Boletín Cultural y Bibliográfico . Número 36.  Volumen XXXI - 1994 - editado en 1995

 

"Con coronas de nieve bajo el sol, cruzan los reyes"


Monólogos
Juan Manuel Roca
El Áncora Editores, Santafé de Bogotá, 1994, 62 págs.


Juan Manuel Roca (Medellín, 1946) entra a la poesía colombiana por la puerta grande con un libro de poemas que triunfa en su ambición verbal de fuertes pinceladas, imágenes que van descubriendo no sólo una manera singular de escribir poesía, sino que develan a un país mismo, desgarrado en el dolor, en la impotencia, en la persecución y la atrocidad política de ese momento. Me refiero a Señal de cuervos, premio nacional de poesía de la Universidad de Antioquia, en 1979. Extenso mural pintarrajeado de sangre en muchas ocasiones, pero preciso y agudo en su lenguaje, portaestandarte de una ira colectiva. Roca ya era un poeta importante con este libro. Así lo reconocieron sus lectores y la crítica (la mejor crítica es, naturalmente, la de los lectores en su actitud dinámica: allí el escritor sigue vivo, o muere en su letrado anonimato).

Prolífico poeta, J. M. R. cuenta ya con un considerable número de libros de poemas: Memoria del agua (1973), Luna de ciegos (1974), Los ladrones nocturnos (1977), Señal de cuervos (1979), Fabulario real (1980), País secreto (1978-1988), Ciudadano de la noche (1989), Pavana con el diablo (1990), Monólogos (1994).

Aparece en su obra un lenguaje que acude constantemente a la metáfora, la perífrasis, el símil, imágenes de alta sonoridad, en ocasiones precisas y agudas en su ironía, en otras desgastadas por el ostensible abuso de "talento" para armar contrastes, al gusto, seguramente, del lector.

No trataré aquí de hacer frías disecciones, so pretexto de configurar un artículo crítico, y me contentaré con expresar el gusto por la obra de quien en los últimos años ha animado frecuentemente los escenarios de la poesía colombiana, ya con sus libros, ya con sus reseñas, ya en los propios auditorios y festivales.

Voy a referirme a Monólogos, su último libro de poemas, publicado en 1994. Libro que compendia su más singular manera de escribir poesía. No es un libro-resumen de sus temas, claro, pero sí puede serlo de su voz. Parejo y preciso en los mundos sonoros de su predilección, no está exento de caídas en lo insubstancial, producto de su gusto por los apuntes humorísticos y de ocasión, que tan frecuentemente declaran enemistad a la poesía. Es por ello que en Monólogos percibo, sobre todo, un libro de instantes altos y bellos, pero también varios textos presentados como producto del talento del escritor, no de su emoción. El prosaísmo de ciertos poemas da cuenta más de la oportunidad para hacer "apuntes", que de calibrar con rigor el peso de las palabras: "No sé escribir,/ Aunque por rara paradoja /Sea peso pluma. [...]" (Monólogo del boxeador, pág. 40).

Otro: "Soy aquel que tiene sigilo en la garganta. [...] (Monólogo del mudo, pág. 50).

Lugares comunes: "Soy el rey del circo, patria del milagro..." (subrayado mío. [Monólogo del rey del circo, pág. 21]).

Prevalece, sin embargo, la poesía tensada con finos hilos de inteligencia y de sarcasmo, propia de un escritor infatigable que asume su realidad circundante en sucesivas imágenes que dan con un entramado de personajes en apariencia reconocidos por el lector, pero inmersos, aquí, en otra realidad: la del poeta. Es probable que estos personajes no hablen ni piensen de la manera como son presentados en el libro. Pero, ¿qué importancia tiene? En fin de cuentas, el arte es no sólo más subyugante, sino más creíble que las cosas chatas que impulsan los afanes y carencias de los mundos reales. ¿Puede un fabricante de espejos pensar: "Fabrico espejos:/Al horror agrego más horror, /Más belleza a la belleza..."? Seguro que no. Sólo que uno de ellos, al encontrarse este poema, sentirá mas amor por su oficio y hasta irá a una biblioteca a averiguar quién es Marc Chagall cuando continúe leyendo: "...El cielo se refleja en el espejo/ Y los tejados bailan/ Como un cuadro de Chagall...". Se sentirá feliz y bueno cuando más abajo vea que "...Algunos construyen cárceles, /barrotes para jaulas./ Yo fabrico espejos...".

Así, Roca va discurriendo de personaje en personaje, modelándolos como un escultor que en vez de piedra o mármol utiliza imágenes y sueños, evocaciones y revelaciones, música y silencio. Pero no les presta la voz para auxiliarlos en sus poquedades. Los inaugura y los abraza. Allí, también el cuerpo es un personaje con voz y pensamiento. Con preguntas: "¿Qué se han hecho/ los sucesivos inquilinosb/ que he tenido /en escamoteadas edades,/ el niño que nadaba en mí /como en un inmenso traje?/ Huésped de paso, mi morador es/ Rey de la sombra,/ mandarín de soledades" (Monólogo del cuerpo, pág. 44).

Cuando Roca concentra su voz, y su pensamiento cae agudo sobre aquello que ha elegido para el poema, su poesía, además de la rica sonoridad a que ya he aludido, es vigorosa, contundente, enamorada. Porque la poesía no se alimenta de talento ni de cabriolas verbales que, muy probablemente, tengan de suyo otra naturaleza. El poema se alimenta de amor, de emoción, de lenguaje. En Luna de ciegos había escrito un bellísimo poema suerte de epigrama que, de alguna manera, sintetiza lo mejor de su escritura y donde, a pesar de ser la contundencia y precisión de las tres líneas el poema mismo, está lejos de ser sólo capacidad para inventar "al garete" : "Estoy tan solo, amor, que a mi cuarto/ sólo sube, peldaño tras peldaño,/ la vieja escalera que traquea". (Días como agujas).

O aquello de "Con coronas de nieve bajo el sol/ cruzan los reyes" (Epigrama del poder), publicado en País secreto.

No hay en Monólogos nada parecido a esto, gran dinamismo verbal que configura en poquísimos rasgos un ambiente y una situación. En una la soledad y en otra la ironía política, dan al lector un vasto panorama con apenas casi un ademán.

Mala costumbre a veces la del lector (mía) que quiere de lo mismo, y echa de menos poemas como éstos en el presente libro y los ve reemplazados, me atrevo a decir, por otro tipo de asunto.

Monólogos, pues, es un libro que se lee fácilmente, de un tirón, paseando con agrado por su variopinto paisaje de personajes en ocasiones impensables (Naturaleza muerta, pág. 62) y siempre, o casi siempre, inusitado aprendizaje de territorios, de otredad.

LUIS GERMÁN SIERRA J.