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Wilhelm Reiss, 1874 (tomada de
:Suespurensuche,de Andreas Brockman y Michaela Steüttgen, Leipzig,
Lateinamerika-zentrums,universität Münster e institut Für Länderkunde,1994).
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Colombia
(1868-1869)
WILHELM REISS
Traducción: Juan Guillermo Gómez García.
Trabajo fotográfico: Andreas Lehnert. Centro Latinoamericano (CeLA). Alemania.
I
Cartagena, 25 de febrero de 1868
Arribamos el 27 de Enero al puerto de Santa Marta. Esta capital de una
gran provincia autónoma es un nido miserable de tal vez unas 6.000 almas. Las casas,
construidas alguna vez con lujo, están convertidas, en su mayoría, en un montón de
ruinas; fuertes temblores de tierra y revoluciones reiteradas han destruido la ciudad.
Pero, sin cesar, las casas claras, con sus techos planos, ofrecen una atrayente vista de
la verde planicie rodeada de altas montañas (6.000-8.000 pies). Si desde aquí tampoco se
ven las enormes montañas de la Sierra Nevada cubiertas de nieve, no dejan de impresionar
ya sus picos más bajos, que se encuentran a unas 4 ó 5 horas de distancia, por sus
alturas y la maravillosa belleza de sus formas. En su interior la ciudad es miserable;
puercos, perros y chulos (aves carroñeras), sobre todo, dan vida a las calles amplias,
derechas y llenas de arena.
Nos hospedamos en un buen hotel, para las condiciones de esta ciudad y
tuvimos que quedamos veinte días en este nido, perdiendo el primer vapor que partía,
para regular nuestros instrumentos.
Hicimos una excursión a Minca, una de las plantaciones de café, situada
a 2.000 pies de altura, donde tuvimos la oportunidad de admirar la vegetación maravillosa
de los bosques de estas montañas. Finalmente, el 15 de febrero, nos embarcamos en un
pequeño vapor fluvial (en un vapor de rueda de popa) construido completamente plano. La
embarcación navega desde allí un trayecto en alta mar, pero después a través de
pantanos en el interior y estrechos canales hacia la desembocadura del río Magdalena y
hacia la principal plaza comercial del estado, hacia Barranquilla. El viaje, de cerca de
18 horas, es magnífico; en ocasiones se va sobre lagos de varias millas de ancho, en
ocasiones a través de canales tan estrechos y angostos que las ramas de los árboles de
ambas orillas llegan hasta la embarcación. Miles de lo,s más extraordinarios pájaros
acuáticos vivifican los pantanos, bandadas de pequeños papagayos atraviesan los bosques
y el agua misma abunda en peces y caimanes. Pero lo que necesariamente brinda a este viaje
el mayor estímulo es la vegetación impresionantemente exuberante, favorecida por el
calor y la humedad. Grandes bosques de manglares, cuyas raíces aéreas yerguen el tallo
sobre la superficie del agua, se extienden de tal manera que se cree ver tierra firme,
donde en realidad forma el subsuelo sólo pantano yagua; plantas acuáticas flotantes
cubren en grandes extensiones la superficie parecida a prados. No podíamos saciamos de
estas imágenes subyugantes, yeso que las veíamos en la estación del año menos
propicia, ya que desde hacía meses no llovía: pues ahora estamos aquí en verano, y
precisamente en marzo, cuando vienen las lluvias, cobra la vegetación todo su esplendor.
