Mate y café
Colombianos y argentinos: historias y encuentros
Juan Gustavo Cobo Borda (comp.)
Asociación Argentina de Colombia, Santafé de Bogotá, 1994, 384 págs.
Cuando un argentino y un colombiano se encuentran, hablan de tango, de fútbol y
de un cuento de Borges que se llama Ulrika, en el que el personaje central -un
profesor de la Universidad de los Andes- dice que ser colombiano es un acto de fe. Si el
colombiano y el argentino son fanáticos del deporte, quizá recordarán también las
peleas entre Nicolino Loche y Kid Pambelé y entre Monzón y Valdés. Si son jefes de
Estado, inevitablemente mencionarán los nombres de Bolívar y San Martín. Si intiman, al
final el colombiano contará chistes sobre argentinos que el argentino no tomará a mal y
que incluso -si no es porteño- seguirá repitiendo como chistes sobre porteños. Y si son
intelectuales, seguramente terminarán por buscar una gran historia que unifique y dé
coherencia a todas esas pequeñas historias.
El libro recientemente publicado por la Asociación Argentina de Colombia -Colombianos
y argentinos- recoge todas esas pequeñas historias -y algunas más- y en algunos
casos trata de darles coherencia. Digo en algunos casos, porque el libro no es una unidad
homogénea, sino una especie de serie de monólogos cruzados. Detrás de muchos de ellos
está el tema de la integración latinoamericana, en la que la historia de las relaciones
entre colombianos y argentinos sería sólo una parte. En otros predomina la tematización
de las relaciones bilaterales en uno u otro campo, como el teatro o el fútbol. Y en otros
monólogos -vamos a seguir llamándolos así- el tema es sencillamente argentino o
colombiano, y lo único que justifica la inclusión del texto en el libro es que si el
tema es argentino el autor es colombiano y viceversa. Tales son los casos del ensayo de
Borges sobre María y de las notas ligeras de Germán Arciniegas sobre Sarmiento y
Bartolomé Mitre.
Después de un preámbulo oficial -en el que el presidente Menem y los
expresidentes Gaviria y Betancur hablan de San Martín, de Bolívar, de fútbol, de tango
y, en fin, de las cosas que suele hablarse entre argentinos y colombianos- el libro se
divide en tres grandes capítulos, cada uno de los cuales, a su vez, se compone de
diferentes ensayos o artículos. El primer capítulo se dedica a la historia en el sentido
tradicional -es decir, a la historia política y diplomática-; el segundo, a las
relaciones culturales entre los dos países, y el tercero -titulado
"Presencias"- está formado por textos que al parecer el compilador, Juan
Gustavo Cobo Borda, no quiso meter en los otros dos capítulos, aunque hubiera podido
hacerlo.
La lectura total del libro deja la impresión de que Cobo sólo hizo el papel de
una especie de coleccionista que recoge textos y los reúne pero sin darles un espíritu
común. Por eso resulta más adecuado juzgar primero las partes del libro para luego
tratar de entenderlo como un todo.
1. La tentación caudillista
El primer capítulo está dividido en dos ensayos: Siglo XIX: La emancipación
y la independencia de Néstor Díaz y Siglo XX: Relaciones y políticas de
César Torres del Río. Los dos ensayos podrían haber sido pensados como parte de una
unidad, pero ése no es el caso; cada uno tiene su propia lógica y pueden leerse
separadamente. Cada uno está dictado por una obsesión. El de Díaz, por la del fracaso
del sueño de integración bolivariano y sanmartiniano; el de Torres del Río, por la
influencia estadounidense en la política exterior latinoamericana. Ambas obsesiones
llevan a los dos autores a sucumbir a la tentación de convertirse en apologistas de los
caudillos. Díaz se revela como devoto de Rosas, de Melo, del doctor Francia y de
Francisco Solano López, mientras que Torres del Río sucumbe piadosamente ante las
figuras de Perón y de Rojas.
Quizá las raíces de esta curiosa forma de entender la herencia sanmartiniana y
bolivariana esté en la retórica de cierto americanismo que -aunque suele invocar a
Bolívar y a San Martín- tiende a rechazar el legado de la Revolución Francesa y, con
ello, el legado de la independencia. Ya en el comienzo del ensayo de Néstor Díaz (pág.
15) aparece una curiosa afirmación que sin duda alguna pertenece a esa retórica
americanista. Según él, el imperio incaico "fue la primera base, para la idea de
una unidad regional en grande" y que con él empezó "la historia de todos los
procesos de integración regional" hispanoamericanos. Díaz cree, además, que a
partir de eso "deben considerarse los encuentros entre colombianos y argentinos"
y ve a Bolívar, a San Martín y a Andrés Bello -entre otros- como herederos del imperio
incaico. La afirmación no soporta ningún análisis histórico. En primer lugar, el
imperio incaico fue tanto para la actual Argentina como para la actual Colombia un
fenómeno marginal, aún en el momento en que estuvo vigente. En segundo lugar, ver la
independencia sólo desde el punto de vista de la integración -y de la integración a
cualquier precio- es desconocer la particularidad de la independencia.
