Ficha bibliográfica
Titulo: BOLETÍN CULTURAL Y BIBLIOGRÁFICO 69
Autores: Banco de la República
Edición original:
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Notas:
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| BOLETÍN CULTURAL Y BIBLIOGRÁFICO 69

Otra lección para los comunicadores con cartón

 

Titulo del libro reseñado: Obra periodística (1940-1970).
Tomo II: La magnitud de la ofrenda

Autor del libro reseñado: |Héctor Rojas Herazo (compilación y prólogo por Jorge García Usta)
Editorial del libro reseñado: Fondo Editorial Universidad Eafit, Medellín, 2003, 546 págs.

 

Tal como sucede en el caso del primer tomo, el segundo tomo de la compilación de la obra periodística de Héctor Rojas Herazo es un volumen grueso y macizo; uno de esos libros orgullosos que intimidan, en razón de su simple tamaño, a los lectores de corto aliento. Pero esta vez, además, como si el mero tamaño del volumen no fuera suficiente advertencia, el color escogido por los editores para ilustrar la portada es el más temido por los lectores perezosos: el color ladrillo.  Y |ladrillo, podemos recordar, es el calificativo en el léxico estudiantil para todo libro "pesado". Un libro grueso y macizo que, además, tiene color ladrillo, como éste, debe de ser entonces un semáforo en rojo para los lectores de baja resistencia. Parece casi como si el mensaje de los editores fuera: "¡Están advertidos!".

Pero en la misma portada se promete la recompensa para quienes decidan inscribirse al maratón de lectura, pues ésta se ilustra con la pintura titulada  |Jinete solar del mismo Rojas Herazo. La figura de un hombre sosteniendo un ave mientras monta un caballo de postura altiva es nada menos que una manifestación de gallardía, de aplomo en medio de los amarillos y ocres que reflejan la canícula. Tanto la advertencia como la invitación tienen cabida en la portada, entonces, y ninguna de las dos sobra, pues si bien el libro, en razón de ser una compilación de 236 artículos cortos, exige una buena dosis de concentración en el recorrido de sus páginas, también encierra una recompensa a la medida del desafío.

El primer tomo de esta compilación, titulado  |Vigilia de las lámparas, tenía como centro la cultura, entendida ante todo como práctica y observación de las artes, desde la poesía hasta la danza, del folclor al cine. En cambio, este segundo tomo,  |La magnitud de la ofrenda, carece de un elemento unificador similar. Integrado por tres partes, cada una de ellas es totalmente independiente en cuanto a su temática; incluso a veces no resulta fácil encontrar aquello que unifica a cada parte más allá de haber sido escritas por un mismo autor. Quizá por eso, antes que prologado por un ensayo, como sucedía en el primer tomo, este segundo tomo viene precedido por el autorreportaje que Rojas Herazo publicó en la revista Lámpara en 1968, gracias al cual podemos disfrutar de esa escasa oportunidad que implica observar al escritor con sus propios ojos, extrañado y maravillado de sí mismo, con un lenguaje en que la melancolía le da la mano al humor y la sinceridad se nutre del desconcierto de estar vivo:

|Quien le ve su andar de pesista de circo o de luchador que se dirige a un gimnasio, no sabe que toda esa fisiología no pasa de ser un mueble. Yo he sorprendido al niño tiritante que vive dentro de él como si jugara escondido. Como si esperara que, de un momento a otro, fueran a aplastarle una mano sobre el hombro y decirle: "¡Basta, se acabó esta tontería de una vez!". Por eso tiene la voz gruesa y afirmativa de los animales que viven atemorizados. Temor a todo: a cortarse cuando se afeita; a engordar más de la cuenta; al solo hecho de estar vivo; a no ser entendido ni entender a los otros; a ser arrollado por un automóvil, por la espalda, cuando va caminando por una acera. [...] Le gustan lo mismo las películas de Bergman y Fellini que las películas mexicanas llenas de chulos y cabareteras hembrísimas y le compra juguetes a sus hijos con la severa prevención de que no los rompan para poder divertirse con ellos cuando se siente triste. [págs. 8-9]

