Boletín Cultural y Bibliográfico. Número 35. Volumen XXXI - 1994- editado en 1995
 
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Aphuns Stübel (tomado de : Spurensuche, de Andreas Brockman y Michaela Stüttgen , Leipzig,Latinamerika-zentrums, universitat Münster e institut Für Länderkunde, 1994).

Cartas de Alpbons Stübel:Colombia

 

ALPHONS STÜBEL
Traducción: Juan Guillermo Gómez García.
Trabajo fotográfico: Andreas Lehnert, Centro Latinoamericano (CeLA), Alemania.

I

Santa Marta, 12 de febrero de 1868

A RRIBAMOS A LA ISLA DE MARTINICA, lamentablemente por la noche, por lo que se nos escapó su vista desde el mar. Pero fue tanto más sorprendente el verse, al despertar, al lado de un campo, cerca de un jardín, del verde más opulento. Las primeras personas que aparecieron a bordo fueron lavanderas que deseaban hacerse cargo de las ropas sucias de los pasajeros y se comprometían a devolverlas a la partida del vapor. Luego comenzó la carga de carbón, en la que tomaron parte unos 500 nativos, la mayoría de ellos negros, trabajo que prosiguió, sólo con tres breves interrupciones, desde las cinco y media de la mañana hasta las once de la noche. La vida en el barco, a causa del polvillo del carbón, el calor, el tamboreo y los gritos, era insoportable. Nos dirigimos apresuradamente hacia la ciudad, primero para disfrutar de las comodidades de tierra firme, pero sobre todo para ver algo de la isla. El puerto Fort-de-France, donde arribó el barco, es, para las condiciones dadas, una ciudad muy limpia y agradable, con buenas construcciones yagua pura. Hacia las doce alquilamos un caballo y cabalgamos hacia unos baños de agua mineral que están a una milla y media de distancia, en un estrecho valle a unos 2.000 pies de altura. Por el camino tuvimos por primera vez oportunidad de maravillamos con la vegetación tropical del Nuevo Continente en todo su esplendor. Polipodios de más de 20 metros de altura descansan sobre quebradas abundantes en agua, gran número de las cuales tuvimos que atravesar. El tiempo era agradablemente caluroso, pero no propiamente favorable, pues de cuando en cuando entrábamos en fuertes chubascos. Sin embargo, nos alegramos de salir bastante secos de ellos. Los baños, construidos sólo para pocos huéspedes, se hallan situados en uno de los más bellos lugares del valle y están tan hermosamente acondicionados y la gente era tan atenta, que lamentamos no poder quedamos allí unas cuantas semanas. Casi todos los pasajeros del barco habían ido a la ciudad y, después de tomado el almuerzo, emprendieron el viaje de regreso hacia el vapor, ubicado a la distancia, donde bajo iluminación de antorchas se proseguía aún la operación de carga del carbón. Hacia las doce abandonamos el puerto, y a la mañana siguiente ya no eran visibles los altos picos rocosos de las montañas.

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Cartagena desde La Popa

Siguió haciendo buen tiempo hasta nuestro arribo a Santa Marta, que se logró el 28 de enero. Ya por la tarde se vio surgir en el horizonte, desde el mar, la Sierra Nevada de Santa Marta. Santa Marta es el puerto principal de Nueva Granada. Como la desembocadura del río Magdalena no es navegable para grandes barcos, todas las mercancías deben ser traídas hasta aquí o a Cartagena. Cuando se contempla el mapa de América, se puede pensar que la plaza portuaria de un país, que comprende un territorio como la Nueva Granada, debería tener al mismo tiempo una ciudad notable. En este caso sería ello un engaño completo. Santa Marta se asemeja a un pueblo deplorable. Muchas casas están en ruinas; otras, aún habitadas, amenazan desplomarse; la suciedad y el polvo en las calles son interminables, y puercos y perros flacos al lado de burros son casi los únicos seres vivientes que, durante el día, cuando el sol envía sus rayos más calientes, deambulan por allí. Entre los pocos grandes comerciantes que viven aquí, es un alemán, Simondo, el rey. Santa Marta fue en los tiempos del dominio español una muy hermosa ciudad, pero a causa de un terremoto que en el año 1834 y, más aún, a causa de las múltiples revoluciones y sus cañonazos ha quedado medio sepultada en el polvo; en todas las esquinas hay un cañón como guardacantón, y en las casas se sirven de las balas reventadas para mantener las puertas abiertas. Vivimos en un hotel que deja mucho que desear para nuestros propósitos científicos, pero que ofrece un local raramente adecuado. Se trata de una parte de la casa en forma de torre con un techo plano, que nosotros hemos dispuesto de para nuestro observatorio. Pues, como no podemos volver en seguida al mar y tenemos que relacionar todas nuestras observaciones con el punto ya determinado astronómicamente, no pudimos evitar pasar un largo tiempo en Santa Marta, para fortalecer nuestras bases de partida y poner en orden nuestros instrumentos. Hemos trabajado bastante, pese a que el considerable calor no es propiamente un estímulo al para la actividad. Pero lo más pesado e inconveniente fueron los vientos alisios del nordeste, que soplan con una violencia tempestuosa casi todos los días y con tal estrépito dan contra las puertas no cerradas titánicamente, que se vuelve casi imposible dormir. La arena que traen esos vientos golpea frecuentemente como lluvia contra las contraventanas.

