Todo en
Colombia es Macondo
La bruja. Coca, política y demonio
Germán Castro Caycedo
Planeta, Santafé de Bogotá, 1994, 280 págs.
¡Espeluznante! Es el único epíteto que se me ocurre darle a esta lectura. Y
digo como el filósofo: si la mitad de lo que aquí se dice es verdad, ¡Dios nos libre!
¡Qué poco conocemos a Colombia! ¡Hasta qué punto todo aquí es Macondo, lo mismo
Fredonia que Aracataca! ¡Hasta qué punto éste es un reino del realismo mágico!
¡Hasta qué punto Colombia es una mezcolanza de valores y de plagas, y vaya uno a saber
ya cuáles son cuáles! Desde este punto de vista, el libro es magnífico. Tiene la
capacidad de destruir al lector, de ponerlo incómodo y dubitativo. Descubrir qué es eso
que llamamos Colombia, tratar ese complejo tan monstruoso que se llama Colombia, está muy
bien. Buscar luces. Germán Castro busca luces en la oscuridad, faros que nos comuniquen
un poco de su resplandor, que nos muestren qué es lo que está pasando en realidad,
puesto que antes de juzgar es preciso conocer, ¡y qué bien poco conocemos! parece
decirnos este libro.
Desde el mismo punto de vista, se escogieron muy buenos personajes como
referencia: una clásica bruja de Antioquia y uno de los primeros y menos conocidos capos
de la droga. Éste es el primero, nos dicen en el prólogo, de una serie de libros sobre
lo que es la Colombia de fin de siglo; ya vendrán otros, acaso más dolorosos, o más
interesantes: el de Pablo Escobar, que ya está saliendo a la luz pública y que nos
muestra también hasta qué punto el ciudadano corriente es el que siempre recibe no sólo
los impuestos, sino las mentiras de los unos y las balas y las bombas de los otros.
Lejos de anteriores trabajos, aquí no se trata de la prosa de Germán Castro
dando forma novelesca a los relatos de otros; aquí parece ser al revés; el autor no dice
más de diez frases propias en todo el libro, aunque el resultado no deja de ser
pintoresco. Bien por el contrario, no podía serlo más.
"Hay novela o reportaje. Y ante la dinámica maravillosa de este país, me
parece que lo que se impone es jugar a la precisión, a escribir las cosas con el mayor
realismo", escribe Castro Caycedo. Claro está que aquí entra ya el manejo del
periodista, puesto que, por más "realista" que sea, es él quien maneja los
hilos, quien escoge qué se dice y qué no se dice, quien sabe qué es lo que tiene mayor
efecto ante el público lector y si lo que se quiere es escribir un best-seller, -y
este libro, a nuestro modesto nivel, lo ha sido- o una crónica completamente objetiva. Y
aquí es donde veo aparecer los peligros del periodismo a secas, sin intervención
-aparente- del periodista. Cada quien le da a un libro como éste la interpretación que
quiere. Sana hermenéutica entre lectores cultos. Pero una es la que le doy yo, miembro de
una inmensa minoría culta, y otra la que le da el vulgo apenas letrado. En estas páginas
se venden ideas como la de que la brujería es sana o como la de que ella se identifica
con la bioenergética; o que más vale ser bruja que presidente o millonario, puesto que
todos ellos son modestos clientes de aquellos que todo lo pueden.
Podemos imaginar entonces al lector que simplemente dice que qué bueno que nos
muestren lo corruptos que son los políticos, que tan malos son los unos como los otros,
que si todos son así, los tontos somos los que no participamos del festín... o podemos
imaginar a la que descubre en la brujería su "verdadera" vocación ignorada y
se pone a preparar las recetas de los pormenorizados brebajes de culebrero
garcíamarquiano que nos regala la bruja, con el objeto de "rezar" a los
enemigos..., o podemos imaginar a quien se involucra de lleno en la terrible batalla que
se está librando por el dominio del mundo entre el cristianismo y la Nueva Era,
una especie de conspiración elevadísima que, para completar, predica el amor y la
fraternidad entre los hombres, y a la que los ortodoxos acusan de estar dominando el mundo
por medio de la felicidad, de la comodidad y del progreso (¡medios bien difíciles de
combatir, por cierto, y que por lo visto por aquí no deben haber aparecido todavía!) y
de mensajes satánicos subliminales (discos escuchados al revés que loan a Satán y sus
adeptos) y en general con todo el rock y me imagino que hasta con la agradable (y
aparentemente inocente) música New Age. Del otro lado del tinglado está el
versus, su enemigo total, una recalcitrante variante del cristianismo que no solamente
cree en brujas sino que combate filtros con filtros, fórmulas con fórmulas y demonios
con obispos exorcistas, conjuradores de maleficios que a punta de báculo y crucifijo
hacen arrojar al poseso ranas, gusanos y alfileres por la boca. En todo caso, se supone
que media humanidad está regida hoy por los unos y la otra media por los otros. Y los que
estamos en el medio, ignorantes de semejante apocalipsis, sin saberlo somos cómplices del
bando contrario al de quien quiera atacarnos. Pero para no entrar en conflictos
teológicos sobre lo que ahora campantemente y con la más descarada ignorancia llaman metafísica,
pasándose por manteca a tontarrones como Aristóteles, Kant, Spinoza, Leibniz, Hegel,
Heidegger et caterva, para no escuchar sino a los Lobsang Rampa y
seguidores, basta observar cuáles son los libros que se venden hoy por hoy en las
librerías para darse cuenta de que uno de los éxitos de La bruja es haber tocado
esas fibras sensibles de quienes solicitan sobredosis de demonología y de metempsicosis
(mera reencarnación, para los brutos) y más cuando viene envuelta en tantos tintes de
verdad: al lado de dos o tres presidentes de la república (por no citar al gobernador y a
los siete senadores rezaos y enyerbados por penas de amor), que no vacilan en
acudir a la sapiente bruja en busca de filtros que los alejen de la mujer (cosa que por
demás, cierta o no cierta, me parece irrespetuosa para con los expresidentes) sino que
todos son uno, el presidente cuyo mejor amigo es el narcotraficante, y cuyos mejores
amigos comunes son las brujas, etcétera, etcétera y se vuelve esto un pandemónium y
sancocho espectacular. Vienen entonces rezagos de vudú, ritos que implican trabajarle
el pañuelo o la ropa interior a alguien, médiums de Pereira, la fratricida guerra del
Marlboro, que se libró en las esquinas, que conoció los primeros sicarios y que se
olvidó en los libros de historia, o la bárbara y hasta hoy oficialmente ignorada guerra
entre cubanos y colombianos en Miami, con las motosierras de Scarface, que no son
un invento de Al Pacino ni de los que quieren hablar mal del país.
