Boletín Cultural y Bibliográfico. Número 37 . Volumen XXXI - 1994 - editado en 1996
 

Mosaico ingenuo


Museo de Antioquia, obras de su colección, volumen I
Textos: Libe de Zulategi
Editorial Colina, Medellín, 1994, 158 págs., ilustrado


Publicada por el Museo de Antioquia con el apoyo de la Fundación Fenalco Solidario, aparece por primera vez una selección de obras de la institución, una de las más antiguas de su género en el país, pues tiene más de ciento diez años de fundada. Este solo dato hace que el lector extrañe que se haya omitido, en el sentido extenso de la palabra, una reseña histórica del museo, en contraposición a lo que se acostumbra en esta clase de publicaciones en otros lugares.

Es cierto que, en general y a lo largo de la mayor parte de su existencia, la institución no ha tenido una trayectoria destacada. Fue fundada en 1881 gracias a la donación de una precaria colección de lo que entonces se consideraban "objetos raros y curiosos", pertenecientes al coronel Martín Gómez. A ella se sumaron otras donaciones que hoy parecen estrambóticas para un museo y cuyo paradero se desconoce. En una primera época se abría al público sólo en ocasiones especiales, como el 20 de julio. Desde entonces, las penurias económicas han marcado su centenaria existencia, lo cual tal vez revela de manera contundente lo que la conservación de la cultura, la tan cacareada "cultura antioqueña", significa para ciertos antioqueños, y en particular para algunos dirigentes y políticos.

Tras una inexplicablemente prolongada y desafortunada dirección, caracterizada por la mezquindad y la ausencia de profesionalismo, se abre ahora una nueva etapa en la vida del museo. A pesar de que las dificultades no cesan, la nueva directora ha sido capaz de demostrar que ello no es obstáculo para adelantar y culminar satisfactoriamente varios proyectos de importancia, entre los cuales debe contarse el libro objeto de esta reseña.

La obra está repartida en cinco capítulos: "Arte colonial", "Transición del siglo XIX al XX", "1920-1950, ciclo fundamental", "Fernando Botero" y "Arte contemporáneo". Esta división es puramente convencional y no obedece a ningún criterio histórico propio del tema tratado. Por otra parte, si se planea la publicación de una serie de libros, como parece anunciarse, salta aquí a la vista una primera observación: el legado que Botero entregó al museo es suficientemente importante por sí mismo para haber hecho con él un primer libro, que, con un estudio detenido, haga justo reconocimiento a la generosidad del artista.

Si bien se reconoce el valor de sobreponerse a un medio adverso, y el aporte que significa la publicación de una selección de la obra del museo, ello no implica que el libro se deba aceptar misericordiosamente, y es deber del reseñista señalar lo que considera deficiencias. La primera, la más tolerable, es de carácter editorial: fotos con regular iluminación, colores infieles, impresiones que un control de calidad más riguroso habría mejorado, diagramación que no hace justicia al formato, la importancia y las dimensiones reales de las distintas obras. A lo anterior se agrega que, con parroquial internacionalismo, el libro ofrece textos en español e inglés y al mismo tiempo, con parroquial ignorancia, elude ofrecer datos biográficos mínimos, como las fechas de nacimiento y muerte de los artistas considerados y una bibliografía siquiera convincente.

La segunda, que inspira mucho menos resignación, porque afecta la naturaleza y el buen propósito de la obra, es la calidad de los textos, tanto en lo que se refiere al pobre estilo literario como a la ninguna elaboración histórica que ofrecen.

Alguien más informado queda mudo ante afirmaciones como la que abre el supuesto "capítulo" destinado a la colonia, el cual consta, apenas, de siete líneas. Allí se lee que "durante la colonia el panorama artístico de Antioquia era nulo" (pág. 16). Aseveración que no es cierta y que parece producto del simple desconocimiento. Demostrarlo no es materia de esta reseña, pero baste decir que en el Archivo Histórico de Antioquia se encuentran pruebas documentales de que en la región existieron artesanos pintores, si bien quedan pocas de sus obras, lo cual no valida la afirmación citada.

Asociada a esta debilidad principal, se encuentran otras dos. La primera es el estilo retórico de la redacción, tipo "vieja historia". Prosperan los adjetivos calificativos salpicados con unos pocos datos; la nula consideración por el contexto, y no se encuentra ningún análisis o mención específica de la historia de ciertas obras importantes que alberga el museo, sus circunstancias de donación o adquisición, lo cual, en la historia de cualquier institución del género, tiene su interés.

La segunda flaqueza, y tal vez la más sustancial de todo el enfoque que inspira el libro, queda suficientemente bien ejemplificada en la siguiente frase: "En Antioquia no se produjo arte religioso de verdadero valor" (pág. 27). Basta preguntar: ¿qué se entiende por "verdadero valor"? para comprobar que, una vez más, se está en presencia de un intento de narración histórica que aborda el pasado con los caprichosos prejuicios del presente. Ello impide comprender, y por lo tanto explicar a otros, por ejemplo, cuál fue el sentido del arte religioso producido en Antioquia, y por qué esa producción, que puede parecer de inferior calidad a la de Santafé de Bogotá o Quito, tuvo un valor "verdadero" para la región y cumplió funciones culturales de trascendencia, como en el caso de los exvotos.

Mientras se siga queriendo aplicar el criterio de valor estético, construido para el arte europeo occidental, a las producciones locales de las antiguas colonias, nunca se podrá ni aceptar, ni entender, ni descubrir el arte que aquí se produjo. Se trata, por lo tanto, de una tarea para una arqueología histórica que se despoje de prejuicios, y no para un comentarista voluntarioso de ocasión, que con ligereza ensarta ocurrencias, y de paso, se crea un prestigio local de connaisseur.

Las pinturas naïves o ingenuas evaden la academia, abusan alegremente del color, la perspectiva, la composición y los temas. Gracias a ello, logran una inusitada capacidad expresiva, donde el candor, combinado con la fuerza y el desenfado, convoca y abre múltiples sensaciones. Pero al contar una historia del arte con este mismo estilo, cambia el cantar. Ingenuidad y alegre desconocimiento quedan reducidos, apenas, a lo que son.

SANTIAGO LONDOÑO VÉLEZ