Si lo que hubiera buscado la independencia hubiera sido simple y llanamente la
integración, lo más sencillo hubiera sido no hacer la independencia, sino profundizar la
unidad del imperio español en América. Pero lo que buscaba la independencia -antes que
nada- era la implantación de instituciones y principios liberales, y una integración que
estuviera acorde con el proyecto independentista sólo podía darse dentro del marco de
esas instituciones y de esos principios. Pero Díaz tiende a desconocer esto último. Para
él Mitre y Sarmiento, por ejemplo, promovieron "la erosión de los proyectos de San
Martín y Bolívar" mientras que Rosas y Francisco Solano López son vistos como
herederos de San Martín (págs. 56-57) y José María Melo como heredero legítimo de
Bolívar (pág. 52). Cabe decir aquí también que con ello la idea de la integración
también se abandona y se piensa sólo en gobiernos fuertes y antiilustrados como
continuación de la idea sanmartiniana y bolivariana, con lo que el ideal liberal de la
independencia termina deformándose y convirtiéndose en chovinismo militarista. Los
perfiles elogiosos que hace de Florentino González y Juan García del Río parecen no ser
más que una afortunada inconsecuencia.
El ensayo de Néstor Díaz se deja leer sin dificultades. Se puede discrepar de
él en muchos aspectos, incluso a veces hay que discrepar de él. Pero se deja leer sin
fatiga. No ocurre lo mismo con las ochenta páginas y las ciento setenta y nueve notas de
pie de página del profesor César Torres del Río. Torres del Río fatigó los archivos
de las cancillerías de los dos países, revisó tratados, actas de las conferencias
panamericanas, periódicos, y fue haciendo de lo que iba encontrando un artículo al final
de cuya lectura el lector no sabe muy bien qué era lo que el autor estaba buscando.
Como las relaciones bilaterales durante mucho tiempo fueron muy pocas, Torres del
Río se dedica entonces a las relaciones de los dos países con Estados Unidos y con Gran
Bretaña y a las intervenciones de los dos países en las reuniones de los organismos
interamericanos, al registrar las cuales el autor parece estar más preocupado por los
Estados Unidos de América que por Argentina y Colombia. Su antinorteamericanismo lo lleva
a decir que en la segunda guerra mundial "no se trataba [...] de una guerra entre la
democracia de un lado y el fascismo por el otro" (pág. 79). Esa afirmación recuerda
lo que decía Borges (Textos cautivos, Barcelona, Tusquets, 1986, pág. 335)
de los anglófobos argentinos, a quienes "un archipiélago más o menos
antártico" los llevaron a convertirse en partidarios de Hitler en la segunda guerra
mundial, y a quienes creen que toda la historia universal no es más que un maligno
complot que tiene como único objetivo el que los países anglosajones manejen a su antojo
los designios de América Latina.
Obsesionado por el enemigo del norte -y enternecido por la política social del
peronismo y el binomio pueblo-fuerzas armadas del general Rojas Pinilla- el espacio que
deja Torres del Río para hablar de las relaciones colombo-argentinas es muy poco.
Menciona que durante mucho tiempo las relaciones bilaterales fueron escasas -casi nulas- y
que la cosa cambió a partir de los gobiernos de Betancur y Alfonsín. Enumera los
convenios y las declaraciones conjuntas que han tenido lugar desde entonces, pero la
importancia y las repercusiones que esto haya tenido o pueda tener es algo que él
prefiere dejar al arbitrio de la imaginación del lector. Todo el ensayo deja una
contradictoria sensación de saturación de datos y, al mismo tiempo, de escasez de
información. Es quizá lo más prescindible del libro. Ni siquiera las ciento setenta y
nueve notas de pie de página sirven para salvarlo.
Después de las arduas páginas de Torres del Río, el lector se encuentra
nuevamente con dos voces oficiales: discursos de Menem y de Gaviria. En general se repiten
cosas que ya estaban al comienzo, poniendo especial énfasis en la idea de la integración
y en la forma como nos vemos los unos a los otros. Es una salida suave hacia los terrenos
de la cultura, por los que hay que transitar en el segundo capítulo.
