Boletín Cultural y Bibliográfico. Número 35. Volumen XXXI - 1994- editado en 1995
 

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Wilhelm Reiss, 1874 (tomada de :Suespurensuche,de Andreas Brockman y Michaela Steüttgen, Leipzig, Lateinamerika-zentrums,universität Münster e institut Für Länderkunde,1994).

Colombia (1868-1869)

WILHELM REISS
Traducción: Juan Guillermo Gómez García.
Trabajo fotográfico: Andreas Lehnert. Centro Latinoamericano (CeLA). Alemania.

I

Cartagena, 25 de febrero de 1868

Arribamos el 27 de Enero al puerto de Santa Marta. Esta capital de una gran provincia autónoma es un nido miserable de tal vez unas 6.000 almas. Las casas, construidas alguna vez con lujo, están convertidas, en su mayoría, en un montón de ruinas; fuertes temblores de tierra y revoluciones reiteradas han destruido la ciudad. Pero, sin cesar, las casas claras, con sus techos planos, ofrecen una atrayente vista de la verde planicie rodeada de altas montañas (6.000-8.000 pies). Si desde aquí tampoco se ven las enormes montañas de la Sierra Nevada cubiertas de nieve, no dejan de impresionar ya sus picos más bajos, que se encuentran a unas 4 ó 5 horas de distancia, por sus alturas y la maravillosa belleza de sus formas. En su interior la ciudad es miserable; puercos, perros y chulos (aves carroñeras), sobre todo, dan vida a las calles amplias, derechas y llenas de arena.

Nos hospedamos en un buen hotel, para las condiciones de esta ciudad y tuvimos que quedamos veinte días en este nido, perdiendo el primer vapor que partía, para regular nuestros instrumentos.

Hicimos una excursión a Minca, una de las plantaciones de café, situada a 2.000 pies de altura, donde tuvimos la oportunidad de admirar la vegetación maravillosa de los bosques de estas montañas. Finalmente, el 15 de febrero, nos embarcamos en un pequeño vapor fluvial (en un vapor de rueda de popa) construido completamente plano. La embarcación navega desde allí un trayecto en alta mar, pero después a través de pantanos en el interior y estrechos canales hacia la desembocadura del río Magdalena y hacia la principal plaza comercial del estado, hacia Barranquilla. El viaje, de cerca de 18 horas, es magnífico; en ocasiones se va sobre lagos de varias millas de ancho, en ocasiones a través de canales tan estrechos y angostos que las ramas de los árboles de ambas orillas llegan hasta la embarcación. Miles de lo,s más extraordinarios pájaros acuáticos vivifican los pantanos, bandadas de pequeños papagayos atraviesan los bosques y el agua misma abunda en peces y caimanes. Pero lo que necesariamente brinda a este viaje el mayor estímulo es la vegetación impresionantemente exuberante, favorecida por el calor y la humedad. Grandes bosques de manglares, cuyas raíces aéreas yerguen el tallo sobre la superficie del agua, se extienden de tal manera que se cree ver tierra firme, donde en realidad forma el subsuelo sólo pantano yagua; plantas acuáticas flotantes cubren en grandes extensiones la superficie parecida a prados. No podíamos saciamos de estas imágenes subyugantes, yeso que las veíamos en la estación del año menos propicia, ya que desde hacía meses no llovía: pues ahora estamos aquí en verano, y precisamente en marzo, cuando vienen las lluvias, cobra la vegetación todo su esplendor.