Y bien, así como me lo contaron te lo cuento, como decían don Juan de
Castellanos y don José de Espronceda, es lo que podría alegar Germán Castro Caycedo en
su favor. Y quizá tiene razón. Si Colombia es así, él no tiene la culpa. Acaso, aunque
no nos guste, nos merecemos lo que tenemos. Pero no deja de preocuparme que, mientras hay
quienes intentan de algún modo culturizar al país para salir de la violencia endémica,
caiga un libro como éste como una piedra encima de los ignorantes y le otorgue cierto
peso científico a todas sus supersticiones. Sé, desde luego, que mi opinión es
absolutamente minoritaria, pero es la de unos pocos que tenemos un soporte cultural y que
por lo menos intuimos que la violencia reposa en esa falta de acercamiento a las leyes de
la lógica o siquiera a principios morales o religiosos sólidos. Pero si ahora la beata
sabe que hay santos especiales, que previamente "rezaos" tienen mayores
virtudes, o va a asistir a la misa no solamente a pedir a los santos que intercedan por su
familia sino a expulsar a sus enemigos del pueblo o a pedir al sacerdote que le exorcice a
la hija boba, no se ven muchas esperanzas de que esto cambie. O quizá -ésta puede ser
otra enseñanza del libro- es que Colombia no quiere cambiar, quiere ser así, es así,
quiere el dinero fácil, la rumba, odiar a los gringos, sentirse el mejor país del mundo
y el más calumniado, vivir todos con un poquito del demonio adentro y salir después a
rezar a la Virgen y a emborracharse.
Pero no puedo negarme tampoco con argumentos válidos a reconocer el derecho a la
existencia del género testimonial, pues sería negar el periodismo mismo, la libertad de
prensa, y más cuando la hace un hombre probo que quiere simplemente ser justo y poner
cada cosa en su sitio, y que a menudo es el primero que se sorprende con lo que le
cuentan. Preocupa entonces saber la cantidad de realidades marginales que se viven en
Colombia y también que muchas de ellas no tienen canales de expresión y pueden pasar
inadvertidas durante diez años sin que nadie se entere de ellas. Ya no solamente no se
sabe quién es el enemigo (problema acaso mundial) sino que cada quien vive en un mundo
distinto.
Aquí hay lo inverosímil, pero también lo conmovedor, sin ser nunca patético
ni demagógico, por la eficacia de un lenguaje que, aunque esencialmente informativo,
tiene una limpieza y una seguridad que siguen revelando en su autor más aptitudes de
narrador que de reportero (a su pesar). Es la historia de un pueblo, Fredonia, la
verídica y triste historia de un narcotraficante, Jaime Builes, quien, por lo demás,
muere como una especie de héroe de la patria, haciendo, eso sí, gala de una de las pocas
virtudes que aparecen en este libro: la lealtad. No vende a nadie, no delata a nadie.
El otro problema que puede plantearse con respecto a un libro como éste es el
del copyright. El caso del relato del náufrago de García Márquez ya había sido
llevado a los tribunales. Aquí, se despoja tanto el autor que quien habla no parece ser
él. Sin embargo, lo es, y es él también quien recibe las regalías por su libro.
Personalmente pienso que está bien que sea el periodista quien reciba los emolumentos,
siempre y cuando también cargue con toda la responsabilidad sobre sus hombros; es el caso
de las tutelas y demás que ya han caído sobre estas páginas... Es él quien investiga,
quien redacta, corta y pule, quien busca, quien da una unidad al libro, quien hace con su
nombre o su prestigio que se venda. Por eso el libro lleva su firma y no las de otros pero
por eso mismo el periodista no puede reclamar ser inocente ante las bondades o los
desastres que pueda causar. Y creo que este libro tiene de ambos. En este caso, no me
atrevo a juzgar. ¡Ah! En todo caso sí quiero dar un consejo al lector: ¡Mucho cuidado
con ir a mezclar penca de sábila con riñón de gato en Viernes Santo!
LUIS H. ARITIZÁBAL |