2. Los argentinos como maestros
de Colombia
Buena parte del segundo capítulo -dedicado a los Encuentros culturales-
podría resumirse diciendo que los argentinos nos han enseñado muchas cosas. Donde más
clara queda esa idea -cuya expresión es un justo reconocimiento a una deuda que a veces
se olvida- es en el ensayo dedicado al teatro -a cargo de Carlos José Reyes- y en el
artículo sobre deporte, escrito por Hernán Peláez Restrepo.
Reyes da cuenta de la gran influencia que ha tenido el teatro argentino en el
desarrollo del teatro moderno en Colombia, desde el impulso dado a jóvenes autores por la
compañía de Camila Quiroga, a fines de los años veinte hasta el trabajo empresarial de
Fanny Mickey, pasando por la introducción del método de Stanislavsky, que se inició con
la presencia en Colombia de la compañía de Francisco Petrone en 1951 y su influencia
sobre Enrique Buenaventura. Aunque a veces cae en lo anecdótico, el ensayo de Reyes se
deja leer bien y puede resultar bastante informativo. Algo que Reyes no dice, pero que el
lector después llega a saber por la nota de Luciano Londoño sobre el tango, es que con
la compañía de Camila Quiroga llegó el primer bandoneón que se oyó en Colombia.
En fútbol, a los argentinos también les debemos todo. Peláez lo reconoce en su
artículo, y está muy bien que lo haga. Cierta antipatía que a veces se deja entrever en
Colombia frente a todo lo que venga de Argentina en materia de fútbol tiene mucho que ver
con el desagradecimiento, y el artículo de Peláez es un pequeño gesto que acaso remedie
un poco ciertos desafueros que en el pasado han tenido algunos colegas suyos.
Lamentablemente, el artículo de Peláez se ocupa demasiado de las estadísticas y
demasiado poco de la poesía que hay detrás del fútbol. Cita listas de goleadores
argentinos, de entrenadores que han pasado por la selección, de figuras inolvidables.
Pero hay demasiada frialdad en todo ello. No es su culpa. Aunque es un buen comentarista
de fútbol, las columnas de Peláez muestran desde hace tiempos que nació negado para la
poesía. Pero lo que sí es su culpa es que a veces se equivoque con las estadísticas. El
"flaco" Sierra, por ejemplo, no era argentino sino uruguayo, y Converti no
llegó a Millonarios en el 76 sino en el 75, cuando fue ya una de las más grandes figuras
del campeonato. Y aunque Juan Carlos Sarnari jugó también en el Dim -como Peláez lo
afirma- no hay que olvidar que su mejor temporada la tuvo en el 75, cuando salió campeón
con Santa Fe e incluso podría decirse que hizo los goles definitivos en el hexagonal
final.
Sin embargo, a pesar de esas imprecisiones el artículo de Peláez es un merecido
homenaje a los muchos jugadores argentinos que han jugado en Colombia y, como tal, hay que
recibirlo con alegría, sobre todo si se tiene en cuenta que en el mundo futbolístico
muchas veces ha habido actitudes que se acercan a la xenofobia y que van más allá del
chovinismo, como lo comprueba la historia de Navarro Montoya y de los hermanos Perazo,
así como la costumbre de clasificar a los colombianos nacidos en el exterior no como
colombianos sino como no nacidos en Colombia. Ese tipo de costumbres tendría que
desaparecer para que fuera posible cualquier tipo de integración latinoamericana.
En uno de los dos ensayos de literatura -a cargo de Graciela Maglia- lo más
destacado son las páginas sobre Miguel Cané y sus reflexiones sobre el temperamento de
los bogotanos. Esas páginas se leen con agrado. Después el ensayo decae y se enfrasca en
las enumeraciones sin contexto. Finalmente, a partir de la página 192, la autora se
dedica a explicarle al mundo la importancia de la agregaduría cultural de Juan Gustavo
Cobo Borda en Buenos Aires. Después del elogio a Cobo viene un ensayo de Cobo,
lamentablemente plano y enumerativo, sobre la literatura argentina reciente.
El capítulo lo completan una serie de notas sobre arte a cargo de Graciela
Maglia -en las que es sorprendente lo poco y lo superficialmente que se habla de Marta
Traba-, una desconsoladora nota de Luciano Londoño sobre tango y una ponencia sobre la
integración que Manuel Hernández y Juan Gabriel Tokatlián presentaron en un congreso en
1991 en Bogotá. Mientras los artículos de Peláez y de Reyes se ocupaban de relaciones
reales entre los países -con lo cual colaboran modestamente a la integración, lo cual
parece ser el propósito rector del libro- Hernández y Tokatlián prefieren dedicarse a
la integración en abstracto, y en su empeño nos brindan doce páginas de nebulosas en
las que hablan sobre cosas que van desde la leyenda de El Dorado hasta la Alianza para el
Progreso, pasando por la importancia que puede tener el transporte fluvial para la
integración latinoamericana. A pesar de alguna que otra observación particular
interesante, la falta de coherencia hace de la ponencia un texto casi ilegible.