En Barranquilla encontramos, entre los alemanes allí asentados, el más cordial recibimiento y fuimos acogidos con gran deferencia. A los esfuerzos de nuestros compatriotas hubimos de agradecer que después de tres días pudiéramos conseguir caballos y guía, para emprender un viaje a caballo a Cartagena. Lo más interesante de la zona fueron los volcanes de lodo, que llegaron a ser famosos gracias a Humboldt, pero que aún no habían sido estudiados más adecuadamente. El 18 de febrero viajamos a caballo de Barranquilla hacia Tubará, situado cerca de la costa; al día siguiente bajando desde la cima en rumbo al occidente en dirección al mar, hacia Saco, y al día siguiente, nuevamente siguiendo la costa hacia la península de Galera Zamba. Dos días pasamos en las más miserables circunstancias en un pueblo de negros, La Boca, para investigar desde allí los volcanes de lodo situados en sus cercanías. Logramos tomar muestras de los gases. Una cabalgata de doce horas diarias, ininterrumpida a través de la selva, nos condujo a Cartagena, a la capital alguna vez de todas las posesiones españolas en Sudamérica. Este viaje, tan sucintamente descrito, fue muy fatigante, pues tuvimos que pasar todo el día, desde temprano en la mañana hasta la tarde, bajo el más ardiente sol, sin una comida apropiada y durmiendo en las noches en la hamaca, que servía de día como gualdrapa. Mas, ¡cómo nos veíamos después de estos cinco días de viaje a caballo, en el que no podíamos llevar equipaje alguno, para ganar espacio para nuestros instrumentos! Negros tostados, como los indígenas, sucios y destrozados, entramos a la ciudad.

II

Honda, 20 de marzo de 1868

En Cartagena, alguna vez una ciudad próspera, pero ahora muy empobrecida, nos quedamos sólo dos días. Después montamos de nuevo en nuestros caballos y proseguimos nuestro camino hacia Turbaco. Cerca de aquí, a unas seis horas, se encuentra otro insignificante volcán de lodo, pero que llegó a ser famoso gracias a la descripción de Humboldt. Si bien vimos una formación similar en Galera Zamba, no merece la pena una visita, pues allí no hay nada que ver más que un lugar pelado en la selva, cubierto con un lodo endurecido, desde el cual se fugan gases en diferentes puntos, entremezclados con restos de barro. El objetivo de la visita fue cumplido cabalmente, pues pudimos llenar una serie de tubos, para someterlos después a estudio.

De Turbaco regresamos a Barranquilla en un viaje de dos días a caballo. La ruta es fascinante en algunos trayectos, pero en otros es espantosamente fatigante. Algunas cadenas de montañas bajas ascienden a alguna altura, suntuosas depresiones cambian los bellos panoramas. Pero las poblaciones, con excepción de las ciudades de Sabanalarga y Soledad, cerca del Magdalena, son miserables, y el cabalgar sobre las arenas de las riberas del río Magdalena no ofrece interés alguno

El 28 de febrero por la tarde regresamos nuevamente a la ciudad, ya que el primero de marzo debía partir un vapor río arriba. Sin embargo, la partida fue pospuesta, pues el correo inglés no había llegado a tiempo, y el río llevaba tan poco caudal que las embarcaciones, con excepción de algunas pocas, estaban en la parte de arriba del río sin poder volver abajo, hacia Barranquilla. Pues si el Magdalena tiene una majestuosa corriente colosalmente ancha, con todo, su lecho es tan poco profundo en algunos trechos que ahora, al final de la temporada de sequías, no puede navegar por el río ni siquiera un vapor de cuatro pies y medio de profundidad. El día dos llegó la noticia de que uno de los grandes vapores de la sociedad de navegación había encallado en la parte de arriba del río y, por tanto, se debió enviar un barco para intentar el rescate de esa embarcación. El día tres nos embarcamos en Barranquilla, con unos pocos pasajeros, en un barco de aproximadamente setenta pies de largo por veinticinco de ancho. Su construcción era parecida a la del que nos condujo de Santa Marta a Barranquilla, pero poseía camarotes para dormir.

La corriente en Barranquilla -pues Barranquilla está en un pequeño brazo del río- es enormemente ancha, pero tan llena de islas que atenúa la sensación de grandeza.Si me atreviera a comparar esta parte del río, quisiera hacerlo con la dilatación -en
forma de lagos- de la desembocadura del Rin, por ejemplo en Dordrecht. El brazo del río que navegamos bien podría tener, ahora cuando las aguas están más bajas, el doble de anchura del Rin en Mannheim. Lentamente, el agua turbia y sucia va arrastrándose entre las orillas bajas, pobladas de bosques. Pero en la época de lluvias, todo se inunda, las islas desaparecen, y una superficie ancha de aguas color café se extiende por muchas, incontables horas.