En Barranquilla encontramos, entre los alemanes allí asentados, el más
cordial recibimiento y fuimos acogidos con gran deferencia. A los esfuerzos de nuestros
compatriotas hubimos de agradecer que después de tres días pudiéramos conseguir
caballos y guía, para emprender un viaje a caballo a Cartagena. Lo más interesante de la
zona fueron los volcanes de lodo, que llegaron a ser famosos gracias a Humboldt, pero que
aún no habían sido estudiados más adecuadamente. El 18 de febrero viajamos a caballo de
Barranquilla hacia Tubará, situado cerca de la costa; al día siguiente bajando desde la
cima en rumbo al occidente en dirección al mar, hacia Saco, y al día siguiente,
nuevamente siguiendo la costa hacia la península de Galera Zamba. Dos días pasamos en
las más miserables circunstancias en un pueblo de negros, La Boca, para investigar desde
allí los volcanes de lodo situados en sus cercanías. Logramos tomar muestras de los
gases. Una cabalgata de doce horas diarias, ininterrumpida a través de la selva, nos
condujo a Cartagena, a la capital alguna vez de todas las posesiones españolas en
Sudamérica. Este viaje, tan sucintamente descrito, fue muy fatigante, pues tuvimos que
pasar todo el día, desde temprano en la mañana hasta la tarde, bajo el más ardiente
sol, sin una comida apropiada y durmiendo en las noches en la hamaca, que servía de día
como gualdrapa. Mas, ¡cómo nos veíamos después de estos cinco días de viaje a
caballo, en el que no podíamos llevar equipaje alguno, para ganar espacio para nuestros
instrumentos! Negros tostados, como los indígenas, sucios y destrozados, entramos a la
ciudad.
II
Honda, 20 de marzo de 1868
En Cartagena, alguna vez una ciudad próspera, pero ahora muy empobrecida,
nos quedamos sólo dos días. Después montamos de nuevo en nuestros caballos y
proseguimos nuestro camino hacia Turbaco. Cerca de aquí, a unas seis horas, se encuentra
otro insignificante volcán de lodo, pero que llegó a ser famoso gracias a la
descripción de Humboldt. Si bien vimos una formación similar en Galera Zamba, no merece
la pena una visita, pues allí no hay nada que ver más que un lugar pelado en la selva,
cubierto con un lodo endurecido, desde el cual se fugan gases en diferentes puntos,
entremezclados con restos de barro. El objetivo de la visita fue cumplido cabalmente, pues
pudimos llenar una serie de tubos, para someterlos después a estudio.
De Turbaco regresamos a Barranquilla en un viaje de dos días a caballo.
La ruta es fascinante en algunos trayectos, pero en otros es espantosamente fatigante.
Algunas cadenas de montañas bajas ascienden a alguna altura, suntuosas depresiones
cambian los bellos panoramas. Pero las poblaciones, con excepción de las ciudades de
Sabanalarga y Soledad, cerca del Magdalena, son miserables, y el cabalgar sobre las arenas
de las riberas del río Magdalena no ofrece interés alguno
El 28 de febrero por la tarde regresamos nuevamente a la ciudad, ya que el
primero de marzo debía partir un vapor río arriba. Sin embargo, la partida fue
pospuesta, pues el correo inglés no había llegado a tiempo, y el río llevaba tan poco
caudal que las embarcaciones, con excepción de algunas pocas, estaban en la parte de
arriba del río sin poder volver abajo, hacia Barranquilla. Pues si el Magdalena tiene una
majestuosa corriente colosalmente ancha, con todo, su lecho es tan poco profundo en
algunos trechos que ahora, al final de la temporada de sequías, no puede navegar por el
río ni siquiera un vapor de cuatro pies y medio de profundidad. El día dos llegó la
noticia de que uno de los grandes vapores de la sociedad de navegación había encallado
en la parte de arriba del río y, por tanto, se debió enviar un barco para intentar el
rescate de esa embarcación. El día tres nos embarcamos en Barranquilla, con unos pocos
pasajeros, en un barco de aproximadamente setenta pies de largo por veinticinco de ancho.
Su construcción era parecida a la del que nos condujo de Santa Marta a Barranquilla, pero
poseía camarotes para dormir.
La corriente en Barranquilla -pues Barranquilla está en un pequeño brazo
del río- es enormemente ancha, pero tan llena de islas que atenúa la sensación de
grandeza.Si me atreviera a comparar esta parte del río, quisiera hacerlo con la
dilatación -en
forma de lagos- de la desembocadura del Rin, por ejemplo en Dordrecht. El brazo del río
que navegamos bien podría tener, ahora cuando las aguas están más bajas, el doble de
anchura del Rin en Mannheim. Lentamente, el agua turbia y sucia va arrastrándose entre
las orillas bajas, pobladas de bosques. Pero en la época de lluvias, todo se inunda, las
islas desaparecen, y una superficie ancha de aguas color café se extiende por muchas,
incontables horas.
