Santuario de la megadiversidad
Utría, parque nacional natural,
Chocó, Colombia
Fernando Gast, Luis E. Mejía,
Camilo Moreno
Amazonas Editores, Santafé de Bogotá, 1994, 173 págs., ilustrado.
La leyenda cuenta que la más bella muchacha emberá incumplió la prohibición
de adentrarse en el mar en el momento de volverse mujer. Como castigo, quedó convertida
al instante en ballena. Desde entonces, cada año las ballenas jorobadas suben del polo
sur a Utría, la ensenada que tiene el nombre de la hermosa desobediente.
Los fotógrafos Luis E. Mejía y Camilo Moreno y el director científico Fernando
Gast, asesorados por un grupo de expertos, emprendieron durante casi dos años una suerte
de moderna Comisión Corográfica a la región de Utría en el Pacífico colombiano. El
resultado se presenta en un bello libro centrado en las imágenes fotográficas,
complementadas con textos, mapas, un glosario científico y una reseña de la aventura.
La evidente utilidad del libro queda bien expresada por los propios autores:
"Las imágenes que aquí hemos recogido, significan [...] una mínima y respetuosa
mirada a ese territorio [...] hemos captado algunos instantes efímeros de esa realidad
para permitir la contemplación que, por otros medios, sería imposible".
Sucesivos descubrimientos se ofrecen al lector a lo largo de la obra: Colombia es
uno de los únicos doce países del mundo que poseen megadiversidad, entendida como la
biodiversidad "multiplicada hasta niveles desconocidos en términos prácticos"
(pág. 23); en Utría caen durante 300 días al año más de diez mil milímetros de
lluvia; sus corales;junto con los de Gorgona y Malpel; constituyen "el único
arrecife coralino del Pacífico suramericano" (pág. 66) y en el sitio están
presentes todas las especies de mangle existentes en las costas pacíficas colombianas.
Pero frente a los superlativos estadísticos y ecológicos, sobresalen las
maravillas de la naturaleza en sus variadas y cambiantes manifestaciones vegetales,
animales y atmosféricas, propias del bosque muy húmedo tropical y captadas
por la cámara. Allí están desde enormes ballenas de 40 toneladas, hasta pequeños
insectos de élitros inquietos, cangrejos ermitaños, jaibas azules y comunidades de coral
con su microscópica fauna asociada. De lianas descomunales que parecen provenir de
tiempos prehistóricos, se pasa a densos manglares y espléndidas orquídeas. Interiores
de bosques que ignoraban toda huella humana, donde la guagua convive con el oso hormiguero
y urticantes bichos de cuatro centímetros. Profundidades marítimas hechas de jardines de
coral que despliegan sus pólipos en la noche junto con gorgonias y bivalvos. Arrecifes,
playas de piedras pulidas, arenas negras donde el cangrejo rojo deja su rastro
característico.
Las fotografías del libro son piezas profesionalmente captadas. Pertenecen a la
buena academia de las fotografías de la naturaleza estilo National Geographic,
hasta el punto de que no resulta molesto que algunas no sean particularmente interesantes.
Entre las más destacadas del libro pueden mencionarse varias, como la de la página 12,
sin más identificación, que presenta el interior de un bosque en todo el esplendor de su
exuberancia, dulcemente iluminado. Ciertos atardeceres, como los de las páginas 40, 54 y
55, no sólo eluden la trivial imagen de afiche o postal turística, sino que logran
detener ese instante del crepúsculo "en que las cosas brillan más". En la
página 120 se encuentran dos paisajes que seguramente harían las delicias de Atget, y en
la 124 un espléndido insecto Macrobrachium de azul intenso contra una hoja
naranja, que parecen dar una lección de teoría del color.
Las costas, arrecifes y acantilados que abruptamente unen montaña y mar, bosque
y océano, recortadas contra un fondo de cielo plomo, son tal vez las imágenes más
específicas y propias que definen la personalidad geográfica del lugar. Las fotos
submarinas son de gran belleza e interés, por los extraños mundos que revelan a los
pobres mortales terrestres.
La presencia de los habitantes locales es escasa pero justa. Se echa de menos,
sin embargo, el rostro de Salomón, particular personaje lugareño, amo y señor de la
isla que bautizó con su nombre, situada a la entrada de la ensenada.
Los fotógrafos debieron enfrentar no pocas dificultades. A las asociadas con el
trasporte del equipo se unieron las ocasionadas por las condiciones climáticas de humedad
e iluminación. Por ejemplo, debieron mantener sellada al vacío la película
fotográfica, para evitar su deterioro y las cámaras debieron ser protegidas con especial
cuidado, para defenderlas "del relente y de los hongos invisibles que se crían en el
aire con sólo respirar" (pág. 165).
Algunos detalles editoriales podrían haberse resuelto con mayor solvencia. Es el
caso de los pies de fotos, que son inexistentes con frecuencia; otros no siempre convencen
por la redacción o por la insuficiente información que a veces ofrecen del lugar o de
las imágenes que se presentan. La tapa del libro en un cartón de mayor gramaje habría
evitado el desagradable ondulado. No se deja de añorar que alguno de los autores, a la
manera de un explorador decimonónico, hubiera llevado un diario de trabajo, cuyos mejores
apartes pudieran haber sido publicados como el testimonio contemporáneo de un ojo moderno
que descubre de nuevo un nuevo mundo.
La obra, producida con evidente amor y respeto, tiene el doble mérito de poner
al alcance, por primera vez, las imágenes de una desconocida e inolvidable porción de la
geografía nacional, y la de ofrecer una bien elaborada, ilustrativa y didáctica
descripción de la extraordinaria riqueza viva, presente en la que puede ser una de las
regiones ecológicamente más valiosas del planeta.
SANTIAGO LONDOÑO V. |