Durante doce días navegamos contra la corriente. Al principio se viajó rápido, río arriba. Pero después se presentaron los trechos poco profundos. Cruzando en zigzag sobre el río, tuvimos que buscar aguas profundas; a veces podíamos sólo viajar a media máquina, a veces permanecer completamente quietos, para poder sondear el río con el barco. Dos, incluso tres veces al día nos acercábamos a la orilla para recoger leña, que se encuentra en muchos sitios, para uso del vapor. De madera no hay escasez, pues de Barranquilla hasta Honda se viaja a través de una ininterrumpida selva. !A ambos lados del río, día a día, no hay sino selvas y más selvas! Y qué clase de selvas! Árboles de sesenta, ochenta y aun más pies de altura empinan sus copas de hojas sobre una impenetrable maleza. Todos los árboles posibles se entremezclan sin distinción, floreciendo maravillosamente y atados por lianas trepadoras de voluptuosas formas.

Digo: viajamos doce días a través de selvas, a través de una ininterrumpida selva, pues, con excepción de Remolino y Magangué, en la parte de abajo del río, no hay hasta Honda ningún sitio con casas con muro. Todas se componen de chozas bajas cubiertas de hojas de palma, cuyas paredes están tejidas de cañas de bambú cortadas, y la mayoría de las localidades anunciadas en nuestros mapas en letras gordas se componen apenas de una o dos edificaciones. Campiñas o campos cultivados se ven sólo en casos raros; la mayoría de las plantaciones se encuentran retiradas del río. Pero también donde ellas se aproximan a la corriente no constituyen una interrupción de la selva, pues todos los campesinos, si se puede llamar así a estos individuos, talan, donde ellos prefieren, un pedazo de bosque y plantan plátanos: tal cosa se llama un platanal. Estas plantaciones se elevan muy hermosamente con su verde luminoso entre la selva, que se destaca como su marco. Cantidades enormes de bananos se cultivan aquí: todo el pueblo vive propiamente de esta fruta, de la que dos mil o tres mil unidades nos fueron vendidas a nosotros frecuentemente por treinta coronas.

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vista de cartagena

La vida animal es interesante sólo en algunas partes del río. Los animales más abundantes son los caimanes. Yacen estirados por decenas en los bancos de arena o disfrutan en tierra descansando, y duermen con la boca completamente abierta. Al Iado,de estos peculiares habitantes del agua, desempeñan -las aves acuáticas un papel principal: allí hay cientos de patos y somormujos de todos los colores, que aceptan tranquilamente, sin pensar en huir, los disparos que se hacen en medio de ellos. Surte un efecto extraño, cuando una de estas aves de largas patas se sienta sobre una rama salediza, a la espera de los peces. Espléndidas son las garzas blancas y las especies afines a ellas. Si se va tierra adentro, entonces se cae en una selva impenetrable, llena de mariposas. ¡Pero ningún pájaro cantor! Grandes papagayos, coloreados magníficamente, cruzan, de cuando en cuando, en bulliciosa algarabía, por el río. Estos bosques deben de estar llenos de monos: pero sólo vimos unos pocos..

Cuanto más navegábamos río arriba, más se dificultaba el viaje. A veces estorbaban enormes troncos, a veces bancos de arena, que nos detenían; a veces debíamos pro. seguir por un lado de una isla, a veces por otro. Pero, el escenario permanecía siempre idéntico, sólo que el bosque era cada vez más bello y exuberante. Una planicie inmensa se extiende a ambos lados del río. Primero vemos a la distancia las montañas de Antioquia; después, al otro lado del río, las de Santander. A la altura de Nare se acercan las montañas. Pero prosigue solamente llanura y sólo llanura, hasta que finalmente cerca de Honda se pueden percibir los primeros montículos de las montañas de Bogotá. Ahora el paisaje toma vida; las principales dificultades del río están superadas. El capitán, un amable alemán que durante todo el tiempo lleva la obligación en la cubierta superior al lado del timonel, baja para felicitarse del éxito del viaje. Pero de pronto una sacudida violenta y un fuerte ruido: el barco ha encallado con toda su fuerza en un tronco que está bajo el agua. "A tierra", grita el capitán, y en pocos minutos el barco esta detenido sobre la arena. La cosa había sido afortunada, pues con gran violencia el agua entraba a chorros en la embarcación por cinco agujeros. En un instante el agua medía cuatro pies de altura; la totalidad de la carga quedó empapada, así como también una maleta y una caja mías. Con dificultad fueron taponados los orificios y bombeada la embarcación. Para lograr desprendemos del banco de arena, necesitamos leña. En las cercanías había muy escasa. Por tanto,se tuvo que enviar un bote a Conejo, a cinco horas de distancia, para recoger un vapor que, por suerte, se encontraba allí. A la mañana siguiente obtuvimos la madera y partimos en compañía del otro vapor, pues algo estaba roto en la caldera, y a duras penas pudimos llegar a Conejo. Correo y pasajeros se transbordaron a otro vapor que prosiguió el viaje, pero nosotros permanecimos con nuestras cosas a bordo, y dos días después llegamos finalmente a Honda, el lugar de destino de nuestro viaje fluvial.