Durante doce días navegamos contra la corriente. Al principio se viajó
rápido, río arriba. Pero después se presentaron los trechos poco profundos. Cruzando en
zigzag sobre el río, tuvimos que buscar aguas profundas; a veces podíamos sólo viajar a
media máquina, a veces permanecer completamente quietos, para poder sondear el río con
el barco. Dos, incluso tres veces al día nos acercábamos a la orilla para recoger leña,
que se encuentra en muchos sitios, para uso del vapor. De madera no hay escasez, pues de
Barranquilla hasta Honda se viaja a través de una ininterrumpida selva. !A ambos lados
del río, día a día, no hay sino selvas y más selvas! Y qué clase de selvas! Árboles
de sesenta, ochenta y aun más pies de altura empinan sus copas de hojas sobre una
impenetrable maleza. Todos los árboles posibles se entremezclan sin distinción,
floreciendo maravillosamente y atados por lianas trepadoras de voluptuosas formas.
Digo: viajamos doce días a través de selvas, a través de una
ininterrumpida selva, pues, con excepción de Remolino y Magangué, en la parte de abajo
del río, no hay hasta Honda ningún sitio con casas con muro. Todas se componen de chozas
bajas cubiertas de hojas de palma, cuyas paredes están tejidas de cañas de bambú
cortadas, y la mayoría de las localidades anunciadas en nuestros mapas en letras gordas
se componen apenas de una o dos edificaciones. Campiñas o campos cultivados se ven sólo
en casos raros; la mayoría de las plantaciones se encuentran retiradas del río. Pero
también donde ellas se aproximan a la corriente no constituyen una interrupción de la
selva, pues todos los campesinos, si se puede llamar así a estos individuos, talan, donde
ellos prefieren, un pedazo de bosque y plantan plátanos: tal cosa se llama un platanal.
Estas plantaciones se elevan muy hermosamente con su verde luminoso entre la selva, que se
destaca como su marco. Cantidades enormes de bananos se cultivan aquí: todo el pueblo
vive propiamente de esta fruta, de la que dos mil o tres mil unidades nos fueron vendidas
a nosotros frecuentemente por treinta coronas.
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vista de cartagena
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La vida animal es interesante sólo en algunas partes del río.
Los animales más abundantes son los caimanes. Yacen estirados por decenas en los bancos
de arena o disfrutan en tierra descansando, y duermen con la boca completamente abierta.
Al Iado,de estos peculiares habitantes del agua, desempeñan -las aves acuáticas un papel
principal: allí hay cientos de patos y somormujos de todos los colores, que aceptan
tranquilamente, sin pensar en huir, los disparos que se hacen en medio de ellos. Surte un
efecto extraño, cuando una de estas aves de largas patas se sienta sobre una rama
salediza, a la espera de los peces. Espléndidas son las garzas blancas y las especies
afines a ellas. Si se va tierra adentro, entonces se cae en una selva impenetrable, llena
de mariposas. ¡Pero ningún pájaro cantor! Grandes papagayos, coloreados
magníficamente, cruzan, de cuando en cuando, en bulliciosa algarabía, por el río. Estos
bosques deben de estar llenos de monos: pero sólo vimos unos pocos..
Cuanto más navegábamos río arriba, más se dificultaba el viaje. A
veces estorbaban enormes troncos, a veces bancos de arena, que nos detenían; a veces
debíamos pro. seguir por un lado de una isla, a veces por otro. Pero, el escenario
permanecía siempre idéntico, sólo que el bosque era cada vez más bello y exuberante.
Una planicie inmensa se extiende a ambos lados del río. Primero vemos a la distancia las
montañas de Antioquia; después, al otro lado del río, las de Santander. A la altura de
Nare se acercan las montañas. Pero prosigue solamente llanura y sólo llanura, hasta que
finalmente cerca de Honda se pueden percibir los primeros montículos de las montañas de
Bogotá. Ahora el paisaje toma vida; las principales dificultades del río están
superadas. El capitán, un amable alemán que durante todo el tiempo lleva la obligación
en la cubierta superior al lado del timonel, baja para felicitarse del éxito del viaje.
