Una ruta llena
de leyendas
Los mitos del sol
Hugo Niño
Banco de Colombia, Santafé de Bogotá, 1994, 125 págs.
Leer Los mitos del sol es hacer un viaje a través de los orígenes,
cuando sólo existía la oscuridad o sólo existía la luz. Faltaba ese ritmo que da lugar
al tiempo y a la existencia del hombre sobre la tierra.
El Cartograma nos guía: es un derrotero que sigue la ruta del sol. Se inicia en
el oriente, con los yucunas, pobladores del nordeste amazónico. Sigue con los tucanos,
viajeros del gran Vaupés, y continúa con los cuibas, custodios de los Llanos Orientales.
Del oriente continuamos hacia el desierto de la Guajira, territorio de los
wayús. Se desciende a la Sierra Nevada de Santa Marta, asiento kogui, para luego
continuar hacia el occidente, a donde los emberás, en el Chocó.
De allí se baja al sur, a la tierra de los sionas, en el Putumayo, pasando luego
a donde los witotos, en el Caquetá y el Amazonas.
Termina el viaje en el centro del país, en los Andes cundiboyacences, donde
"desde hace más de dos siglos no se volvieron a contar estas maravillosas historias
en lengua muisca".
Nueve mitos, procedentes de nueve diferentes culturas aborígenes, que se
asemejan a ese universo poblado por los dioses antes que el hombre apareciera y fuera
creada la dimensión humana del tiempo. El devenir marcado por el ritmo de la luz y la
oscuridad.
Unos van en busca de la noche, otros del fuego, otros de la luz que los libere de
tanta oscuridad.
Para los yucunas, la búsqueda fue la de la noche y el tiempo.
Todo comenzó cuando sólo existía sobre la tierra Caamu Sol, únicamente el
día. Sus pobladores eran cinco hermanos, herederos de la eternidad, los maestros
guardasecretos, hijos de la eternidad. "Sólo día, sólo calor... Debemos procurar
cosas para que la descendencia tenga ritmo".
De esta excursión surgen las casas construidas con palma de techar, para que los
hermanos puedan resguardarse de tanto calor y tanta luz.
Jaechín les entregó las cinco palmas para la construcción de los techos
de las casas, pero también les entregó la prohibición: "No destapen la cesta
antes, si no es frente a los arcos, las vigas ya tendidas". Pero la curiosidad puede
más que la voluntad y la prohibición fue transgredida. De esta transgresión surge el
conocimiento del tejido de la palma.
Al encontrar la sombra para ellos, quisieron buscarla hacia afuera, para que la
descendencia pudiera habitar la tierra. Y así fue. Al no soportar la curiosidad,
igualmente destaparon la totuma en la que estaba encerrada la noche y, al hacerlo, el día
desapareció. "Todo se oscureció como una antorcha inmensa que se apaga".
se fue el inicio de la noche y el día para los yucunas, pero fue también el inicio
de la creación del mundo. Ese día comenzó la vida de los descendientes, ese día
comenzó el tiempo.
Para el pueblo tucano, la historia es diferente. Todo surge del amor de Bugipu
Ibiko-Khi, el sol, quien después del encuentro con la Gente Estrella, se enamora de la
joven del resplandor de brasa apagada, habitante del mundo de arriba, a donde él va todas
la mañanas, para regresar al mundo de acá.
Después que la joven es arrojada al pozo profundo, Bugipu la rescata
despojándose de sus rayos y haciendo con ellos un brazo larguísimo que hace llegar hasta
el fondo de ese terrible y oscuro lugar. Se la lleva a vivir a la región donde se juntan
el día con la noche, lugar poco visitado por las estrellas.
Bugipu no regresó por un tiempo al mundo de allá, a donde la Gente Estrella.
Durante su ausencia surgió el fruto del árbol anhelado: el chontaduro, fruto sagrado. Al
recoger Bugipu la primera cosecha, enuncia las palabras que les permitirán disfrutar del
fruto prodigioso: "Ahora ya pueden cocinarlos y comerlos".
Entonces se despidió definitivamente y se vino con su mujer para el mundo de
acá, desde donde cada mañana emprende su correría haciendo el día. Eso es todo.
Así termina el mito tucano: "Bugipu Ibiko-Khi".
La versión cuiba del mito del sol comienza así:
A veces sólo frutas, miel. Comiendo lo que se encontrara, como se encontrara,
sin poder conservarlo más allá, sin poder transformar los alimentos para apetecerlos,
para placerse en ellos. Los niños padeciendo en los montes y los llanos. A veces sólo
carne secada al viento. Siempre con el temor de alejarse y no encontrar alimento de probar
con gusto. Así transcurría la vida de los hombres antes de esto que se cuenta aquí:
antes del fuego.
Paloma robó el fuego a Namon para entregárselo a los hombres. Ahora, poseedores
del fuego, su vida será otra.
La vida era entonces un solo día pleno, continuo. Día afuera, en el llano,
gracias a la presencia de Yomé-To, sol, que siempre estaba ahí, gracias al fuego.