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Observatorio y Convento de Santa Clara

Honda, maravillosamente situada al pie de empinadas montañas, en algunas partes sólo cubiertas de prados, semejantes a los de la Suiza sajona, está construida por la confluencia de más aguas. Valles profundos, empinados, que están enterrados en el piso del valle del río Magdalena, desembocan aquí. Ambas cordilleras de más de 10-12.000 pies de altura, los Andes y las montañas de Bogotá, se ven desde aquí, y entre ellos se extienden las bajas mesetas con sus montañas escarpadas. La vista alcanza su mayor grado de esplendor cuando el cielo claro permite ver los nevados del Tolima y del Ruiz.

III

Bogotá, 16 de mayo de 1868

Desde Honda hicimos una excursión a las minas de Santana. Para este efecto, alquilamos mulas y recorrimos la llanura del Magdalena, cercada por escarpadas montañas. Después de cerca de tres horas de viaje desde Honda llegamos a Ceiba, la propiedad de un alemán, el señor Clemens, y en vez de encontrar un desayuno sencillo y una corta parada, tuvimos que permanecer aquí todo el día, para ver los jardines, las plantaciones de azúcar, la destilería de alcohol, etc. En la misma Santana conocimos al señorTreffry, hombre culto y muy confiable en cuanto a los aspectos geológicos del país. Pudimos adquirir una colección de plantas fósiles nada despreciable formada esmeradamente por él, que, empacada por él mismo, está ahora en Honda y espera el resto de nuestro equipaje, para ir a Mannheim.

De vuelta a Honda, intentamos obtener mulas para viajar a Bogotá pero, como tuvimos una desavenencia con el dueño, un alemán, el señor Weckbecker, nos dio seis mulas, para transportar nuestras cosas y continuar nuestro camino. Cinco días de camino necesitamos para llegar a la capital, si así se puede llamar un sendero para mulas en pésimas condiciones y muchas veces espantosamente empinado. Marchando a lo largo del valle del Magdalena, se atraviesa por selvas magníficas y, a medida que se asciende tanto más espectacular es la vista sobre el valle del río y las elevadísimas montañas de la cordillera principal que están al occidente. Arriba, por encima de las nubes, se elevan los nevados, bellamente formados, cuya naturaleza volcánica ofrece a nuestros ojos un especial atractivo. Por la tarde, a la una, habíamos salido a caballo de Pescaderías, un pueblo frente a Honda, de manera que nos fue imposible alcanzar el hospedaje nocturno normal del pueblito de Guaduas. Tuvimos, pues, que pasar la noche en una falda de la montaña, en una cabaña miserable y aislada, pero tuvimos la ventaja de disfrutar la vista de la iluminación al atardecer y al amanecer. Desafortunadamente, en ambas ocasiones, la parte baja de la región estaba cubierta de densas nubes. La temporada de lluvias había comenzado, y los días despejados y bellos son, mientras ella continúe, una rareza.

