El mirón lo sabe
todo
Salón Júpiter (y otros cuentos)
Julio Paredes
Tercer Mundo Editores, Colección Prisma, Santafé de Bogotá, 1994, 230 págs.
Pareciera como si, justo antes de entrar a las páginas del libro que habría de
reunirlos, los personajes de Julio Paredes hubieran perdido el rumbo. Todos, sin
excepción, y al parecer sin remedio. Pero llegan en el justo momento a la cita que este
joven escritor venía preparando con obsesión y desde hacía tiempo. Acuden en busca de
su redención; o para adquirir la certeza de lo inútil del intento; o acuden,
simplemente, porque, ¿qué más da? Algunos de ellos, la mayoría, actúan como si
de antemano reconocieran lo absurdo de esa obstinación ajena, pero igual hacen presencia
en El desaparecido, en Salón Júpiter, en Petite Symphonie
desconcertante; otros toman atajos para llegar a Eme, a Días de fiesta,
a Un encuentro en Marabá; se reparten para poblar El hombro, Una
mano de hierro, Perdido durante media hora, Corazoncito amor y La
beatitud de las parejas.
Las rutas y sus nombres conducen a un mismo lugar ;Salón Júpiter (y otros
cuentos), el lugar al que están predestinados esos personajes porque así lo dispuso
la mirada aguda, minuciosa y paciente de un mirón de oficio que muy seguramente se dejó
tentar por la marca indeleble del fracaso y la impotencia que descubriera en cada uno de
ellos.
El lector que le meta el diente a Salón Júpiter (y otros
cuentos), se puede llevar, entre otras, dos sorpresas; extrañas, pero muy
significativas: primero, tendrá la sensación de que tal vez no es él quien descubre uno
a uno los personajes de los relatos de este volumen, sino que más bien son éstos
quienes lo sorprenden a él; como si hubieran llegado a las páginas del libro sin previo
aviso, de pronto, sin ninguna explicación. El lector entonces buscará en vano
preámbulos que le den claves y buscará, aún más en vano, epílogos.
Y nunca accederá al enigma de los personajes de Salón Júpiter (y otros
cuentos). El origen de esa especie de enfermedad vital que llevan a cuestas, del
cansancio, del desamor y de la culpa; del sabor añejo e irreparable de sus actos, de sus
gestos, será siempre un secreto. Nunca sabrá en qué lugar de la historia se originó
esa carga; tan sólo le será dado atestiguar, con el mayor detalle, eso sí, un
instante, un lapso brevísimo ;semejante a una instantánea fotográfica, de las vidas de
esos intrusos del papel sin historia conocida.
Se llevará entonces la segunda sorpresa: el único indicio que el lector tiene
de la historia particular de cada uno de los personajes es la marca del fracaso y la
impotencia que ésta imprimió en todos; esa marca es la única revelación posible de su
pasado y se constituye en la razón por la cual llegan, al unísono, a un mismo volumen de
cuentos. El lector, entonces, no sólo se encontrará con el absoluto enigma de los
personajes del libro, sino además con una serie de relatos premeditadamente desposeídos
de historia.
¿Acaso un lapsus del autor?, se preguntará al llegar a este punto quien lee
esta reseña. En absoluto. Este aparente descuido ;premeditado, por lo demás ;es
justamente lo que le otorga un carácter inconfundible y único a los personajes; lo que
da cohesión y unidad al volumen y lo que le permite descubrir al lector que detrás de
todo lo anterior, y para estructurar en forma coherente un mundo, hay un responsable, un
mirón de oficio y consumado que optó por una forma narrativa y que acertó.
Si se intentara una descripción de esa particular opción, la siguiente podría
acercársele: como si desde siempre hubiera cumplido con la misión de observar hasta el
más mínimo detalle de quienes habrían de poblar esta serie de relatos, pero que no
obstante se reservara el derecho de revelar tan sólo un cortísimo fragmento de lo visto,
así, de pronto, aparece y cuenta una cámara. Cuenta, por ejemplo, que ha sido testigo de
que un tal Márquez observó, se acomodó, deseó incluso y sintió; pensó, por último
cerró los ojos y esperó. Con la mayor lentitud se posa en cada uno de los verbos:
consideró, sabía, sacó, supuso; observó, se acomodó, deseó, sintió; pensó, cerró
los ojos y esperó. Así es como están construidos la gran mayoría de los relatos que
conforman el volumen de Salón Júpiter (y otros cuentos). Y así por entre
ellos echan a andar los personajes.
El mirón lo sabe todo, todo lo ha visto. Y sin embargo, con la más absoluta
economía de medios y con una contundencia casi atrevida, revela sólo lo justo. Con
desparpajo le dice al lector que en lo que a bien tuvo contarle no encontrará respuesta
alguna. Que si para sus personajes no existió redención posible, tampoco la habrá para
el lector en su lectura. Que se apiade de él la imaginación.
Julio Paredes trabaja como editor en sus ratos libres. Quienes lo conocen en su
quehacer diario, dicen encontrar cierta similitud entre el autor y Márquez, el personaje
de La beatitud de las parejas. No hay día en que al lugar de trabajo no lleve un
libro impreso sobre el que pasa su mirada, como lo hace Márquez por la vida hasta fijarla
"sobre una mancha de color café con bordes amarillentos". Julio Paredes nació
en Bogotá. Salón Júpiter (y otros cuentos) es su primer libro.
CLAUDIA CADENA SILVA |