| Las intuiciones innatas
De viaje
Róbinson Quintero Ossa
Fundación Simón y Lola Guberek, Santafé de Bogotá, 1994, 76 págs.
Creo que un escritor va bien cuando tiene abierta la puerta a sus intuiciones
innatas y más profundas. Si escribes frases que no provienen de esa fuente, no puedes
construir nada en derredor: ellas hacen que toda la página suene falsa. (Saul Bellow)
Quiero partir de esta afortunada frase del escritor norteamericano para referirme
a los poemas de Róbinson Quintero en su libro De viaje, primer poemario publicado
por el autor, aunque de él se conocían poemas "sueltos" en revistas y lecturas
públicas.
Y es que en este libro, bello por su mensurada levedad, existe una voz que, de
principio a fin, sopesa su lenguaje, sobre todo en un mundo de intuiciones naturales,
interiores, personales. Hay un hilo evocador que tiene su centro más importante en el
silencio que late con la propiedad de la expresión, signo inconfundible de la conciencia
del texto. Es evocador sin quimeras ni lamentos. Allí se hace importante esta poesía: en
su desnuda belleza.
El poeta instala su observatorio hacia cinco grandes ventanales a través de los
cuales va a configurar su propio universo conocido, su propio interior. De allí partió y
allí vuelve al cerrar el libro: la infancia, la mañana, el viaje, la poesía y los
amigos. Todo se dirime en esa suerte de Aleph borgesiano donde un punto es todos los
puntos, una mirada todas las circunstancias.
Puede uno suponer al autor configurando temáticamente su libro y, para ello,
juntando en pequeños espacios o compartimentos los más afines según sus aspectos y
parentelas. Cinco espacios, cinco temas. También puede uno suponer (y comprobar) que si
igual los deja en cierto "desorden" holgazán, el libro nada pierde (el
ejercicio puede hacerse, como inducido por Cortázar). Esto, sólo para señalar que, más
que un dudoso agrupamiento, lo que se impone en este poemario son sus atmósferas llenas
de sentido, aquellas intuiciones naturales que nacen con un escritor y que es sólo tiempo
la condición para que ellas asuman la forma de textos que revisten ya una perennidad, una
presencia de verdadero alimento del arte.
En el primer poema (pág. 13), Róbinson Quintero nos habla de su pueblo natal,
Caramanta, y el texto está enfilado totalmente hacia su última parte, que nos remite a
su sentimiento de niño que, por ingenuo e inocente, es el que prevalece con toda su
fuerza: "Cuando fui niño/ fue capital del mundo/ centro del universo/ puerto
seguro". Ese arraigo, sin embargo, se mantendrá presente. Lo comprobaremos en el
transcurso del libro, hasta el final. En el primer poema de los que hacen parte de La
poesía (pág. 59), vuelve sobre aquel pueblo, y dice: "... Necesitaste del
silencio/ y del exilio/ para descubrir su poesía/ palabra desde la que vuelan
pájaros". También lo titula Caramanta.
Todos los pájaros, las mañanas, las carreteras, los ríos, las canciones que el
poeta se encuentre luego, en su errancia por otras ciudades y otros rostros, tienen el
único corazón de aquel pequeño pueblo, "...apenas unas cuantas calles/ un paisaje
de casas/ con una plaza en medio...".
Como en la frase de Bellow, el poeta tiene abierta la puerta a sus intuiciones
innatas más profundas. Por ello estas frases suenan con la verdad de la poesía. El arte
tiene aquella "obligación" de reiterar los asuntos, lenguajes y sentimientos
que hacen que el hombre no sea el idiota robot que las sociedades consumistas tienden a
estandarizar. Pero no mediante fórmulas aprendidas o agarradas en escuelas, sino mediante
la fuerza natural de la poesía. Mediante el poder de evocación que tienen las palabras
cuando las anima una primigenia voluntad. En este libro, esa voluntad está expresada aun
en la elección de los temas, de los elementos que componen el corpus del pequeño tomo,
de apenas cuarenta y cuatro cortos poemas. Esa voluntad tiene asiento en el alma del
poeta. No se pierde en búsquedas peregrinas que al final nada encuentran, o lo hacen en
medio de un bosque de confusiones. Poemas aquí como Mi padre endomingado (pág.
22) dicen claramente que quieren tomar sólo lo tenue de la realidad. Entendiendo que
ello, en ocasiones, conduce a profundidades insospechadas. Las preguntas y la curiosidad
ante la inexplicable actitud del padre (cubrirse de oro los domingos), son entrevistas y
entredichas con los ojos apaciguados (y enamorados) de un niño. No hay recriminaciones,
sólo asombro. El poeta (alma desnuda) no comprende el oro, gusta más de los overoles
porque simbolizan un oficio, es decir, una manera de ser.
Así, los lugares y personajes que viajan por el libro son abordados en el
sentido de lo que significan por sí mismos, fuera de añadiduras y conceptos. En el
lenguaje de Róbinson Quintero existe un clima que define sus atmósferas por la manera de
abordar los temas, que van configurando la poesía en su sentido de brevedad y conciencia.
Ello encierra un bello contrasentido: ese lenguaje es primerísimo protagonista, pero es
tenue y tiende al silencio, a la prolongación del aire. Como en aquel Poema con
naranjas (pág. 33), que es puro lenguaje en imágenes cortas y llanas. "No
pierden su llamarada" las naranjas en el aguacero, "me acojo a su alegría que
escampa/ Amo este sol entre la lluvia".
Algunos poemas asumen el tono de oración, y uno no les ve el aspecto de falsos
que normalmente tienen este tipo de poemas. Aquí tienen la presencia del abrazo:
"Señor/ cuida de los burdeles/ cuida las casas oscuras y baratas/ donde recostadas a
los muros/ comercian las mujeres/ Ya de mañana/ muy temprano/ van y vienen por su acera/
peinando sus cabellos/ faldicortas y escotadas/ la palidez de la noche en sus ojeras/
También para mí espera el trabajo/ también para mí se hace tarde..." (Oración,
pág. 36). Luego vendrá Oración del chofer: "Patrona de los caminos... / Son
tuyos:/ los besos de quien me espera/ sus brazos/ y este poema que te reza con sus
versos" (pág. 46).
El libro va transcurriendo por aguas tranquilas, lo cual no significa exento de
durezas. El poeta intermedia esos dos estadios que, por antagónicos, requieren la labor
tamizadora. El mismo autor lo dice plenamente en un poema: "El poeta es quien más
tiene que hacer al levantarse/ saludar el día/ espantar los pájaros amargos/ limpiar las
palabras/ regarlas en los corazones/ vigilar que no mientan/ y llenarlas de esperanza/ No
reproches su caminar ausente/ su diligencia en nada/ esa forma de cantar" (El
poeta es quien más tiene que hacer al levantarse, pág. 65). Un poema que describe el
oficio del poeta. Que lo baja de supuestos pedestales y lo ubica en su verdadera
dimensión. Pero le da, igualmente, el acertado sitio de artesano de las palabras. Ellas
son las protagonistas de este libro. No por el hecho de juntarlas y conformar oraciones
más o menos coherentes, sino porque en ellas el vuelo de la poesía trasciende la
página, la escritura, y se apodera del lector, llevándole a donde se propone: comunión
del amor con el silencio, de la soledad con el esplendor del corazón.
Luis Germán Sierra J. |