Cuando, a tempranas horas de la mañana, ascendimos por el declive de la montaña, subían lentamente las nubes: unas veces nos cubría una densa niebla; otras veces caía el sol con fuerza. Sólo la disminución y el cambio de vegetación nos permitían reconocer que nos acercábamos a regiones más altas y más frías. Pero justamente cuando alcanzamos el punto más alto del camino, se deshizo la capa de nubes: como parados en una atalaya, veíamos hacia abajo al valle del Magdalena, que está 4.000 pies más abajo. Al principio las montañas, cuya cresta subimos, caen escarpadamente en dirección a la corriente del río; más abajo se halla un suave declive, desmembrado por muchos valles y desfiladeros, que corre paulatinamente hacia la llanura del río Magdalena. Las faldas están cubiertas de una selva cerrada, en la que los únicos claros existentes, con campos despejados y casas envidiables techadas de paja transmiten una imagen idílica. Entre un verde magnífico, el agua color café y cenagosa del Magdalena serpentea, sitiando muchas islas. Más allá del río, la llanura se expande, ascendiendo lentamente hacia el occidente, atravesando por entre una serie de cadenas montañosas cortadas a pique, que tienen en su cima una meseta extensa, los restos de una más vieja y alta llanura fluvial, cuyas capas de traquita cubrieron en alguna época el espacio hasta la cordillera Oriental. Y sobre esta llanura se elevan, pues, las montañas de esta cordillera hasta más allá de la frontera de la nieve perpetua.

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Bogotà:Plaza de la Constituciòn, Catedral y Capilla del Sagrario


Sólo por pocos momentos nos fue dable contemplarlas, pues la niebla se cerró y tuvimos que proseguir. Sin embargo, apenas unos pocos pasos más allá, se envolvió nuestra vista en otra imagen, si no tan espectacular, sí, por 10 menos comparativamente tan encantadora. Habíamos traspasado las montañas, y ante nosotros se abría el valle de Guaduas, en forma de hondonada, rico en praderas verdes, en cuyo suelo, apoyada en las paredes rocosas situadas enfrente, está encantadoramente situada la población de Guaduas. Entre caminos sumamente peligrosos, se desciende a través de un punto cercano de ninguna manera atractivo y se sube nuevamente a la otra parte del valle hacia el Alto del Raizal, se desciende nuevamente y otra vez se asciende a la punta del Alto del Trigo, la máxima cresta montañosa antes de llegar a Bogotá. En Honda nos encontrábamos cerca de 700 pies (200 ,m) sobre el nivel del mar; el bello punto de observación (El Salto, Sarjento) alcanza 4.500 pies (1.343 m), Guaduas descansa sólo a 3.300 pies (1.036 m) sobre el nivel del mar, pero el Alto del Trigo se eleva sobre los 7.400 pies (1.928 m). Aquí crece ya una vegetación completamente diferente de la del valle del Magdalena; sobre todo, son llamativos los polipodios, cuyas aventureras formas pueden estudiarse aquí en ejemplares de 15, 20 Y más pies de altura. También las rocas son diferentes, pues, mientras hasta ahora todo el camino pasaba por sobre piedra arenisca, el Alto del Trigo se compone de esquistos oscuros, muchas veces completamente negros. Ya casi había atardecido, cuando llegamos a su paso más alto, por 10 cual solicitamos a nuestro arriero avanzar con las mulas por el escarpado camino principal hacia Villeta, mientras nosotros permanecimos aquí, para hacer algunas observaciones. Pero, como entre tanto nos sorprendió la noche, tuvimos que quedamos en la primera buena casa que hallamos, pues no queríamos perder el panorama de la región y, a causa de la misma petrificación existente, no queríamos dejar en la oscuridad una parte especialmente interesante del camino, y estuvimos obligados sin otros medios a pasar allí la noche.

El tercer día del viaje ganamos, con un no deseado descenso, la amable población de Villeta, ubicada sólo a cerca de 2.600 pies (813 m). Pero desde allí comienza propiamente el trabajo del ascenso de la cordillera de Bogotá. Aquí, por primera vez, el camino se dirige a las montañas: va en zigzag a la cumbre, en una forma que se tendría por imposible en Europa. De la caliente Villeta se llega rápidamente a regiones frías; la vegetación se transforma completamente en europea, las formas de las montañas y valles son indescriptiblemente bellas. Alturas, que entre nosotros aparecerían peladas y sin vegetación, resplandecen aquí en los verdes más ostentosos. Hay casas desperdigadas al lado del camino por todas partes, y se ven lugarcitos al fondo de los valles y en las pendientes de las montañas.

