Boletín Cultural y Bibliográfico . Número 36.  Volumen XXXI - 1994 - editado en 1995

 

La que entre la miel...


Señora de la Miel
Fanny Buitrago
Arango Editores, Santafé de Bogotá, 1993, 230 págs.


Teodora Vencejos es la Señora de la Miel, un personaje fascinante porque tiene ese carácter entre dulce e ingenuo que nos lleva a juzgarla como a una tonta. Ella es la protagonista de la novela, donde el texto fluye con una narrativa de experta, rápida e intensiva. En su lectura nos encontramos con la experiencia de Buitrago como escritora quien nos deja un final feliz: "De repente la habitación rieló en un cono de luz y una elipse azulada envolvió a la pareja mientras ella cabalgaba sobre el cuerno del unicornio". Todo esto ocurre antes que la cándida duerma como La Bella sin que haya Príncipe que la despierte. Es un final de novela de amor o de telenovela erótica. Llamémosla erótica porque encontramos voluptuosidad, lujuria, libídine, lascivia, porque eros es el aire que se respira, aunque el amor-amor no esté, tampoco aquél, el que ha sido llamado Ágape.

Al principio puede parecernos una novela aburrida, porque hace alusión al sexo en cada línea y la trama parece no avanzar. Tal vez a lo erótico haya que dejarlo respirar para que esté presente, para que se dé el flujo y el reflujo, como en el agua del mar. En esta novela el destino da muchas vueltas y al avanzar las intenciones del erotismo se tejen, y el tiempo pasado y el tiempo presente se acercan en el argumento, manipulando el suspenso. Nos desplazamos rápidamente de eros a la realidad, a la fantasía, a la tierra colombiana. La novela tiene un tono picante, agudo, mordaz; es una comedia. Hace vivir a la protagonista escenas de amor y pasión que quizá sólo pertenecen a los sueños humanos. Recrea situaciones con tanta realidad, que nos estremecemos al reconocernos en los juegos del instinto. ¿Será el sexo así o es ilusión? "Teodora se cansó de golpear. Estuvo el resto de la noche sentada en el pretil del frente, atemorizada por los quejidos, jadeos, ayayayayes y gritos desaforados que emergían de la casa y corrían a lo largo de la calle como luces de bengala, petardos y volcanes de pólvora" (pág. 43).

Teodora es generosa y sensual, inocente y buena, caritativa y compasiva, misericordiosa; vive ajena a todos los tejemanejes que giran en torno a su vida, que ha dedicado con todo amor al cuidado de Galaor Ucrós, por petición de la madre del caballero y su madrina. Este personaje es el estereotipo del macho, irresponsable y seductor, que ocupa su vida en la satisfacción de sus deseos más carnales. Ella es una excelente cocinera y, por cuestiones del destino, del suyo, termina trabajando con el doctor Amiel, también excelente cocinero y su enamorado. Teodora lo desprecia pero le permite ingenuamente diversiones eróticas, especialmente cuando están atareados en la preparación de las viandas. La comida que elaboran es una comida excitante del apetito sexual, no sólo por los ingredientes que utilizan sino también por las formas, texturas y colores usados en la decoración y presentación de los platos; cuyo resultado final es terriblemente empalagoso, visual y culinariamente hablando.

La magia de esta obra se nos revela en la maestría con la cual la autora estructura la novela, trata el suspenso y se deleita con el lenguaje en más de una veintena de cortos capítulos titulados con nombres ligeros, donde su narrativa deleitosa nos arrastra con curiosidad tras las páginas, para saber por qué "Teodora necesita tranquilizar a su paloma, una torcaza negra y rosa que piaba bajo la falda ceñida". Erótica que se podría situar en el camino entre Anaís Nin y Erica Jong.

Esta sátira se desarrolla, una parte, en un pueblo del Caribe colombiano, de nombre Real del Marqués, y en donde, como en todo pueblo que se respete, la vida gira en torno al chisme y la murmuración, pero aquí los decires adquieren la dimensión de la fábula. Todos saben de qué material es la ropa interior que usa Teodora; de allí mismo deducen sí le gusta o no a Galaor. El ambiente, el sabor de la atmósfera y la vida están muy bien logrados; no en vano la autora es oriunda de una ciudad vecina, y de niña saboreó el fresco de tamarindo, y sabía para qué servían los huevos de iguana, la carne de tortuga y de manatí; por eso se deleita reviviendo o poniendo en vivo su cultura, una cultura donde las intimidades se asoman al balcón naturalmente. La otra parte se desarrolla en Madrid, y, claro, también se reconoce ese humor rojo en torno al sexo con el cual los españoles se divierten. Allí, Amiel o el doctor Amiel, quien es todo un caballero, culto, elegante, tierno, rico, además de dedicarse a las actividades de la cocina, da cursos sobre bocaditos afrodisiacos con la ayuda de la Señora de la Miel. "Sí, el doctor Amiel era un maestro. Su arte reforzaba las uniones, atraía la pasión, vencía los muelles de camas y colchones. Izaba los palos flojos. ¡Atención fir!". Teodora ya está casada con Galaor Ucrós, cuida de él y de dos de las hijas que éste tiene con Clavel Quintanilla, con quien, tan pronto la conoció, se metió en la cama durante cuatro meses. Desde Madrid, Teodora le envía todo el dinero, mantiene su preocupación constante y guarda fielmente para él su torcaza negra y rosa, señalando el más puro de los amores platónicos, porque a Galaor sólo le interesa de ella el dinero. Pero aquí no hay tragedia, o son episodios tan cómicos que hay que reír de la tragedia; aquí no hay dolor porque todo es un juego, y aunque se parezca a la vida real de una manera tan absurda, es pura fantasía, la fantasía de lo erótico.

Pero esta novela tiene muchas más historias; no es solamente el desarrollo del desatarse el nudo de los amores imposibles de Amiel, Teodora y Galaor. Hay también una red de situaciones muy cercanas a los actores principales, que envuelven intensos asuntos de alcoba y que son protagonizadas por personajes del pueblo o de los alrededores que caracterizan una realidad, la nuestra; entonces nos toca reír, reírnos de nosotros mismos.

Con Señora de la Miel, Fanny Buitrago nos entrega un trabajo interesante, diferente. Lo digo por el tema, y por el manejo certero de la estructura del relato en este relato largo, donde se reconoce su gusto por lo burlesco, el de siempre.

DORA CECILIA RAMÍREZ