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Sobre el arte de la simulación majestuosa
Provocaciones
Rafael Gutiérrez Girardot
Coedición de la Fundación Nuestra América Mestiza y la Fundación Editorial Investigar,
Santafé de Bogotá, 1992, 156 págs.
La querella de Rafael
Gutiérrez Girardot con don José Ortega y Gasset ha resultado en una serie de ensayos que
bien podrían considerarse "de antología" como ejercicio de la filosofía y de
la crítica. Como aquel que se publicara originalmente en el suplemento dominical del
periódico Vanguardia Liberal de Bucaramanga hace unos diez años: pidiendo un Ortega
desde dentro, en el cual mostraba cuán superficial había sido en realidad el contacto de
Ortega con la cultura y la filosofía alemanas. Con Kant, entre otros, con quien el
madrileño pretendía haber "convivido" durante lustros.
Pero lo fundamental es
otro asunto la consigna de Husserl: a las cosas mismas. Porque la cosa misma
aquí, en este caso y en este mundo que es el caso, es España, Hispanoamérica. Su
equívoco, nuestro tiempo. Del cual es asombrado y responsable testigo el crítico.
Es la querella con un
estilo: la grandilocuencia, la simulación, el narcisismo, que impregnó fuertemente la
mentalidad de las elites suramericanas a partir de los años veinte y cuyo influjo es hoy
todavía perceptible como un eco bobalicón de toda la banalidad de la pseudocultura
(literalmente "cultura a medias": Halbildung, para decirlo con Adorno)
que se produjo en Europa a partir de la crisis que siguió a la finalización de la gran
guerra.
Al comienzo del segundo
volumen de sus memorias cuenta Elías Canetti que en la pensión en donde se alojaba con
su madre a comienzos de los años veinte en Frankfurt, el tema de conversación a la hora
de las comidas era La
decadencia de Occidente, cuyo segundo tomo acababa de
aparecer: Spengler, uno de los autores favoritos de Ortega, al que haría traducir y
publicar por la editorial de la Revista de Occidente.
Por la misma época otro
de sus amigos, el conde de Keyserling, descendiente de aquellos Keyserling a quienes
impartiera Kant instrucción general como maestro privado en su juventud (y de quienes
afirma Cassirer que muy seguramente gracias a las enseñanzas que les impartiera el
filósofo durante su pubertad y adolescencia se anticiparon al decreto del barón von
Stein, liberando a sus propios siervos), reflexionaba en la Escuela de la Sabiduría
de Darmstadt un "Muro Blanco" que fundara allí con el dinero de damas
filantrópicas cuando los bolcheviques le expropiaron su latifundio de Raykul en
Estonia sobre el destino del mundo, para las señoras de la aristocracia europea que
incluía por entonces a los séquitos desequitos de los parientes destronados entonces por
doquier. Como se sabe, los terratenientes del Báltico eran alemanes, descendientes de
aquellos junkers que se establecieron a la sombra y bajo la protección de los
Burgen de la orden teutónica desde la alta Edad Media. Aunque súbditos del zar: los
famosos "bálticos", algunos de los cuales casi desde el principio a
través de la Sociedad Thule, por ejemplo, en el Munich de los tempranos años
veinte desempeñarían su papel en la tenebrosa mascarada del hombrecillo de las
cervecerías.
El hecho es que este Muro
Blanco del conde de Keyserling también patrocinaba viajes. Aunque no de los estudiantes
sino del maestro, quien con el título de uno de sus muchísimos libros lo decía todo: Diario
de un filósofo viajero. El cual también en Buenos Aires y Río de Janeiro disfrutó
de una entusiasta audiencia, particularmente en la primera de las ciudades mencionadas, en
la que pudo contar con los servicios de una señora cultísima que le patrocinaba sus
giras allí y también era amiguísima de Ortega y Gasset.