La noche nos sorprendió, antes que hubiéramos alcanzado la altura, y otra vez tuvimos que pernoctar en una posada aislada. Aquí ya se encuentra mobiliario para los viajeros, las primeras señales de la cercanía de la capital. Al día siguiente emprendimos un viaje de tres horas a caballo por un valle maravilloso en tierra montañosa hacia el Alto del Roble, un corte en las montañas de la sabana de Bogotá (9.000 pies, 2.755 m). Sorprendida queda la vista ante la meseta de leguas enteras, después de la fatigosa cabalgata sobre las masas montañosas. Aquí, en El Roble, empieza la carretera que conduce hacia la capital. Las fincas de campesinos entre campos cultivados de papas, cereales, trigo, las extensas praderas, todo hace recordar a los países nórdicos, sólo que los hombres en sus trajes típicos no responden bien a ello. En Facatativá (2.586 m), una pequeña población a la entrada de la sabana, dejamos las mulas. El equipaje lo pusimos en carretas de bueyes, y nosotros seguimos a caballo, de manera que cruzamos la altiplanicie al otro día por un camino (real) no del todo malo. Gastamos un día entero para llegar a Bogotá (2.611 m). La situación de la ciudad al pie de bellas y horriblemente empinadas rocas de formación arenisca, cuyas dos alturas ubicadas a ambos lados de un desfiladero ostentan las radiantes capillas de Guadalupe y Monserrate- es por todos los conceptos bella. Era un domingo; el filisteo bogotano se paseaba en las afueras de la ciudad. Desde hace meses, desde nuestra partida de St. Nazaire, no veíamos nuevamente hombres con sombreros de copa negros.


Pasados ocho días encontramos una casa adecuada a nuestras necesidades. Tenía cerca de 20 habitaciones, todas en el primer piso, ordenadas alrededor de dos patios. Allí Stübel y yo vivíamos como únicos moradores, rodeados de nuestras colecciones e instrumentos y algunos aparatos puestos al abrigo. Allí también fue donde yo, poco después de nuestra mudanza, caí enfermo y me recuperé gracias a los cuidados de Stübel y un médico inglés. Aquí, como en todas partes, mis referencias nos abrían las puertas de las mejores casas; por viajeros de negocios, ya se sabía que éramos recomendados por Bismarck. Alemanes e ingleses competían en atenciones; el propio enviado diplomático inglés nos hizo una visita y nos presentó, después de mi restablecimiento, al ministro, para el que yo tenía una carta oficial del cónsul de Prusia en Barranquilla. A nuestra llegada no se pudo hacer esta presentación, pues justamente en esos días un nuevo presidente asumía el poder.

A ruego del gobierno, se nos confió el observatorio astronómico, en el que yo puedo hacer mis observaciones

IV

Bogotá, 17 de junio de 1868

Los primeros buenos días de la así llamada época seca que estaba llegando (aquí, en Bogotá, llueve por lo menos dos veces al día) los aprovechamos para visitar el famoso salto de Tequendama. En medio de un diluvio abandonamos la ciudad, dirigiéndonos hacia el sur, y llegamos en pocas horas a la localidad de Soacha (2.552 m). En esta población, acomodada al sur de la altiplanicie rodeada sólo de bajas montañas, se pasa generalmente la noche, para seguir a la mañana siguiente el camino al salto; pues hasta cerca de las nueve de la mañana se puede contar con una vista despejada, ya que más tarde las nubes que vienen subiendo del valle del Magdalena cubren completamente el estrecho desfiladero. La mañana era espléndida; los picos, que por sus formas recuerdan las montañas griegas, dejaban reconocer en el aire claro todos los detalles de la desnuda cuesta. Tan rápido como fue posible intentamos llegar al salto, pero en la Nueva Granada todo tiene sus dificultades. Llegamos al río Bogotá. Éste está formado por la afluencia de numerosas quebradas, que conducen el agua de las empinadas montañas a la planicie. En la época de sequía él es insignificante, pero en las lluviosas, en muchas partes, sube por sobre las bajas orillas, inundando considerablemente la región. Así se forman grandes lagunas y el río, atravesando la planicie en forma sinuosa, adquiere, propiamente en su salida de la escarpada pendientehacia el Magdalena, una fuerte corriente. Frecuentemente tuvimos que cabalgar sobre prados inundados, antes de llegar a la casa de Canoas, al lado del puente sobre el río. Como éste se había caído en diciembre, se viaja en bote a la otra orilla, por lo que tiene este punto el nombre de Canoas. Pero como también éstas estaban destruidas, tuvimos que hacer el viaje en una balsa que, más o menos tan grande como el tablero de una mesa, se componía de juncos atados. La cosa es tan débil, que apenas se puede pasar de una vez con la carga de una mula. Los pasajeros son transportados individualmente, si acaso con una silla de montar o algún equipaje pequeño. El paso mismo se efectúa por medio de una cuerda tendida sobre el río que el piloto extiende con las manos. Caballos y mulas tienen que nadar. Que atravesar el río cuatro personas y dos mulas requiere mucho tiempo, es algo evidente.