Santa Marta descansa sobre una gran llanura, que está llena en parte de cactos gigantescos, en parte de árboles frondosos, al pie de la aún inexplorada -por algún europeo- Sierra Nevada. Pero las estribaciones, que alcanzan unos 8.000 pies de altura, impiden contemplar desde aquí las montañas cubiertas de nieve. Estas montaña están cubiertas, hasta sus picos, de una selva impenetrable. Tanto los nativos como los europeos que viven aquí conocen tan poco los alrededores de la ciudad, que es sumamente difícil conseguir un guía. Después de muchos vanos intentos de emprender una excursión a las partes bajas de las montañas, logramos finalmente, el 8 de febrero, llevar a cabo una excursión. Cabalgamos hacia una hacienda (una plantación), llamada Minca, que desde 1853, cuando se abolió la esclavitud, tuvo que se¡ abandonada por su propietario, de tal manera que ahora apenas quedan huellas de actividad humana. El camino hacia allí está en malas condiciones y es a trechos escasamente transitable, si con el imprescindible machete no se corta la enmarañada vegetación. Se tiene que haber visto una selva, para poder hacerse una idea apropiada de la variedad de la forma de las plantas, de la opulencia, grandeza y tranquilidad en la naturaleza y del auténtico ambiente de invernadero. Arroyos impetuosos de la más clara agua atraviesan todas las hondonadas y, allí donde el sol envía sus rayos a la espesura, juegan innumerables mariposas, mucho más grandes que este pliego de hoja. No tuvimos que arrepentirnos de la excursión, que fue bastante penosa, pero padecimos aún algunos dìas más de las picaduras de los mosquitos, que recibimos sin darnos cuenta. Además, hicimos un paseo por otros alrededores de Santa Marta. Similar vegetación a la de Minca hay al pie de la Sierra Nevada hasta una altura de 2000 pies ,pero, algunos de los propietarios nunca visitan sus posesiones, que abarcan muchas millas cuadradas. Simondo trajo, hace unos años, 150 alemanes como trabajadores,pero su intento fue un total fracaso. Más de la mitad murieron rápidamente de fiebre amarilla, y los otros, con algunas excepciones, están lumpenizados .

Santa Martha es uno de los sitios más calientes de toda América. La actual estación del años se llama primavera, porque las plantas sólo esperan las lluvias, o la estación de lluvias propiamente dicha, y al final de mayo empieza el verano, que se convierte nuevamente en primavera.

En la parte norte de nuestra casa, donde la brisa produce algún fresco, el termómetro alcanza diariamente , en forma casi inalterada , la temperatura de 33 grados. Por la noche , el mìnimo es, con igual persistencia, de 25 grados.

Los habitantes de Santa Marta son una mezcla de negros, blancos e indígenas; en palabra, chusma de una increíble pereza. Todo servicio tiene que ser pagado muy caro, porque a la gente le cuesta un gran esfuerzo hacer cualquier cosa.

Esta mañana (13 de febrero) llegó de Barranquilla el pequeño vapor en que censábamos viajar hasta ese lugar. Nuestro muy considerable equipaje ya está en orden.El pequeño vapor viaja, hasta su entrada a la Ciénaga, a lo largo de la costa, y después sobre grandes ciénagas y a través de estrechos canales hasta el río Magdalena . Desde Bogotá seguiré enviando otros informes de viaje. En ningún caso, esperamos llegar a Bogotá más tarde que nuestras cartas desde Europa, lo que podría suceder entre dos y tres semanas. Los medios de transporte son aquí imprevisibles.