Tal y como lo relata, con
mucha gracia por lo demás, Patricio Canto, en un libro justamente intitulado El caso
Ortega, al cual en realidad toma como pretexto para describir con fina ironía, un
poco en el estilo de su compatriota Juan José Sebrelli (Buenos Aires, Vida cotidiana y
alienación; Mar de la Plata, El ocio represivo), la vanidad, la banalidad, la
fatuidad, también la inseguridad de los representantes de la gran oligarquía que
periódicamente lo recibía. Por cierto que en un artículo de El Espectador del año 1929
alcanzó Ortega a registrar observaciones, algunas bien perspicaces, sobre ellos y sobre
los problemas del país, indicaciones pertinentes acerca de la "patología" de
la sociedad argentina, aunque mezcladas con su coquetería de siempre, que lo hace
frívolo, ocurrente.
Lo más interesante del
libro de Canto en lo que propiamente se refiere a la personalidad del intelectual español
se encuentra ya en los primeros renglones del libro. Cuenta que cuando Ortega agonizaba
exclamó "estoy tratando de concentrarme en algo y no puedo". A lo que aquél
agrega: ¡Fue eso precisamente lo que le pasó toda la vida!
Al resultado de tal
actitud lo llama Gutiérrez Girardot con el título del segundo ensayo consagrado al
"filósofo" hispano en esta recopilación de sus ensayos: "Ortega y Gasset
o el arte de la simulación majestuosa". Apresuramiento, lecturas de solapa,
repentismo, brillantez. Ocurrencias, apercus y calambures, carambolas idiomáticas: ¿a
quién si no a Ortega se le hubiera ocurrido decir de la obra de Bergson, Las dos
fuentes de la moral y de
la
religión, que era un libro "con un
título hidráulico"? La búsqueda del aplauso, el deseo de sorprender, de mostrarse
más inteligente, más agudo, más original; pretender haberse anticipado a otro pensador,
como lo muestra Gutiérrez en el capítulo intitulado "Ortega y Heidegger" (los
otros se intitulan "... y Theodor Mommsen... y Hermann Cohen... y Max Scheler"),
todo ello hace parte del estilo de Ortega, que tantos seguidores tuvo en nuestro
continente.
La vanidad sobre todo.
Estos señores se imaginaban que su presencia en el mundo resultaba imprescindible. Con
cuánta frecuencia se topa uno en sus escritos con advertencias del siguiente estilo:
"Ustedes no se han dado cuenta" o "no es, como la gente cree", etc.
Si, esa gente que somos los seres humanos, las masas, los transeúntes, esos emigrantes
que tan despectivamente consideraba Ortega en sus apreciaciones sobre la inseguridad del
porteño, de la que él tanto provecho extrajo... Como lo dice el autor, "tan
curiosos procedimientos del trabajo intelectual son el producto de la antihistoricidad y
de la burbujeante brillantez de Ortega. La primera resulta de la segunda. Su magnífica
cabeza castellana producía chispas cuando los ojos se fijaban en el título, en el
índice o en algunos capítulos de un libro. Poseía una intuición penetrante y
abarcadora que le dispensaba de la lectura detallada de las obras que refutaba,
interpretaba, citaba y recomendaba. Su cerebro respondía, como un computador moderno, al
conjunto de un título, de algunas páginas de un libro con una interpretación sumaria
un escorzo, para decirlo en lenguaje orteguiano que siempre
descubría temas que no se habían tratado hasta entonces y que él prometía dilucidar
definitivamente en un libro que anunciaba para muy pronto. Su cerebro portentoso abarcaba
de una vez tanto material, que se le escapaban los detalles como el contexto del libro
de ahí su antihistoricidad y a veces hasta el contenido"
(págs. 100-101).