Pero de pronto una sacudida violenta y un fuerte ruido: el barco ha encallado con toda su
fuerza en un tronco que está bajo el agua. "A tierra", grita el capitán, y en
pocos minutos el barco esta detenido sobre la arena. La cosa había sido afortunada, pues
con gran violencia el agua entraba a chorros en la embarcación por cinco agujeros. En un
instante el agua medía cuatro pies de altura; la totalidad de la carga quedó empapada,
así como también una maleta y una caja mías. Con dificultad fueron taponados los
orificios y bombeada la embarcación. Para lograr desprendemos del banco de arena,
necesitamos leña. En las cercanías había muy escasa. Por tanto,se tuvo que enviar un
bote a Conejo, a cinco horas de distancia, para recoger un vapor que, por suerte, se
encontraba allí. A la mañana siguiente obtuvimos la madera y partimos en compañía del
otro vapor, pues algo estaba roto en la caldera, y a duras penas pudimos llegar a Conejo.
Correo y pasajeros se transbordaron a otro vapor que prosiguió el viaje, pero nosotros
permanecimos con nuestras cosas a bordo, y dos días después llegamos finalmente a Honda,
el lugar de destino de nuestro viaje fluvial.
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Observatorio y Convento de Santa Clara
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Honda, maravillosamente situada al pie de empinadas montañas, en
algunas partes sólo cubiertas de prados, semejantes a los de la Suiza sajona, está
construida por la confluencia de más aguas. Valles profundos, empinados, que están
enterrados en el piso del valle del río Magdalena, desembocan aquí. Ambas cordilleras de
más de 10-12.000 pies de altura, los Andes y las montañas de Bogotá, se ven desde
aquí, y entre ellos se extienden las bajas mesetas con sus montañas escarpadas. La vista
alcanza su mayor grado de esplendor cuando el cielo claro permite ver los nevados del
Tolima y del Ruiz.
III
Bogotá, 16 de mayo de 1868
Desde Honda hicimos una excursión a las minas de Santana. Para este
efecto, alquilamos mulas y recorrimos la llanura del Magdalena, cercada por escarpadas
montañas. Después de cerca de tres horas de viaje desde Honda llegamos a Ceiba, la
propiedad de un alemán, el señor Clemens, y en vez de encontrar un desayuno sencillo y
una corta parada, tuvimos que permanecer aquí todo el día, para ver los jardines, las
plantaciones de azúcar, la destilería de alcohol, etc. En la misma Santana conocimos al
señorTreffry, hombre culto y muy confiable en cuanto a los aspectos geológicos del
país. Pudimos adquirir una colección de plantas fósiles nada despreciable formada
esmeradamente por él, que, empacada por él mismo, está ahora en Honda y espera el resto
de nuestro equipaje, para ir a Mannheim.
De vuelta a Honda, intentamos obtener mulas para viajar a Bogotá pero,
como tuvimos una desavenencia con el dueño, un alemán, el señor Weckbecker, nos dio
seis mulas, para transportar nuestras cosas y continuar nuestro camino. Cinco días de
camino necesitamos para llegar a la capital, si así se puede llamar un sendero para mulas
en pésimas condiciones y muchas veces espantosamente empinado. Marchando a lo largo del
valle del Magdalena, se atraviesa por selvas magníficas y, a medida que se asciende tanto
más espectacular es la vista sobre el valle del río y las elevadísimas montañas de la
cordillera principal que están al occidente. Arriba, por encima de las nubes, se elevan
los nevados, bellamente formados, cuya naturaleza volcánica ofrece a nuestros ojos un
especial atractivo. Por la tarde, a la una, habíamos salido a caballo de Pescaderías, un
pueblo frente a Honda, de manera que nos fue imposible alcanzar el hospedaje nocturno
normal del pueblito de Guaduas. Tuvimos, pues, que pasar la noche en una falda de la
montaña, en una cabaña miserable y aislada, pero tuvimos la ventaja de disfrutar la
vista de la iluminación al atardecer y al amanecer. Desafortunadamente, en ambas
ocasiones, la parte baja de la región estaba cubierta de densas nubes. La temporada de
lluvias había comenzado, y los días despejados y bellos son, mientras ella continúe,
una rareza.