Tan pronto dejamos la planicie, ascendimos por una región de colinas bajas. Penetrábamos cada vez más en una maravillosa región boscosa. Allí abandonamos los animales y proseguimos a pie por las cada vez más empinadas colinas. Pronto se . empezaron a oír los bramidos del agua, un fuerte viento movía las ramas de los árboles, pero aún no se veía la catarata, hasta que nosotros, finalmente, al salir de los densos matorrales, llegamos a una superficie rocosa en la parte superior del río. El agua espumea aquí (cerca de 25 pasos de ancho) entre colinas de 600 a 800 pies de altura sobre un lecho rocoso, cubriendo la vaguada completa. Una selva frondosa cubre las pendientes; helechos, enredaderas y matorrales forman el monte bajo. Desde ese angosto lecho se precipita de repente, por una pared de 90 grados, una masa enorme de agua sobre una terraza ubicada 20 ó 30 pies más abajo y desde aquí, en una inmensa arcada, se disuelve en espuma, después de 137 metros de caída.

!Cómo contrastan las paredes de este desfiladero con la pendiente redondeada, cubierta de vegetación, de las partes altas de la montaña!.En las paredes de ángulo recto formadas por capas de arena casi horizontales, las rocas rodean un amplio circo. En los resaltos y descansillos de los estratos de rocas se erigen palmas maravillosas, y también a la orilla del río las masas de cenizas están adornadas con un verde exuberante. Los fragmentos de agua disueltos en polvo ascienden desde lo profundo como finas nubes de lluvia, perdiendo en volumen a medida que suben, arrebatadas la mayoría, en pequeñas nubecillas, por el viento, que las lleva a una gran distancia. Si la vista de la margen de arriba de la cascada es sumamente bella, la perspectiva del otro lado ofrece todavía una impresión más sobrecogedora. El tiempo no fue, durante esta primera visita, en modo alguno favorable. Densas nubes se estacionaban en el estrecho desfiladero, y sólo de rato en rato se gozaba de una vista despejada. Pero justamente en ello residía la gran expectación, pues daba lugar al juego de la fantasía, y la cascada parecía más grande que después bajo los rayos del sol.

Habíamos visto el salto desde arriba, pero para verlo también desde abajo, tuvimos que trabajar tres días duramente. Por una gran desviación y por medio de caminos espeluznantemente empinados y pedregosos, dimos un rodeo a las altas montañas por la parte derecha del río Bogotá. Las montañas, a cuyas espaldas está la sabana de Bogotá, caen aquí en precipicios de casi mil metros de altura, a cuyos pies se hallan las zonas montañosas más bajas. El punto alto del Tequendama se encuentra a una altura de 2.356 metros, San Antonio, donde pasamos la noche, a 1.468 metros de altura. En pocas horas se desciende de la "tierra fría", de la tierra de la avena, los cereales y las papas, pasando por la "tierra templada" (café), hasta los límites de la "tierra caliente", de la tierra de las palmas, bananos, etc. A través de una selva extraordinaria, exuberante, va el camino; enredaderas en números infinitos se prenden a los hermosos árboles de 80-100 pies de altura. Produce una sensación reconfortante, después de una estadía de meses en una altiplanicie sin árboles, cruzar de nuevo por una selva tropical, donde precisamente la vegetación se desarrolla con opulencia, se estimula por los vapores ascendentes del caliente valle del Magdalena, que son condensados en nubes y finas lluvias en las pendientes de la fría altiplanicie.