II

Honda, 20 de marzo de 1868

El 3 de marzo abandonamos a Barranquilla en el vapor y arribamos once días más tarde a Honda, hasta donde el río Magdalena es navegable. El viaje se retrasó, porque tuvimos que esperar, en la parte de arriba del río, una subida del agua, pues la embarcación sufrió un daño considerable, como consecuencia de un encallamiento sobre el tronco de un árboL De nuestro equipaje, con todo, sólo sucumbieron una maleta de ropa del doctor Reiss y una de mis cajas, sin que hubiéramos tenido que lamentamos de una gran pérdida. El viaje por el río fue muy agradable, pues el barco era cómodo, había pocos pasajeros a bordo y el capitán era alemán. La parte baja del río ofrece poco interés, ya que las orillas son completamente llanas. Dos días de viaje antes de llegar a Honda, el río se enrosca entre montañas, que tienen mucho parecido con las de la Suiza sajona, aun cuando aquí son mucho más altas. Sólo hay pocas poblaciones en las orillas del río y, con excepción de Magangué, donde anualmente se celebran tres ferias, se componen de miserables chozas. El steamer para especialmente en estos lugares, desde cuyos caminos, esto es, desde estos caminos marginales, se llega al interior del país. En estos lugares de parada se erige, por lo general, sólo una casa para la conservación de los bienes. Diariamente se recoge dos o tres veces madera, que es almacenada por los pobladores. Pese a que la madera no tiene ningún valor, el consumo se eleva a más de 100 taleros. Cuando el vapor se detenía, aprovechábamos el tiempo para recorrer tierra firme. Pero la selva es tan espesa, que nos veíamos generalmente limitados a los pequeños terrenos, donde los árboles estaban talados.

Honda tiene una situación privilegiada en la desembocadura de tres ríos en un amplio valle encajonado. Pero la ciudad misma está totalmente destruida. Los conventos, los puentes y las casas decentes de los españoles yacen en ruinas. Entre los 3.000 y 4.000 habitantes no hay ninguna familia distinguida. El comercio con Ambalema (plantación de tabaco de Früling & Goschen) y otras plazas es atendido por algunos extranjeros, generalmente judío-alemanes.

La situación estatal en la República de Colombia es altamente curiosa y no puede ser considerada, de ninguna manera, como una organización ejemplar. Seguridad de la propiedad no se conoce. Quien no quiera pagar, no paga; y el crédulo no dispone de ningún. medio a la mano para recuperar su dinero. La República se compone de nueve Estados, cada uno de los cuales posee un gobierno independiente. La revolución en estos Estados autónomos no cesa nunca, porque los partidos, conservador y liberal buscan aventajar al contrario, no a través de las elecciones, sino conduciendo. a la guerra -en la que generalmente no corre mucha sangre- a la canalla armada,a los "voluntarios" (esto es, a la gente que es agarrada con lazo y obligada al servicio militar en uno de los partidos). Naturalmente, se trata, bajo los aparentes móviles, siempre sólo de si el partido liberal o el conservador puede obtener los mejores medios para robar las indigentes arcas del Estado. Los "voluntarios" son pagados con préstamos "voluntarios" que hacen las personas más adineradas. Como "préstamos voluntarios" se entienden los cientos o miles que un hombre paga buenamente en el acto, a perentoria instancia, o también después que él ha tenido que morirse de hambre tres días o ha tenido que quedarse parado 24 horas sobre las puntas de los pies en la forma más habilidosa. En estas revoluciones, el viajero es fastidiado por lo menos por su pasaporte, o los guías, por miedo de caer de pronto en el "servicio voluntario", se resisten a ir de una región a otra. Inmediatamente después de nuestro arribo a Honda, emprendimos un viaje a las montañas, hacia las minas de plata de Santa Ana, y ya entrada la tarde regeresamos de allì. Las cartas de recomendación nos propiciaron en todas partes una buena acogida. El viaje tiene sus dificultades, pues nos encontramos en la estación lluviosa. Los caminos están en tal estado, que las mulas se sumergen en el barro hasta los ijares. Por lo general llueve por las noches y las tormentas son muy fuertes. En dos o tres días proseguimos a Bogotá.

III

Bogotá, 17 de abril de 1868

El 29 de marzo llegamos a Bogotá. Llegar a Bogotá no es tan fácil como se ve en el mapa, pero especialmente no se lleva a cabo tan rápido. El 20 escribí mi última carta desde Honda y el 25 pudimos finalmente iniciar el viaje a Bogotá. Las mulas de la hacienda de Früling & Goschen fueron puestas gratis a nuestra disposición, después que en vano tratamos de hacer el recorrido con mulas alquiladas. Otras dificultades y esfuerzos que requieren mucho tiempo las encontramos en la travesía sobre el caudaloso río Magdalena y en el embalaje de todo nuestro equipaje en telas impermeables. El camino a Bogotá parte de la orilla derecha del río Magdalena, en donde hay un único, pero bastante espacioso depósito. Frente a éste aguardan siempre manadas completas de animales de carga para ser cargados. Había en esta bodega aún más movimiento, cuando algunos cientos de soldados recibieron la orden de tomar sus nuevos fusiles. Cuán sucias y desharrapadas se veían estas tropas del ejército federal, no es fácil de describir. Sin embargo, la gente no debe batirse mal. Después vimos una parada militar en Bogotá, en la que una tropa, en parte compuesta de negros, en parte de indígenas y en parte de blancos, viejos y jóvenes, estaba embutida en uniformes franceses.

