| Festival de gestos y
formas, maquillajes y colores
Arquitectura fin de siglo. Un manifiesto de ausencia
Alberto Saldarriaga Roa
Editorial Universidad Nacional, Santafé de Bogotá, 1994, 163 págs.
En un estante de la biblioteca está Habitabilidad, quizá el primer texto
personal de Alberto Saldarriaga, fechado en 1976. Después, generalmente asociado con el
de Lorenzo Fonseca, su nombre encabeza varios estudios de tipo exploratorio, por lo demás
pioneros en múltiples campos y varios temas relacionados con la trayectoria histórica,
los derroteros o los avatares de la arquitectura y de la ciudad colombiana entre los
cuales están: Aspectos de la arquitectura contemporánea en Colombia (del cual fue
coautor en 1977), Lenguaje y métodos en la arquitectura (1983), Notas sobre el
patrimonio arquitectónico colombiano (1983), Arquitectura colombiana (1984), La
arquitectura de la vivienda rural en Colombia (primer volumen en 1980 y segundo en
1984), Vivienda en madera, San Andrés y Providencia (1985), Arquitectura para
todos los días (1988), Un siglo de arquitectura colombiana (en la Nueva
historia de Colombia [Planeta], 1989), La casa en la arquitectura moderna
colombiana (capítulo sobre Bogotá. Obra colectiva, 1990), Arquitectura popular en
Colombia (premiado en la Bienal de Arquitectura en 1992), Vivienda guajira
(1992), Manual de manejo del espacio público (1992), Guía de arquitectura de
Colombia (con fotografías de Germán Téllez, 1994).
De sus andanzas de campo, el autor ha conservado las mejores fotografías,
reunidas después en dos libros especialmente dedicados a las manifestaciones estéticas o
pictóricas que brotan de manera "natural" en la arquitectura popular cotidiana,
bien sea rural o urbana. Con precio de cinco cifras, alcanzan una calidad tan evidente,
que incluso algún día ¿durante una visita? desaparecieron del estante.
Es preciso agregar que sus artículos aparecen con cierta frecuencia en la
revista Proa, lo mismo que en la sección Arquitectura-Urbanismo de varias revistas, y en
las separatas culturales de la prensa dominical bogotana.
Como si fuera poco, da sus clases de historia-teoría en la Nacional y en los
Andes, maneja su propio grupo de investigaciones, atiende sin reticencia las solicitudes
de conferencias de varios eventos anuales o de otras universidades del continente.
Mientras tanto, con la mano izquierda escribe un prefacio, y es eventualmente asesor o
jurado en un concurso; adicionalmente practica su oficio, diseña proyectos
arquitectónicos y compite en concursos oficiales; y para descansar pinta con acrílicos
unos cuadros cada año.
Desde luego, para reseñar su último libro, saber lo anterior no es
indispensable; pero sí es útil. En primer lugar, permite situar en determinados
contextos una personalidad multifacética que combina en forma a veces contradictoria unas
prácticas artísticas y las tareas cotidianas de un oficio con hondo alcance social. Por
otra parte, este último texto, como se ve, cierra un ciclo de casi veinte años de
producción escrita en torno a la arquitectura del país. Y finalmente porque, conociendo
las diez obras que lo precedieron, el comentarista del último libro sabe de entrada que
debe manejar el asunto con respeto y avisada prudencia. De tal manera que esta panorámica
permite un acercamiento más acertado y "calibrado" a su nuevo escrito. Así en
su obra impresa es necesario distinguir dos líneas trenzadas en un mismo camino global:
la investigación, la reflexión. El libro que hoy se reseña pertenece al segundo grupo.
En cuanto a las ideas que se manejan, son de distinta índole. A veces recorren
la historia de Latinoamérica, vista como "proyecto inconcluso". La vieja
ambigüedad de la arquitectura, ni pez ni carne, en sándwich entre técnica y arte, entre
saber y genialidad, y los debates en torno a esta dicotomía, son otro tema reiterativo.
El origen y el éxito actual de una efímera corriente de moda, llamada
"posmodernismo", también irrumpen en las preocupaciones del autor. De tal modo
que en varios capítulos dedica unas páginas acérrimas para quitarle su engañosa
máscara de pacotilla ideológica seudoprogresista, y de paso lo desnuda arrancándole los
extravagantes harapos de sus vistosos atavíos para pobres con dinero. Cada uno de estos
temas merecería aquí algunas anotaciones. No obstante, en los límites de sus pocas
páginas, esta reseña quiere destacar en forma prioritaria el contenido altamente
político de algunas reflexiones del autor que se sitúan decididamente en el campo de la
ideología.
