Mercancía artística
fresca
Nueva imagen
Fernando Quiroz, José Hernán Aguilar, Carolina Ponce de León
Ediciones A. Wild-Ediciones Gamma, Cali, 1994, 167 págs., ilustrado
El punto de partida de este libro queda bien expresado en el texto impreso en una
de las solapas, el cual habría sido más justo tomarlo como introducción: "Volvamos
a 1980. En Colombia la pintura estaba en crisis, la escultura decaía, el dibujo se
refugiaba en unos pocos nombres. Eran los años del arte conceptual [...] Al comenzar los
ochenta, un grupo de jóvenes nacidos entre 1950 y 1960 [...] empezó a reivindicar lo que
la generación anterior consideraba caduco [...] La crítica, cuyo agotamiento era visible
al finalizar los setenta, cobró un nuevo impulso y el público, tan desconcertado por
esos años, volvió a encontrar en la pintura, el dibujo y la escultura una fuente de gozo
y deleite". Y las galerías, podría agregarse, encontraron de nuevo mercancías
frescas para ofrecer en venta, y los interesados, renovadas opciones para la valorización
del capital y la decoración de interiores.
Los artistas incluidos en el libro tomen nota los interesados según
el galerista y coeditor Alfred Wild, "podrían ser a corto o mediano plazo los nuevos
maestros de la pintura colombiana y latinoamericana. En modo alguno pretende canonizar una
lista o imponer unas determinadas ideas y valores". ¿Libro altruista de una galería
de vanguardia?
Sin duda, uno de los propósitos es dejar establecida la existencia de un arte
plástico no "conceptual", hecho por creadores nacidos en los años cincuenta.
Para ello se presentan cinco obras de diecinueve artistas, acompañadas de tres textos de
críticos de la misma "generación". La edición es de excelente calidad y buen
gusto, rebajado únicamente por las desbordadas y arbitrarias intervenciones digitales en
los retratos de los participantes, que dejan un molesto sabor psicodélico, ajeno a la
década de los ochenta.
Fernando Quiroz, en su artículo "La resurrección del color", logra
demostrar que es relativamente simple escribir un texto que, sin ocuparse de la historia
ni de la crítica, parezca que adopta ambas perspectivas. El autor cree que, contrario a
la evidencia presentada, "el expresionismo es prácticamente un común denominador en
la obra de estos jóvenes" (pág. 13). Habla alegremente de una generación salvadora
y "reactivadora" de la pintura, que ocupa (¿cuál no?) "un momento clave
en la historia del arte colombiano" (pág. 15). Los artistas que la representan son
ponderados, entre otras cosas, porque "han tratado de permanecer al día, de estar
siempre actualizados" (pág. 15), como si la profesión de la pintura fuera
equiparable a la medicina o a la ingeniería de sistemas que exigen "estar al
día". Acompañando este texto aparecen las obras de Marta Combariza, Fernando
Dávila, Danilo Dueñas, Jaime Iregui, Lorenzo Jaramillo y Víctor Laignelet.
José Hernán Aguilar, en "Balas privadas, corazones públicos, parte de
considerar el panorama social de Colombia en los años ochenta. Para el autor, "los
artistas más interesantes fueron aquellos que obtuvieron una sofisticación visual al
filtrar lecciones foráneas, mezclándolas con actitudes vitalmente colombianas"
(pág. 55). Podría decirse que Aguilar intenta un acercamiento "posmoderno" a
las obras de la década de los ochenta, recurriendo a citas de autores como Derrida o
Lacan, y trata de establecer algunas caracterizaciones no siempre de manera clara ni
convincente. La impresión que deja es que el exceso de un intelectualismo a la moda
termina por producir cortinas de humo en medio de fuegos artificiales. Luis Luna, Diego
Mazuera, Óscar Muñoz, Luis Roldán, Ana María Rueda, Carlos Salas, Carlos Salazar y
Alberto Sojo son los artistas escogidos para este capítulo.
"Ficciones privadas como universo" es el texto a cargo de Carolina
Ponce de León. Comienza cuestionando acertadamente el proyecto editorial del libro:
"Resulta tan arbitrario estudiar a un grupo de artistas según su nacimiento como
forzar una lógica para justificar una idea de generación" (pág. 115).
Posteriormente aborda el análisis de la mentalidad artística de los últimos
tres decenios del arte colombiano, lo cual permite ubicar convenientemente la situación
de los años ochenta: "Tras la estrategia de que lo joven es
nuevo, aprovechando con esto implícitamente dar el sello indeleble del arte
moderno y por ende garantizar su probidad artística, se publicitó el advenimiento de la
brecha generacional" (pág. 117). La autora también nombra un fenómeno del todo
evidente pero generalmente soslayado por otros críticos que sólo esperan con afán la
imitación local de las corrientes principales del arte internacional: "Es evidente
que la historia plástica nacional se articula en forma directa, aunque anacrónica, con
los movimientos internacionales".
A manera de conclusión, establece cuatro instancias como las más exploradas por
los artistas de los años ochenta: recodificación de símbolos arcaicos, sexualidad y
cultura urbana, espiritualidad y religiosidad, y por último, creación de ficciones y
"mestizaje" cultural. Los artistas que forman parte de este capítulo son José
Antonio Suárez, Ricardo Valbuena, Gustavo Bejarano, Bibiana Vélez y Gustavo Zalamea.
De los tres textos, que comparten en el fondo la misma tesis, según la cual los
años ochenta vieron la resurrección de la pintura, el último citado es el que muestra
una superior capacidad de análisis y el acercamiento crítico más convincente sobre el
arte colombiano en ese decenio. Por la estructura del análisis, su coherencia lógica y
la conciencia histórica y crítica, permite afirmar que éste y otros trabajos anteriores
de la autora probablemente la convierten en uno de los analistas del arte colombiano de
mayor alcance intelectual.
El libro es un importante esfuerzo editorial, aunque no es ni inocente ni
gratuito. Ubica en un primer plano a un determinado grupo de artistas y contribuye a la
aceptación social de su obra, en un mercado que requiere mercancías nuevas con potencial
de valorización, ante el agotamiento creativo y mercadotécnico de los
"maestros", dejando de paso un testimonio de una parte de la cultura colombiana
contemporánea.
SANTIAGO LONDOÑO VÉLEZ |