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La catedral de Bogotà

El primer día hicimos sólo seis horas de camino desde la bodega, porque las otras seis horas se habían perdido cargando nuestras ocho mulas. Alcanzamos un lugar desde el cual se tenía una vista despejada sobre el Tolima y el páramo del Ruiz, los cuales muestran, sobre todo éste último, una superficie de nieve muy amplia. Al día siguiente, a las nueve, llegamos a la primera cumbre elevada -de unos 5.000 pies de la primera serie de altas montañas. La vista desde aquí sobre el valle del Magdalena debe de ser maravillosa; nosotros vimos la región sólo en parte, porque gruesas nubes cubrían los valles.

El camino conduce ahora hacia abajo al valle de Guaduas, cuya ciudad reserva una panorámica extraordinaria. Ésta descansa sobre una verde llanura en una hondonada y posee una catedral visible desde lejos, y también, como más tarde nos persuadimos de ello, un pequeño hotel. Sin haber tomado una larga estadía, al otro día ascendimos aún dos parecidas crestas de montaña, separadas por valles como la primera. Pero la última de ellas con una altura de más de 6.000 piel. El paisaje puede abarcarse con la vista, a una gran distancia, desde todos estos puntos. También el tiempo nos fue favorable; en todas las direcciones se extendían poderosas cadenas montañosas y amplios valles, en los que se buscan en vano residencias humanas. El camino hacia Bogotá no se encuentra destruido, pues es el único largo y ancho. En toda la ruta no faltan posadas, en las que se ofrece la oportunidad a los arrieros de embriagarse con guarapo. En una de estas posadas tuvimos que pasar la segunda noche y, ciertamente, sin ropa abrigada y sin comer, pues nuestro guía se había escapado con las mulas, como venganza por una reprimenda. El tercer día pasamos por el ancho valle de Villeta, que es muy parecido al de Guaduas, pero el que obliga al caminante a descender a una hondura parecida a la de Honda. No lejos de Villeta cambiamos las fatigadas mulas y ascendimos de nuevo el mismo día hasta una altura cercana a los 6.000 pies, por una pared montañosa, hacia el occidente, al pico que delimita la altiplanicie en la que descansa Bogotá. Al cuarto día, hacia las once de la mañana, se habían ascendido los restantes 2.600 pies y al mismo tiempo, de pronto, como si se saliera del valle del Puente del Diablo, en la planicie Suiza del Andermatt, así de pronto se ve uno al borde de 1a altiplanicie de Bogotá, que posee ciertamente grandes dimensiones, pues tiene entre cinco y seis millas alemanas de ancho y cerca de' diez millas alemanas de largo. El carácter de la vegetación había cambiado ya notoriamente en el curso de nuestro último acampamento nocturno y poco más arriba desaparecieron completamente la mayoría de las plantas tropicales, dando lugar a los campos plantados de papas y cereales (exactamente como los observamos cerca de Racknitz). Pero también el clima había cambiado. Soplaba un viento tan frío como nosotros lo habíamos sentido en la altura de las Azores. Las mulas, con sus casi 300 libras de peso, pusieron cara de gran satisfacción cuando habían alcanzado El Roble, el último punto de la empinada cuesta. El estado de esta vía tan extraordinariamente frecuentada es tal, que yo haría de ella un elogio, si la comparara con los caminos por el Monte Moro o con otros conocidos caminos apenas transitables de Suiza.

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Casa de los portales y la estatua de Bolivar en Bogotà (Plaza de Bolivar)

Desde El Roble cabalgamos sobre una vía ancha, pero transitada sólo por carretas de bueyes, hacia Facatativá, ciudad ansiada por nosotros ya desde hace una semana, en busca de una posada soportable. Bogotá tampoco se veía aún desde aquí. Nuestro termómetro marcó la última noche 7 grados (en Honda y Santa Marta, comúnmente, 24-25 grados), una temperatura que era para nosotros muy dura, pese a que habíamos desempacado nuestra ropa de invierno. El domingo acompañamos a caballo a la carreta tirada por bueyes, que había sido cargada con nuestro equipaje, rumbo a Bogotá. En Cuatro Esquinas, en una estación de ómnibus que viaja una vez por semana entre Facatativá y Bogotá, reconocimos al fin las primeras casas de Bogotá, y hacia las cinco de la tarde llegamos, sin duda con más tropiezos y penalidades de los que he aludido, a la capital de la República de Colombia. Los siguientes cinco días los pasamos con la ocupación extremamente fatigosa de conseguir una viviendaadecuada, pues en la fonda donde en la tarde de nuestro arribo encontramos un sitio, es imposible quedarse.

