahora a volverse tan identificables por el ambiente
de su tiempo, que sus biografías artísticas y la evolución de su obra plástica ya
tienen un inevitable color de época que los identifica. El internacionalismo, por fuerza,
tiende a la ley universal; en otras palabras, a la abstracción, primer síntoma
inequívoco en la tendencia natural de cualquier artista formado en aquel período. Un
individuo puede ser aristócrata de la provincia de Popayán, hijo de inmigrantes polacos
en Lima, segunda generación de italianos en Buenos Aires, brillante arquitecto caraqueño
o exseminarista de Facatativá. Un individuo puede tener cualquiera de estos diferentes
orígenes y, si decide continuar su formación artística en los años cuarenta y
cincuenta con su peregrinación de aprendizaje a Europa y Nueva York, el resultado está
sostenido por unas determinantes que ya se pueden señalar históricamente.
Con esa misma perspectiva histórica, el fenómeno puede entrar a calificarse con
signos positivos o negativos. Basta señalarlo como un hecho que puede ejemplificarse con
nombres propios llámese Negret, Szyszlo, Polesello, Soto o Carlos Rojas de
individuos que aplicaron su talento a convertir en formas universalmente intercambiables
unas historias personales que tienen que ser convertidas en anécdotas explícitas para
poder ser relacionadas por quien observe el producto final.
En apariencia, nada se ha dicho hasta aquí de este libro. Pero, acaso, se ha
dicho todo.
El relato biográfico de su paisano José Hernández es excelente. Como texto
literario, como biografía, es una contribución importante a la bibliografía colombiana,
tan escasa, de un concepto narrativo del género. Una de las relaciones que la biografía
de Hernández esclarece a plenitud es la existente entre el mundo personal y cotidiano de
Carlos Rojas y las diferentes etapas de sus obras. Naturalmente, si un Champollion de la
pintura intentara llegar, a partir de sus cuadros, a los orígenes concretos de cada uno,
se perdería en el rastreo. La virtud del relato es que verbaliza la coherencia de una
mentalidad. De algún modo, José Hernández inventa un Carlos Rojas que equivale al
Carlos Rojas que Carlos Rojas inventó en sus cuadros.
Tres ejemplos concretos: la impronta pop, la abstracción y el minimalismo. De
cada uno de ellos Hernández nos cuenta la historia al revés: el pop existía en
Facatativá desde siempre, la abstracción estaba en el aire del Nueva York de Rojas de
los años cincuenta, y también en su formación escolástica, y el minimalismo era una
culminación de éstos.
El Carlos Rojas que Carlos Rojas inventó en sus cuadros: este libro con su
narración, pero sobre todo con la reproducción de su obra de su biografía
estética deja el testimonio de un buen artista. De un hombre que posee la
sensibilidad suficiente para conectarse desde su formación con la más demostrativa
expresión de su época, que estuvo en los centros de irradiación de esa visión del
mundo en el momento preciso, que tuvo el talento y la disciplina suficientes para
formarlo, y la capacidad de traducir la historia personal de un facatativeño en la obra
artística de un pintor y escultor de lenguaje internacional.
Este libro, que continúa con la serie patrocinada por Seguros Bolívar como
parte de una biblioteca colombiana del arte moderno, se completa con una nota crítica
sobre la obra de Carlos Rojas, escrita por José Hernán Aguilar.
JUAN SIERRA |