Desde San Antonio hacia el pie del salto no sale ningún camino, y la salida usual sobre las piedras del lecho del río nos fue cortada por el alto nivel del agua. Con ayuda de dos indígenas y nuestros servidores, tuvimos que abrir una trocha a través de la espesa selva. Despacio, paso a paso, progresivamente, requerimos horas para dejar atrás sólo un pequeño espacio de terreno. Ora teníamos que ascender por inclinados precipicios, en seguida descender de ellos; ora nos interrumpía una áspera roca, más tarde eran masas de tierra derrumbadas que se oponían a nuestra marcha, y más de una vez tuvimos que retroceder para probar suerte por otros parajes. Por todas partes, se enredaban a los pies las lianas, y agudas espinas abrían heridas dolorosas.

En este punto, se agregó la pendiente del abismo, para multiplicar las dificultades. Montaña arriba, pegados los dedos firmemente en el blando terraplén, ganando terreno con toda la fuerza muscular hacia arbustos o arbolitos favorables, no eran raras las veces que uno se caía, pues el árbol, podrido, se deshacía en las manos, convertido en polvo y tierra. Pero también los troncos fuertes retrocedían con frecuencia bajo el peso del hombre, pues la delgada capa del terraplén de las fuertes rocas arenosas ofrecía poca estabilidad. Monte abajo, se iba mejor. Deslizándose sobre los pantalones, se llegaba fácil y rápidamente abajo por la tierra húmeda y escurridiza. Un viaje de ésos es sólo peligroso para la ropa, pues la densa vegetación impide una caída al vacío.

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Convento de San Carlos (ahora) Colegio Mayor de San Bartolomè.


Después de las dos de la tarde llegamos a la cascada. Tuvimos que regresar sin haber alcanzado sus pies, pues nuestros guías no estaban dispuestos a moverse más, a ir más adelante por el piso extremadamente resbaladizo, a consecuencia del polvillo de agua. Pero todo el majestuoso espectáculo lo disfrutamos a una cortísima distancia. Desde arriba parece verse como si el río cayera desde la alta cascada con tranquilidad por entre las paredes rocosas; pero desde aquí se reconoce que la cascadasigue a la cascada y que el agua se precipita en estruendosos bramidos, impetuosamente, hacia la profundidad.

Regresamos supremamente agotados por la noche a San Antonio. Hoy como ayer, gozamos de la vista magnífica de los nevados de la cordillera Central, el páramo del Ruiz y el del Tolima. Observadas a gran altura, ofrecen estas grandes montañas, distantes cerca de 30 horas de camino, una vista indescriptible. Aparecen tan altas estas montañas por encima de las nubes, que sólo con mucha dificultad se puede uno persuadir de que en verdad está viendo montañas.

Al día siguiente, desde San Antonio atravesamos el río, ascendimos por su orilla izquierda hacia la hacienda de Tequendama y proseguimos a Soacha. A la mañana siguiente, regresamos al salto, para vedo por última vez desde arriba y por la margen izquierda. En forma similar a la de la primera visita, nos paramos perpendicularmente al abismo, sobre una roca voladiza. Pudimos reconocer nuestro camino en el fondo del valle y recapitular todas nuestras impresiones.

Cerca de este lugar se encuentran algunas grutas carboníferas, que, aquí como al otro lado del salto, son explotadas en capas casi horizontales. Los filones son buenos y tienen cerca de tres pies de grueso, pero son explotados con esfuerzo y no son muy rentables, pues el carbón debe ser transportado dos horas en mula antes de tomar la carretera que conduce a Bogotá, y Bogotá, una ciudad de 40.000 habitantes, donde las cuatro quintas partes de la población son pobres, necesita muy poco carbón. No hay otra cosa para la venta.

El 13 por la tarde regresamos a Bogotá.