Los alemanes, ingleses y norteamericanos que viven aquí han sido extraordinariamente deferentes, y no menos corteses fueron los bogotanos. Por último, alquilamos una casa que está situada en la parte alta de la ciudad y posee no menos de 20 a 25 cuartos desamoblados. Hemos amoblado tres habitaciones con lo más indispensable; en algunas de las otras, que están alrededor de un patio plantado de flores, en cuya mitad se encuentra hasta una pila de agua, dejamos las maletas y las cajas. Las flores que crecen en el jardín son: rosas, fucsias, espuelas de caballero, fresas, y etc., es decir, cosas francamente extrañas.

En la adquisición del mobiliario casero nos han sido muy agradables y útiles los servicios de una señora Krätschmar y su esposo. Ellos vivieron hace mucho tiempo en la corte de Amtmann, en Leipzig, y la hermana vive también aún allí y se encarga de las compras en las fábricas sajonas (encajes, botones, telas), para el negocio, bastante apreciable, que la señora Krätschmar hace aquí. El señor Krätschmar es carpintero y constructor de coches y está aquí muy bien establecido. Su hermana Karoline Heller, que empezó aquí el negocio de los encajes, regresa ahora a Leipzig; toda la familia goza de una buena reputación entre la gente de la ciudad, gracias a su amabilidad.

El clima de Bogotá debe de ser muy saludable; en todo caso, no es muy caluroso y durante el año sufre pequeños cambios. El mínimo por la mañana llega a los 10-12 grados, el máximo a la sombra a 18-20 grados. En las dos épocas de lluvia, una de las cuales tenemos ahora, es más caliente que en las estaciones secas. Pero se trata también sólo de pocos grados en determinadas horas. En esta época llueve generalmente todos los días, fuerte, pero muy raramente durante horas. La ubicación de Bogotá es magnífica; las casas se construyen algunos cientos de pies sobre las empinadas montañas de casi 2.000 pies de altura. La vista desde las calles de arriba sobre la llanura, que forma una gran cuenca marina, y sobre las nieves perpetuas en el occidente, es grandiosa. La ciudad posee una gran extensión, porque la mayoría de las casas se componen de sólo un piso y por lo menos encierran un patio. Se da una cifra de 42.000 habitantes. Todas las personas, hombres y mujeres, llevan casi sin excepción trajes negros.

No hemos recorrido todavía los alrededores, pues el doctor Reiss, tan pronto como instalamos nuestra casa, enfermó de fiebre, lo que aquí es muy corriente, aunque es muy benigna. El médico inglés confía en que lo verá completamente restablecido dentro de pocos días. Naturalmente, no le faltan los cuidados. Los alemanes, que aquí son negociantes y la mayoría están muy bien establecidos, se han excedido, en esta ocasión, en atenciones.

El agregado de negocios inglés, que conocimos en una reunión social, nos hizo en días pasados una visita y nos ofreció, ya que Alemania no tiene aquí ningún representante político, presentamos al presidente de la república y apoyamos en cualquier otro asunto.

Nuestro viaje por Sudamérica se retrasa cada vez más, porque las más inverosímiles dificultades se oponen siempre.a que lo prosigamos. La falta de responsabilidad y la incapacidad de la gente son verdaderamente increíbles. Antes que lleguemos a Quito, en cuya cercanía confiábamos estar exactamente por esta época, podrán pasar aún tres meses. Lo más desagradable en estos errores de cálculo es que tenemos que quedamos tanto tiempo sin noticias de la casa. También nuestras cartas llegarán más irregularmente, pues entre aquí y Quito no existe ninguna comunicación postal.

Aquí tenemos que equipamos de toda clase de utensilios de viaje, lo que hasta ahora ha sido imposible. Tenemos que hacerlo, ya que los almacenes del resto de las ciudades están tan pobremente aprovisionados que ni siquiera se puede comprar una silla de montar. Suena increíble cuando se cuenta que en Bogotá tampoco se trabaja propiamente, sino que todo lo que la gente lleva puesto o lo que sirve para amoblar y adecuar una casa, casi todo sin excepción, viene de Europa. Después de la descripción del camino, uno se puede imaginar cuán caras pueden ser las cosas voluminosas y frágiles. El subir un piano de Honda a Bogotá cuesta entre 200 y 300 pesos, demora entre dos y tres meses y se requieren durante este tiempo entre 15 y 20 cargadores. Para cargar, los indígenas son muy hábiles y aún más fuertes que nuestros cargadores. Los objetos de carga que pesan más de 200 libras, y no pueden ser cargados en las mulas, los transportan los indígenas a Bogotá, cuesta arriba, y por cierto que todo el peso descansa en la cabeza.