Cuando, a tempranas horas de la mañana, ascendimos por el declive de la
montaña, subían lentamente las nubes: unas veces nos cubría una densa niebla; otras
veces caía el sol con fuerza. Sólo la disminución y el cambio de vegetación nos
permitían reconocer que nos acercábamos a regiones más altas y más frías. Pero
justamente cuando alcanzamos el punto más alto del camino, se deshizo la capa de nubes:
como parados en una atalaya, veíamos hacia abajo al valle del Magdalena, que está 4.000
pies más abajo. Al principio las montañas, cuya cresta subimos, caen escarpadamente en
dirección a la corriente del río; más abajo se halla un suave declive, desmembrado por
muchos valles y desfiladeros, que corre paulatinamente hacia la llanura del río
Magdalena. Las faldas están cubiertas de una selva cerrada, en la que los únicos claros
existentes, con campos despejados y casas envidiables techadas de paja transmiten una
imagen idílica. Entre un verde magnífico, el agua color café y cenagosa del Magdalena
serpentea, sitiando muchas islas. Más allá del río, la llanura se expande, ascendiendo
lentamente hacia el occidente, atravesando por entre una serie de cadenas montañosas
cortadas a pique, que tienen en su cima una meseta extensa, los restos de una más vieja y
alta llanura fluvial, cuyas capas de traquita cubrieron en alguna época el espacio hasta
la cordillera Oriental. Y sobre esta llanura se elevan, pues, las montañas de esta
cordillera hasta más allá de la frontera de la nieve perpetua.
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Bogotà:Plaza de la Constituciòn, Catedral y Capilla del Sagrario
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Sólo por pocos momentos nos fue dable contemplarlas, pues la niebla se cerró y tuvimos
que proseguir. Sin embargo, apenas unos pocos pasos más allá, se envolvió nuestra vista
en otra imagen, si no tan espectacular, sí, por 10 menos comparativamente tan
encantadora. Habíamos traspasado las montañas, y ante nosotros se abría el valle de
Guaduas, en forma de hondonada, rico en praderas verdes, en cuyo suelo, apoyada en las
paredes rocosas situadas enfrente, está encantadoramente situada la población de
Guaduas. Entre caminos sumamente peligrosos, se desciende a través de un punto cercano de
ninguna manera atractivo y se sube nuevamente a la otra parte del valle hacia el Alto del
Raizal, se desciende nuevamente y otra vez se asciende a la punta del Alto del Trigo, la
máxima cresta montañosa antes de llegar a Bogotá. En Honda nos encontrábamos cerca de
700 pies (200 ,m) sobre el nivel del mar; el bello punto de observación (El Salto,
Sarjento) alcanza 4.500 pies (1.343 m), Guaduas descansa sólo a 3.300 pies (1.036 m)
sobre el nivel del mar, pero el Alto del Trigo se eleva sobre los 7.400 pies (1.928 m).
Aquí crece ya una vegetación completamente diferente de la del valle del Magdalena;
sobre todo, son llamativos los polipodios, cuyas aventureras formas pueden estudiarse
aquí en ejemplares de 15, 20 Y más pies de altura. También las rocas son diferentes,
pues, mientras hasta ahora todo el camino pasaba por sobre piedra arenisca, el Alto del
Trigo se compone de esquistos oscuros, muchas veces completamente negros. Ya casi había
atardecido, cuando llegamos a su paso más alto, por 10 cual solicitamos a nuestro arriero
avanzar con las mulas por el escarpado camino principal hacia Villeta, mientras nosotros
permanecimos aquí, para hacer algunas observaciones. Pero, como entre tanto nos
sorprendió la noche, tuvimos que quedamos en la primera buena casa que hallamos, pues no
queríamos perder el panorama de la región y, a causa de la misma petrificación
existente, no queríamos dejar en la oscuridad una parte especialmente interesante del
camino, y estuvimos obligados sin otros medios a pasar allí la noche.
El tercer día del viaje ganamos, con un no deseado descenso, la amable
población de Villeta, ubicada sólo a cerca de 2.600 pies (813 m). Pero desde allí
comienza propiamente el trabajo del ascenso de la cordillera de Bogotá. Aquí, por
primera vez, el camino se dirige a las montañas: va en zigzag a la cumbre, en una forma
que se tendría por imposible en Europa. De la caliente Villeta se llega rápidamente a
regiones frías; la vegetación se transforma completamente en europea, las formas de las
montañas y valles son indescriptiblemente bellas. Alturas, que entre nosotros
aparecerían peladas y sin vegetación, resplandecen aquí en los verdes más ostentosos.
