Boletín Cultural y Bibliográfico . Número 36.  Volumen XXXI - 1994 - editado en 1995

 

Crisisólogos


Hacia la consolidación democrática andina. Transición o desestabilización
Gabriel C. Murillo y otros
Universidad de los Andes, Departamento de Ciencias Políticas, Santafé de Bogotá, 1993, 305 págs.


El libro recoge las ponencias, con sus respectivos comentarios, presentadas en la Conferencia Andina sobre Perspectivas Comparadas para la Resolución de la Crisis Democrática en los Países de la Región, realizada en la Universidad de los Andes durante los días 24 y 25 de febrero de 1993. Se trata de una serie de evaluaciones sobre el desarrollo de la política y la sociedad en los países latinoamericanos en los últimos 30 años.

Así, empiezan a realizarse desde Colombia los primeros balances de los procesos latinoamericanos de reestructuración económica y política en curso.

En lo que respecta a nuestro país, en la ponencia "Procesos y factores determinantes de la recurrencia de la crisis gubernativa en Colombia", Gabriel Murillo y Rubén Sánchez hacen un recuento de las condiciones históricas, los pasos y las medidas que llevaron al necesario desmonte del Frente Nacional por parte de los últimos cuatro presidentes que ha tenido el país. En particular, los autores se detienen en el análisis de los cambios en la estructura política del país a raíz de las medidas llevadas a cabo durante el gobierno de Gaviria. Para ellos, el tránsito de la democracia representativa a la democracia participativa que prevé la Constitución de 1991 es fundamental. De igual manera, Murillo y Sánchez hacen un balance del proceso de paz entre los gobiernos últimos y los grupos alzados en armas; hablan de sus éxitos y sus fracasos, al mismo tiempo que muestran las opiniones que al respecto identifican a distintos sectores de la opinión pública nacional. Los autores analizan lo que podríamos denominar "nudos" de la historia reciente del país: el narcotráfico, la internacionalización de la economía, y finalizan su exposición reseñando las incidencias de todo lo anterior en la sociedad civil. Aunque los autores advierten una desorganización y atomización total del movimiento popular desde los tiempos del gobierno de Alfonso López Michelsen, lo que se refleja en "el debilitamiento de las acciones reivindicativas populares" (pág. 47), destacan el papel de nuevos actores sociales: las minorías étnicas, indígenas y religiosas, la juventud, las organizaciones no gubernamentales, las cuales irrumpieron en la vida política del país a raíz de los cambios constitucionales de 1991. En general, el escrito de los profesores Sánchez y Murillo tiene el carácter aún de un informe sobre los acontecimientos políticos y sociales de los últimos tiempos sin visos de exagerado optimismo, como lo apreciamos en la siguiente conclusión: "[...] en la actual coyuntura la crisis de legitimidad del régimen no se ha resuelto y, en consecuencia, continúa el proceso de desintegración social o de anomia que ha caracterizado el pasado reciente del país. También es notorio el agotamiento del liderazgo social y político, el cual se evidencia en la persistencia del fragmentado liderazgo de los partidos políticos. Así mismo, es preocupante la incapacidad de la sociedad civil para recuperar su organicidad y conquistar su legítima autonomía sin negar la necesidad de una regulación de lo público por parte del Estado. Por el momento, el problema más urgente es el que el país político recupere su calidad de vocero de las mayorías y que establezca una relación más orgánica con los marginados de la sociedad civil" (pág. 146). Sin embargo, los autores desprecian variables que, de haberlas tomado en cuenta, arrojarían más luz sobre lo que ellos denominan "la crisis de gubernabilidad" y que en parte son enunciadas por los comentaristas de la ponencia. Me refiero a la proliferación de las múltiples formas de violencia surgidas desde el decenio de los setenta. Los comentaristas de la ponencia, los politólogos Gary Hoskin y Pilar Gaitán no consideran acertados los conceptos metodológicos escogidos por Sánchez y Murillo para explicar sus tesis. Para Hoskin el concepto de ‘crisis’ no es un instrumento analítico de gran utilidad en las ciencias sociales y menos para explicar la política en Colombia: "[...] la crisis es un componente integral de la política colombiana", y más adelante agrega: "No estoy convencido de que la crisis gubernativa hoy sea más aguda que en toda la historia de Colombia. Puede ser más complicada, pero no más peligrosa que antes" (págs. 153-154). Pilar Gaitán pone en duda la utilidad del concepto de ‘gobernabilidad’. Sobre todo, de la manera como se utiliza en la ponencia. Propone, en lugar de él, una visión "más dinámica y más viva" que permita vincular ese concepto a la política "entendida ésta como proyecto y como compromiso, y no sólo a los mecanismos y formas de gobernar" (pág. 158). Aunque, a nuestra manera de ver, la investigadora Gaitán se equivoca al considerar que los orígenes de la "crisis" que vivimos se inician con el establecimiento y desarrollo del Frente Nacional, como si a partir de allí hubiese comenzado nuestra historia política, me parecen pertinentes sus aportes para entender "la sorprendente estabilidad institucional del régimen político colombiano" (pág. 162).