* * *
Visto como discurso construido, el volumen lo conforman, en ciento sesenta
páginas, diez capítulos cortos que se podrían calificar como artículos largos, o
quizá como ensayos breves, escritos todos entre 1989 y 1992. Como lo señala el prólogo,
estos textos nutren una cátedra universitaria y las discusiones que agitan el mundo
académico en torno a la arquitectura moderna. En este sentido, cada título tiene una
estructura didáctica; lo cual quizá revela su destino original de conferencia. Concluye
con una bibliografía, donde el autor evidencia otro aspecto de su búsqueda: la lectura
siempre actualizada y su extensa erudición. Así se apoya en unos treinta autores que en
distintas latitudes están reflexionando sobre los rumbos de la arquitectura del presente
siglo y las perspectivas que se perfilan para la próxima centuria.
Aquí se evidencia la "ausencia" que señala el autor en su subtítulo.
Cuando sus referencias no son anglosajonas, acude a los planteamientos de autores
franceses, o a citas traducidas del italiano o del alemán. Con dos excepciones
latinoamericanas, significa eso que Saldarriaga sólo encuentra posibilidad de diálogo
fuera del continente. Lo cual es grave, considerado desde su propia mirada sobre "la
ausencia". Pero se entiende tal carencia sabiendo que en estas tierras andinas se
cuentan con una mano los "teóricos" que lograron difundir su pensamiento en
torno a la arquitectura nacional. De paso, tal "ausencia", más que la
indiferencia, indica el grado de aislamiento que en Colombia tiene que aceptar y padecer
aquel que trata de reflexionar sobre un campo específico del trabajo intelectual y del
saber. Y también permite ubicar a Alberto Saldarriaga en estas dramáticas soledades que
vive el explorador del conocimiento.
Paradójicamente, es a través de esta bibliografía internacional como
Saldarriaga aborda uno de sus temas de mayor acoso y máxima angustia: la imposibilidad
hereditaria, casi atávica, de una arquitectura con nítida personalidad nacional; y la
vulnerabilidad del diseñador-proyectista colombiano ante el poderío aplastante de
seductoras ideologías intrusas que imponen aquí las corrientes externas. Varios de los
artículos recorren la historia del país y del continente para explicar esta aparente
fatalidad; concluyen registrando con cierta tristeza la carencia de una arquitectura
nacional y la "ausencia originaria" si se puede decir de conciencia
nacional en estas atropelladas cordilleras, tan mestizadas como colonizadas. Pero de paso,
y con base en el conocimiento adquirido mediante sus continuas indagaciones a través del
territorio, en algún momento observa, con toda la lucidez del caso, esta clara
dicotomía; la arquitectura profesional y comercial urbana desconoce o desprecia lo
nacional, cuando las multitudes populares, enfrentadas a las duras realidades diarias, lo
afirman con mucha vitalidad y no poca creatividad, en los campos y los barrios a lo largo
y ancho del país.
Esta búsqueda ilusoria de una identidad imposible está patéticamente presente
en todo el libro, de principio hasta el final; y su fracaso explica no solamente el tono
de desencanto de este "manifiesto de ausencia", sino también la rabia de
desesperación que se expresa a veces por un estilo agresivamente radical, con acentos de
protesta, muy a menudo de denuncia, pero siempre pesimista o desengañado.
* * *
A lo largo de ciento cincuenta páginas lo que dice y repite Saldarriaga se puede
sintetizar así:
Durante los últimos cinco siglos no hemos producido, ni diseñado, ni
construido nada que no sea de inspiración española, copia de lo francés, o importación
norteamericana. ¿Será que acaso estamos condenados a la desgracia de esta permanente
dictadura, o que podemos crear lo nuestro?
Saldarriaga entabla un juicio; indaga, diagnostica, y luego produce un juicio en
el cual acusa, denuncia, inculpa. Es cuando surgen páginas escritas con la mezcla
explosiva que puede producir una pluma de nostalgia, un papel para la rabia de la
impotencia, y una tinta hecha con vitriolo y una pizca de arsénico. Entonces, en la
desesperación de constatar tantos fracasos y abdicaciones, la voz escrita se hace
sarcástica, irónica, con sabor a sana sátira. Y de paso, con imágenes literarias y
ácidos adjetivos, clava sin compasión a los culpables.
