El goce de la memoria colectiva
Ole, mire, Pitalito en crónicas
Varios autores
Fundación para las Actividades de Investigación y Desarrollo, Faid, Pitalito, 1992, 112
págs.
Recordar es vivir se ha dicho siempre. Lo han dicho los viejos y los nuevos
viejos, quizá porque cada quien conserva en la memoria su ruta personal y siempre es
agradable volver a recorrerla triunfante o no, en el ejercicio sin fin de la memoria.
De pronto, para cada quien, sus imágenes son más importantes que las de los
demás o, mejor, cada quien ha sido protagonista de lo más importante que ha sucedido a
su alrededor y así quiere que lo perciban los demás. Por ello es muy probable que este
tipo de recuperación de la memoria colectiva choque con las memorias individuales, aunque
a la postre, entre disparidad y disparidad, miradas de reojo y burlas por lo bajo, surja
limpia la historia de los pueblos. Esta es la sensación que deja Ole, mire, Pitalito
en crónicas, publicado por un grupo de profesores con el objeto de recuperar,
para las nuevas generaciones, la historia de su región.
Lo primero que conmueve mi afición lectora es su intención totalizadora del
pasado, aunque se advierta que es sólo el principio de la recuperación cultural de
Pitalito, hoy diluida y desfigurada por el auge del cosmopolitismo. Y en verdad esa suma
de fragmentos de la vida colectiva puede llegar a convertirse en el incentivo para que
otros recreen sus historias y se adhieran a esa hipotética enciclopedia de recuerdos que
a la postre sería un esfuerzo como éste.
Lo segundo que asalta mi memoria, al coquetear con este pequeño libro, es el
olvido de algunos hechos que bien hubieran merecido estar en sus páginas, y la ausencia
de la voz de quienes, para mí, son la memoria viviente del pueblo: Miguel A. Cabrera,
quien dejara escrita una historia de Pitalito que no ha sido rescatada, apenas mencionado;
Roberto Molina, Julio Falla o Teófilo Carvajal Polanía, por ejemplo, filones
interminables de anécdotas y datos históricos. Pero, repito, de pronto me obnubila mi
propia condición de laboyano y creador y acaso esos hitos del deporte, del arte, de la
política y de lo imaginario popular, que emocionaron mi juventud, no merecían aparecer
al lado de esta recopilación bien sincronizada de crónicas que intenta reconstruir el
pasado de Laboyos, San Antonio de los Laboyos, San Antonio de Pitalito o simplemente
Pitalito, como figura en la actualidad en las geografías y en los recuerdos.
Qué bueno es descubrir que la nostalgia no aparece como eje o motivación
principal del libro, aunque ella sea elemento indispensable para posibilitar la
recuperación de la historia. Por el contrario, hay en el volumen una gozosa apropiación
del pasado reciente que inyecta alegría al lector, que no será otro sino el propio
habitante del valle de Laboyos.
Otro de los aciertos del libro es la titulación de las crónicas. Con la
graciosa intención de alegrar los recuerdos cada una lleva implÌcita una informalidad
que borra la solemnidad de la historia. Por ejemplo: Un deporte donde el que gana no es
el más hombre, sino el gallo, para poner en su sitio la gallera; Las aventuras de
Tarzán entre corridos mejicanos, donde se describe la aparición del cine en
Pitalito; o En ese cajoncito hay alguno metido, donde se describe la irrupción de
la radio en el aire laboyano.
Si con cada una de las veintidós crónicas se trata de atrapar los temas que se
consideran constitutivos de la identidad del laboyano, en el interior de cada una, sin
embargo, se nota ligereza, se percibe la falta de comprobación de datos y, sobre todo, se
descubre la atomización que el tiempo ha causado en los autores quienes, frente a un
apretado cronograma de trabajo, eluden la investigación exhaustiva del documento para
acogerse a la alegría del recuerdo. Esto se comprueba por el imperio de la tradición
oral que sirve de base para cada una de ellas.
Otra falta importante es el elemento gráfico, carente de identificación con los
momentos que se quieren ilustrar. Los mendigos copan gran parte de los personajes típicos
que se busca conservar a través de la imagen fotográfica.
La conexión entre el pasado y el presente se da con el reportaje a Cecilia
Vargas que, a manera de anexo, se incluye al final del libro. Su posición frente a la
vida es ejemplarizante. Sin embargo, me parece insuficiente, pues se dejan de lado otras
entrevistas que bien pudieran constituir la visión del futuro, para redondear el libro.
Por último, debo anotar que el lenguaje es muy dispar. Si bien se reconoce que
las crónicas han sido escritas por varios autores, no hay una unidad que permita mayor
integración entre sus contenidos y la forma de contarlos. Acosados por la premura del
tiempo -tarea de un seminario al final del cual se configura la recopilación-, cada autor
ha vertido a su manera el tema que le ha tocado en suerte. El editor no fijó parámetros
y se nota descuido a la hora de ver la totalidad. Y me parece innecesario el último
artículo pretendidamente totalizador de la obra. Su cadencia de copla en la narración
antes que avivarla la torna pesada, cansa al lector, desluce este hermoso esfuerzo que,
ojalá, sea seguido por todos los pueblos de Colombia.
BENHUR SÁNCHEZ SUÁREZ |