| Mosaico ingenuo
Museo de Antioquia, obras de su colección, volumen I
Textos: Libe de Zulategi
Editorial Colina, Medellín, 1994, 158 págs., ilustrado
Publicada por el Museo de Antioquia con el apoyo de la Fundación Fenalco
Solidario, aparece por primera vez una selección de obras de la institución, una de las
más antiguas de su género en el país, pues tiene más de ciento diez años de fundada.
Este solo dato hace que el lector extrañe que se haya omitido, en el sentido extenso de
la palabra, una reseña histórica del museo, en contraposición a lo que se acostumbra en
esta clase de publicaciones en otros lugares.
Es cierto que, en general y a lo largo de la mayor parte de su existencia, la
institución no ha tenido una trayectoria destacada. Fue fundada en 1881 gracias a la
donación de una precaria colección de lo que entonces se consideraban "objetos
raros y curiosos", pertenecientes al coronel Martín Gómez. A ella se sumaron otras
donaciones que hoy parecen estrambóticas para un museo y cuyo paradero se desconoce. En
una primera época se abría al público sólo en ocasiones especiales, como el 20 de
julio. Desde entonces, las penurias económicas han marcado su centenaria existencia, lo
cual tal vez revela de manera contundente lo que la conservación de la cultura, la tan
cacareada "cultura antioqueña", significa para ciertos antioqueños, y en
particular para algunos dirigentes y políticos.
Tras una inexplicablemente prolongada y desafortunada dirección, caracterizada
por la mezquindad y la ausencia de profesionalismo, se abre ahora una nueva etapa en la
vida del museo. A pesar de que las dificultades no cesan, la nueva directora ha sido capaz
de demostrar que ello no es obstáculo para adelantar y culminar satisfactoriamente varios
proyectos de importancia, entre los cuales debe contarse el libro objeto de esta reseña.
La obra está repartida en cinco capítulos: "Arte colonial",
"Transición del siglo XIX al XX", "1920-1950, ciclo fundamental",
"Fernando Botero" y "Arte contemporáneo". Esta división es puramente
convencional y no obedece a ningún criterio histórico propio del tema tratado. Por otra
parte, si se planea la publicación de una serie de libros, como parece anunciarse, salta
aquí a la vista una primera observación: el legado que Botero entregó al museo es
suficientemente importante por sí mismo para haber hecho con él un primer libro, que,
con un estudio detenido, haga justo reconocimiento a la generosidad del artista.
Si bien se reconoce el valor de sobreponerse a un medio adverso, y el aporte que
significa la publicación de una selección de la obra del museo, ello no implica que el
libro se deba aceptar misericordiosamente, y es deber del reseñista señalar lo que
considera deficiencias. La primera, la más tolerable, es de carácter editorial: fotos
con regular iluminación, colores infieles, impresiones que un control de calidad más
riguroso habría mejorado, diagramación que no hace justicia al formato, la importancia y
las dimensiones reales de las distintas obras. A lo anterior se agrega que, con parroquial
internacionalismo, el libro ofrece textos en español e inglés y al mismo tiempo, con
parroquial ignorancia, elude ofrecer datos biográficos mínimos, como las fechas de
nacimiento y muerte de los artistas considerados y una bibliografía siquiera convincente.
La segunda, que inspira mucho menos resignación, porque afecta la naturaleza y
el buen propósito de la obra, es la calidad de los textos, tanto en lo que se refiere al
pobre estilo literario como a la ninguna elaboración histórica que ofrecen.
Alguien más informado queda mudo ante afirmaciones como la que abre el supuesto
"capítulo" destinado a la colonia, el cual consta, apenas, de siete líneas.
Allí se lee que "durante la colonia el panorama artístico de Antioquia era
nulo" (pág. 16). Aseveración que no es cierta y que parece producto del simple
desconocimiento. Demostrarlo no es materia de esta reseña, pero baste decir que en el
Archivo Histórico de Antioquia se encuentran pruebas documentales de que en la región
existieron artesanos pintores, si bien quedan pocas de sus obras, lo cual no valida la
afirmación citada.
Asociada a esta debilidad principal, se encuentran otras dos. La primera es el
estilo retórico de la redacción, tipo "vieja historia". Prosperan los
adjetivos calificativos salpicados con unos pocos datos; la nula consideración por el
contexto, y no se encuentra ningún análisis o mención específica de la historia de
ciertas obras importantes que alberga el museo, sus circunstancias de donación o
adquisición, lo cual, en la historia de cualquier institución del género, tiene su
interés.
La segunda flaqueza, y tal vez la más sustancial de todo el enfoque que inspira
el libro, queda suficientemente bien ejemplificada en la siguiente frase: "En
Antioquia no se produjo arte religioso de verdadero valor" (pág. 27). Basta
preguntar: ¿qué se entiende por "verdadero valor"? para comprobar que, una vez
más, se está en presencia de un intento de narración histórica que aborda el pasado
con los caprichosos prejuicios del presente. Ello impide comprender, y por lo tanto
explicar a otros, por ejemplo, cuál fue el sentido del arte religioso producido en
Antioquia, y por qué esa producción, que puede parecer de inferior calidad a la de
Santafé de Bogotá o Quito, tuvo un valor "verdadero" para la región y
cumplió funciones culturales de trascendencia, como en el caso de los exvotos.
Mientras se siga queriendo aplicar el criterio de valor estético, construido
para el arte europeo occidental, a las producciones locales de las antiguas colonias,
nunca se podrá ni aceptar, ni entender, ni descubrir el arte que aquí se produjo. Se
trata, por lo tanto, de una tarea para una arqueología histórica que se despoje de
prejuicios, y no para un comentarista voluntarioso de ocasión, que con ligereza ensarta
ocurrencias, y de paso, se crea un prestigio local de connaisseur.
Las pinturas naïves o ingenuas evaden la academia, abusan alegremente del
color, la perspectiva, la composición y los temas. Gracias a ello, logran una inusitada
capacidad expresiva, donde el candor, combinado con la fuerza y el desenfado, convoca y
abre múltiples sensaciones. Pero al contar una historia del arte con este mismo estilo,
cambia el cantar. Ingenuidad y alegre desconocimiento quedan reducidos, apenas, a lo que
son.
SANTIAGO LONDOÑO VÉLEZ |