De entrada y en el primer artículo, el autor pone lealmente las cartas sobre la
mesa y nos indica el tono general de la obra. Un párrafo ilustra esta postura:
Amparado por el triunfo del dinero y bajo las banderas del
"posmodernismo" se ha establecido un festival de gestos y formas, de maquillajes
y colores que ha desalojado la expresión adusta y severa de una modernidad escueta y
desabrida. El optimismo que alienta esa festividad es alimentado en buena medida por los
insumos del inmenso y triunfalista aparato corporativo multinacional que disfruta uno de
sus mejores momentos. El gusto de gobernantes, corporaciones y magnates ha encontrado en
ese posmodernismo los ingredientes necesarios para construir una imagen visual que haga lo
más notoria posible la evidencia de su poder. La tónica de la arquitectura internacional
en la década de los años 80 fue dada precisamente por la celebración de ese poder a
través de las versiones posmodernas de los nuevos monumentos cuyas imágenes, ampliamente
difundidas a través de los medios impresos y audiovisuales, han permeado profundamente la
conciencia profesional en todo el mundo. De esta celebración se excluyen muchas
consideraciones impertinentes, en especial las que se refieren a la responsabilidad social
de la arquitectura y al interés por resolver los problemas que antaño preocupaban a la
comunidad profesional; la ciudad, la vivienda, la calidad de vida de las comunidades, En
forma bastante mercenaria, la arquitectura ha sido puesta al servicio del poder.
En otro párrafo denuncia:
[...] las falacias de un posmodernismo comercializado y de su discurso
irresponsable [...] una forma de celebrar la riqueza, acorde con [...] un momento de
celebración del triunfo del capitalismo.
Refiriéndose otra vez al posmodernismo, observa con frases percutientes:
[...] Anteponer hoy el ornamento a la necesidad permite apenas disimular lo
exiguo de la mentalidad utilitarista que dirige abiertamente estos procesos. [...]
[...] vasto espectáculo en el que se venden imágenes y recursos con el fin
de mantener activa la maquinaria del capital. [...]
[...] símbolos e imágenes que no sólo representan valores culturales sino
también intereses de poder. [...]
[...] el empleo exagerado de gestos que visten de seda la mezquindad
utilitarista. [...]
[...] la propuesta historicista peca de anacronismo.
En cuanto al mundo profesional, a su juicio:
[...] la actuación del arquitecto requiere definirse entre el compromiso o la
evasión. Hasta ahora domina esta última, el compromiso es el privilegio de muy pocos.
Más adelante precisa esta idea:
Se sienten perfectamente a gusto con dictadores brutales, magnates
insensibles, multinacionales devoradoras, personajes ricos, competitivos y carentes de
sentido estético, narcotraficantes y mafiosos, y huyen espantados de cualquier encuentro
con la pobreza [...]
Para muchos arquitectos, la pobreza es un problema que no reviste interés
profesional, puesto que, para ellos, no tiene solución posible y no se presta para hacer
arquitectura.
Es con absoluta lucidez como registra:
Las ciudades [...] son los territorios en los cuales se lleva a cabo la lucha
por la supervivencia, son los escenarios del poder [...] La ciudad es al mismo tiempo una
realidad y un sinnúmero de ilusiones [...] Los poseedores del poder [...] El destino de
las ciudades está en sus manos, no precisamente las más adecuadas para manejarlo.
Algunas imágenes, además de ser tan directas como acertadas, tienen una gran
fuerza expresiva, como, por ejemplo, "la gran empresa comercial del espacio",
"la coalición entre los mecanismos de la planeación urbana y los intereses
inmobiliarios y financieros de los agentes del poder"; o cuando la arquitectura se
torna una categoría más de la industria cultural", y más aún usando "ismos
que son categorías de consumo" para una mera "arquitectura cortesana" que
apenas busca "figurar en las olimpiadas internacionales del gasto". Se rebela el
autor contra "la esclavitud historicista", "una historia establecida como
bloque paralizante". En las últimas páginas deplora la posible desaparición del
concepto de belleza o "su reducción como un simple valor de
mercado"; y observa luego con marcado desencanto:
Una nueva estética no ha sido todavía formulada.
Frente a las pretensiones del posmodernismo concluye que "no hay propuestas
definitivamente nuevas".
Bajo el título ¿Sin propuestas para el próximo milenio? termina su
recorrido con algunas conclusiones bastante pesimistas en cuanto a las perspectivas
sociales, políticas, o referidas al futuro de la ciudad y de su arquitectura.
* * *
Como se dijo, hay varias lecturas posibles de estos textos, desde sus
meditaciones sobre la práctica de un oficio, hasta un recorrido por los caminos de la
estética; incluso una lectura política, aquella que aquí se quiso destacar. Pues en
estos tiempo de letargo ideológico generalizado, de completa anestesia y total
insensibilidad ante la dramática social, de renuncia a las convicciones y del abandono de
algunos principios, finalmente puede ser considerada positiva esta constancia negativa
"de ausencia". Sin lugar a dudas, es saludable esta sorprendente visión del
autor; y quizá uno de los mejores logros de su libro.
JACQUES APRILE-GNISET |