De las tres partes que siguen al autorreportaje, la primera se titula "Inquirimos por nosotros", y en ella se reúnen artículos marcados por la vivencia personal o la reflexión sobre la condición personal; textos que con frecuencia se encuentran más cercanos a la crónica que al artículo de opinión. Los pueblos secos y las casas abandonadas surgen entonces de los recuerdos y las imágenes presenciadas. Un personaje emblemá tico de esta parte es la negra Nicasia, quien contaba al narrador historias cuando era un niño:

|Penetrábamos entonces a la geografía de su alma, a su remota sabiduría de negra totémica, a aquellos sitios de su arbitraria imaginación en que Carlomagno, luego de abatir a lanzazos a Nerón, llegaba, rodeado de papagayos y titíes, y entre el estrépito de nocturnos tambores, a la corte de Yanguá, el rey de cabeza de pájaro y manos de jaguar que señoreaba un río con riberas de oro. [pág. 119]

Entre muchos otros textos, se encuentran artículos dedicados a los mendigos de pueblo, que reciben dádivas "para que se siguieran pudriendo y rascando" (pág. 73); a los astilleros, "vientres gigantescos al aire libre" (pág. 16): y a un coronel muy cansado y muy terco, hasta el punto de que está convencido de que ya no le duelen los pies sino los zapatos mismos. La importancia de estos textos, marcados por una fuerte subjetividad, se resalta en la frase de Rojas Herazo que afirma que "el recuerdo es la única forma activa de combatir a la muerte" (pág. 88).

La segunda parte del libro da título al tomo, "La magnitud de la ofrenda". Es a un mismo tiempo la menos sólida en cuanto conjunto y la más libre en cuanto a recursos técnicos se refiere. De hecho, la variedad de los temas es tanta, que casi se atreve uno a pensar que aquí se agruparon los textos que no encontraban cabida en ninguna otra parte de los dos tomos de la compilación, los textos misceláneos. Así, en esta parte los temas religiosos se dan la mano con las  |cocottes que invaden a Gran Bretaña a raíz de la coronación de la reina Isabel II, la descripción de una nevada en Bogotá comparte el espacio con las impresiones que producen objetos como los maniquíes o lugares como los cementerios de automóviles. Esta variedad de temas se refleja también en los géneros a que pertenecen los textos: sin pensarlo demasiado, a muchos de ellos podemos clasificarlos como artículos de opinión o crónicas, pero hay al menos un número igual que se sale de las fronteras de lo periodístico para adentrarse en espacios más cercanos a la prosa poética, o que incluso eluden todo intento de clasificación, más allá de poder considerarlos como frutos de la prosa. A pesar de su irregularidad, esta parte, sin embargo, no carece de recompensas, y aquí podemos encontrar algunos de los mejores textos de toda la compilación, tanto entre aquellos relacionados con problemas "abstractos", como la muerte, como entre otros dedicados a objetos concretos, como los paraguas.

De hecho, el texto que cierra esta parte es, a mi juicio, uno de los mejores de toda la compilación. "El ajedrez como rito" fue publicado originalmente en el Boletín Cultural y Bibliográfico en 1968, y allí Rojas Herazo establece paralelos sorprendentes entre los periodos históricos -o el alma de cada época- y el estilo de los grandes ajedrecistas. Un homenaje magnífico al juego-ciencia, apasionado y convincente, hasta el punto de que al final el lector no puede menos que asentir cuando el autor afirma: "Aunque no lo parezca, aunque todo se confabule para nominarlo como tal, el ajedrez no es un juego. Puede ser, según los ángulos de enfoque, un rito, una pasión cabalística o una lucha simbólica del hombre con el fatalismo y con el tiempo en que se cumple su destino. Pero no es un juego" (pág. 315).

Si la segunda parte, a pesar de tener algunos textos brillantes, no tiene una cohesión obvia como conjunto, la tercera parte está entre las más sólidas de toda la compilación. Los problemas sociales unifican a esta tercera parte, titulada "Lo que vive palpitando", por lo cual no resulta extraño que se ponga especial énfasis en la política, más no vista desde la propaganda partidista, sino como búsqueda de un ideal de convivencia y justicia. Esto es de recalcar, especialmente porque el periodismo de opinión en nuestro país ha estado plagado por los intereses partidistas, y en gran parte a eso se debe que el artículo de opinión de tema político en Colombia, con poquísimas excepciones, no haya avanzado mucho más allá del panfleto. Pero ni siquiera en estos artículos, Rojas Herazo convierte a la letra en sólo un medio para alcanzar un fin. También allí, incluso en los artículos donde más obvias se hacen sus simpatías políticas, la letra palpita con voz propia y nunca se rebaja a ser sólo una herramienta mezquina. Buen ejemplo de esto es la "Oración para invocar al capitán", publicada en El Universal exactamente un año después del asesinato de Jorge Eliécer Gaitán, de la cual se extrae el siguiente fragmento:

 Adelanta tus pasos, capitán. Ahora eres grande y hermoso y tus manos son bellas y colosales. Puedes, con un solo ademán de ternura, tocar la arcilla de tus muchedumbres. Y también eres mínimo y tierno y puedes filtrarte en todos aquellos sitios en que tu pueblo ríe y canta y sufre, en torno de las cosas perenne y cotidianamente amadas.

|Ahora puedes estar, porque tu muerte es tu presencia, en la alcoba donde nacen los niños; en el dintel adonde regresa el hijo; en la lámpara que guía a los viandantes extraviados en la sombra. Tú ocupas, siempre, ese sillón vacío que humedece las pupilas del padre a la hora en que bendice el pan y ordena el rito de los alimentos. [págs. 345-346].

Esta capacidad de conservar la dignidad de la palabra incluso en un ambiente tan utilitarista como es la arena política, se comprende mejor si entendemos que para Rojas Herazo el político no es aquel que ocupa simplemente un cargo público. Para él "el político, el verdadero, está preñado de agonía y aguante. Y tiene necesidad de insospechadas reservas para soportar, hasta el final, el patético sacrificio exigido por su destino. De allí que en el político desemboquen, por igual, estas tres causales: la del vidente, la del asceta y la del redentor" (pág. 491). Bajo tal mirada, no resulta raro, entonces, que el nombre de Simón Bolívar se repita en estas páginas, acompañando a otras figuras como José Martí o Abraham Lincoln. Pero no sólo de historia se nutre esta parte de la compilación. Tiene componentes que oscilan entre la denuncia social --como es el caso de la descripción de la zona negra de Barranquilla o del leprosario de Agua de Dios-, el análisis de fenómenos contemporáneos -como el flagelo de la publicidad, la necesidad de la educación o la búsqueda del americanismo-, e incluso se interna en terrenos donde lo político roza lo metafísico -como es el caso del cambio de paradigma que supone, para la especie como un todo, la exploración espacial-. El que sea precisamente esta parte la que cierra el libro no deja de ser un acierto. La sensación de actualidad de la obra se realza gracias a que la discusión de los problemas descritos por Rojas Herazo resulta, en la gran mayoría de los casos, tan importante hoy como el día en que estos textos fueron escritos, más allá de que los nombres de los protagonistas hayan cambiado y de que hoy, obviamente, Colombia y el mundo mismo tengan más de un problema adicional.

La compilación se cierra con un índice cronológico de todos los artículos publicados en ambos tomos, el cual sin duda resulta una herramienta valiosa para el investigador interesado en conocer la evolución de los intereses temáticos del autor, pero su eficacia se ve mermada al no aparecer el tomo y página donde se encuentra cada artículo en esta compilación. Y si tenemos en cuenta que se trata, en total, de casi quinientos artículos, seguir el orden de este índice resulta un juego bastante más difícil de ejecutar que la rayuela cortaziana.

Más allá de esto, sin embargo, este segundo tomo de la compilación de la obra periodística de Rojas Herazo mantiene el mismo nivel de calidad que el primero, por lo cual la compilación como un todo resulta un magnífico ejemplo de rescate de un patrimonio cultural, que muy bien pudo perderse del todo de no ser por los esfuerzos conjuntos de Jorge García Usta y de la Universidad Eafit.

De hecho, es tal el nivel de muchos de los artículos escritos, que no sobra aprovechar el espacio de esta reseña para hacer una propuesta: realizar una segunda versión de este trabajo que, antes que compilación, sea antología. Un libro así, donde se seleccionara lo mejor del trabajo periodístico de Rojas Herazo, separando lo excelente de lo simplemente bueno -con el fin de hacer una obra de un tamaño más manejable y un precio más asequible, con una calidad contundente-, sería sin duda muy útil en las escuelas de comunicación social para combatir una unificación del estilo que hoy, con muy contadas excepciones, satura los medios nacionales con un lenguaje empobrecido y un estilo falto de originalidad, a consecuencia, precisamente, de los vicios adquiridos durante la formación académica. Y es que, sin duda, a juzgar por los textos de esta compilación, ese gran autodidacto que fue Rojas Herazo puede darnos más de una lección a muchos de nosotros, los "comunicadores con cartón".

ANDRÉS GARCÍA LONDOÑO