La bóveda celeste se rompió, haciéndose un boquete por donde se derramó la
noche. Una oscuridad desconocida se regó sobre la llanura. Viene la catástrofe. Las
golondrinas reparan el cielo. En adelante el día ya no será continuo como antes.
Fue así al comienzo y es así mismo ahora. Pero la anciana serpiente a veces se
agota y entonces puede verse el arco iris como recogiéndose del cansancio.
Los wayús, habitantes de la Guajira, vivían en una noche oscura permanente.
Kai solía cubrirse con un sombrero de alas muy anchas que tapaban por completo su
rostro, de manera que a la tierra no llegaba ni una sola punta de luz. Tanta oscuridad no
era grata.
Perro y Gavilán intentaron, cada uno a su manera, robarle el sombrero a
Kai, pero sus intentos fueron fallidos. Finalmente Alcaraván, usando el ingenio,
esperó a que Kai hiciera una de sus fiestas y, después de cantar, tocar y bailar,
los invitados fueron cansándose y quedándose dormidos, incluido Kai, ese fue el
momento que aprovechó Alcaraván para robarse el sombrero.
Y entonces el mundo se rebosó de luz.
Los koguis crearon el cocuyo como el primer ser que alumbraría todo lo creado.
Pero fue un intento fallido. Era una lumbre clara, insuficiente, que sólo se alumbraba a
sí misma. Era necesario un ser que tuviera rostro como sus hermanos. Nació entonces
Niuwi, a quien fue necesario recubrir de oro para que alumbrara. Niuwi fue transformado en
Sol Mama para que alumbrara.
Pero sus mujeres querían ir con él. Saxa, al ser cubierta por cenizas arrojadas
por la segunda mujer de Niuwi, se convirtió en la luna. Así fue el amanecer del mundo
para los koguis.
Para los emberás, la creación de la noche y el día es una historia de amor
entre la noche y el día, entra la luna y el sol, Umadau y Hedeko.
En este mito se evidencia la importancia que tiene para los emberás el río.
Después de una gran inundación que avasalló todo, sólo quedaron dos palmas. Un viento
fuerte y frío zarandeó la tierra y las dos palmas se vinieron abajo. Al caer, sus
troncos formaron un río. De la cabecera del río surgió la luna, y del final del río
surgió el sol.
Es por esto que los dos enamorados nunca se encuentran. Cuando él llega, ella se
va.
Para los sionas, habitantes del Putumayo, la luna y el sol nacen de un viaje de
yajé realizado por dos hermanos: JaJa Gi e ISi-Gi.
Mientras que para los witotos, quienes vivían al principio en el vientre de la
tierra, fue necesario salir a la superficie, debido a una pelea de celos entre Gitoma y
Nokaido. Del enfrentamiento entre estos dos seres surgen los hombres y surge el sol:
Gitoma convertido en sol resplandeciente.
Antes de comenzar a leer el mito del sol de los muiscas hay una aclaración:
"La corona española prohibió en 1783 la enseñanza del muisca en la Nueva Granada.
La medida jamás entró en uso, pues décadas atrás el muisca ya no se hablaba en este
territorio. En menos de tres siglos de ocupación sólo quedaba el olvido".
La recopilación de este mito tiene un doble valor y una intención de rescate
explícita: "Que se conozca entonces". Así comienza.
Los mitos del sol es un trabajo valioso como recuperación de una cultura
cada vez más olvidada, más desconocida y sobre todo más desarraigada. ¿Qué les queda
a los indígenas en nuestro país? ¿A los emberás, por ejemplo, les han robado el río,
lugar sagrado, en aras de un progreso cada vez más sospechoso. ¿Acaso sólo les queda su
palabra recuperada como nostalgia para que el blanco la lea y acaso la recree como ejemplo
de lo que alguna vez fue y ya no es?
Pero el valor de este libro no es sólo de rescate. Su trascripción es
cuidadosa, evidenciando un profundo respeto por la palabra oral, precisa y directa. El
autor, por fortuna, sabe esconderse, no necesita hacer sentir su presencia con
adjetivaciones o giros tan comunes en algunas obras de nuestra literatura que parten de la
tradición oral.
Es un libro preciosamente editado, con grabados y dibujos de Dioscórides, quien
hace una interpretación muy personal de la riqueza de imágenes que hay en estos mitos.
Es una edición de lujo patrocinada por el Banco de Colombia y editada por Arte dos
gráfico.
Este libro debería estar en todas las bibliotecas a donde los niños tengan
acceso. Es una valiosa posibilidad de conocer no sólo las diferentes versiones que de la
creación del mundo tienen las culturas aborígenes de nuestro país, sino sus personajes,
símbolos e imágenes primeras: las que dieron lugar al surgimiento del hombre según cada
mirada.
Es una hermosa y necesaria lección de diversidad, tan necesaria en estos tiempos
aciagos.
BEATRIZ HELENA ROBLEDO |