Mi tiempo no me permite contestar las cartas familiares. Lo siento de todo corazón, y les pido que no se preocupen innecesariamente por mí. Desde la distancia todo parece más peligroso de lo que es en realidad. Evitaré contestar cosas personales, pues ello sería poco práctico e inamistoso. Cartas que requieren tanto tiempo para llegar, como las mías, cuando llegan son propiamente ya piezas históricas. Por ello sólo debe informarse lo que de hecho es, pero no escribir sobre lo que está sometido a tan rápidos cambios y produce fácilmente preocupación, como el estado de salud.

IV

Bogotá, 16 de mayo de 1868

Todavía estamos en Bogotá. Las cuatro semanas desde el envío del último correo se nos han pasado muy rápidamente, aun sin haber realizado grandes recorridos. He emprendido algunas excursiones solo. El doctor Reiss está desde hace quince días plenamente restablecido. El clima nos parece ahora, después de olvidar el calor del valle del Magdalena,muy agradable.

A Bogotá hemos tenido que diferir la reparación, el cuidado y el establecimiento de muchas cosas; tanto por ello, como también por las investigaciones en la biblioteca, y por las inevitables visitas de atención, se nos han pasado las semanas como día Hoy no se puede esperar un informe de viaje. Cómo es Bogotá y cómo se ven las cosas aquí, se puede observar mejor en las fotografías que aquí incluyo (por el estilo de las cuales enviaré algunas otras en las próximas cartas), más que en las largas descripciones. La época de lluvias no ha entrado todavía con la fuerza esperada. En la mayoría de los días sólo hay algunos chubascos, mientras que los aguaceros y las lluvias continuas que inundan las calles de Bogotá un pie de altura se presentan ahora muy ocasionalmente. Las noches son con frecuencia muy claras, y por tanto observan relámpagos en toda la amplitud del cielo. En el día está el cielo por lo general cubierto de nubes que con frecuencia perturban nuestras observaciones .A fines de mayo debe comenzar una mejor estación.

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Plaza de la Constituciòn ( lado occidental ) de la casa de Los Portales

Hice una excursión a la capilla de Guadalupe, que se encuentra 2.000 pies aún màs alta que Bogotá y que está construida en la más alta montaña, La Peña, a los pies de Bogotá. La vista desde este punto es, en todos los sentidos, maravillosa y única.
La vegetación corresponde muy cercanamente, en su carácter, a las altas montañas de los Alpes suizos y aún más a ciertas regiones de Madeira y Tenerife. Si es posible pasaré algunos días en Guadalupe o Monserrate, que está sólo cien metros más abajo, para hacer con el doctor Reiss observaciones barométricas, para lo cual el observatorio de Bogotá proporcionará el otro punto de observación. Bogotá tiene un observatorio que fue construido por Caldas y Mutis y que era utilizado provechosamente por el mismo Caldas en la época de Humboldt. Que no se encuentre en este momento ningún instrumento en este observatorio, se entiende perfectamente por sí mismo. Esta construcción, cuyas llaves se encuentran en nuestras manos y que diorenombre e importancia al país, se convirtió en años pasados en prisión del presidente de la república, el Gran General Mosquera. Si el edificio hubiera estado más despejado, lo hubiéramos acondicionado para nuestra residencia.

Como digno de ver, que por las especiales relaciones climáticas hay pocos en el mundo, es el día de mercado, el cual tiene lugar todos los viernes. Los aborígenes traen aquí, desde una distancia de dos días de viaje, sus frutos de la tierra y otros víveres. Los productos de tierra caliente y de las zonas frías se conjugan idílicamente: papas, manzanas, fresas yacen al lado de plátanos, piñas, granadas, etc. Y así como se diferencian los frutos, así también los compradores y vendedores en los rasgos de la cara y el color de la piel. Pero también son innumerables los pordioseros e inválidos que sitian la plaza de mercado. Más digno de admirar es en Bogotá el empedrado, que sin duda en ninguna otra ciudad de igual tamaño se podría encontrar tan malo, sin excepciones.

En lo que concierne a negocios, está Colombia mucho más atrás' que la desorganizadísima América. El banco inglés, que ha estado aquí desde hace unos años, cierra este mes, porque el negocio no renta con las pocas casas realmente seguras. El que no quiere pagar, no paga. En este momento hay aquí un inglés y un alemán enviados hace más de seis meses para exigir al gobierno el pago de gruesas sumas para sus casas de Londres y Bremen. La gente ha encontrado muy bien que un presidente que acaba de llegar al poder, del que se dice que es honrado, sea de la opinión que a la gente se le pague hasta cierto punto.

Tomamos la comida en el Club Americano, donde todas las personas respetables -o al menos de aspecto respetable- de Bogotá circulan, leen los periódicos, juegan billar o tresillo. La mesa de juegos de azar nunca se encuentra vacía.

