Boletín Cultural y Bibliográfico . Número 36.  Volumen XXXI - 1994 - editado en 1995

 

El goce de la memoria colectiva


Ole, mire, Pitalito en crónicas
Varios autores
Fundación para las Actividades de Investigación y Desarrollo, Faid, Pitalito, 1992, 112 págs.


Recordar es vivir se ha dicho siempre. Lo han dicho los viejos y los nuevos viejos, quizá porque cada quien conserva en la memoria su ruta personal y siempre es agradable volver a recorrerla triunfante o no, en el ejercicio sin fin de la memoria.

De pronto, para cada quien, sus imágenes son más importantes que las de los demás o, mejor, cada quien ha sido protagonista de lo más importante que ha sucedido a su alrededor y así quiere que lo perciban los demás. Por ello es muy probable que este tipo de recuperación de la memoria colectiva choque con las memorias individuales, aunque a la postre, entre disparidad y disparidad, miradas de reojo y burlas por lo bajo, surja limpia la historia de los pueblos. Esta es la sensación que deja Ole, mire, Pitalito en crónicas, publicado por un grupo de profesores con el objeto de recuperar, para las nuevas generaciones, la historia de su región.

Lo primero que conmueve mi afición lectora es su intención totalizadora del pasado, aunque se advierta que es sólo el principio de la recuperación cultural de Pitalito, hoy diluida y desfigurada por el auge del cosmopolitismo. Y en verdad esa suma de fragmentos de la vida colectiva puede llegar a convertirse en el incentivo para que otros recreen sus historias y se adhieran a esa hipotética enciclopedia de recuerdos que a la postre sería un esfuerzo como éste.

Lo segundo que asalta mi memoria, al coquetear con este pequeño libro, es el olvido de algunos hechos que bien hubieran merecido estar en sus páginas, y la ausencia de la voz de quienes, para mí, son la memoria viviente del pueblo: Miguel A. Cabrera, quien dejara escrita una historia de Pitalito que no ha sido rescatada, apenas mencionado; Roberto Molina, Julio Falla o Teófilo Carvajal Polanía, por ejemplo, filones interminables de anécdotas y datos históricos. Pero, repito, de pronto me obnubila mi propia condición de laboyano y creador y acaso esos hitos del deporte, del arte, de la política y de lo imaginario popular, que emocionaron mi juventud, no merecían aparecer al lado de esta recopilación bien sincronizada de crónicas que intenta reconstruir el pasado de Laboyos, San Antonio de los Laboyos, San Antonio de Pitalito o simplemente Pitalito, como figura en la actualidad en las geografías y en los recuerdos.

Qué bueno es descubrir que la nostalgia no aparece como eje o motivación principal del libro, aunque ella sea elemento indispensable para posibilitar la recuperación de la historia. Por el contrario, hay en el volumen una gozosa apropiación del pasado reciente que inyecta alegría al lector, que no será otro sino el propio habitante del valle de Laboyos.

Otro de los aciertos del libro es la titulación de las crónicas. Con la graciosa intención de alegrar los recuerdos cada una lleva implÌcita una informalidad que borra la solemnidad de la historia. Por ejemplo: Un deporte donde el que gana no es el más hombre, sino el gallo, para poner en su sitio la gallera; Las aventuras de Tarzán entre corridos mejicanos, donde se describe la aparición del cine en Pitalito; o En ese cajoncito hay alguno metido, donde se describe la irrupción de la radio en el aire laboyano.

Si con cada una de las veintidós crónicas se trata de atrapar los temas que se consideran constitutivos de la identidad del laboyano, en el interior de cada una, sin embargo, se nota ligereza, se percibe la falta de comprobación de datos y, sobre todo, se descubre la atomización que el tiempo ha causado en los autores quienes, frente a un apretado cronograma de trabajo, eluden la investigación exhaustiva del documento para acogerse a la alegría del recuerdo. Esto se comprueba por el imperio de la tradición oral que sirve de base para cada una de ellas.

Otra falta importante es el elemento gráfico, carente de identificación con los momentos que se quieren ilustrar. Los mendigos copan gran parte de los personajes típicos que se busca conservar a través de la imagen fotográfica.

La conexión entre el pasado y el presente se da con el reportaje a Cecilia Vargas que, a manera de anexo, se incluye al final del libro. Su posición frente a la vida es ejemplarizante. Sin embargo, me parece insuficiente, pues se dejan de lado otras entrevistas que bien pudieran constituir la visión del futuro, para redondear el libro.

Por último, debo anotar que el lenguaje es muy dispar. Si bien se reconoce que las crónicas han sido escritas por varios autores, no hay una unidad que permita mayor integración entre sus contenidos y la forma de contarlos. Acosados por la premura del tiempo -tarea de un seminario al final del cual se configura la recopilación-, cada autor ha vertido a su manera el tema que le ha tocado en suerte. El editor no fijó parámetros y se nota descuido a la hora de ver la totalidad. Y me parece innecesario el último artículo pretendidamente totalizador de la obra. Su cadencia de copla en la narración antes que avivarla la torna pesada, cansa al lector, desluce este hermoso esfuerzo que, ojalá, sea seguido por todos los pueblos de Colombia.

BENHUR SÁNCHEZ SUÁREZ