Hay casas desperdigadas al lado del camino por todas partes, y se ven lugarcitos al fondo
de los valles y en las pendientes de las montañas.
La noche nos sorprendió, antes que hubiéramos alcanzado la altura, y
otra vez tuvimos que pernoctar en una posada aislada. Aquí ya se encuentra mobiliario
para los viajeros, las primeras señales de la cercanía de la capital. Al día siguiente
emprendimos un viaje de tres horas a caballo por un valle maravilloso en tierra montañosa
hacia el Alto del Roble, un corte en las montañas de la sabana de Bogotá (9.000 pies,
2.755 m). Sorprendida queda la vista ante la meseta de leguas enteras, después de la
fatigosa cabalgata sobre las masas montañosas. Aquí, en El Roble, empieza la carretera
que conduce hacia la capital. Las fincas de campesinos entre campos cultivados de papas,
cereales, trigo, las extensas praderas, todo hace recordar a los países nórdicos, sólo
que los hombres en sus trajes típicos no responden bien a ello. En Facatativá (2.586 m),
una pequeña población a la entrada de la sabana, dejamos las mulas. El equipaje lo
pusimos en carretas de bueyes, y nosotros seguimos a caballo, de manera que cruzamos la
altiplanicie al otro día por un camino (real) no del todo malo. Gastamos un día entero
para llegar a Bogotá (2.611 m). La situación de la ciudad al pie de bellas y
horriblemente empinadas rocas de formación arenisca, cuyas dos alturas ubicadas a ambos
lados de un desfiladero ostentan las radiantes capillas de Guadalupe y Monserrate- es por
todos los conceptos bella. Era un domingo; el filisteo bogotano se paseaba en las afueras
de la ciudad. Desde hace meses, desde nuestra partida de St. Nazaire, no veíamos
nuevamente hombres con sombreros de copa negros.
Pasados ocho días encontramos una casa adecuada a nuestras necesidades. Tenía cerca de
20 habitaciones, todas en el primer piso, ordenadas alrededor de dos patios. Allí Stübel
y yo vivíamos como únicos moradores, rodeados de nuestras colecciones e instrumentos y
algunos aparatos puestos al abrigo. Allí también fue donde yo, poco después de nuestra
mudanza, caí enfermo y me recuperé gracias a los cuidados de Stübel y un médico
inglés. Aquí, como en todas partes, mis referencias nos abrían las puertas de las
mejores casas; por viajeros de negocios, ya se sabía que éramos recomendados por
Bismarck. Alemanes e ingleses competían en atenciones; el propio enviado diplomático
inglés nos hizo una visita y nos presentó, después de mi restablecimiento, al ministro,
para el que yo tenía una carta oficial del cónsul de Prusia en Barranquilla. A nuestra
llegada no se pudo hacer esta presentación, pues justamente en esos días un nuevo
presidente asumía el poder.
A ruego del gobierno, se nos confió el observatorio astronómico, en el
que yo puedo hacer mis observaciones
IV
Bogotá, 17 de junio de 1868
Los primeros buenos días de la así llamada época seca que estaba
llegando (aquí, en Bogotá, llueve por lo menos dos veces al día) los aprovechamos para
visitar el famoso salto de Tequendama. En medio de un diluvio abandonamos la ciudad,
dirigiéndonos hacia el sur, y llegamos en pocas horas a la localidad de Soacha (2.552 m).