Los colombianos que han viajado recientemente a Bolivia, lo mismo que los politólogos bolivianos que han visitado a Colombia últimamente, han dejado la impresión de que en ese país se viven verdaderos aires de renovación política. Es esto lo que queda de la lectura de la ponencia de René Antonio Mayorga, "Reforma política y consolidación de la democracia en Bolivia". Para el ponente, Bolivia ha entrado en una etapa de consolidación de la democracia porque se han configurado "de una manera interrelacionada y no contingente, aunque con una profundidad e intensidad desiguales, importantes dimensiones políticas que, basadas fundamentalmente en compromisos y acuerdos entre los actores políticos, han contribuido a fortalecer el marco institucional y las condiciones de estabilidad y gubernabilidad del régimen democrático". Se trata de una concepción institucional de la democracia, donde su nivel de desarrollo se mide de acuerdo con reformas políticas, sin tener en cuenta para nada las condiciones sociales de la mayoría de la población. Los cambios en la política de su nación, Mayorga los encuentra en algo nuevo para un país como Bolivia, saturado de golpes de estado a lo largo de su historia contemporánea: "la política de las alianzas y coaliciones parlamentarias y gubernamentales que sustituye la lógica de la guerra por una lógica del consenso, y la puesta en práctica del presidencialismo parlamentarizado" (pág. 22). Por supuesto que es trascendental para la democracia local que Bolivia pase de ser un país casi monopartidista a un país con un sistema moderado de partidos, pero al mismo tiempo nos parece que la democracia, además de adquirir una institucionalidad, debe poseer un contenido social. Para el ponente boliviano, lo importante es el engranaje institucional para el funcionamiento de la democracia. En cambio, para Julio Cotler, investigador del Instituto de Estudios Peruanos, las cosas en su país pintan de otra manera. El ponente hace un recorrido por la historia política peruana para explicar la situación actual. La práctica administrativa de los gobiernos de Belaúnde Terry y de Alan García, haciendo uso de un populismo a destiempo ya, y la irrupción de nuevos actores sociales: empresariado, sectores profesionales de las clases medias, intelectuales liberales, pusieron a flote la nueva crisis. Se destaca también, en la ponencia, el hecho de que los mencionados gobiernos no le concedieran suficiente importancia a la subversión y al narcotráfico. García, por ejemplo, "consideró que sus proclamas nacionalistas y las políticas asistencialistas serían suficientes para que estos problemas desaparecieran" (pág. 216). Cotler inserta entonces en su análisis estas dos variables, que convertidas en la demoníaca alianza "narcoguerrilla" pasan a ser partes constitutivas de la crisis peruana. "La proliferación de grupos armados y de narcotraficantes —escribe Cotler— fomentó la debilidad estatal, mientras las fuerzas armadas se encontraban desprovistas de dirección y apoyo político. Su aislamiento y el sentimiento de amenaza estimularon el desarrollo de planes golpistas; si éstos no prosperaron se debió a que su fracaso en la guerra los había desprestigiado, a que la ruptura constitucional daría motivos a Sendero Luminoso para liderar un movimiento de oposición —a lo que Guzmán había apostado desde 1980— y a que las elecciones de 1990 prometían tener un desenlace favorable a sus proyectos" (pág. 220). Llevado hasta aquí el análisis, es cuando insurge para el Perú el neoliberalismo como la única tabla de salvación frente a la crisis, y lo paradójico es que el esquema neoliberal se impone de acuerdo con los temas y propuestas que promovió desde su campaña presidencial el escritor Mario Vargas Llosa y que, como se sabe, fueron rechazados por los propios peruanos.

En general, nuestra impresión, después de leer el libro, es que por "consolidación democrática" se entiende el desmonte del estado populista, donde existió, o de medidas de tipo populista en los países donde éstas fueron introducidas por reacción a las luchas de los movimientos populares. Guardadas las proporciones, el desmonte del populismo en América Latina podría equivaler a lo que significó el desmonte del comunismo para los países de la "cortina de hierro". En ese sentido, empezamos a preguntarnos los científicos sociales si lo que dio al traste con estas formas de gobierno no fue, precisamente, haberles servido a amplios sectores de las sociedades. Venezuela es quizá el ejemplo más sugestivo. La investigadora de la Universidad Central de Venezuela Miriam Kornblith escribe en su ponencia al respecto: "Las décadas de los años sesenta y setenta fueron de relativa distribución de la riqueza en el conjunto de la población [...] De este modo se produjo la elevación del nivel socioeconómico de importantes sectores de la población, creando no solamente modificaciones de estatus en sentido positivo, sino grandes expectativas acerca de las posibilidades del modelo socioeconómico para seguir alimentando esa marcha ascendente, aunque lenta, en la escala social [...] Se elevaron los índices de alfabetización, escolarización, salubridad, natalidad, crecimiento sociobiológico [...]" (págs. 270-271).

CÉSAR AUGUSTO AYALA DIAGO
Departamento de Historia
Universidad Nacional de Colombia