Hasta ahora sólo tenemos un ayudante, que viene varias veces al día a nuestra casa; pero para continuar el viaje deseamos contratar dos personas útiles, de talento, las que, con todo, vayan a pie. Nuestro equipaje también tuvo que sufrir alguna transformación. Además hemos mandado a hacer sillas de montar y otros accesorios a un talabartero alemán muy hábil. Lo más dificultoso es la compra de mulas.

El momento de partir de aquí depende del tiempo que requiramos para ver, según nuestro parecer, lo más interesante de los alrededores de Bogotá. En menos de dos o tres meses no tenemos la esperanza de llegar a Quito. Las condiciones políticas de la república han evolucionado hacía un estado favorable para nosotros; las revoluciones deben tocar en todas partes a su fin.

Cierta vez que estuvimos en el teatro, se representó pésimamente una obra idiota; sin embargo, los actores encontraron muestras de aprobación y fueron especialmente! aplaudidos: en la aclamación fueron engañados o se les mintió con gran virtuosismo La construcción, que fue hecha por los españoles, tiene una capacidad para mil espectadores. Cuando llueve, no se realiza la función, porque la carencia absoluta del coches para las damas hace imposible ir al teatro. Cuando el tiempo es malo, los cargadores transportan a las damas sobre sus espaldas a los bailes y reuniones sociales. No hemos podido prescindir completamente de las invitaciones, y en estas ocasiones pudimos convencemos suficientemente del gran lujo que hay tanto en los vestidos como en la comida y la bebida.

V

Bogotà, 17 de junio de 1868

Estamos todavía en Bogotá, al menos de paso, pues aprovechamos el relativamente buen tiempo para hacer excursiones a los alrededores y todavía lo aprovecharemos más, antes que podamos emprender el viaje largo. Hace poco visitamos el maravilloso salto de Tequendama, que supera todo lo que yo he visto en este sentido. El río que forma la caída de agua se origina en las grandes lagunas situadas en la sabana de Bogotá, que en esta época adquieren una gran dimensión. La parte superior del salto, está constituida por una pared rocosa perpendicular, de unos 500 pies de altura sobre la que se precipita el agua sin ninguna interrupción; la inferior, que igualmente cuenta con algunos cientos de pies, por una terraza rocosa imponente. En cinco horas se puede llegar de Bogotá al salto, pero por lo común el viaje se organiza de manera que se llegue a tiempo por la mañana, pues ya a las nueve las nubes han cubierto el profundo valle. En un pequeño pueblo, Soacha, hay una posada en la que se puede pasar la noche con comodidad, cuando se trae una cama, y que sirve d punto de partida a casi todos los visitantes. Pese a que partimos de allí al amanecer, llegamos a la cascada hacía las 11, pues el puente que cruza el río Bogotá está destruido desde hace un tiempo y el traspaso en una barquita de caña, en la que se podía transportar cada vez sólo una persona y su silla de montar, quitaba mucho tiempo, así como el paso a nado de las mulas, que no se decidían fácilmente a saltar al agua profunda. El tiempo fue mejor que el día anterior, cuando llovió a cántaros y la temperatura fue de 10 a 12 grados, pero no era tan despejado como nosotros lo hubiéramos deseado. Vimos el agua del salto precipitarse al abismo, en cuya. profundidad, debido a la nebulosidad allí existente, sólo pudimos oír el estrépito. Contadas veces, en algunos instantes el viento impulsaba los átomos de agua hacia la cúspide, de tal forma que se veía el fondo del valle. La grandiosidad del la naturaleza no es entorpecida aquí en ninguna forma por la civilización humana, pero también el gozo se dificulta innecesariamente por la ausencia completa no propiamente de buenos, sino de transitables caminos, que se pueden construir fácilmente. El río tiene, donde forma la cascada, un ancho de unos 25 pasos, y un puente se puede hacer colgar sin dificultad alguna aquí o en otra parte. Pero como éste no existe, se requieren, para pasar a la otra orilla, seis horas a caballo. Muchas veces los científicos han hecho grandes esfuerzos para averiguar la altura de la cascada, a cuyo pie no se puede llegar sin dificultades. No tuvimos el honor de repetir estos experimentos, completamente sin valor para la ciencia, pero, sin embargo, deseábamos ver el grandioso espectáculo del salto también desde abajo. Con este objeto cabalgamos el mismo día hacia San Antonio, lugar situado unos 4.000 pies más abajo. Cuán rápido, en el descenso desde la altiplanicie, cambia el clima, y con él la vegetación, es algo extraordinariamente llamativo.

