"Con coronas
de nieve bajo el sol, cruzan los reyes"
Monólogos
Juan Manuel Roca
El Áncora Editores, Santafé de Bogotá, 1994, 62 págs.
Juan Manuel Roca (Medellín, 1946) entra a la poesía colombiana por la puerta
grande con un libro de poemas que triunfa en su ambición verbal de fuertes pinceladas,
imágenes que van descubriendo no sólo una manera singular de escribir poesía, sino que
develan a un país mismo, desgarrado en el dolor, en la impotencia, en la persecución y
la atrocidad política de ese momento. Me refiero a Señal de cuervos, premio
nacional de poesía de la Universidad de Antioquia, en 1979. Extenso mural pintarrajeado
de sangre en muchas ocasiones, pero preciso y agudo en su lenguaje, portaestandarte de una
ira colectiva. Roca ya era un poeta importante con este libro. Así lo reconocieron sus
lectores y la crítica (la mejor crítica es, naturalmente, la de los lectores en su
actitud dinámica: allí el escritor sigue vivo, o muere en su letrado anonimato).
Prolífico poeta, J. M. R. cuenta ya con un considerable número de libros de
poemas: Memoria del agua (1973), Luna de ciegos (1974), Los ladrones
nocturnos (1977), Señal de cuervos (1979), Fabulario real (1980), País
secreto (1978-1988), Ciudadano de la noche (1989), Pavana con el diablo (1990),
Monólogos (1994).
Aparece en su obra un lenguaje que acude constantemente a la metáfora, la
perífrasis, el símil, imágenes de alta sonoridad, en ocasiones precisas y agudas en su
ironía, en otras desgastadas por el ostensible abuso de "talento" para armar
contrastes, al gusto, seguramente, del lector.
No trataré aquí de hacer frías disecciones, so pretexto de configurar un
artículo crítico, y me contentaré con expresar el gusto por la obra de quien en los
últimos años ha animado frecuentemente los escenarios de la poesía colombiana, ya con
sus libros, ya con sus reseñas, ya en los propios auditorios y festivales.
Voy a referirme a Monólogos, su último libro de poemas, publicado en
1994. Libro que compendia su más singular manera de escribir poesía. No es un
libro-resumen de sus temas, claro, pero sí puede serlo de su voz. Parejo y preciso en los
mundos sonoros de su predilección, no está exento de caídas en lo insubstancial,
producto de su gusto por los apuntes humorísticos y de ocasión, que tan frecuentemente
declaran enemistad a la poesía. Es por ello que en Monólogos percibo, sobre todo,
un libro de instantes altos y bellos, pero también varios textos presentados como
producto del talento del escritor, no de su emoción. El prosaísmo de ciertos poemas da
cuenta más de la oportunidad para hacer "apuntes", que de calibrar con rigor el
peso de las palabras: "No sé escribir,/ Aunque por rara paradoja /Sea peso pluma.
[...]" (Monólogo del boxeador, pág. 40).
Otro: "Soy aquel que tiene sigilo en la garganta. [...] (Monólogo del
mudo, pág. 50).
Lugares comunes: "Soy el rey del circo, patria del milagro..."
(subrayado mío. [Monólogo del rey del circo, pág. 21]).
Prevalece, sin embargo, la poesía tensada con finos hilos de inteligencia y de
sarcasmo, propia de un escritor infatigable que asume su realidad circundante en sucesivas
imágenes que dan con un entramado de personajes en apariencia reconocidos por el lector,
pero inmersos, aquí, en otra realidad: la del poeta. Es probable que estos personajes no
hablen ni piensen de la manera como son presentados en el libro. Pero, ¿qué importancia
tiene? En fin de cuentas, el arte es no sólo más subyugante, sino más creíble que las
cosas chatas que impulsan los afanes y carencias de los mundos reales. ¿Puede un
fabricante de espejos pensar: "Fabrico espejos:/Al horror agrego más horror, /Más
belleza a la belleza..."? Seguro que no. Sólo que uno de ellos, al encontrarse este
poema, sentirá mas amor por su oficio y hasta irá a una biblioteca a averiguar quién es
Marc Chagall cuando continúe leyendo: "...El cielo se refleja en el espejo/ Y los
tejados bailan/ Como un cuadro de Chagall...". Se sentirá feliz y bueno cuando más
abajo vea que "...Algunos construyen cárceles, /barrotes para jaulas./ Yo fabrico
espejos...".
Así, Roca va discurriendo de personaje en personaje, modelándolos como un
escultor que en vez de piedra o mármol utiliza imágenes y sueños, evocaciones y
revelaciones, música y silencio. Pero no les presta la voz para auxiliarlos en sus
poquedades. Los inaugura y los abraza. Allí, también el cuerpo es un personaje con voz y
pensamiento. Con preguntas: "¿Qué se han hecho/ los sucesivos inquilinosb/ que he
tenido /en escamoteadas edades,/ el niño que nadaba en mí /como en un inmenso traje?/
Huésped de paso, mi morador es/ Rey de la sombra,/ mandarín de soledades" (Monólogo
del cuerpo, pág. 44).
Cuando Roca concentra su voz, y su pensamiento cae agudo sobre aquello que ha
elegido para el poema, su poesía, además de la rica sonoridad a que ya he aludido, es
vigorosa, contundente, enamorada. Porque la poesía no se alimenta de talento ni de
cabriolas verbales que, muy probablemente, tengan de suyo otra naturaleza. El poema se
alimenta de amor, de emoción, de lenguaje. En Luna de ciegos había escrito un
bellísimo poema suerte de epigrama que, de alguna manera, sintetiza lo mejor de su
escritura y donde, a pesar de ser la contundencia y precisión de las tres líneas el
poema mismo, está lejos de ser sólo capacidad para inventar "al garete" :
"Estoy tan solo, amor, que a mi cuarto/ sólo sube, peldaño tras peldaño,/ la vieja
escalera que traquea". (Días como agujas).
O aquello de "Con coronas de nieve bajo el sol/ cruzan los reyes" (Epigrama
del poder), publicado en País secreto.
No hay en Monólogos nada parecido a esto, gran dinamismo verbal que
configura en poquísimos rasgos un ambiente y una situación. En una la soledad y en otra
la ironía política, dan al lector un vasto panorama con apenas casi un ademán.
Mala costumbre a veces la del lector (mía) que quiere de lo mismo, y echa de
menos poemas como éstos en el presente libro y los ve reemplazados, me atrevo a decir,
por otro tipo de asunto.
Monólogos, pues, es un libro que se lee fácilmente, de un tirón,
paseando con agrado por su variopinto paisaje de personajes en ocasiones impensables (Naturaleza
muerta, pág. 62) y siempre, o casi siempre, inusitado aprendizaje de
territorios, de otredad.
LUIS GERMÁN SIERRA J. |