En esta población, acomodada al sur de la altiplanicie rodeada sólo de bajas montañas,
se pasa generalmente la noche, para seguir a la mañana siguiente el camino al salto; pues
hasta cerca de las nueve de la mañana se puede contar con una vista despejada, ya que
más tarde las nubes que vienen subiendo del valle del Magdalena cubren completamente el
estrecho desfiladero. La mañana era espléndida; los picos, que por sus formas recuerdan
las montañas griegas, dejaban reconocer en el aire claro todos los detalles de la desnuda
cuesta. Tan rápido como fue posible intentamos llegar al salto, pero en la Nueva Granada
todo tiene sus dificultades. Llegamos al río Bogotá. Éste está formado por la
afluencia de numerosas quebradas, que conducen el agua de las empinadas montañas a la
planicie. En la época de sequía él es insignificante, pero en las lluviosas, en muchas
partes, sube por sobre las bajas orillas, inundando considerablemente la región. Así se
forman grandes lagunas y el río, atravesando la planicie en forma sinuosa, adquiere,
propiamente en su salida de la escarpada pendientehacia el Magdalena, una fuerte
corriente. Frecuentemente tuvimos que cabalgar sobre prados inundados, antes de llegar a
la casa de Canoas, al lado del puente sobre el río. Como éste se había caído en
diciembre, se viaja en bote a la otra orilla, por lo que tiene este punto el nombre de
Canoas. Pero como también éstas estaban destruidas, tuvimos que hacer el viaje en una
balsa que, más o menos tan grande como el tablero de una mesa, se componía de juncos
atados. La cosa es tan débil, que apenas se puede pasar de una vez con la carga de una
mula. Los pasajeros son transportados individualmente, si acaso con una silla de montar o
algún equipaje pequeño. El paso mismo se efectúa por medio de una cuerda tendida sobre
el río que el piloto extiende con las manos. Caballos y mulas tienen que nadar. Que
atravesar el río cuatro personas y dos mulas requiere mucho tiempo, es algo evidente.
Tan pronto dejamos la planicie, ascendimos por una región de colinas
bajas. Penetrábamos cada vez más en una maravillosa región boscosa. Allí abandonamos
los animales y proseguimos a pie por las cada vez más empinadas colinas. Pronto se .
empezaron a oír los bramidos del agua, un fuerte viento movía las ramas de los árboles,
pero aún no se veía la catarata, hasta que nosotros, finalmente, al salir de los densos
matorrales, llegamos a una superficie rocosa en la parte superior del río. El agua
espumea aquí (cerca de 25 pasos de ancho) entre colinas de 600 a 800 pies de altura sobre
un lecho rocoso, cubriendo la vaguada completa. Una selva frondosa cubre las pendientes;
helechos, enredaderas y matorrales forman el monte bajo. Desde ese angosto lecho se
precipita de repente, por una pared de 90 grados, una masa enorme de agua sobre una
terraza ubicada 20 ó 30 pies más abajo y desde aquí, en una inmensa arcada, se disuelve
en espuma, después de 137 metros de caída.
!Cómo contrastan las paredes de este desfiladero con la pendiente
redondeada, cubierta de vegetación, de las partes altas de la montaña!.En las paredes de
ángulo recto formadas por capas de arena casi horizontales, las rocas rodean un amplio
circo. En los resaltos y descansillos de los estratos de rocas se erigen palmas
maravillosas, y también a la orilla del río las masas de cenizas están adornadas con un
verde exuberante. Los fragmentos de agua disueltos en polvo ascienden desde lo profundo
como finas nubes de lluvia, perdiendo en volumen a medida que suben, arrebatadas la
mayoría, en pequeñas nubecillas, por el viento, que las lleva a una gran distancia. Si
la vista de la margen de arriba de la cascada es sumamente bella, la perspectiva del otro
lado ofrece todavía una impresión más sobrecogedora. El tiempo no fue, durante esta
primera visita, en modo alguno favorable. Densas nubes se estacionaban en el estrecho
desfiladero, y sólo de rato en rato se gozaba de una vista despejada. Pero justamente en
ello residía la gran expectación, pues daba lugar al juego de la fantasía, y la cascada
parecía más grande que después bajo los rayos del sol.
Habíamos visto el salto desde arriba, pero para verlo también desde
abajo, tuvimos que trabajar tres días duramente. Por una gran desviación y por medio de
caminos espeluznantemente empinados y pedregosos, dimos un rodeo a las altas montañas por
la parte derecha del río Bogotá. Las montañas, a cuyas espaldas está la sabana de
Bogotá, caen aquí en precipicios de casi mil metros de altura, a cuyos pies se hallan
las zonas montañosas más bajas. El punto alto del Tequendama se encuentra a una altura
de 2.356 metros, San Antonio, donde pasamos la noche, a 1.468 metros de altura. En pocas
horas se desciende de la "tierra fría", de la tierra de la avena, los cereales
y las papas, pasando por la "tierra templada" (café), hasta los límites de la
"tierra caliente", de la tierra de las palmas, bananos, etc. A través de una
selva extraordinaria, exuberante, va el camino; enredaderas en números infinitos se
prenden a los hermosos árboles de 80-100 pies de altura. Produce una sensación
reconfortante, después de una estadía de meses en una altiplanicie sin árboles, cruzar
de nuevo por una selva tropical, donde precisamente la vegetación se desarrolla con
opulencia, se estimula por los vapores ascendentes del caliente valle del Magdalena, que
son condensados en nubes y finas lluvias en las pendientes de la fría altiplanicie.