Pero no se crea que la
fatuidad y el narcisismo fuesen privativos del mundo hispánico en la época de la crisis
europea durante la primera posguerra, si bien en la península ibérica, por razones que
Gutiérrez ha explicado en muchos de sus ensayos, estas características impregnaban
fuertemente el trabajo intelectual. Basta pensar en personajes como Moeller van der Bruck,
el ideológo de la "revolución conservadora" contra la República de Weimar
hasta su suicidio en el año 25, autor del libro Das Dritte Reich (El Tercer
Reich). Y antes que él Marinetti y DAnnunzio. Y luego, el consabido conde
filósofo viajero quien en sus Memorias, pleonásticamente intituladas Viaje a
través del Tiempo y traducidas al español por José Rovira Armengol quien
dicho sea de paso quiso luego traducir a Heidegger y lo hizo sumamente mal,
intitulaba el capítulo sexto: "Kant". Y ¿de quién trata? De Hermann conde de
Keyserling. Como lo puede constatar cualquier lector leyendo el primer párrafo:
Desde hace ya unos
veinte años y cuando escribo estamos en 1940 me resulta casi
imposible dedicar un interés sincero a la filosofía abstracta. Durante todo este tiempo
nunca reflexioné a fondo el por qué de eso. Cuando me aburría más de la cuenta un
libro de análisis de conceptos, no sólo famoso sino aún indudablemente bueno, me
disculpaba a veces lo mismo ante mí que ante el autor considerando que a partir de cierta
edad nadie puede oír realmente en lo característico de otra longitud de onda que no sea
propia, y yo como filósofo encarnaba precisamente una modalidad diferente de las demás.
Pero ahora, encarando en serio el problema, ya no puedo aceptar esta explicación; no soy
filósofo en el mismo sentido que aquellos a quienes aludo, y por lo demás sigo siendo
tan polifónico como cuando tenía treinta años. Y la verdad es que en mi juventud, antes
de dedicarme a pensador crítico, la filosofía abstracta me llamaba tan poco la atención
como ahora; y aun ni siquiera en mi período crítico lo hizo en sentido más profundo
[...]
Sobra cualquier
comentario. Lo que sí nos parece digno de ser averiguado es en qué medida este tipo de
literatura influyó en hacer aún más fatuo el ambiente de cierta
"intelectualidad" suntuaria, narcisista, banal, en nuestros países. Y no sólo
por la época en que fue publicada: todavía hoy es claramente perceptible su huella,
inclusive entre gentes nacidas hace apenas treinta o cuarenta años. La tarea de la
crítica, que magistralmente ejerce Rafael Gutiérrez Girardot entre nosotros, consiste en
estos casos en desenmascarar a los bufones y contribuir con ello a sentar criterios,
aportando con ello a la maduración ciudadana, a la emancipación general, de acuerdo con
el programa de la Ilustración cuyo proceso definiera Kant como "la salida del hombre
de su condición de menor de edad de la cual él mismo es culpable".
Porque mantener a la
mayoría de los ciudadanos en esa situación subordinada, tratándolos como menores de
edad frente a sus propios destinos: frente a las tareas y los asuntos públicos, ha sido
entre nosotros el propósito, velado o manifiesto, de grupos privilegiados que nunca
llegaron a conformar una genuina "elite" en el verdadero sentido de la palabra.
Por razones que desde lejos muchos tienen que ver con la circunstancia que afectó el caso
Ortega, el envanecimiento, la simulación, la desmesurada vanidad y el parroquialismo
característicos de nuestro medio, impregnaron el quehacer de una cultura entendida como
mero entretenimiento u ornamento, de la cual estuvieron ausentes el paciente ejercicio de
la reflexión y de la crítica, el desgarramiento y el coraje de la autoconciencia, el
deber de enfrentar la realidad cada día más dramática de una sociedad en crisis. Tal
actitud, resultado de la persistente inercia tradicional, respondió siempre en el fondo a
un momento de narcisismo e inseguridad: en medio de una fraseología pomposa que todavía
no termina y se disfraza ahora con la pretensión del aforismo, los cultores de la
palabrería vacua, de la exaltación yoica y el exhibicionismo, reflejan en verdad el
rencor ante las manifestaciones del espíritu universal de la modernidad y del acontecer
contemporáneo. Su añoranza de la aldea, su nostalgia por el atraso del país pastoril
por la ignorancia, por el analfabetismo de los siervos mimetizados en el paisaje
señorial es sólo eso. Porque sólo entonces tuvieron plenamente garantizada la
supremacía, de acuerdo con el viejo refrán castellano según el cual "en tierra de
ciegos el tuerto es Rey".
-
RUBÉN JARAMILLO VÉLEZ
-
Departamento de Filosofía
-
Universidad Nacional de
Colombia
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