Boletín Cultural y Bibliográfico. Número 37 . Volumen XXXI - 1994 - editado en 1996

 

"Destilación de rasgos"


Del folclor llanero
Miguel Ángel Martín
ECOE Ediciones, Santafé de Bogotá, 1991, 292 págs.


Quizás no existe una persona que haya hecho tanto por conservar la cultura tradicional de los Llanos orientales como el maestro Miguel Ángel Martín. Nativo de Tame, Martín es compositor, músico, promotor de grupos folclóricos y fundador de la Academia Folclórica de Música del Meta. Desde 1953 se dedicó a reunir información sobre la música, el vestido, el idioma, las comidas y la literatura popular del Meta, Arauca y Casanare. En 1982, en forma un tanto casual, publicó sus investigaciones en un volumen preliminar impreso por los Talleres de Litografía Juan XXIII de Villavicencio. Para la segunda edición, nueve años más tarde, Martín efectuó una revisión que hizo posible reunir los datos en una unidad más coherente, agregando nuevos materiales sobre temas relacionados con vivienda y artesanías, y eliminando secciones de poca importancia en el contexto del tema central, como las breves descripciones sinópticas de cada una de las regiones orientales. No obstante, su objetivo siguió siendo el mismo "quiero dejar una reseña de los Llanos que viví... (y) ...dar una rica y veraz recopilación del folclore llanero" (pág. 4). El resultado es un importante trabajo de referencia que le es útil tanto al público en general como a los estudiosos del tema.

En el volumen que se reseña, Martín organizó sus conclusiones bajo tres encabezamientos generales. El capítulo I, "Origen de la raza y del folclor llanero", está compuesto del ensayo "La raza llanera" de Rogelio Guáqueta, que preparó el terreno para futuros estudios, y de su propia ponencia, "Historia y folclor", presentada por primera vez en su elección como miembro de la Academia de Historia del Meta en noviembre de 1978, y la cual tuvo gran influencia en la evolución de nuevos conocimientos sobre los Llanos. El capítulo II, "Folclor llanero", incluye quince anotaciones de tipo enciclopédico que tratan temas relacionados con vivienda, comidas, creencias, leyendas y fiestas. Hay un ensayo sobre "El coleo" escrito por Jorge Nel Navea y una lista de las reglas nacionales que rigen el más auténtico de los deportes llaneros. En el capítulo III, "Música", ocho de las diecinueve subsecciones rastrean el origen de bailes como el bambuco, el galerón y el joropo. Otra de éstas hace una diferenciación meticulosa de los instrumentos con los cuales se interpreta la música llanera, mientras el resto discuten arreglos literarios populares —cantos, contrapunteo, cuentos y poemas—. Poemas y cantos escritos por Martín y otros autores como Manuel Orozco Castro, Eduardo Mantilla Trejo y el venezolano Alberto Arbelo Torrealva proporcionan algunos ejemplos de los diversos géneros. Por ejemplo, las fotografías en blanco y negro, esparcidas generosamente a través del libro, ayudan a ilustrar la evolución de los vestidos usados por hombres y mujeres desde el siglo XVIII hasta el presente o son útiles para hacer el contraste entre una guitarra española y un cuatro llanero. El volumen presenta dos apéndices: uno de ellos contiene una lista de compositores y cantantes llaneros; el otro, un extenso vocabulario de palabras y expresiones regionales. El libro termina con una bibliografía actualizada hasta 1982.

Después de una lectura cuidadosa de la compilación presentada por Martín sobre el folclor llanero, el lector es muy consciente de que a pesar de su remota localización geográfica esta subcultura no se desarrolló en un vacío. El autor deja en claro que el folclor llanero es básicamente mestizo, una destilación de rasgos tanto españoles (especialmente andaluces) como nativos de América que comenzaron a interactuar en el siglo XVI con los primeros encuentros entre misioneros e indígenas, no obstante el contacto externo que siempre ha existido. Durante la Colonia la influencia ininterrumpida de Venezuela fue evidente en la aparición de elementos africanos como el ritmo distintivo sincopado del joropo (pág. 36) y la celebración del "Tiempo de Negreras" en Arauca (pág. 102). La influencia venezolana en el siglo XX puede encontrarse en la creciente popularidad del liquilique y la canción joropo o pasaje (pág. 141). También se ha presentado el intercambio esporádico con el interior colombiano. Martín cree que el tiple o guitarra popular fue adaptada inicialmente por indígenas a lo largo del río Meta y que los principales elementos de bambucos, galerones y joropos también pudieron originarse en los Llanos, para luego aparecer más tarde en el altiplano (págs. 39, 41). El arpa, por otra parte, usada por los jesuitas en sus misiones durante el siglo XVIII, desapareció de los Llanos después de las guerras de independencia. Ésta fue reintroducida del altiplano después de la rendición de las guerrillas en 1953 (pág. 134).

En los últimos cuarenta años el impacto del interior sobre el folclor llanero se ha vuelto cada vez más penetrante. La inmigración de miles de guates hacia los Llanos ha generado una nueva valoración de la música y los bailes llaneros y, con la llegada de las telecomunicaciones modernas, las estaciones de radio y televisión en Bogotá regularmente presentan joropos y galerones. Sin embargo, Martín advierte que estas manifestaciones ya han tenido efectos negativos. Con el fin de presentar espectáculos más "llenos de colorido", los promotores alientan a los grupos folclóricos para que cambien sus vestidos tradicionales de sandalias, pantalones y camisas blancas y sombreros de fieltro, por botas más exóticas, pero carentes de toda autenticidad, cinturones anchos con revólveres, pañoletas, látigos, pantalones y camisas negras para los hombres, e incluso minifaldas para las mujeres. Al mismo tiempo, los nativos del Casanare, Meta y Arauca muestran poco entusiasmo por preservar su cultura. Martín señala cómo, en contraste con Venezuela donde se exalta la cultura llanera: "En la medida en que se aleja el llanero de la frontera con Venezuela y se adentra en nuestro territorio, se nota cómo nuestro folclor empieza a desvanecerse, hasta el punto que en los hatos se prohibe tener instrumentos musicales; llevar el traje antiguo es mal visto, saludar pidiendo la bendición es ridículo, poner un baile de joropo está fuera de tiempo, y bailar joropo es campeche" (pág. 1). Como lo más probable es que estas dos tendencias debilitantes se intensifiquen, la necesidad de registrar el folclor auténtico de los Llanos se hace aún más imperativa. Del folclor llanero es un primer paso en esta dirección. Uno sólo desearía que otros estudiosos del Llano, así como las entidades gubernamentales, aprovecharan las bases del estudio de Martín para redoblar sus esfuerzos en la documentación de estas tradiciones tan características de la región, antes que desaparezcan por completo.

JANE M. RAUSH
University of Massachusetts-Amherst
Traducción de Francisco Ruiz