La que entre la
miel...
Señora de la Miel
Fanny Buitrago
Arango Editores, Santafé de Bogotá, 1993, 230 págs.
Teodora Vencejos es la Señora de la Miel, un personaje fascinante porque tiene
ese carácter entre dulce e ingenuo que nos lleva a juzgarla como a una tonta. Ella es la
protagonista de la novela, donde el texto fluye con una narrativa de experta, rápida e
intensiva. En su lectura nos encontramos con la experiencia de Buitrago como escritora
quien nos deja un final feliz: "De repente la habitación rieló en un cono de luz y
una elipse azulada envolvió a la pareja mientras ella cabalgaba sobre el cuerno del
unicornio". Todo esto ocurre antes que la cándida duerma como La Bella sin que haya
Príncipe que la despierte. Es un final de novela de amor o de telenovela erótica.
Llamémosla erótica porque encontramos voluptuosidad, lujuria, libídine, lascivia,
porque eros es el aire que se respira, aunque el amor-amor no esté, tampoco aquél, el
que ha sido llamado Ágape.
Al principio puede parecernos una novela aburrida, porque hace alusión al sexo
en cada línea y la trama parece no avanzar. Tal vez a lo erótico haya que dejarlo
respirar para que esté presente, para que se dé el flujo y el reflujo, como en el agua
del mar. En esta novela el destino da muchas vueltas y al avanzar las intenciones del
erotismo se tejen, y el tiempo pasado y el tiempo presente se acercan en el argumento,
manipulando el suspenso. Nos desplazamos rápidamente de eros a la realidad, a la
fantasía, a la tierra colombiana. La novela tiene un tono picante, agudo, mordaz; es una
comedia. Hace vivir a la protagonista escenas de amor y pasión que quizá sólo
pertenecen a los sueños humanos. Recrea situaciones con tanta realidad, que nos
estremecemos al reconocernos en los juegos del instinto. ¿Será el sexo así o es
ilusión? "Teodora se cansó de golpear. Estuvo el resto de la noche sentada en el
pretil del frente, atemorizada por los quejidos, jadeos, ayayayayes y gritos desaforados
que emergían de la casa y corrían a lo largo de la calle como luces de bengala,
petardos y volcanes de pólvora" (pág. 43).
Teodora es generosa y sensual, inocente y buena, caritativa y compasiva,
misericordiosa; vive ajena a todos los tejemanejes que giran en torno a su vida, que ha
dedicado con todo amor al cuidado de Galaor Ucrós, por petición de la madre del
caballero y su madrina. Este personaje es el estereotipo del macho, irresponsable y
seductor, que ocupa su vida en la satisfacción de sus deseos más carnales. Ella es una
excelente cocinera y, por cuestiones del destino, del suyo, termina trabajando con el
doctor Amiel, también excelente cocinero y su enamorado. Teodora lo desprecia pero le
permite ingenuamente diversiones eróticas, especialmente cuando están atareados en la
preparación de las viandas. La comida que elaboran es una comida excitante del apetito
sexual, no sólo por los ingredientes que utilizan sino también por las formas, texturas
y colores usados en la decoración y presentación de los platos; cuyo resultado final es
terriblemente empalagoso, visual y culinariamente hablando.
La magia de esta obra se nos revela en la maestría con la cual la autora
estructura la novela, trata el suspenso y se deleita con el lenguaje en más de una
veintena de cortos capítulos titulados con nombres ligeros, donde su narrativa deleitosa
nos arrastra con curiosidad tras las páginas, para saber por qué "Teodora necesita
tranquilizar a su paloma, una torcaza negra y rosa que piaba bajo la falda ceñida".
Erótica que se podría situar en el camino entre Anaís Nin y Erica Jong.
Esta sátira se desarrolla, una parte, en un pueblo del Caribe colombiano, de
nombre Real del Marqués, y en donde, como en todo pueblo que se respete, la vida gira en
torno al chisme y la murmuración, pero aquí los decires adquieren la dimensión de la
fábula. Todos saben de qué material es la ropa interior que usa Teodora; de allí mismo
deducen sí le gusta o no a Galaor. El ambiente, el sabor de la atmósfera y la vida
están muy bien logrados; no en vano la autora es oriunda de una ciudad vecina, y de niña
saboreó el fresco de tamarindo, y sabía para qué servían los huevos de iguana, la
carne de tortuga y de manatí; por eso se deleita reviviendo o poniendo en vivo su
cultura, una cultura donde las intimidades se asoman al balcón naturalmente. La otra
parte se desarrolla en Madrid, y, claro, también se reconoce ese humor rojo en
torno al sexo con el cual los españoles se divierten. Allí, Amiel o el doctor Amiel,
quien es todo un caballero, culto, elegante, tierno, rico, además de dedicarse a las
actividades de la cocina, da cursos sobre bocaditos afrodisiacos con la ayuda de la
Señora de la Miel. "Sí, el doctor Amiel era un maestro. Su arte reforzaba las
uniones, atraía la pasión, vencía los muelles de camas y colchones. Izaba los
palos flojos. ¡Atención fir!". Teodora ya está casada con Galaor Ucrós, cuida de
él y de dos de las hijas que éste tiene con Clavel Quintanilla, con quien, tan
pronto la conoció, se metió en la cama durante cuatro meses. Desde Madrid, Teodora le
envía todo el dinero, mantiene su preocupación constante y guarda fielmente para
él su torcaza negra y rosa, señalando el más puro de los amores platónicos,
porque a Galaor sólo le interesa de ella el dinero. Pero aquí no hay tragedia, o son
episodios tan cómicos que hay que reír de la tragedia; aquí no hay dolor porque todo es
un juego, y aunque se parezca a la vida real de una manera tan absurda, es pura fantasía,
la fantasía de lo erótico.
Pero esta novela tiene muchas más historias; no es solamente el desarrollo del
desatarse el nudo de los amores imposibles de Amiel, Teodora y Galaor. Hay también una
red de situaciones muy cercanas a los actores principales, que envuelven intensos asuntos
de alcoba y que son protagonizadas por personajes del pueblo o de los alrededores
que caracterizan una realidad, la nuestra; entonces nos toca reír, reírnos de nosotros
mismos.
Con Señora de la Miel, Fanny Buitrago nos entrega un trabajo interesante,
diferente. Lo digo por el tema, y por el manejo certero de la estructura del relato
en este relato largo, donde se reconoce su gusto por lo burlesco, el de siempre.
DORA CECILIA RAMÍREZ |