Contra-Barrera
Antonio Barrera: paisajista colombiano
Germán Rubiano Caballero
y Federica Palomero
Fotografía: Óscar Monsalve
Amazonas Editores Ltda., Santafé de Bogotá, 1993, 158 págs.
Sin querer emitir un juicio, no soy quién para hacerlo, pienso que la función
de los críticos de arte es la de educar a un público. Educar en el sentido de persuadir
para que la gente acceda a lo aludido por el crítico.
Partiendo de este hecho, sobrevalorar una obra, la de cualquier artista, causa
daños irreparables. Marta Traba [q.e.p.d.] con Alejandro Obregón [q.e.p.d.] produjo un
estancamiento terrible para las artes plásticas en Colombia.
En países como el nuestro, donde apenas se empieza a imprimir en forma
sistemática la memoria plástica, es nefasto caer en la trampa de una obra pictórica
reiterativa y de poca calidad.
Antonio Barrera [q.e.p.d.] murió, desafortunadamente, muy joven. Tenía cuarenta
y dos años en 1990, cuando lo alcanzó la ineludible sombra que un día u otro nos
alcanza a todos. Sus primeros cuadros de los años setenta, los llamados por él
"Espacio poético", tienen una búsqueda de color, hay un juego de planos y un
sentido de la luz, influenciados por Rothko, buenos. Son casi todos pasteles sobre papel,
de formato mediano. Luego, Barrera descubre el acrílico, y la segunda mitad de los años
setenta la dedica al paisaje de la sabana de Bogotá, con esta técnica sobre tela. La
bruma disuelve los planos siempre horizontales de estos cuadros y crea un efecto de
fusión entre el cielo y la tierra, que le permite jugar al pintor con una realidad
abstracta. Hasta aquí todavía hay un buen esfuerzo.
En el año 1979 el pintor viaja a París (nunca se aloja en el taller de Luis
Caballero, como menciona el libro en su cronología, al final). Lleno de admiración por
Monet, influenciado por su estilo pictórico, cae en una retórica nostálgica con su
tierra. Descubre el óleo, lo que él mismo describe como "una materia viva".
Sus cuadros, cada vez más figurativos son paisajes de clima templado: Cafetales y
la memoria de la sabana de Bogotá.
A mediados de los años ochenta llega al trópico. Sus atardeceres Río tropical
son un menjurje de color donde priman los rojos y los amarillos. Estos tonos se harán
cada vez más tenues y Barrera regresa a los colores pastel. La bruma, para los años
noventa, vuelve a ser un elemento bastante utilizado en sus cuadros. Pero ya no hay
remedio: ni con la bruma se puede cubrir tan mala pintura.
En el año 1985, Barrera, a quien tal vez afectó mucho su prematuro éxito, -él
mismo lo dice en una carta enviada a un amigo desde París: "Creo que este viaje ha
sido para mí definitivo. Para Colombia corté el envío de obras, pues quiero ausentarme
de verdad por el mayor tiempo posible, creo que lo bien que me iba allí, a la larga
podía serme nocivo"-, es invitado a realizar una serie de cuadros que adornarán un
comedor en el Palacio de Nariño, en Bogotá. La obra, de grandes dimensiones: ocho
paneles que en total miden quince metros de largo por dos metros con ochenta de alto, son
cuatro diferentes paisajes colombianos: los Andes, el Atlántico, el Pacífico y la
Amazonia.
El pintor, ya célebre por el éxito comercial de su obra en Colombia y por
algún premio recibido en Europa, se lanza. El resultado final es la repetición del mismo
tema, hecho en la misma forma. Otra vez los colores "tutti frutti" del atardecer
tropical, sus cielos diagonales sobre las montañas de los Andes y los árboles que ya
había ensayado en sus selvas de principios de los años ochenta. Fuera del interés
descriptivo que pueden tener estos cuadros como alusión a la geografía del variado
paisaje de Colombia, no hay otra forma de verlos en el contexto de la pintura del siglo
XX.
Barrera pasará a la historia como un Monet pobre, sin haber llegado nunca a
tener el interés por la luz que tuvo el gran artista francés.
El éxito de los pintores generalmente tiene muy poco que ver con la calidad de
su obra. Las reputaciones se hacen y se deshacen sin que se sepa siquiera por qué. El
caso de Antonio Barrera es incomprensible.
Este libro monótono, más por el pintor que por otro motivo, deja testimonio de
la debilidad, de quienes en él participan, por una obra dulzarrona y mala: los cuadros de
Antonio Barrera.
La calidad editorial es cada vez mejor en Colombia. Los libros sobre colombianos,
hechos por colombianos e impresos en Colombia tienen mercado internacional. Esto, pensando
en que no es excusa la calidad editorial para hablar bien de un libro cuyo tema lo vuelve
malo. Es grato ver que nuestros editores aprendieron y pasaron la barrera de la calidad,
lo que les permite libertad absoluta y un campo infinito para realizar buenos libros. Con
la técnica en las manos, los temas por imprimir, para referirme sólo al caso de las
artes plásticas (libros en color, de gran formato), hay para rato, como se dice.
Es una lástima que, al costo que implica y con el trabajo que supone hacer este
tipo de libros, no haya más criterio para la divulgación de nuestros pintores. La lista
de buenos artistas no publicados, o mal impresos (durante la época escolar de nuestros
editores), deja aburrido al lector que se acerca a este libro pensando en encontrar uno de
ellos.
JUAN SIERRA |