Desde San Antonio hacia el pie del salto no sale ningún camino, y la
salida usual sobre las piedras del lecho del río nos fue cortada por el alto nivel del
agua. Con ayuda de dos indígenas y nuestros servidores, tuvimos que abrir una trocha a
través de la espesa selva. Despacio, paso a paso, progresivamente, requerimos horas para
dejar atrás sólo un pequeño espacio de terreno. Ora teníamos que ascender por
inclinados precipicios, en seguida descender de ellos; ora nos interrumpía una áspera
roca, más tarde eran masas de tierra derrumbadas que se oponían a nuestra marcha, y más
de una vez tuvimos que retroceder para probar suerte por otros parajes. Por todas partes,
se enredaban a los pies las lianas, y agudas espinas abrían heridas dolorosas.
En este punto, se agregó la pendiente del abismo, para multiplicar las dificultades.
Montaña arriba, pegados los dedos firmemente en el blando terraplén, ganando terreno con
toda la fuerza muscular hacia arbustos o arbolitos favorables, no eran raras las veces que
uno se caía, pues el árbol, podrido, se deshacía en las manos, convertido en polvo y
tierra. Pero también los troncos fuertes retrocedían con frecuencia bajo el peso del
hombre, pues la delgada capa del terraplén de las fuertes rocas arenosas ofrecía poca
estabilidad. Monte abajo, se iba mejor. Deslizándose sobre los pantalones, se llegaba
fácil y rápidamente abajo por la tierra húmeda y escurridiza. Un viaje de ésos es
sólo peligroso para la ropa, pues la densa vegetación impide una caída al vacío.
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Convento de San Carlos (ahora) Colegio Mayor de San Bartolomè.
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Después de las dos de la tarde llegamos a la cascada. Tuvimos que regresar sin haber
alcanzado sus pies, pues nuestros guías no estaban dispuestos a moverse más, a ir más
adelante por el piso extremadamente resbaladizo, a consecuencia del polvillo de agua. Pero
todo el majestuoso espectáculo lo disfrutamos a una cortísima distancia. Desde arriba
parece verse como si el río cayera desde la alta cascada con tranquilidad por entre las
paredes rocosas; pero desde aquí se reconoce que la cascadasigue a la cascada y que el
agua se precipita en estruendosos bramidos, impetuosamente, hacia la profundidad.
Regresamos supremamente agotados por la noche a San Antonio. Hoy como ayer, gozamos de la
vista magnífica de los nevados de la cordillera Central, el páramo del Ruiz y el del
Tolima. Observadas a gran altura, ofrecen estas grandes montañas, distantes cerca de 30
horas de camino, una vista indescriptible. Aparecen tan altas estas montañas por encima
de las nubes, que sólo con mucha dificultad se puede uno persuadir de que en verdad está
viendo montañas.
Al día siguiente, desde San Antonio atravesamos el río, ascendimos por su orilla
izquierda hacia la hacienda de Tequendama y proseguimos a Soacha. A la mañana siguiente,
regresamos al salto, para vedo por última vez desde arriba y por la margen izquierda. En
forma similar a la de la primera visita, nos paramos perpendicularmente al abismo, sobre
una roca voladiza. Pudimos reconocer nuestro camino en el fondo del valle y recapitular
todas nuestras impresiones.
Cerca de este lugar se encuentran algunas grutas carboníferas, que, aquí como al otro
lado del salto, son explotadas en capas casi horizontales. Los filones son buenos y tienen
cerca de tres pies de grueso, pero son explotados con esfuerzo y no son muy rentables,
pues el carbón debe ser transportado dos horas en mula antes de tomar la carretera que
conduce a Bogotá, y Bogotá, una ciudad de 40.000 habitantes, donde las cuatro quintas
partes de la población son pobres, necesita muy poco carbón. No hay otra cosa para la
venta.
El 13 por la tarde regresamos a Bogotá.
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