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Negociante de pollos de Fòmeque

En dos horas se pasa de la región de la cebada y las papas, en la que uno no se desprende con gusto de la roana impermeable, a una zona de vegetación tropical, sobre la que se extiende el más bello cielo azul. San Antonio se sitúa en dirección al valle del Magdalena, en el cual desemboca el río Bogotá después de tres días de viaje desde la cascada. Indescriptiblemente bella es la vista de que se goza tan pronto como la capa de nubes se va y se desciende hacia el ancho valle que está delimitado por la cordillera Central. Las más altas montañas de ésta son los volcanes del páramo del Ruiz y del Tolima, visibles casi desde todas partes y ya antes mencionados por mí, cubiertos desde muy abajo con nieve y vinculados, a través de una serie de pequeñas montañas nevadas, uno con el otro.

El camino a San Antonio fue de nuevo interminable, y sólo muy tarde llegamos a nuestro destino. Cuando la gente dice que el sitio a donde uno quiere llegar está muy cerca, a media hora, lo más seguro es que todavía haya que cabalgar dos o tres horas más. Al día siguiente nos levantamos muy temprano, atravesamos la cresta de una elevada montaña, para cortar una parte del valle por el que corre el río Bogotá. En las últimas casas por las cuales pasamos, contratamos para nuestros tres guías un indígena que se veía inteligente y que estaba armado de un lazo y un gran machete. Pronto dejamos detrás de nosotros las últimas huellas de un camino; entonces sólo se pudo penetrar por donde el indígena, con gran destreza, paso a paso, abría el camino que nosotros podíamos seguir sólo con gran esfuerzo. Muchas veces nos encontrábamos con una roca inescalable y teníamos que regresar para buscar una vía en otra dirección. Después de cinco horas de trabajo nos encontramos por fin al pie de nuestra cascada. El guía, que había estado de acuerdo en esta dura tarea como consecuencia de nuestros enérgicos empujones, renunció a seguir. Desde el sitio alcanzado, dominábamos con la vista el salto, en forma perfecta, especialmente la mitad inferior, de cuya existencia no se tiene idea, si se ve desde arriba. El tiempo era insuperablemente bueno y contribuía a compensar nuestros grandes esfuerzos. A nuestro regreso, encontramos servida en San Antonio una cena aceptable. Las gentes más pobres en el Estado de Cundinamarca son muy tratables y bastante honradas, nada comparables con los habitantes de la costa. Pero entre estas gentes, que llevan vestido y sombrero negros, es raro que haya alguien que sea capaz de trabajar con habilidad (aparte de la estafa más común, la sobresaliente falsificación de monedas, que es aquí un negocio activo y próspero).

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Negociante de quesos de Choachì

Por otro camino regresamos de San Antonio a Soacha y visitamos, antes de viajar a Bogotá, la orilla izquierda de la cascada, desde la cual reconocimos el punto del valle donde dos días antes habíamos estado.

Aún no nos ha sido posible adquirir mulas, aunque hemos probado muchas; ellas son precisamente los animales más importantes para proseguir nuestro viaje. Las mulas
de tierra fría son inservibles en tierra caliente. A punto de comprar la mula con que viajé al salto y que encontraban todos los expertos de Bogotá sumamente valiosa y adecuada, le descubrí a tiempo una molestia en el pie, que le apareció en el corto viaje. El resto del equipaje para el viaje está casi listo.

La vida en Bogotá es bastante cara; en el campo, por el contrario, es visiblemente barata, pero a nosotros nos resulta aún costosa, porque allí tenemos que tomar más gente y animales. Las revoluciones en los diferentes Estados parecen ahora haber llegado a su fin. Los liberales y los conservadores suelen matarse a tiros en la calle, a traición, sólo por sus diferencias de opinión política. Pero los extranjeros no son de ninguna manera perturbados por esta costumbre inocente y muy usual en el país. Se puede ir día y noche por todas partes, sin armas. Al parecer, eso es lo más esencial que puedo informar por hoy. Si contara con cuánta frecuencia entorpecen las nubes nuestras observaciones y cuántas inútiles marchas hubimos de hacer para lograr o saber esto o aquello, podría llenar muchas páginas.

De todas las personas que hemos conocido, y no son pocas, fueron los Kriitschmars, los antiguos habitantes de Amtmann, los más útiles. Entre los otros, la cosa no iba más allá de las visitas e invitaciones ceremoniales. Los Kriitschmars mandaron, en una buena oportunidad, que su hija mayor viniera, y ella atrasó el viaje cinco semanas.

En la biblioteca de Bogotá encontramos un cuadro de Humboldt, el cual fue pintado aquí durante su estancia. Lo hemos mandado fotografiar e incluyo aquí una copia.

Es de decir que los indígenas bien formados poseen una fuerza increíble, cuando no están borrachos. Hoy llegó uno a Bogotá con una caja con telas que pesaba más de 300 libras y que él solo había cargado en sus hombros desde Honda. Si desde Honda a Bogotá se tienen que subir 14.045 pies ingleses y bajar 6.024, este trabajo merece todo el respeto. El hombre estuvo 14 días de viaje y recibió por ello 96 francos.