3. Misceláneas y presencias
Si el libro en general puede dar la impresión de ser el capricho de un
coleccionista sin criterio, el último capítulo ofrece acaso esa única impresión. Y
sorpresivamente resume -en modestas 96 páginas- casi el resto del libro, si se prescinde
de los extremos caudillistas de Néstor Díaz y de las ciento setenta y nueve notas de pie
de página del profesor César Torres del Río. El capítulo comienza con un artículo de
Gabriel Betancur Mejía sobre la integración latinoamericana. Parte del pensamiento de
Bolívar y San Martín y al final elogia los esfuerzos integracionistas de los gobiernos
recientes, para lo cual termina incurriendo en el desafuero de declarar a Menem sucesor de
San Martín (pág. 298). La visión que da Betancur Mejía de la integración tiende a la
grandilocuencia. Empieza diciendo que lo que se perdió al no ratificar el tratado del
Congreso Anfictiónico fue la posibilidad de ser potencia mundial, y a continuación
enumera una serie de males que no hubieran ocurrido si el tratado se hubiera ratificado.
En medio de esta grandilocuencia, se puede pensar si el culto a la idea bolivariana no
conducirá a veces a canonizar de tal manera la idea de la unidad, que al final se hace
imposible toda crítica. La unificación en grandes países no les garantiza a los pueblos
necesariamente una suerte mejor. La suerte de Rusia -por poner sólo un ejemplo- no ha
sido mejor que la de los suizos franceses. Lo anterior no implica pensar que la
integración no es deseable, pero sí que hay otra serie de elementos que hay que
considerar, cuando se habla de integración, para no terminar canonizando no la
integración real sino la pretensión de grandeza, como lo hace Néstor Díaz. Betancur
Mejía piensa todo el tiempo en la Unión Europea. A ese respecto, es bueno aclarar que el
camino que ha llevado a la integración de Europa ha sido largo y ha implicado el trabajo
de muchas organizaciones no oficiales o semioficiales que se han ocupado de la
integración en pequeño, sin la cual la integración en grande no es posible.
Después se reproducen dos artículos de Arciniegas sobre Sarmiento y Mitre, el
ensayo de Borges sobre María y -algo realmente agradable de leer- fragmentos de
las memorias del maestro Pedernera, en las que la vieja gloria del fútbol dice que las
dos cosas que más lamenta es no haber jugado un mundial y no haber conocido a Gardel, con
lo cual logra una figura poética que sin duda agradará a muchos argentinos.
Finalmente el libro se cierra -o debería cerrarse- con un estupendo artículo de
Daniel Samper Pizano titulado "Defensa de los argentinos" que el lector -que ha
pasado por el desierto de la prosa del profesor Torres del Río- siente como un oasis. El
artículo de Samper deja claridad con respecto a algo contra lo cual quizá ha sido
pensado todo el libro: los prejuicios contra los argentinos, que casi se podrían
calificar de racismo. Esos prejuicios existen, y el libro que se comenta aquí es un aporte
para que se acaben. Por eso, con todos sus defectos, es un libro que tiene mucho de
positivo. Pero precisamente, por esto último, la insatisfacción de que el libro no sea
mejor es aún más grande. Todo lo que falta duele más, porque es necesario, y lo que
sobra estorba más, porque le quita campo a lo que falta. Como al final el director
editorial, Carlos José Trógolo, dice que el trabajo que intenta el libro apenas
comienza, me permito sugerir algunos caminos que puede transitar ese trabajo. Lo primero
sería una reflexión sobre el movimiento universitario de Córdoba y su dimensión
latinoamericana, lo segundo es una reflexión sobre las posibilidades de cooperación
científica y académica entre los dos países, en lo cual es fundamental el intercambio
de estudiantes. Esto último ha sido uno de los pilares de la integración en pequeño en
Europa. Por último -y esto ya en otro campo- sería deseable que se hiciera un trabajo
sobre la recepción del tango en Colombia. Ese trabajo -que implica una reflexión
sociológica- compensaría la pobre nota con que Luciano Londoño despachó el tema en
este libro. Pero quizá el vacío más grande -que habría que remediar en trabajos
futuros- es el de una concepción global del trabajo. He llamado monólogos a los textos.
Lo son en el sentido de que cada autor habla solo y no se comunica con los otros. Las
distintas disciplinas tampoco se comunican entre sí, y en ese sentido es claro que no se
puede hablar de trabajo interdisciplinario. Todo ello hace que el libro no sea propiamente
un libro, sino una acumulación de textos que yacen en el lindo volumen como animales
disecados en busca de su taxidermista.
RODRIGO ZULETA |